Domingo, 15 de agosto de 2021

Los demonios creen y tiemblan, dice un texto de la Escritura. El diablo también cree lo que le viene desde la eternidad, pero de nada le sirve ni a él ni a su séquito demoníaco. El ser humano pretende superioridad sobre las huestes espirituales de maldad, presume que su creer le servirá como pasaporte hacia la vida eterna. Muchos piensan en la cantidad de textos que la Escritura contiene donde se dice que el que cree en Jesucristo tiene la vida, que Dios amó al mundo de tal manera que le envió a su Hijo. También piensan en el mensaje de Pablo al carcelero de Filipos, cuando éste le preguntó qué podía hacer para ser salvo. La respuesta sencilla del apóstol fue Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo.

Pero casi nadie piensa en el texto que expone quiénes son los que están capacitados para creer. Creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna; el Señor añadía a la iglesia todos los que habían de ser salvos. Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere. Serán enseñados por Dios y vendrán a mí cuando hayan aprendido. Tampoco piensan que el carcelero obtuvo una respuesta específica para la inquietud que el Espíritu de Dios le había colocado en su mente: ¿qué puedo hacer para ser salvo? 

Los predicadores asumen la respuesta de Pablo ante el carcelero como la premisa principal de la evangelización. Van por el mundo diciéndole a la gente que crea en el Señor Jesucristo para que sea salva. Sin embargo, la inquietud por la salvación no ha sido colocada en la gente. Aquella respuesta dada al carcelero no puede ser la premisa principal de la evangelización porque la verdadera premisa principal fue la inquietud del carcelero. El ladrón en la cruz viene como ejemplo de este asunto tratado, él le  pidió al Señor que se acordara de él al volver en su reino. ¿Quién colocó esa inquietud en su corazón? 

Esa es la razón por la que la oferta de creer en Jesucristo para vida eterna no tiene el impacto que tuvo en el carcelero. Si no hay inquietud la respuesta dada en otro contexto se presenta vacía de contenido. Nada cuesta con anunciar el evangelio de Cristo, el mismo que enseñaron los apóstoles en su misión de expansión de este mensaje para testimonio a todas las naciones. Jesucristo fue crucificado de acuerdo a las Escrituras, resucitó al tercer día (de acuerdo a las Escrituras), para perdón de todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Los corazones enseñados por el Padre una vez que hayan aprendido irán al Señor enviados por el mismo Padre (Juan 6:45). El Señor dijo que si no se era oveja no se podía creer en él (Juan 10:26), por cuya razón él vino a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel (recordemos que el Nuevo Testamento dice de su iglesia que somos el Israel de Dios).

El evangelio una vez presentado se cree o no se cree. No hay un término medio o un justo medio, simplemente se impone el sistema binario: sí o no (1-0). No es posible la progresividad en el creer, así como una mujer no puede estar casi embarazada: o está o no lo está. No se debe prestar atención a la mitología religiosa que contiene mensajes extraños del evangelio diferente. Allí se dice que usted puede creer de muchas formas diversas en esta tierra, pero que al morir irá al cielo y ese creer se amoldará al verdadero creer. En otras palabras, da lo mismo si usted es un pagano que no ha escuchado nunca hablar de Jesucristo, pero si tiene disposición de corazón para Dios (para la idea que usted tenga de Dios) irá a la vida eterna (Billy Graham). También se afirma que puede usted creer en un dios no soberano por un tiempo hasta llegar a creer en un dios parcialmente soberano, como si negar el atributo de soberanía en el Dios de la Biblia fuese algo sin importancia. 

Pablo les advierte a los gálatas algo que podría corregir la vana manera de creer que tienen algunos. Les dice que Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses (Gálatas 4:8). Los que no han nacido de nuevo son los que no han conocido a Dios, aunque por la luz de la naturaleza tengan cierto conocimiento general ante la obra de la creación. Algunos han llegado a pensar que un animal, una piedra o un ser mortal puede ser ese dios buscado. Otros más avezados por la cultura cristiana se han forjado un Jesús a su medida, mas por igual siguen en la ignorancia teológica que los condena. No tienen conocimiento y van por el camino errado, ya que por el conocimiento del Siervo Justo éste justificará a muchos (pero ellos han demostrado que ignoran la justicia de Dios, como asegura la Escritura: Romanos 10:1-4). 

Si bien un ídolo no es nada, el que sacrifica a ellos a los demonios sacrifica. Esa declaración bíblica resulta fuerte, pero no menos veraz. El idólatra batalla para construir ídolos diversos, luego dice que no lo son sino que son imágenes que le recuerdan al verdadero Dios. Sin embargo, la Biblia tiene bastantes ejemplos en los que Dios actúa contra la idolatría y contra los idólatras. Pero el gran engaño continúa bajo la mesa de aquellos que leyendo la Escritura, profesando el cristianismo, asumiendo haberse alejado de los muñecos de yeso, hierro o madera, moldean al Dios de la Biblia de acuerdo a sus propios pensamientos. 

Un Dios justo, dicen ellos, no puede condenar a Esaú. Un Dios justo, continúan aseverando, ha enviado a su Hijo a morir por todos los pecados de toda la humanidad. Un Dios justo, enfatizan, deja en manos del hombre su propio destino final. Para mostrar que sus falacias son argumentos verdaderos se colocan como ejemplo de lo que dicen: yo levanté mi mano, yo di un paso al frente, yo repetí la oración de fe, yo le pedí a Dios que me incluyera en el libro de la vida, yo persevero y me esfuerzo hasta el fin, yo practico las buenas obras... Al mismo tiempo condenan como herejes a los que proclamamos el evangelio de la predestinación, de la elección de gracia, sin condiciones ningunas. Aquellos que asumimos que el hombre está totalmente depravado, muerto en delitos y pecados, que no puede siquiera desear al verdadero Dios, que por lo tanto necesitamos de una elección incondicional, somos vistos como extraños no deseables en sus congregaciones. Los que anunciamos una expiación limitada, referida solamente al mundo por el cual Cristo rogó (Juan 17:9), somos execrados en sus sinagogas. Si nosotros anunciamos a un Dios que no se puede resistir ni en su poder ni en su gracia, ellos aseguran que al Espíritu Santo se le puede resistir, tomando textos fuera de contexto. Si declaramos que perseveramos hasta el fin porque somos preservados en las manos del Padre y del Hijo, ellos enfatizan en que la salvación puede perderse.

No cabe duda de que el dios de ellos ha sido moldeado de acuerdo a sus propias mentes, pero nutrido con textos bíblicos sacados de sus contextos. El énfasis en las buenas obras (fe, arrepentimiento, limosnas, plegarias, bautismo, etc.) pasa a ser la base de la salvación de acuerdo a la teología del evangelio extraño. Claro está, este desvío se presenta bajo una etiqueta formal que anuncia algo verdadero: la salvación se hizo posible por Jesucristo, por la gracia de Dios. Allí se confunden muchos, porque una verdad con algunas mentiras adentro no resulta en una verdad verdadera. El agua clara con veneno ya no es agua clara y hace daño. Dejar el destino humano en las manos del hombre y no en las de Dios, so pretexto de validar el libre albedrío frente a la soberanía divina, ha llegado a presentarse como un atrevimiento teológico que minó la cultura cristiana. 

En algunos recintos religiosos se ha llegado a indicar que si alguien cree en la predestinación divina, de acuerdo al consejo de la voluntad de Dios y no basada en méritos humanos, que se siga creyendo de esa manera pero que no se le predique a la congregación porque puede traer confusión. Eso equivale a no predicar todo el consejo de Dios, equivale por igual a decir paz cuando no la hay, a llamar dulce a lo amargo, a ignorar la justicia de Dios. 

El sincretismo religioso viene a ser la vitrina del ecumenismo. La gracia hay que aceptarla, dicen ellos, para que se manifieste la cooperación y armonía entre gracia y libre albedrío. Las puertas del infierno intentan prevalecer contra la iglesia, la multitud pretende acallar a la manada pequeña mediante el anuncio de sus milagros y su perseverante práctica religiosa. Tengamos antes presente que el Señor les dirá en el día final que nunca los conoció, como ya dijo que las puertas del Hades jamás prevalecerán contra la iglesia y su manada pequeña no tiene nada que temer. 

Cualquier creyente dentro de la historia de la iglesia ha creído el mismo evangelio (porque hay un solo evangelio). No ha existido para los creyentes ningún otro fundamento o garantía de salvación que no sea Jesucristo. Los insensatos son los que edifican sobre un fundamento de arena, presentando incluso una obra llamativa como la de los que construyen a la orilla de las playas sus maravillas artísticas. Pero una ola común disuelve su trabajo y nada queda. El insensato se basa en una religión construida sobre sus presunciones teológicas, aferrado a su mitología del libre albedrío. Para éste la libertad humana viene a ser el requisito para que Dios quede satisfecho del amor del hombre. No hay mejor manera, dicen ellos, para que Dios sea amado que serlo libremente, sin que presione a la criatura.

Solamente la persona y el trabajo de Jesucristo han construido la salvación para su pueblo, el cual creerá de seguro al oír el verdadero evangelio de Jesús el Cristo. El otro evangelio, el diferente, el anatema, el que dice paz cuando no la hay, el que se proclama por aquellos que no habitan en la doctrina de Cristo, el mismo que es bienvenido en muchas casas y corazones, ese es el que no hay que creer. Creer o no creer, ya vemos que viene a ser un asunto de vida o muerte. Allí está la gran diferencia entre la vida y la muerte eterna. 

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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