S?bado, 25 de septiembre de 2021

En 1 Corintios 2:2 Pablo afirma que él se ha determinado conocer solamente a Cristo, y a éste crucificado. Eso no significa que no va a hacer más nada, que no va a conocer sobre otros asuntos o sobre otros temas. En realidad, Pablo era un gran lector de la literatura clásica que tuvo a bien citarla en algunos episodios de su vida. Asimismo, cuando el autor de Hebreos nos dijo que Jesucristo vive siempre para interceder al Padre por nosotros, no quiso dar a entender que el Señor no hace más nada sino eso. Ha de entenderse el tipo de figura literaria con la que nos movemos, ya que la metáfora suele ser el pan nuestro con el que hablamos.

Cuando la Biblia relata que Lot estaba sentado a las puertas de Sodoma, nos está sugiriendo una figura literaria que debemos comprender. Los Salmos hablan de Dios como la roca, como de una gallina que junta a sus polluelos y los protege. Estas son comparaciones que dan a entender cualidades respecto a la forma en que actúa el Dios Omnipotente frente a la indefensa humanidad como criatura. Existe un mar simbólico en las palabras de la Biblia, un universo de figuras literarias que cantan la gloria de Dios. 

La Biblia nos comunica sus imágenes por medio de historias, de los sermones de los profetas, por parábolas, con interpretaciones de eventos pasados, nos predica las predicciones del futuro, para demostrarnos que la experiencia humana tiene raíces en esa gran historia de la redención. Los asuntos abstractos y las proposiciones bíblicas viajan en el carril de las imágenes del lenguaje. Nos conmina esta aserción a preguntarnos siempre sobre cómo comunica la Biblia sus propósitos. Nuestro cerebro tiene dos lados, uno de los cuales es el izquierdo y se dedica más al análisis racional y a la lógica. El hemisferio derecho está propenso a los asuntos sensoriales, a las emociones, al humor y a lo metafórico. 

Las palabras -no solamente las de la Biblia- activan uno u otro hemisferio cerebral: mientras más conceptual sea ella motivará más el izquierdo, pero las palabras que refieren emociones e imágenes darán estímulo al hemisferio derecho. Así que en las Escrituras existen conceptos abstractos, como cuando se nos dice que en el principio de todo era el Logos, y el Logos era Dios. También se habla del pecado como concepto, de aquello que agravia y molesta al Todopoderoso. La muerte podrá ser muy abstracta pero se vuelve tangible al tomar conciencia de ella. Así que en todo tiempo nuestros hemisferios cerebrales se activan continuamente, pero como especial tesoro deberíamos tratar a la imagen, al símbolo, al símil y a la metáfora (activadores por excelencia del lado derecho de nuestro cerebro).

La imagen presupone hacer más caso a lo literal del vocablo: pecado es transgresión de la ley, salvación es la dádiva de Dios, la muerte es la paga del pecado. Estas son imágenes literarias que se quedan en las palabras mismas, para que el lector reflexione sin mucho miramiento a las connotaciones. Podríamos decir que se trata de un mensaje directo, como cuando se afirma que el justo vivirá por la fe.  Yo soy el que soy, le dijo Jehová a Moisés, refiriéndose al nombre por el cual deberían llamarlo, en caso de que el Faraón preguntara quién había enviado al patriarca. 

Un símbolo es una imagen del lenguaje que nos habla más allá del sentido literal de las palabras. Los símbolos suelen ser culturales, a veces universales, pero siempre pertenecientes a un convenio social determinado. Esto resulta importante al leer las Escrituras, las cuales abundan en un simbolismo variado. Como prueba bastaría con mencionar al libro de Apocalipsis, donde el lector podrá valorar una gran simbología de principio a fin. Siete son las iglesias (cuando existían entonces muchas más), siete trompetas y siete sellos, una bestia con múltiples cabezas y cuernos, las muchas aguas donde se asienta la Gran Ramera, la ciudad de las siete colinas, la bestia que adorarán los moradores de la tierra cuyos nombres no están escritos en el Libro de la Vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo.

