Jueves, 02 de septiembre de 2021

Mucho se ha escrito en torno a la satisfacción del trabajo de Jesucristo en la cruz. Se ha dicho que murió por toda la humanidad, sin excepción, habiendo agradado al Padre en todo cuanto hizo. De esta manera extendió su perdón a toda la raza humana, sin que nadie quede inconforme por el alegato de no tener la oferta de salvación. Pero esa premisa se muestra falsa de principio a fin, ya que muchos son los que se condenan y demuestran que aquel trabajo en la cruz resultó insuficiente.

Por otro lado, no todos los supuestos beneficiarios de la cruz han oído hablar de la oferta, mucho menos saben quién fue Jesús. Así que con tanto gazapo oculto la presunción de la muerte expiatoria por todos queda puesta en tela de juicio. La Biblia sí que nos asegura que Cristo murió por su pueblo, conforme a las Escrituras. Eso lo dice Mateo 1:21, de acuerdo a la información que tuvo José después de recibir la visión acerca del nombre que debía colocarle al niño. Lo debía llamar Jesús, que traducido es: Jehová salva, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. 

Surge una pregunta, ¿quién es su pueblo? Ese conglomerado de personas es el conjunto de sus amigos, los elegidos del Padre, aquellos hijos que Dios le dio. Son aquellas personas por las cuales oró en el Getsemaní la noche antes de su crucifixión, por quienes agradeció al Padre por habérselos dado. De ellos dijo que ninguno se perdería, excepto el hijo de perdición, a fin de que la Escritura se cumpliese. Agregó que estaban guardados en sus manos y en las manos de su Padre, donde nadie podría arrebatarlos.

Pero hay todavía gente pertinaz y rebelde que se cuela en las denominadas iglesias, que más bien parecen sinagogas de Satanás. Estos aseguran que si el Señor abre las manos y el individuo se sale de ellas el diablo lo arrebata. En otros términos, niegan la certeza que el Señor ha querido plasmar con la figura usada respecto a sus manos y a las manos de su Padre, el cual es mayor que él. Pero al negar tal declaración niegan también la disposición eterna de la elección incondicional, ya que si el hombre no tiene nada atractivo para ser elegido solamente el consejo de la voluntad de Dios influyó en ello.

No hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios; todos están muertos en sus delitos y pecados, cada cual se apartó por su camino. Entonces, los elegidos no tienen condiciones atractivas para ser escogidos por el Padre, de manera que son salvos por gracia. Jacob fue amado eternamente por Dios, escogido para ser objeto de su amor y gracia; pero Esaú, el gemelo que proviene del mismo padre (Isaac) fue odiado desde la eternidad, sin miramiento a sus obras buenas o malas. Esta declaratoria bíblica irrita a los que sostienen que a pesar de la satisfacción en la muerte de Cristo existe una condición que el elegido debe cumplir.

Esa condición a cumplir la llaman fe, confianza, el creer en el Hijo de Dios. Pero confunden la consecuencia de la regeneración con la causa; de esta manera la obra triunfa sobre la gracia y el trabajo de Cristo habrá quedado incompleto en la cruz. Fue Cristo un mentiroso al declarar que su obra había sido concluida (Tetélestai), así que Dios estaría plagado de mentiras al decir cosas a través de sus profetas que son falsas de acuerdo a la interpretación de los exégetas del evangelio diferente, el de las obras.

Los del otro evangelio (como Pablo se refiere) aseguran que Cristo satisfizo la ley, pero que para aplicar esa satisfacción en nosotros debemos cumplir con cierta condición: aceptarla por fe, creer por fe, vivir por fe. Eso no es más que un subterfugio de obra muerta, ya que si los muertos no pueden ni moverse tampoco podrán llegar a tener fe por cuenta propia. Olvidan la regeneración, los que tales cosas predican, ya que el Espíritu es el que da vida a todo el que quiere, a todo el que el Padre le ha indicado que es su oveja. Esa vida se llama regeneración, el volver a nacer, el nacer de lo alto. Con ese nuevo nacimiento nos nace la fe, el instrumento que se menciona en Efesios 2:8, cuando se dice que por medio de la fe somos salvos por gracia. 

¿Cómo puede tener fe un muerto en delitos y pecados? Primero tiene que nacer de nuevo (como se lo dijo Cristo a Nicodemo), ya que no le basta el celo por Dios si no es conforme a ciencia. Esa ciencia o conocimiento no es otra que la justicia de Cristo. El Señor demostró su propia justicia, como Cordero sin mancha, de tal forma que pudo dar satisfacción plena por nuestros pecados. Al que no conoció pecado Dios lo hizo pecado por causa de su pueblo; él sufrió por nuestras iniquidades, de tal forma que no tengamos que pagar nosotros por ellas. 

Decir que esa satisfacción se hace nuestra si la aplicamos por medio de la fe resulta en una incoherencia teológica que raya en lo irracional. Tuvimos que ser regenerados para poder recibir la gracia que viene por medio de la fe, así que todo proviene del Padre de las luces, de arriba, de la voluntad de Dios y nada viene de la voluntad de varón. ¿No ha dicho la Biblia que el incrédulo tiene como locura la palabra de Dios, porque no la puede discernir? Entonces, ¿cómo se le puede exigir fe al incrédulo para que discierna el trabajo expiatorio de Jesucristo y aplique esa expiación en su beneficio? 

Esa es la razón por la que fue escrito que no depende del que quiere ni del que corre, como si alguno quisiera y corriera, sino que depende de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero que endurece al que quiere endurecer. Esa es la razón por la que también fue escrito que Dios odió a Esaú aún antes de ser concebido, sin tomar en cuenta su obra mala o buena. Esa es la razón por la que se levanta la objeción contra la decisión del Creador de ejercer su soberanía en materia de salvación y condenación, por lo cual el mundo religioso se irrita tanto contra quienes pregonan lo que la Escritura enseña al respecto.

No en vano a Jesús trataron de matarlo varias veces cuando enseñaba esta doctrina. Muchos de sus discípulos que lo seguían por tierra y mar lo abandonaron dando murmuraciones contra su doctrina, diciendo que aquella palabra era dura de oír. Hoy día existe otra modalidad peor que la huida que hicieron aquellos alumnos de Jesús, hoy se quedan en los templos merodeando junto con las demás cabras que se alimentan hasta del papel de las Biblias. Como cabras comen lo que se les coloque al frente, aproximándose a toda forma de doctrina para satisfacer sus oídos. Sí, buscan quien les predique y pagan cuantiosamente con sus ofrendas y afectos a todos los que adornan su ídolo que cargan a cuestas, al dios que se hicieron a su propia imagen.

¿A quién adoran los que sirven al ídolo que no puede salvar? A Beelzebú, sin duda, al demonio que representa el falso dios que se han construido. El fuego extraño no lo acepta Jehová, por cuya razón los hijos de Aarón perecieron como testimonio del rechazo a su impertinencia. Aquellos que domingo tras domingo asisten a sus sinagogas para alzar sus manos en alabanza a un dios que murió por todos pero que no salvó a nadie en particular, que espera por la voluntad de los muertos en delitos y pecados, en realidad son zombies que celebran la muerte eterna. 

La satisfacción de Jesucristo no la podemos hacer nuestra por una aplicación de fe, ya que la fe es un regalo de Dios y no es de todos la fe. Así que la fe viene por el oír la palabra de Dios (de Cristo), pero les llega a quienes el Padre enseña para que aprendan. Solo así podrán ser enviados hacia el Hijo y éste no les echará fuera nunca (Juan 6: 44-45). Si la fe fuese un trabajo humano, entonces ¿cómo podría la Biblia asegurar que Dios nos llamó y salvó con llamamiento santo, no de acuerdo a nuestras obras (2 Timoteo 1:9)? Además, esa gracia fue dada a nosotros en Cristo Jesús antes de la eternidad, en otros términos, antes de que tuviésemos la fe que también nos fue regalada.

Sirve al Príncipe de este mundo todo aquel que prefiere alimentar a las cabras dejando con hambre a las ovejas. Hay quienes ocultan la soberanía de Dios en materia de salvación, para que sus cabras no se exalten y no se vayan de los apriscos donde son ordeñadas cada vez que pueden sacarles provecho. Esos son pastores perniciosos que ocultan en pieles de ovejas el rostro feroz del lobo que llevan dentro. Pero la voluntad del Padre es que el Hijo no pierda nada, que todo lo que le haya dado lo resucite en el día postrero (Juan 6:39).

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:36
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