Jueves, 23 de septiembre de 2021

A la ciudad de Capernaum le fue dicho que si en Sodoma se hubiesen hecho los milagros que se habían realizado en ella, habría prevalecido hasta hoy y no hubiese sido consumida bajo fuego y azufre. Pese a la cantidad de señales realizadas por el Señor en Capernaum, su incredulidad sobrepasaba la dureza de Sodoma. La gran pregunta se deja ver entre líneas: ¿Por qué no se hicieron los milagros en Sodoma para que prevaleciera hasta nuestros días?

Es decir, siempre resalta la soberanía divina cuando uno lee las Escrituras. Lo que se hizo en un lugar no se hizo en otro, lo que favoreció la misericordia en ciertos sitios se ocultó de otros. En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:25-26).

Aquellos que caminan como enemigos de la cruz tienen un final de destrucción, un dios que es el vientre y una gloria que es de vergüenza. Su mente se sumerge en las cosas terrestres, se ocupan continuamente de los asuntos terrenales que son innumerables y complicados. De seguro el Padre les escondió las cosas del evangelio a esos ‘sabios y entendidos’ del evangelio anatema, para enviarles más tarde un espíritu de estupor para que lo crean, de manera que terminen de perderse. No quisieron la verdad sino que prefirieron la mentira, por lo que las palabras de Jesús les resultaron muy duras de oír y Dios les envió el veneno de las palabras blandas.

Pablo lamentaba la situación de muchos judíos que se mostraban celosos de Dios. Su pasión por el Dios de las Escrituras se hacía notorio, como la de los viejos fariseos que recorrían la tierra en busca de un prosélito. Su lamento radicaba en que pese a su celo y entrega no existía la comprensión suficiente acerca del evangelio de Cristo. Habían olvidado la importancia de conocer al siervo justo que justificaría a muchos, habían desestimado la justicia de Dios.

¿Qué es la justicia de Dios? Ella solamente puede definirse en un término: Jesucristo. Ya sé que muchos alegan que siguen a Jesucristo como su Señor y Salvador, pero también se dice en las Escrituras que pese a ello el Señor dirá a muchos en el día final que se aparten de él porque nunca los conoció. Esta gente tiene una conducta similar a aquellos judíos mencionados por Pablo. Su celo y entrega por la religión, su pasión y esmero por cumplir los rituales asignados le han brindado aparente seguridad en su fe, si bien ignoran al siervo justo y desconocen la justicia de Dios.

La justicia de Dios implica su satisfacción por el pago del castigo del pecado. Jesucristo en la cruz exclamó que todo había sido consumado, así que no hay nada más que agregar. Esa es la justicia que el Padre acepta, no la que se le añade a la de su Hijo. Cuando usted comprende que no tiene nada que agregar a la redención que hace el Hijo, puede darse por seguro de que esa enseñanza viene del Padre. 

Tal vez alguien que camina como enemigo de la cruz pueda sugerir que lo que plantea la Escritura no es otra cosa que una adición a la justicia divina: ‘un perfecto conocimiento’ de ella. Esa sería una falacia por equívoco, ya que confunde el sentido del término medio. Entender la justicia de Dios no implica añadir perfección de entendimiento. Jesús lo aseguró cuando dijo que seríamos enseñados por Dios y que, habiendo aprendido, vendríamos a él (seríamos enviados por el Padre hacia el Hijo). 

Estemos ciertos en lo que dice Pablo cuando escribe a los Romanos (Capítulo 10), en cuanto a que nuestro celo por Dios debe ser conforme a conocimiento. Lo mismo dijo Isaías, que por el conocimiento del siervo justo éste justificaría a muchos. Jesús también lo afirmó: Erráis ignorando las Escrituras. A Timoteo le fue dicho que se ocupara de la doctrina, ya que de esa manera redundaría en beneficio para la salvación de muchas personas.

Juan nos impulsa en una de sus cartas a que habitemos en la doctrina de Cristo, que no le digamos bienvenido a quien no trae esa doctrina. Y Jesucristo también habló al respecto: Yo enseño la doctrina de mi Padre. De la abundancia del corazón habla la boca, una conclusión derivada de unos presupuestos declarados previamente: el árbol bueno no dará un fruto malo y el árbol malo no dará un fruto bueno. En otros términos, confiesa el evangelio que has creído y serás conocido como árbol bueno o como árbol malo.

Cristo es el fin de la ley, aquella ley que se introdujo para que aumentara el pecado. Una ley demasiado severa que nadie podía cumplir a cabalidad, de tal forma que quien fallara en uno de sus mandatos fallaría en todas las normas de la misma. Así que la ley no salvó a nadie, más bien fue el Ayo que nos acercó a Jesucristo, llegó a cumplir una simple tarea didáctica pero nunca a ser una vía de salvación. Jesucristo vino como Cordero sin mancha para cumplir a cabalidad con la ley divina, habiendo dejado satisfecho al Padre y aplacado su ira por el pecado de muchos. Ese Jesús murió por todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras, para resucitar al tercer día conforme a las Escrituras. Habiendo llevado el pecado de muchos sufrió dolores y no se quejó, soportó los azotes y el tormento de la cruz, representó por igual a todos los que conformamos el pueblo que el Padre eligió desde los siglos.

No nos toca averiguar quiénes son esas personas escogidas desde la eternidad para salvación, pero sí que podemos predicar este evangelio en todo el mundo. Unos creerán y otros odiarán más al Dios de la creación, pero los que reciben a Jesucristo, creyendo en su nombre, tienen la potestad de ser hechos hijos de Dios: No como un asunto de religión sino de comunión con el Padre. Dios dará arrepentimiento para perdón de pecados a todo su pueblo, lo llamará en el día de su poder, con llamamiento eficaz y no solamente general, para que habiendo aprendido de Él acuda hacia el Hijo. Éste lo recibirá y no lo echará fuera sino que lo resucitará en el día final. 

Somos amigos de la cruz porque no nos avergonzamos del poder del evangelio que es para salvación. Al Señor le fue otorgada toda potestad en el cielo y en la tierra, por lo tanto puede perdonar pecados. También intercede por su pueblo, se ha convertido en el abogado de los que son suyos. En tanto buen pastor conoce a sus ovejas y las llama a cada una por su nombre. Sus ovejas oyen su voz y lo siguen, pero al extraño no seguirán por cuanto desconocen la voz de los enemigos de la cruz. 

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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