Jueves, 09 de septiembre de 2021

Tal vez usted piense que tomar la decisión de seguir a Cristo ha sido el prerrequisito para la regeneración.  Pero así como tener un determinado conocimiento previo de la doctrina cristiana no implica ser regenerado, la decisión que se toma por Cristo tampoco puede implicarlo. Cierto que la Biblia dice que a todos los que lo recibieron, a los que son creyentes en su nombre, les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios, pero ese recibimiento no presupone una decisión o conocimiento tomados por un  hombre muerto en sus delitos y pecados. 

Claro que existe la predicación del evangelio en el mundo, para que los que sean alcanzados por la gracia de Dios puedan ser salvados; de igual forma, los que oyéndolo lo rechazan llevan mayor condenación. Pero la predicación o la lectura de las Escrituras no satisface la justicia de Dios, sino que la muerte de su Hijo ha venido a satisfacer al Padre. Todos aquellos a quienes él representó en la cruz son los herederos del reino de los cielos, los hijos que Dios le dio, sus amigos o sus ovejas. Ellos tuvieron que tener conocimiento de quién es Jesús para poder acudir a él, pero la prédica del evangelio presupone un trabajo del Espíritu en los predicadores, en cuanto el Padre enseña al elegido para que habiendo aprendido acuda hacia su Hijo. Así que no depende del que quiere o del que corre, de quien haga esfuerzo por ser bueno, por realizar buenas obras, sino de Dios que tiene misericordia. 

La salvación pertenece a Jehová, como dice el libro de Jonás. Jesús dijo que moriría por sus ovejas y que los cabritos serían apartados para condenación. No rogó al Padre por el mundo, pero dio gracias por los que le había dado y le daría por medio de la predicación de aquellos discípulos. Así que no se niega la predicación del evangelio, pero cuidamos la doctrina y nos ocupamos de ella, de acuerdo al consejo que Pablo le dio a Timoteo. Juan, por su parte, en una de sus cartas exhortaba a su iglesia a vivir en la doctrina de Jesucristo, advirtiendo que quien no habita en tal doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Es más, agregó que quien le dice bienvenido a quien no trae tal doctrina viene a recibir las plagas de quien no vive en lo que Jesús enseñó. 

La doctrina es un conjunto de enseñanzas esenciales respeto a la persona y obra de Jesucristo, así conviene conocer lo que Jesús pensaba acerca de la redención. Ya que él es el Redentor que el Padre envió a su mundo amado, conviene escudriñar las Escrituras para averiguar en qué consiste la salvación eterna. Jesucristo no murió por cada ser humano, sin excepción: sabemos que no murió en favor de Judas Iscariote, ni por Esaú ni por Faraón; no lo hizo por ninguno de aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Así que murió por su iglesia, para quitar todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21).

Por lo acá expuesto no conviene creer que la decisión que tomamos por Cristo viene a ser el requisito para la salvación, ya que ninguno puede ir al Hijo si el Padre no lo envía. Todo aquel que es enviado por el Padre resucitará en el día postrero, pero aquellos que no van al Hijo no lo hacen porque nunca fueron enviados por el Padre (esta enseñanza la dio Jesucristo y está reseñada en Juan capítulo 6). Esa doctrina enseñaba Jesús a muchos de sus discípulos pero una gran cantidad de ellos (la mayoría) se fue murmurando porque no pudo resistir tales palabras. Hoy día hay millones de personas que resisten esta palabra y la tienen por dura de oír, pero aunque murmuran contra ella se quedan merodeando en los templos como si fueran ovejas. 

Implica un desconocimiento del evangelio el suponer que su decisión personal le permite ganar la salvación, como si el evangelio fuese una oferta abierta para cada persona. En otros términos, quienes así piensan están sosteniendo una redención por obras, ya que los que se niegan a creer no le ponen fe a lo que han oído. Ellos sí que lo hicieron bien, colocaron su voluntad al servicio de la iglesia, repitieron la oración pastoral, levantaron su mano en el templo, dieron un paso al frente. Esos actos son obras que le dan seguridad a mucha gente, pero son tan inútiles como los actos de aquellos discípulos que siguieron a Jesús por mar y tierra, comieron de los panes y los peces presenciando sus milagros, pero luego se enfadaron con su doctrina. 

¿No dice el Apocalipsis que el quiera beber del agua de la vida eterna que lo haga de gratis? Sí, también el que quiera venga. Pero el problema radica en que no hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), no hay quien haga lo bueno. El alma del hombre natural está enemistada en forma radical con el Creador y desea aferrarse a su independencia que ha denominado libre albedrío. Jesús y los que anunciamos la palabra hablamos para todos los que oyen invitándolos a seguirlo, pero esa es una invitación externa o general. Tal actividad se realiza en dos sentidos: 1) para demostrar que nadie quiere o desea mirar su rostro; 2) para añadir mayor condenación a los que se resisten con insistencia.

