Domingo, 05 de septiembre de 2021

La teología del arminianismo ha perneado la visión del hombre de la religión cristiana. El apelativo de cristiano le va bien para homologarse con los que creen de veras lo que la Biblia enseña, pero en realidad no están con nosotros de acuerdo a lo que Juan dijo: salieron de nosotros pero no eran de nosotros. El problema crucial o punto de divergencia entre ellos y los que anunciamos todo el consejo de Dios yace en el centro de las Escrituras: la soberanía divina. 

El Dios Todopoderoso pudo crear el universo con solo su palabra, pudo ordenar todas las cosas y hacer al hombre a su imagen y semejanza. Sin embargo, en materia de redención y perdición su soberanía se ve impedida por los criterios de justicia humana. El Derecho como fuente de control social ha surgido en el mundo civilizado desde hace siglos, pero pareciera que su normativa ha perneado el concepto de justicia y soberanía divina. La Biblia dice que el Juez de toda la tierra habrá de hacer lo que es justo, como una premisa general y universal. Así que todo cuanto Dios ha declarado en su revelación resulta justo, más allá de que la mente humana no lo pueda aceptar por sus criterios preconcebidos e influenciados por el Derecho en la historia humana. 

Incluso el concepto de soberanía territorial de las naciones viene dado en forma relativa, ya que los derechos de un determinado pueblo terminan donde comienzan los derechos de los otros países. Los espacios territoriales, marítimos y del aire también se rigen por el principio de la soberanía relativa de los pueblos.

Al tener esos conceptos fijados por la enseñanza en los centros educativos, la teología se ve trasegada por su influencia y ve la soberanía de Dios como un asunto relativo a la libertad humana. El hombre se hace culpable de sus errores siempre y cuando sea libre de cometerlos, lo cual da origen al principio de la dualidad: la responsabilidad se asume siempre que haya libertad. Pero en la Biblia encontramos que el ser humano le debe un juicio de rendición de cuentas a su Creador, independientemente de que no pueda cumplir la norma divina o de que se sienta incapacitado naturalmente para asir las cosas espirituales. 

En otros términos, la ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento, pero la incapacidad para cumplirla tampoco impide la responsabilidad. Esa es la condición humana, la caída en el pecado del alma no puede sino hacerla descender a las profundidades del abismo. Necesita por fuerza quien la levante o quien la haga nacer de nuevo, del Espíritu de Dios. La gran pregunta podría hacerse sin miedo alguno, ya que la respuesta está dada sin temor: ¿Por qué unos sí son rescatados por Dios y otros no lo son? 

Cualquiera pudiera decir que la obstinación humana es suprema y que eso ha hecho que el hombre se sumerja en el pecado. Pero eso dejaría abierta la posibilidad de que el trabajo humano importa para lograr salvarse de la condenación eterna. Entonces habría mérito en el hombre muerto en delitos y pecados, lo cual sería un contrasentido teológico. Además, el trabajo de Jesucristo en la cruz fue culminado en forma absoluta, lo cual indica que no necesita complemento alguno. La ayuda humana queda por fuera del tema de la salvación, por lo cual se ha considerado a Jesucristo como nuestra justicia.

Por otro lado, hay que añadir que la Escritura enfatiza en atribuir a Dios y a su soberanía la cualidad de salvador y condenador. Dice que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. No dice que deja al arbitrio humano su endurecimiento, como quien no actúa en rescate del necesitado, sino que crea las condiciones para que ese endurecimiento redunde en mayor condenación al réprobo en cuanto a fe. La otra gran pregunta que puede hacerse sin temor es si Dios sería injusto por hacer tal cosa, ya que nadie puede resistirse a su voluntad. ¿Por qué, pues, inculpa? La respuesta ya fue dada de inmediato: ¿Y quién eres tú para discutir con Dios? ¿Podrá la olla de barro decirle a su alfarero por qué me has hecho de esta manera? La potestad del alfarero es absoluta, así que la soberanía de Dios también lo es. No hay equivalencia entre la soberanía de las naciones y la soberanía divina, como no hay tampoco igualdad entre el concepto de justicia humano y el de la justicia divina.

A pesar de lo que la Escritura anuncia en sus páginas, los religiosos de hoy y de hace siglos se han vuelto objetores de Dios. Ellos prefieren sus tradiciones religiosas antes que la majestad divina, confeccionan una divinidad a la imagen de sus creencias y asunciones antes que aceptar lo que Dios declara de Sí mismo. Esa mala actitud teológica pasa como una meditación de vanidad, demuestra una ruptura con la concepción que Dios tiene de sus criaturas y una burla contra el cielo. Pero el Señor se reirá de ellos, como asegura el Salmo 2:1-5, cuando con ira hable y les haga caer su terror encima. 

Al suprimir la verdad han dado paso a un evangelio centrado en el hombre como medida de todas las cosas, han trocado la verdad en injusticia. En realidad han colocado su propia justicia al lado de la justicia de Cristo, ya que consideran que eso ayuda a su propia salvación, de acuerdo a su fábula anciana del libre albedrío. La promesa del diablo acerca de que el hombre sería como Dios pareciera cumplirse por instantes cuando el hombre pretende su independencia del Creador. Su razonamiento intenta crear una circunstancia que atenúa su falacia argumentativa, al declarar que Dios sería moralmente culpable si no respetara la libertad humana.

Esaú pasó a ser la referencia de la objeción, ya que fue odiado aún antes de ser concebido. Su destino fue trazado desde los siglos, lo mismo que sucedió con Judas Iscariote o con el Faraón de Egipto. Semejante Dios ha sido visto por estos teólogos del evangelio antropológico como un diablo, como un tirano, como alguien que no califica éticamente para presentarse como el soberano de las naciones. La pregunta del objetor levantado por Pablo en Romanos 9 resulta de simple comprensión, como una derivación lógica y conclusiva de la premisa mayor del Dios soberano. Pero prefieren suprimir la verdad comprendida por el objetor ya que admitirla sería asumir que Dios resultaría moralmente culpable. 

En otras palabras, una falacia ad hominem circunstancial o ad hominem ofensivo hace que el pensamiento religioso asuma la falacia como verdad. Por ese razonar torcido presentan al Dios de su propia imaginación, de su vana suposición, para evitar la condena del estándar de justicia humana. El Derecho prevalece con el criterio dual (libertad de acción para que haya responsabilidad) sobre la justicia divina que no es otra que Jesucristo. Dios no acepta otro tipo de justicia por el pecado cometido por su humana creación, solamente la de Su Hijo que se presentó como el Cordero sin mancha, haciéndose pecado por causa de todo su pueblo (Mateo 1:21). 

Ciertamente Dios endurece los corazones humanos, así como ha preparado a los réprobos en cuanto a fe. Tiene destinados desde siempre a quienes tropiezan con la roca que es Cristo, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la Vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8). No hay nada malo que haya acontecido en la ciudad que Jehová no haya hecho (Amós 3:6), pero a estos religiosos no les parece bien presentar el evangelio de Cristo que no es otro que la promesa de salvación de todas sus ovejas. Esas ovejas son los escogidos del Padre desde la eternidad, para darles el reino sin que medie obra humana alguna, ya que si hubiese obra humana de por medio la gracia ya no sería gracia.

La representación errónea de la justicia divina y de la soberanía divina ha demostrado que no son todos los que están ni están todos los que son; por igual ha dejado patente que muchos oirán en el día final que nunca fueron conocidos por Dios. Pero la apostasía contemporánea domina los atrios o apriscos con la predicación para que las cabras estén contentas en los sitios de las ovejas. Los pastores erráticos suprimen el alimento de las ovejas para darle de comer abrojos a las cabras. Al dejar a un lado esos textos o consejos de Dios como soberano en materia de salvación y condenación, ganan voluntarios y prosélitos que ofrendan su dinero, sus almas y sus vidas con tal de que les den palabras fáciles de oír.

En el evangelio de Juan, capítulo 6, vemos que Jesús enfatizó que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere. Prometió que el que es enviado del Padre lo resucitará en el día postrero y nadie será capaz de arrebatarlo de sus manos ni de las manos del Padre. Esa premisa mayor da como resultado que el que no es enviado por el Padre no será salvado, lo cual corrobora otra palabra suya cuando alzando los ojos al cielo dijo que así sería porque así le había agradado al Padre. 

El que quiera comprender al Dios de las Escrituras debería leerlas porque en ellas se da testimonio de Jesucristo y en ellas está la vida eterna. Al que no se ocupa de estas cosas de seguro le será más fácil dedicarse al Dios de su propia imaginación.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 23:31
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