Domingo, 19 de septiembre de 2021

Hay al menos cinco textos bíblicos que refieren al conocimiento del bien y del mal (Génesis 3: 4-5, 22; Deuteronomio 1:39; 2 Samuel 14:17; 19:35; 1 Reyes 3:9; Isaías 7:15). Existe el sentido negativo de la falta de conocimiento o discernimiento entre lo bueno y lo malo, como se desprende del citado texto de Deuteronomio. El rey vino a ser como un ángel de Dios, para discernir el bien y el mal, por cuya razón el Señor Dios vino a estar con él, de acuerdo al texto de 2 Samuel que resalta el hecho positivo de tal distinción. Las palabras de Salomón en 1 Reyes exaltan al Dios que le daría a él entendimiento de corazón, de tal forma que pudiera juzgar a su pueblo, distinguiendo el bien y el mal. Y no solamente en cuanto a la diferencia entre asuntos morales sino entre lo que es justo e injusto, para resolver cualquier controversia entre los hombres.

El niño por nacer, descrito en Isaías, habría de comer miel hasta que aprendiera a rechazar el mal y a escoger el bien. Aún Jesús tuvo que aprender desde niño tal distinción, ya que como ser humano vino a este mundo siendo poco menor que los ángeles, teniendo que ser sustentado como cualquier bebé indefenso en los brazos de sus padres. Al parecer, la tierra como habitáculo humano está sujeta a la dimensión espacio-tiempo, a una sintaxis, que no es otra que el cumplimiento del designio divino. El mal entró al mundo por medio de un hombre, el primer Adán, y con él la muerte; de esta manera todos tenemos que aprender a discernir entre el bien y el mal. Nadie escapa mientras tenga la naturaleza humana.

Pero el primer texto, el de Génesis 3, establece la proposición profética de la serpiente, encarnación del mal o de Satanás. En una directa contradicción a la proposición y advertencia del Dios ante su ser creado, seduce a Eva con el argumento de que el Todopoderoso no cumpliría su sentencia. No moriréis, fue la frase enfática que contenía toda ella una mentira, un argumento del padre generador de todo lo que va contra la verdad. Dios no sería tan rígido y severo como para asesinar a sus criaturas tan ingenuas, así que pudo argumentarse que matar a su propia criatura sería una ofensa para el Padre Creador de todo cuanto existe. 

La serpiente hablaba de parte de Satanás, en una isotopía semántica que apuntaba a la literalidad del vocablo: el mismo ángel de luz no había muerto, simplemente disfrutaba del conocimiento del bien y del mal. De igual forma, la exhortación alentaba con la idea de posesión del conocimiento de Dios que sabe todas las cosas, una de las cuales era que el día que comieren del árbol prohibido se abrirían los ojos del hombre.

El mismo Dios lo dijo, de acuerdo a Génesis 3:22: he aquí que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal. Pero la muerte eterna fue la consecuencia primera en la humanidad desobediente, así que la muerte corporal aguardó el tiempo requerido para manifestarse como otro castigo por obedecer al agente del mal. La humanidad sería como Dios, ciertamente, lo cual le acarrearía mayor responsabilidad. Dios es autónomo pero la criatura estaba sujeta a un mandato. La desobediencia trae consigo una forma autónoma aparente para los seres humanos, al mismo tiempo que le permite cierto grado de independencia o libertad moral. 

El hombre vino a ser como Dios, solamente que bajo el gobierno de la ley del pecado. Pero en su revelación progresiva, el Todopoderoso aseguró que había hecho al malo para el día malo. También dijo que el Cordero había sido ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). De manera que en los planes divinos Adán tenía que pecar, para poder cumplir sus propósitos eternos e inmutables. Ese conocimiento adquirido, aquella aparente independencia conquistada, han sido los males que le han generado tanta desgracia al hombre. Llegando a ser como Dios nunca fueron Dios. He allí el espejismo o la ilusión de la libertad supuesta, sometida a una inclinación continua al mal.

Muerto en delitos y pecados, aborreciendo lo bueno, dentro de los hombres no hay quien busque al verdadero Dios. No hay justo ni aún uno, más bien todos se apartaron buscando su propio camino. La justicia humana vino a ser como trapo de mujer menstruosa, de acuerdo a una metáfora bíblica. La condenación perpetua de Lucifer corre a su momento final cuando pasará a acabársele el tiempo como semidiós. Dice la Escritura que será atormentado delante del Cordero por siempre (Apocalipsis). Pero el que orquestó toda esta sinfonía trágica fue el mismo Creador de todo cuanto existe.

Sin el pecado no hubiese podido haber el escenario para la actuación del Cordero inmolado. Sin la predestinación del Padre no podría haber un hombre salvado, ya que por su naturaleza el hombre tiende siempre al mal y resulta incapaz para desear a Dios. El Espíritu vivifica al hombre cuando lo visita, en el día del llamamiento eficaz, pero no todos son enseñados por Dios para que aprendan y sean enviados a Jesucristo. La Biblia asegura que todos los que son enviados por el Padre al Hijo son recibidos y serán resucitados en el día postrero; en cambio, se desprende de esa afirmación bíblica que los que no vienen a él no han sido jamás enviados por el Padre (Juan 6).

Dios amó a Jacob sin mirar en sus buenas o malas obras, pero odió a Esaú sin mirar en sus malas o buenas obras. Con ese dictamen la Escritura presenta a Dios como gobernante supremo, como el Dios soberano que hace como quiere. El hombre lo acusa de injusticia, ya que Esaú cumplió el destino que tuvo prefijado, sin poder resistirse al designio eterno. La respuesta bíblica vino a ser una palabra dura de oír: Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece al que quiere endurecer. El hombre acusador no es otra cosa que un vaso de barro en manos del alfarero y el derecho de éste sobre la materia que forma viene a ser absoluto.

Desde la perspectiva bíblica Dios hace vasos de ira para demostrar su odio por el pecado y su justicia contra el pecado. La tragedia humana sigue siendo la misma, no poder eludir el destino de la Divinidad. Frente a este hecho innegable de las páginas de la Biblia, los teólogos han desesperado hasta más no poder. En su perplejidad han declarado a este Dios como un diablo, alguien peor que un tirano. Habiendo encontrado injusticia en Dios, reinventan el evangelio y democratizan el proceso de redención. A Jesucristo lo colocaron como alguien que murió por toda la humanidad, sin excepción, habiendo expiado todos los pecados de ella. En consecuencia el hombre asume su propio control (otro espejismo parecido al ofrecido por la serpiente) hasta poder decidir libremente su destino final. La conquista alcanzada con la ayuda de la serpiente en el Edén se ha transformado en su bandera. Ahora exhibe orgulloso su libre albedrío con el cual se sostiene haciendo filas con el objetor descrito en Romanos 9. Dios aportó su gracia pero el hombre decide si la recibe o la desprecia. Sumergido en esa teología no logra ver que se mueve en el otro evangelio, en el que es anatema. Por esa razón su camino resulta cómodo, ancho, atractivo, mientras que el sendero de la manada pequeña le parece estrecho e inoportuno.

Desafortunadamente para el hombre, la autonomía alcanzada por él bajo el influjo de la serpiente no le resulta absoluta. Tampoco su conocimiento sobre el bien y el mal le va de completo, ya que habiendo podido saborear la diferencia entre el bien y el mal no puede apartarse de su estado de pecado ni de su condición de muerte espiritual. Al no poder discernir las cosas espirituales las tiene como locura, de manera que se entrega a la fábula y busca quien le predique de acuerdo a sus razonamientos. Dos cosas terribles le acontecen todavía a la humanidad: 1) el diablo cegó el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz del evangelio de Jesucristo; 2) Dios le envía un poder engañoso al hombre para que crea la mentira, ya que habiendo escuchado la verdad no la amó sino que prefirió el engaño. De esa forma, su destino final viene a ser la muerte eterna, salvo que Dios muestre su misericordia y lo rescate.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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