Entonces, ¿quiénes son los que vienen a Jesús? Jesucristo dio gracias por ellos antes de ir a la cruz, asegurando que nadie los arrebataría de sus manos. Ellos son los que han creído y los que habrán de creer por la palabra predicada por aquellos primeros discípulos que el Padre le dio. Existe entonces un llamado particular y Dios conoce sus destinatarios, pero nosotros como anunciadores del evangelio desconocemos a priori.  A los que son llamados elegidos por el Padre Él los conoce y entran al reino solamente por medio de la predicación del evangelio que se cree por medio de la fe de Cristo. Son los salvados por gracia por medio de la fe (Efesios 2:8). Pero se nos encomendó anunciar este evangelio a las naciones para que tengan el testimonio del nuevo pacto (que es un pacto eterno), para que se demuestre la gracia de Dios en medio del pecado del hombre: ¿Cómo oirán si no hay quien les predique? (Romanos 10:14).

La gracia de Dios hacia Moisés (en el viejo pacto) sigue siendo la misma gracia que se manifiesta en el nuevo. La salvación siempre ha sido por gracia, aunque haya habido una ley enseñada a un pueblo para que viera la imposibilidad de alcanzar la justicia de Dios por medio de ella. Pero la ley enseñó al hombre que el pecado abunda donde ella prohíbe hacer el mal, para que Dios que es rico en misericordia y verdad mostrase su clemencia en su pueblo. Pablo lo aclaró, diciendo que no todo Israel sería salvo sino que la Escritura anunciaba que en Isaac sería llamada descendencia (la cual es Cristo). Esa Simiente (Jesucristo) prometida en el Génesis, traída en Isaac, recibiría muchos hijos (los hijos que Dios me dio, dice Isaías 8:18). Ellos serían su gloria y el Redentor reinaría por siempre sobre un mundo que está siendo colocado como estrado de sus pies. 

La gracia mostrada a Moisés resalta en luz y cantidad frente a la ira de Dios mostrada a Faraón. El contraste salta a la vista, como dice la Escritura: la herencia del impío será para el justo. La gracia mostrada a Israel como nación resalta frente al mundo pagano dejado en su ignorancia respecto a la ley escrita del Creador. Asimismo, hoy en día, bajo el nuevo pacto, la gracia de la redención por medio del evangelio de Jesucristo resalta en las ovejas frente a las cabras que son apartadas para destrucción. Hablamos de gracia porque es de gratis que somos salvos, no nos costó nada en absoluto. Todo el trabajo fue realizado por Jesucristo, el que en la cruz exclamó que todo había sido consumado. Los que añaden a su gracia ciertas obras personales para alcanzar o para asegurar una supuesta salvación, están desconociendo o ignorando la justicia de Dios y colocando la suya propia. Ellos hacen hoy lo que hicieron muchos judíos en el tiempo de la predicación de Pablo, cuando el apóstol se refería a ellos en Romanos 10:1-5 y decía que su celo por Dios era sin conocimiento, sin ciencia, de manera que estaban perdidos (porque oraba para ver si serían salvados).

La consecuencia de haber creído en el verdadero evangelio es muy sencilla: 1) existe un conocimiento dado por el Espíritu y por la palabra al creyente, por medio del cual reconoce que nada de lo que haya hecho o haga lo puede hacer ganar o retener la salvación (Efesios 2:8-9; Romanos 11:6); 2) deja de ser anatema y pasa al reino del amado Hijo, agradecido de habérsele dado un favor inmerecido (Gálatas 1:8); 3) jamás se apartará de la verdad para seguir al extraño o al falso evangelio, ya que solo sigue al Señor y ya no reconoce la voz del extraño (Juan 10:1-5); 4) habita en la doctrina de Cristo, para poder tener al Padre y al Hijo (1 Juan 1:9-10), así que tiene por igual el Espíritu del Señor como arras de su salvación final (Efesios 1:14); 5) jamás será apartado del amor de Dios, porque fue amado por el Padre y escogido por Él, redimido por el Hijo y está custodiado por el Espíritu que le permite amar la palabra con la cual convive (Juan 10:28).

Antes de que alguien reciba al Señor ha sido recibido por él, ya que él nos amó primero, él nos escogió y no nosotros a él. ¿Quién entendió la mente del Señor, o quién fue su consejero? Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios, cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos…(Romanos11:33-36). 

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:37
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios