Mi?rcoles, 15 de septiembre de 2021

A muchos les pareciera que existe un Dios diferente en el Antiguo Testamento de aquel del Nuevo Testamento. Pero no olvidemos que Jesús es el Logos, el que en el principio de todas las cosas hizo todo, y que sin él nada lo que ha sido hecho fue hecho (Juan 1). Así que aunque suceda que las muchas guerras del pueblo de Israel mostraron a un Dios en las batallas, también Jehová se exhibió ante Moisés como un Dios de misericordia. En Éxodo 34 leemos sobre ese Dios de compasión y gracia, lento para la ira y grande en misericordia y verdad. Sin embargo, allí también se lee que no dejará sin castigo al culpable. 

En el Nuevo Testamento también Jesucristo aparece como un Dios de juicio, el que advierte que resulta mejor entrar cojo al reino de los cielos que con los dos pies sanos entrar al infierno eterno. De igual forma se presenta como el Dios de amor que se entregó a sí mismo en favor de todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Así que aunque nadie haya visto a Dios, sino aquél que está al lado del Padre (Jesucristo), éste lo ha dado a conocer (Juan 1:18). Es decir, Jesucristo vino como el Hijo que dio a conocer al Padre en sus propias acciones, así como también aparecía en el Antiguo Testamento en conversaciones con sus profetas. 

No existe razón alguna para suponer la herejía de Marción acerca de que el Dios del Antiguo Testamento era un diablo, alguien distinto al Hijo del Hombre. Una cosa terrible son los juicios históricos vividos en el desarrollo del Antiguo Testamento, tocante al pueblo de Israel y el mundo pagano, y otra cosa por igual terrible es hablar del infierno de eterna condenación. Ambas acciones las hace un mismo Dios, el mismo Dios que amó de tal manera al mundo que le dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él crea no perezca, sino que tenga vida eterna. Pero también ese Hijo entregado por el mundo amado afirmó ante el Padre que no rogaba por el mundo (por el cual no había sido enviado), sino solamente por su pueblo que le había sido dado (Juan 17:9). 

Sí hay continuidad divina de trato y de forma en el Nuevo Testamento respecto al Antiguo. El Hijo no es más amoroso que el Padre ni menos justiciero que el Todopoderoso. Ambos son Dios, ambos son dos personas del Dios Trino. El Espíritu Santo es el que da vida, el que hace nacer de lo alto, pero no hace nacer a todo el mundo. Así que lo mismo se podría decir de él como persona, que es amoroso pero que al mismo tiempo hace justicia. El Padre eligió desde la eternidad a sus ovejas, el Hijo murió por ellas y las representó en el madero, justificándolas con su sangre, pero el Espíritu es quien las hace nacer de nuevo.

Así que el Espíritu no está en contra de la doctrina del Hijo, que es la misma que la doctrina del Padre; ninguna contradicción existe entre las tres personas divinas, sino que ellas concuerdan en el propósito eterno. El Dios del Antiguo Testamento hizo muchos milagros, separó el Mar Rojo, hizo pasar a los hijos de Israel por en medio de él y luego lo hizo cerrar para eliminar al ejército del Faraón. Envió diez plagas a Egipto, por mediación sobrenatural, para validar a su testigo Moisés. Pudiéramos hablar de lo que aconteció en en desierto con el pueblo desobediente, pero eso está escrito en la Biblia y es ampliamente conocido; nos podríamos referir a Josué, sucesor de Moisés para contemplar cómo el Dios del Antiguo Testamento estuvo junto a él. Lo mismo podríamos decir de Elías y Eliseo, pero podemos adelantarnos al Nuevo Testamento y miraremos a Jesús convirtiendo el agua en vino, caminar sobre las aguas, sanar paralíticos, darle la vista a los ciegos, hacer hablar a los mudos, expulsar demonios, caminar sobre las aguas. Sus discípulos fueron investidos con señales y prodigios, para que su testimonio fuese validado como sello de Dios.

Así que no hay diferencia alguna entre el Dios del Antiguo o del Nuevo Testamento. Un mismo Espíritu moviéndose sobre la faz del abismo, sobre los hombres a quienes da vida, sobre los huesos secos que han de cobrar vida. La espiritual fuerza de Dios se ve en acción tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, para acreditar a sus mensajeros, para manifestar la naturaleza del Dios de las Escrituras. El reino de ese Dios es fundamentalmente sobrenatural, lleno de poder para beneficiar a sus escogidos y para combatir las fuerzas del maligno. El trabajo intrínseco del reino de los cielos no es otra cosa que el milagro, la transformación del hombre muerto en delitos y pecados en un ser lleno de vida con un espíritu nuevo. 

La Biblia nos enseña que la única forma de responder acerca de la incógnita del hombre en la tierra es el milagro divino de la creación. No todos lo creen, hay muchos que prefieren volverse al azar, a la casualidad, a una explicación que presupone una fe superior en unas causas impropias, antes que una fe simple en la causa única del Dios creador. Pero la información que nos da la Biblia nos lleva a la creencia por fe de que fue una revelación hecha por Dios al hombre. Unos seres humanos inspirados, a lo largo de numerosos siglos, sumergidos en diversas culturas y lenguas, con múltiples profesiones, fueron los hombres elegidos para traernos los discursos del Dios Todopoderoso. Sus diversos profetas discurrieron sobre la promesa hecha en un principio, el mensajero que habría de venir, el Hijo encarnado del Dios vivo.

El Dios hecho carne fue una sorpresa inesperada para la mayoría de los que lo presenciaron, si bien unos pocos lo entendieron como la validación del anuncio hecho hacía siglos. No en vano fue escrito que Jesús vino a lo suyo, pero los suyos no lo recibieron. ¿Cómo entender un Dios sobrenatural en una forma natural, tan limitada como la nuestra? Bueno, el Dios hecho carne que habitó entre nosotros fue el testimonio para que comprendiéramos al Creador. Incluso se han usado antropomorfismos, una manera de colocar en términos humanos la inmensidad del Dios no conocido. En los Salmos se ha visto como una Roca, o como un ave que cuida a sus crías. 

La encarnación de Dios exhibe la limitación de lo eterno e infinito contenido apenas por el espacio tiempo. Un Jesús nacido de mujer pero siendo Dios hecho hombre, totalmente humano pero por igual totalmente divino. Pese a su humanidad, la Escritura nos dice que fue sin pecado; pero por causa de su pueblo fue hecho pecado para que Dios castigara en él todas nuestras ofensas. El llevó el pecado de muchos, afirma el profeta Isaías, habiendo muerto por nuestras iniquidades. Jesús fue concebido por el Espíritu, investido por el Espíritu en el bautismo, trasladado al desierto por el Espíritu. Pero volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor (Lucas 4:14).

Las humanas limitaciones de Jesús en tanto hombre fueron suplidas por la investidura del Espíritu Santo que lo acompañó desde la concepción. Y esa es la gran enseñanza para su pueblo, que nosotros también podemos ser investidos de ese Espíritu que nos fue otorgado como garantía de nuestra redención final. Nosotros tenemos una lucha viva dentro de nosotros mismos, porque nuestra vieja naturaleza lucha contra la nueva, para que no hagamos lo que deseamos con nuestra mente. Pero en Jesucristo no hubo esa lucha porque no tenía concupiscencia, pero sí hubo una suficiencia que llenaba la carencia que como humano tenía. Y es que como ya la Biblia lo ha dicho, Jesús era totalmente humano y totalmente divino, aunque sin pecado alguno.

En ese sentido la Escritura nos enseña que ella es útil para hacernos sabios para la salvación, por medio de la fe en Jesucristo. ¿Por qué razón? Porque ella es inspirada por Dios (por su Espíritu) con la finalidad de enseñarnos, de redargüirnos, de corregirnos y entrenarnos en justicia, a fin de que el hombre de Dios esté bien equipado para toda buena obra (2 Timoteo 3:15-17).  Cuando nos veamos muy atropellados por el mundo, casi sin fuerzas, recordemos que tenemos al Espíritu dentro de nosotros para capacitarnos con su poder, pero también con su sabiduría, recordándonos todo lo que Jesús nos enseñó. Pero nuestro Dios sobrenatural también opera naturalmente, a través de formas lógicas que colocó en nuestro mundo donde nos puso. Nos dio el intelecto y nos dejó su palabra, así que para que el Espíritu nos recuerde las palabras de Jesús debemos leerlas, escudriñarlas, si es que nos parece que en las Escrituras está la vida eterna.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 4:16
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios