Jueves, 26 de agosto de 2021

El conocimiento del bien y del mal es la conciencia incorporada en su naturaleza que tienen todas las personas por mediación de la creación de Dios. No se trata de la distinción entre el valor moral de lo bueno frente a lo malo, más bien llega a la idea de la recompensa o sanción de la norma implícita por los actos cometidos. Se puede señalar a este conocimiento como un universal de la cultura humana, de acuerdo a los relatos bíblicos y a muchos mitos recopilados en las comunidades humanas a través de los siglos.

El hombre conoce y algunos piden sabiduría, como fue el caso de Salomón, pero Dios tiene la reserva exclusiva de establecer la norma general de lo que es bueno y lo que es malo. Dios no necesita llegar a conocer la diferencia entre el bien y el mal, el hombre la intuye pero se maneja en su aprendizaje. Como cuando un individuo conoce que hay leyes jurídicas en su país y necesita estudiarlas para volverse docto en ellas, así también conviene al ser humano común aprender lo que por intuición de su conciencia parece que sabe.

Ciertamente, Dios establece los parámetros o los axiomas para el alma humana. No se le puede negar este acto de soberanía absoluta, como si la criatura pudiera destronarlo de su dominio sempiterno. Lucifer fue majestuoso, porque así fue hecho, hasta que fue hallado en él la maldad del orgullo y la soberbia, de la deslealtad, del exceso de ego. Su maquinación en el Edén lo desnuda frente a la humanidad a lo largo de su historia, aunque mucha gente (la mayoría) lo justifique.

La ilusión de la libertad en el acto de ser como dioses ha hecho que los hombres se entreguen al oficio de imaginar a Dios como tirano, mientras ellos trabajan en su desplante. El diablo, la serpiente antigua, el dragón o Lucifer, se presenta como el que trae el conocimiento a la humanidad. Una humanidad envanecida por la arrogancia de la ciencia mediante la cual pueden prescindir el Creador. Su vieja ignorancia cuando atribuía al fenómeno de la caída de un rayo a un acto de ira del Dios conocido, ha sido disuelta bajo el estudio sistemático y científico. Pero ya no les basta con resolver su problema de ignorancia en la relación de la ira divina con la caída del rayo en una tormenta eléctrica, sino que rechazan por igual al Creador de la naturaleza.

Lucifer descubrió también mucho antes que el hombre el conocimiento del bien y del mal. El no se conformó con el servicio que le fue dado como oficio, sino que con su acto de rebeldía conoció el sopor del infierno y derrota al caer de la majestad que tuvo un día. Perfecto era, hasta que fue impedido de su encanto. Al convertirse en padre de la mentira se colocó como un contradictorio con la divinidad que lo hubo creado. Si el Dios de la Biblia se considera como el Padre de las luces y de toda verdad, el diablo ha venido a ser el príncipe de las potestades del aire, de las tinieblas y el asesino del alma humana.

Desde Nimrod hasta los últimos gobernantes de las naciones de hoy día, todos o casi todos se han imbricado en el desarrollo de la ideología que los sostienen. Proclaman la voz de la sangre, de la ciudadanía y del terruño, mientras ellos parecieran ser los medianeros o mediadores entre la divinidad oscura y la palabra o logos encendido frente a los hombres. Los distintos imperios han dado fe de lo que acá se dice, pero fue Daniel el profeta el que describió su síntesis al descifrar el enigma de la imagen que soñó Nabucodonosor. Babilonia, los Medos, Grecia y Roma han sido contundentes modelos del gobierno humano como mediador entre la conciencia universal del bien y el mal y el logos ideológico con el que controlan las masas. 

Pero la forma y manera continúa derivándose todavía de aquellos viejos modelos, como vemos en Napoleón, en Hitler y sus pequeñas copias en las dictaduras contemporáneas. Las democracias también participan en la medianería del logos como instrumento manipulador hacia los gobernados. Justo sería recordar que el Mediador entre Dios y los hombres (Jesucristo hombre) no incluye complementos humanos o demoníacos, ni soporta otra revelación como si se admitiera un nuevo evangelio.

