Mi?rcoles, 01 de septiembre de 2021

Pese a que andamos en el camino angosto, la tribulación a la que podamos estar sometidos no nos impide la expansión propia de los herederos del reino. La manada resulta pequeña pero el espacio del reino no tiene límites, así que no nos sintamos en estrecho. Ese es el mensaje de Pablo a los corintios, atribulados sí pero nunca en estrecho. στενοχωρέω (Stenojoreo) es el verbo griego para indicar que algo está acorralado, pero la partícula negativa que acompaña el discurso de Pablo establece que no lo estamos.

Ni ansiosos, ni confinados, ni sumergidos en la dificultad. Ese dictamen lo ha dado el Espíritu a través del apóstol, así que no podemos afanarnos por nada. La tribulación llega para dejarnos su aflicción, pero el creyente no cede hasta perder la esperanza. La esperanza es lo último que suele perder el impío, mas el creyente sigue en la confianza que da el saber que el Señor provee todas las cosas según el consejo de Su voluntad. Perseguidos y expulsados, pero no olvidados ni destruidos; así que aunque nuestro padre y madre nos dejaren, con todo Dios nos recogerá. Los que vivimos siempre somos librados de la muerte por causa de Jesús, para que su vida se manifieste en la muerte de nuestra carne.

Amenazas, maldiciones y reproches, son algunas de las aflicciones de los justos. Otros justos padecen la prisión, severas torturas y aún la muerte física. Sin embargo, el creyente sabe que Dios no lo ha abandonado; en cambio, el verdadero sentido del término ateo no es otro que el olvidado por Dios. Un ateo es alguien que está sin Dios, literalmente. El creyente no puede considerarse destruido, ya que aunque su vaso de barro suele ser frágil Dios lo sostiene. Los vasos de destrucción son aquellos preparados por Dios para la alabanza de la gloria de su juicio y justicia por el castigo hacia el pecado.

La iniquidad no puede generarnos envidia, pese a que veamos al impío sumamente enaltecido. Tal vez el que no teme a Dios ni siquiera siente congojas por su muerte, ni sufre como los demás mortales, pero de nada le sirve ganar el mundo si su alma se pierde. La hierba verde pronto se seca y la flor se marchita, así el impío extendido como laurel verde tendrá su sequedad. El que se goza en Jehová y le encomienda su camino verá que su justicia será exhibida como la luz y su derecho como el mediodía. El silencio ante el Señor hace que la espera valga la pena.

El enojo o la ira no debe excitarnos a hacer lo malo, ya que los malignos serán destruidos. Vivimos en una época en que la maldad ha sido aumentada y fácilmente anunciada con los medios digitales a la mano. Los dualistas suponen que Jehová lucha contra Satanás y gana algunas batallas, pero ignorancia plena existe en quienes así piensan. Aún al malo ha hecho Dios para el día malo (Proverbios 16:4). Más bien debemos abrigarnos en las Escrituras para poder comprender lo que acontece hoy día en todos los rincones del planeta.

El pobre, el menesteroso y el de recto proceder ven al impío entesando su arco y desenvainando su espada. La promesa dice que su espada entrará en su mismo corazón mientras su arco será quebrado. No se trata de proferir palabras de condenación contra alguien, sino de ver como en un teatro la actuación del Todopoderoso. Estad quietos y conoced que yo soy Dios, dice el Salmo 46:10. La quietud que se nos exige presupone dejar el temor y la impaciencia, dejar de ser tumultuoso o sin orden, al saber que no somos indolentes ante la injusticia y el atropello del mundo, que no ignoramos las maquinaciones de Satanás, sino que conocemos el final de la prueba.

El Señor será exaltado en su venganza contra las naciones paganas, contra las gentes que profesan su nombre de puro labio pero con corazón distanciado de Él. El dominio del Señor no tiene límite alguno, simplemente que en la presente era se ha permitido el pecado humano como fruto del engaño luciferino, para que se demuestre y se exhiba el triunfo del Cordero. Esta es la épica de Dios, su epopeya en su universo, su gran obra maestra: la gloria preparada para su Hijo, junto con los hijos que le fueron dados. 

No estamos estrechos porque tuvimos herencia en Cristo, una parte o lote junto al Hijo de Dios, en la plenitud de su gracia, en las bendiciones y promesas que están incluidas en él. La gloria de la felicidad eterna en los cielos, guardada para los que hemos sido elegidos en Cristo, nacidos de nuevo para una vida de esperanza a través de la resurrección de la muerte. Como dijo Job: Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mi (Job 19:25-27). 

Interesante que Job no era israelita pero tuvo semejante revelación divina, la de vaticinar que su Redentor vivía y que aparecería sobre la faz de la tierra, pisando su polvo, pero que también  resucitaría (se levantaría sobre el polvo). No solo eso, sino que además él mismo, siendo un mortal como nosotros, después de su muerte vería a Dios con sus ojos (con su cuerpo resucitado), lo vería él mismo y no otro, es decir, con su propio cuerpo. 

Seguro que el Señor volverá comandando con su voz que los muertos salgan de sus tumbas, como lo hizo Lázaro, y estará de nuevo sobre el polvo de la tierra. Esta vez lo hará como el Cordero triunfante, habiendo subyugado a sus enemigos, incluyendo al feroz enemigo que es la muerte, destruyéndola en forma definitiva por medio de la resurrección de los cuerpos. Esta es la gloria que vio Job desde hace siglos, por la fe que le fue otorgada y, por tal razón, a pesar de sus pruebas atroces no fue puesto en estrecho en ningún momento.

El cristiano muere y su piel es deshecha junto con todo su cuerpo, pero después de deshecha su carne verá a Dios con sus propios ojos. Feliz el que tiene parte en esta primera resurrección (Apocalipsis 20:6), porque no verá más muerte; los muertos en Cristo resucitarán primero (1 Tesalonicenses 4:16). En cambio, los de la segunda resurrección serán colocados para vergüenza y confusión perpetua. La resurrección de condenación (Juan 5:29) equivale a la segunda resurrección (Apocalipsis 20:15), que son los no bienaventurados por no haber sido resucitados en la primera resurrección. 

Así que un poco de aflicción aquí, un poco de dolor allá, pero jamás acorralamiento hasta sentirnos estrechos. Como también lo dijo Pablo, ya quisiéramos estar ausentes del cuerpo para estar presentes al Señor, ya que el vivir es Cristo y el morir es ganancia. Si morimos estamos cara a cara con el Señor. No hay ningún estado intermedio, como si el que muere perdiera la conciencia y aguardare indefinidamente a ser despertado; al contrario, en la parábola del Rico y Lázaro se ve claramente el destino inmediato de cada uno, asimismo se comprende del relato de lo acontecido con el ladrón en la cruz. A este malhechor arrepentido el Señor le prometió que estaría ese mismo día con él en el Paraíso, mientras Pablo nos alienta a partir y estar de una vez con Cristo, lo cual es muchísimo mejor.

¿Estaremos en estrecho? En ninguna manera, más bien somos más que vencedores: ni la muerte, ni la vida, ni potestades, ni ninguna cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús nuestro Señor.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 20:05
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