En el Antiguo Testamento se habla del agua como una imagen de lo que quita la sed (Éxodo 17:1-7) …y no había agua para que el pueblo bebiese. Aunque las palabras no son imágenes de las cosas (dado que el signo lingüístico es arbitrario), ellas reflejan el concepto y cada vez que leamos el vocablo AGUA veremos la imagen del líquido que ingerimos o con el cual nos bañamos, sea en las corrientes de los ríos o en los ductos que la llevan hasta las casas. Pero cuando este concepto se mueve más allá de su primera denotación (el líquido que bebemos, por ejemplo), las connotaciones (los contextos) aparecen con un sentido diferente (casi siempre convencional y cultural). En el verso 6 del texto de Éxodo citado leemos que Jehová le dijo a Moisés que Él estaría allí delante de él, en la peña de Horeb. Una vez que Moisés golpeara la piedra saldrían de ellas las aguas. 

Este relato presupone un símbolo que tendría repercusión en la literatura religiosa hebrea, ya que Jesucristo es la fuente de agua viva, como aquella que bebieron en esa roca los hijos de Israel. El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás…agua de vida eterna (Juan 4:14). Este símbolo de agua viva que es Jesús viene a ser un nivel diferente del sentido de la imagen que genera el vocablo AGUA. Acá Jesús pasa a ser el símbolo de la vida eterna confundido como el agua que se bebe para no tener sed jamás. Vemos que el pueblo aprendió rápidamente a distinguir la diferencia entre un término simple, que vive en la referencia de una imagen de la realidad, y un término simbólico qué transita en un nivel o plano lleno de connotaciones.

Destaca el hecho de que siempre la comprensión del texto ha de ser literal. Sí, aunque se hable de metáforas, de símiles o símbolos, de alegorías o de imágenes, es la letra aquella fundación de la que no podemos desprendernos. La letra en el texto nos conduce de la mano hacia la transición que hemos de hacer hacia el símbolo o hacia otra figura literaria. Fuera del texto no hay salvación, decía un semiótico del siglo XX. No nos podemos entregar por entero a una hermenéutica desbocada, ya que el sentido de las palabras debe conducirnos hacia los senderos del hablante -sea locutor o escritor. 

Cuando Pablo decidió no saber otra cosa sino a Jesucristo, y a éste crucificado, se entiende que el apóstol no dejó de comer o beber, no abandonó el sueño ni los caminares entre pueblo y pueblo. Solamente usaba una figura de lenguaje para connotar la importancia que tiene en la historia humana la crucifixión de Jesucristo. La hipérbole suele ser una figura de lenguaje muy utilizada cuando se quiere resaltar un determinado evento o una acción de relevante importancia. Por ejemplo, los fariseos dijeron en una oportunidad que todo el mundo se iba tras Jesús, dando a entender mediante esa exageración (hipérbole) que aquello era muy connotado. En realidad ellos se saltaron la literalidad de sus palabras para indicarnos un nivel secundario de sentido (el fenómeno que era Jesucristo). Los fariseos mismos no se fueron tras Jesús, tampoco lo hicieron Pilatos, ni el emperador romano, ni miles de judíos; así que la expresión todo el mundo no debe ser tenida en un sentido literal sino contextual o metafórico. En este caso se trata de una hipérbole. 

Las metáforas bíblicas son abundantes, con ellas se supone que se hace una comparación. Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Este verso de un Salmo destaca por lo metafórico de la figura literaria, una comparación entre el bramar del animal y el clamor del alma humana. Son dos realidades puestas en comparación, ligándose ellas para dar un sentido poético elevado: el ciervo brama mientras el alma clama. Uno lo hace por beber del agua y el alma humana lo hace por su Dios. Por supuesto, pudiéramos hablar de una meta-metáfora, ya que el sentido de la palabra agua no solamente viene a ser una imagen (lo cual lo es para el siervo) ya que ella ha alcanzado el sentido simbólico de Jesús como el agua de vida. 

El símil, por su parte, compara una cosa con otra. Normalmente tiene algún vocablo típico de comparación: como, tal, así como, etc. Como el agua fría al alma sedienta, así son las buenas nuevas de lejanas tierras (Proverbios 25:25). Este libro de Proverbios abunda en símiles, de manera que el lector de la Biblia puede hallar abundantes ejemplos de lo que es un símil. Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Jehová: a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1).

La expresión CONOCER A CRISTO CRUCIFICADO puede ser una exageración, pero tiene un trasfondo de pertinencia para el creyente. Tal vez lo veamos como una figura literaria, dentro de lo que Pablo nos quiso decir, pero debería ser nuestra meta el proponernos conocer a fondo a Dios el Padre y a Jesucristo el enviado. De igual manera tenemos una advertencia en Juan 17 cuando Jesucristo define la vida eterna. Empecemos de una vez a conocer lo que debemos conocer.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:06
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