Jueves, 19 de agosto de 2021

Un Dios perfecto hace las cosas perfectas, aún más allá de su abundancia y riqueza. Cuando se trata de la economía de la salvación se manifiesta con absoluta precisión.  Jesús vino a salvar pecadores, pero a muchos pecadores (no a todos). Dio su vida por nuestros pecados para librarnos de este presente mundo malo, de acuerdo a la voluntad de Dios nuestro Padre. En otros términos, no según nuestros deseos, ni adecuado a la teología desviada de muchos hombres de religión, sino de acuerdo a las Escrituras fue que Jesucristo vino a morir por todos los pecados de su pueblo, como dice Mateo 1:21. 

Ciertamente vino Jesucristo a buscar lo que se había perdido. Esta frase impone una restricción en el conjunto referido, ya que si todo el mundo se perdió (como en efecto así lo señala la Biblia) y Jesucristo vino a salvar lo que se había perdido, cualquiera pudiera en forma simple concluir que Jesucristo vino a salvar a todo el mundo. Pero hay otro texto que refiere en forma específica al conjunto perdido que vino a buscar Jesús: a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Somos el Israel de Dios, así que judíos y gentiles como conglomerado de los elegidos del Padre constituimos el universo total de las ovejas que Jesucristo vino a redimir. 

Sí, Cristo vino a este mundo a salvar pecadores (1 Timoteo 1:15), como también Mateo 20:28 nos da el motivo de su venida, asegurando que vino para dar su vida en rescate por muchos.

Estos pecadores rescatados son distinguidos del mundo (Juan 17:9), para asegurar que hay dos grupos de personas excluyentes. Está el mundo de Juan 3:16, amado por el Padre en gran manera, pero está por igual el mundo de Juan 17:9 referido por el Hijo la noche previa a su crucifixión. Este último mundo no forma parte del objeto de la misericordia del Señor, más bien a él pertenecen los Esaú y los Faraones del mundo, los que moran en la tierra cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la Vida del Cordero desde la fundación del mundo.

Acabamos de señalar al menos tres mundos referentes: el amado por el Padre (el mundo de los creyentes), el dejado a un lado por el Hijo (el de los réprobos en cuanto a fe) y el que alude al planeta donde vivimos (sitio donde coexisten ovejas y cabras).

La doctrina de la redención universal está fuera de las Escrituras en tanto pasa a ser un evangelio destructivo. Por millares se cuentan los que asumen con interés los parámetros de la expiación universal de Jesús, pero aunque disfracen su evangelio diferente siempre les seguirá siendo anatema. Ellos profesan amar a Jesús con su corazón y no pierden tiempo en el debate teológico para colocar la mente supeditada a la emoción y a la fe. 

La sangre de Cristo ofrecida a Dios purga nuestras conciencias de obras muertas, de tal forma que podamos servir al Dios vivo (Hebreos 9:14). Sí, la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado, aún el de incredulidad; así que ya no somos incrédulos sino creyentes. Pero hay muchos que no creen, que disputan con el Espíritu del Señor, llamando injusto al Creador por meterse en asuntos de salvación y condenación eternas sin que tome en cuenta a la criatura. Estos enarbolan la bandera del libre albedrío como su sine qua non perpetuo, en una suerte de dualismo teológico que clama por una libertad que los haga responsables ante Dios.

La Escritura enseña lo contrario: al Dios soberano nadie puede resistir, de manera que tendrá misericordia de quien quiere tenerla y endurecerá a quien quiera endurecer. Así que no depende de nosotros, sino de Dios que hace como quiere. Más bien Pablo levanta la figura de un objetor en su Carta a los Romanos, capítulo 9, cuando expone la doctrina de la elección incondicional. Ese objetor interpreta correctamente el texto del apóstol, para reaccionar contra lo que considera una injusticia cometida contra Esaú. La pregunta razonada del objetor aparece como un claro resumen de la comprensión de la teología expuesta: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? (Romanos 9: 19).

Dada la intención de la muerte de Cristo, que fue la del perdón de pecados para su pueblo, la de hacernos hijos adoptivos de Dios, la de liberarnos de la esclavitud de Satanás, la de santificarnos hasta llevarnos al estado final de la glorificación, vemos que hubo una cantidad de frutos naturales de su trabajo en la cruz. Si esto fue propuesto en beneficio de toda la humanidad, sin excepción, pudiera inferirse lo siguiente: 1) Dios falló en cumplir lo que se propuso, ya que muchos por los que Cristo murió están bajo la condenación eterna. Por supuesto que aseverar tal proposición raya en el acto de la blasfemia; 2) todos los hombres serán salvos, santificados y glorificados en virtud del trabajo de Cristo en la cruz. Por supuesto, la objeción de lo que se dijo antes se repite ahora: la experiencia de millones de personas refuta tal idea.

En virtud de que la universalidad de la salvación no tiene asidero bíblico, sus desarrolladores han jugado con variantes que aparentan resolver el problema. Ellos dicen que Jesucristo murió por todos, sin excepción, pero que hizo la redención, santificación y glorificación solamente posibles. En resumen, el ser humano bajo el ejercicio de su libre albedrío decide su propio destino final, acepta tal salvación o la rechaza. De esa manera Dios queda a la expectativa por la respuesta humana al trabajo de Su Hijo, trabajo que no logró todavía nada. Solamente fue una labor que potencialmente salva pero que no lo hace en forma actual. 

De nuevo, ese no es el Dios de las Escrituras. Tal vez sea más humanista, más suave que el presentado en Romanos 9:19, en Juan 6, en Efesios 1, etc., etc., pero no refleja la perfección del Creador de todo cuanto existe. Ese Dios Hacedor de todo ha reclamado para Sí mismo ser el autor del bien y del mal (Isaías 45:7), ha creado al malo para el día malo (Proverbios 16:4), hace lo malo que ocurre en la ciudad (Amós 3:6), sin tener respeto por las personas (acepción de personas).  De igual forma, asegurar la muerte de Cristo en favor de cada uno de los seres humanos implica negar que el Hijo realmente compró por medio de su muerte a personas específicas. 

Decir que Jesucristo compró una universalidad de personas y que cada quien decide anotarse en esa lista, significaría por igual que no compró a la totalidad de las personas. De igual manera sería injusto para el conjunto humano, ya que no todos caben en el mismo autobús que va hacia el cielo o no formarían parte de la universalidad comprada. En realidad Jesús murió por su iglesia, los elegidos de Dios, aquellos que el Padre le dio. El dijo que ninguno podía ir a él a no ser que el Padre lo trajera, de manera que los que no van a él no los envía jamás el Padre.

El concepto de depravación humana no presupone una maldad absoluta. Tiene que ver con la facultad del alma para pecar, para inclinarse por completo a la impiedad (en especial en los no regenerados). Cualquier descendencia de Adán está corrompida (aún desde el vientre de la madre, como decía David), así que los pensamientos del hombre natural, sus palabras y sus acciones, aunque vengan cubiertas de moralidad, religiosidad o piedad, constituyen obras muertas. Cada ser humano está sujeto a la deuda del juicio de rendición de cuentas ante su Creador, sin que sea excusado por no poseer discernimiento espiritual.

Tal vez las cosas de arriba le parecen locura, precisamente porque no logra discernirlas, pero no por ello queda excusado en base a su ignorancia. Lo que de Dios se conoce ha sido manifestado a través de la obra de la creación, pero el corazón empecinado y apartado de Dios ha dado honra a la criatura antes que al Creador. Por esa razón Dios mismo ha entregado a muchos de ellos a las pasiones vergonzosas, para que deshonren sus propios cuerpos, ya que no quisieron tenerlo en cuenta. Al sacar a Dios de la ecuación humana solo queda Lucifer, el artífice de la libertad del Edén, el vendedor de ilusiones al declarar que el hombre sería como un dios.

La eficacia de la expiación de Cristo es absoluta. De los que me diste, ninguno se perdió, sino el hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese. Nadie arrebatará a las ovejas de mis manos, ni de las manos de mi Padre, palabras de Jesús en referencia a la certeza de lo que hacía. La expiación de Jesús salva eficazmente, en forma total, no resulta en una proposición condicionada en el pescador que desea o quiera. La intención en la muerte de Cristo fue redimir a todo su pueblo de todos sus pecados, asunto que logró en la cruz cuando exclamó su célebre frase: Consumado es (Tetélestai). Así que no quedó nada por hacer para redimir a su pueblo, simplemente se hizo en forma perfecta (completa) en ese madero y con su persona y trabajo.

Nos toca anunciar este evangelio para testimonio a todas las naciones; resulta evidente que creerán todos aquellos que estén ordenados para vida eterna, que el Señor añadirá a su iglesia cada día los que habían de ser salvos. Nadie viene al Padre sino a través de Jesús, de manera que no hay otro nombre en el mundo bajo el cual podamos ser salvos. Urge la predicación del evangelio a toda criatura, porque no hay otro método para llegar a creer. Seguro estamos que no habrá una sola oveja que se quede sin escuchar la voz del Maestro que la llama por su nombre. 

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:28
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