Dentro de la teología cristiana (cristiana como cultura) se acusa a Dios de tirano. Alguien peor que un diablo, en palabras de John Wesley, porque negando el libre albedrío hace responsables a los hombres pese a toda su inhabilitación espiritual. La pregunta clásica ya ha sido descrita en la Biblia: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido resistir a su voluntad? ¿Será Dios injusto? Esta inquisitiva se plantea como respuesta a lo que se ha escrito respecto al modelo de trato que Dios le dio a Esaú. El ser humano natural, en su afán teológico contaminado en el Edén, quiere continuar la rebelión de su viejo maestro. Disfrazado de piedad, en virtud de su teología cristiana, argumenta a favor de la dualidad entre libertad y responsabilidad. El hombre no puede ser responsable ante Dios si no es libre, si lo fuere Dios sería injusto.

Ese reclamo que hace en favor de sus semejantes no es más que una bandera colocada en sus manos por el padre de la mentira. Con tal proposición también se eleva la querella del príncipe de las tinieblas, el que reconoce que también ha sido creado para el día malo (Proverbios 16:4). El diablo ya no solo se pone a él mismo a nivel de Cristo, o en contra de él (el verdadero significado del término Anticristo), sino que ha hecho que la criatura humana colabore con su trabajo y convierta su protesta en un argumento de cantidad. A mayor protesta y a mayor número de rebeldes, el Creador debería reconsiderar su mandato.

Pero Dios no ha entrado en pánico por causa de la ciencia, más bien nos ha estimulado a conocer. Incluso ha dicho que por su conocimiento, el Siervo Justo justificaría a muchos. Sin embargo, la Biblia condena la falsamente llamada ciencia. El Creador nos ha ordenado conocer para dominar la tierra, conocer para acercarnos a Él, conocer al Hijo para poder saber a quién hemos de llamar. Un conocimiento que presupone una adherencia, a tal punto que se nos conmina a habitar en la doctrina de Jesucristo.

En ningún momento se nos ha aupado al abandono del cuerpo de enseñanzas del Hijo, más bien se nos incita a ocuparnos de su doctrina a fin de salvarnos y de ayudar en la salvación de otros. Precisamente, su doctrina nos enseña que no podemos ser salvos por nuestros medios sino que por pura gracia y soberanía se nos ha elegido para recibir la dádiva de la salvación. El que no reconozca esto está demostrando que no ha sido enseñado por el Padre, por lo tanto anda perdido como el más infeliz demonio en la tierra. El príncipe de la mentira, el que ha sido homicida desde el principio, ha desarrollado una teología que hace ver a Dios como el que odia el conocimiento. Le atribuye el mandamiento de No conocerás.  

En ese mandato infernal se han quedado millones de supuestos creyentes, hombres de religión que repiten textos de las Escrituras sacados de contexto, que guardan los ritos religiosos para demostrar aparente piedad. Sin embargo, su doctrina suave de oír, a pesar de que encanta a muchos, lleva a un final de muerte. Hicieron lo mismo los fariseos, celosos de Dios, los que recorrían la tierra entera en busca de un prosélito. Pero ellos fueron declarados generación de víboras, sepulcros blanqueados, celosos de Dios no conforme a conocimiento o ciencia. 

La Biblia resulta enfática cuando dice que hemos de habitar en la doctrina de Cristo, que no hemos de dar la bienvenida a ninguno que no traiga tal doctrina. Conviene ocuparnos de ella, como permanecer en la doctrina que una vez fue enseñada por los apóstoles y por su Señor. La soberanía divina, tiranía para los teólogos del otro evangelio, permanece por los siglos. Según tal dominio el hombre no tiene cómo cambiar su destino prefijado desde los siglos, pero lo más grave, tampoco tiene las maneras de evadir el juicio de rendición de cuentas que le debe a su Creador. 

Feliz el hombre cuyo pecado ha sido perdonado y cubiertos sus pecados.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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