Jueves, 12 de agosto de 2021

Aunque muchas personas miran al futuro como si la eternidad se implicara desde el tiempo presente hacia una infinitud de tiempo por delante,  también se hace necesario mirar hacia atrás, para observar la eternidad pasada.  Pareciera que lo eterno no deja de serlo, de manera que el tiempo nos llega como una referencia para intentar comprender la eternidad. La salvación eterna compete a los creyentes en Jesucristo, a los que él lavó en la cruz del Calvario, aquellos por quienes él rogó al Padre y agradeció igualmente por habérselos dado.

La fe, el arrepentimiento y la santidad son regalos de Dios, así como la vida permanente. La fe no depende de nosotros, ella es un regalo de Dios (Efesios 2:8). A ustedes les ha sido dado el creer (Filipenses 1:29). Sabemos que ese creer no le fue dado a Judas Iscariote, aunque fuera discípulo del Señor; tampoco le fue otorgado ese don al Faraón de Egipto ni a los pueblos paganos de otrora. Asimismo, hoy día Dios se ha dejado un remanente para salvación, pero también existe un montón de personas destinadas para tropezar en la piedra que es Cristo.

En el Apocalipsis leemos que a la bestia la adorarían todos aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8), y aquellos a quienes Dios puso en sus corazones dar el dominio y gobierno a la bestia así lo harán (Apocalipsis 17:17). El célebre arrepentimiento no puede ser la contrición o atrición por el pecado, ya que cualquiera puede arrepentirse de sus fechorías por el solo hecho de temer el castigo de la ley. Acá el problema resulta más grave, ya que Dios garantiza arrepentimiento para perdón de pecados a quien Él así ha querido (Tendré misericordia de quien tendré misericordia, me compadeceré de quien me compadezca- Romanos 9). 

Dios le ha dado a Israel arrepentimiento para perdón de pecados, tanto como lo ha dado a los gentiles (Hechos 5:31 y 11:18). El Espíritu de Dios nos hace santos al habitar en nosotros, pero cualquiera que no tenga el Espíritu de Cristo no es de él.  El arrepentimiento y la fe son un regalo de Dios, asimismo la santificación consiste en un trabajo del Espíritu, de manera que no pueden alegarse como frutos del mitológico libre albedrío humano. No existe ninguna condición humana para la elección, ésta es un acto divino que antecede a cualquier acto de volición humana. 

Recordemos siempre que el paradigma de Jacob y Esaú se hace presente a lo largo de la Escritura como emblema de lo que acontece en nuestra eternidad. No habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11). La ira del hombre natural empuña la mano contra su Hacedor, bajo la acusación de injusticia y tiranía. El pobre de Esaú no tuvo ninguna culpa de lo que hizo ya que fue destinado para perdición, incluso antes de haber nacido. Esa es la objeción que sigue en el verso 14: ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera... Objeción que continúa en el 19: Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?

El objetor sustenta su argumento en el ardid de su lógica: Cuando Dios escogió a uno dejó al otro de lado. No hubo meritocracia, solo una arbitrariedad para decir uno sí pero el otro no. Si el hombre en su estado natural no puede acercarse a Dios, ni quiere ni le desea, salvo que se trate de una confección personalizada de la divinidad, Dios debería levantarlo. El mandato natural exige una actividad comunitaria, o existe salvación para todos o Dios aparece como injusto. 

John Wesley, padre del Metodismo, aseveró que entender el texto de Romanos 9 como se expone a sí mismo implicaría reconocer que Dios viene a ser peor que un diablo o como cualquier feroz tirano. Ese camino fue trazado por Arminio, con la venia del papado romano, por el cual muchos han perecido al final de sus días. Al comienzo parece un camino de paz pero su final lleva a la muerte. Cualquier teología que se antropomorfice se vuelve espuria, por atentar contra el atributo de la soberanía absoluta de Dios. En ese sendero se dice paz al libre albedrío cuando no la hay (como tampoco hay libre albedrío); lo que sí existe es la responsabilidad humana porque la criatura le debe un juicio de rendición de cuentas a su Creador. 

Claro, la pregunta del objetor descrita por Pablo continúa vigente en las mentes de los hombres naturales. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? ¿Quién puede resistirse a su voluntad? Al menos conviene reconocer que este objetor presentado por el apóstol tuvo coherencia contextual. Ese objetor comprendió lo que Pablo venía diciendo y reaccionó donde tenía que reaccionar: al lado de Esaú. Los objetores contemporáneos parecieran no comprender tan bien el texto como aquel objetor nos lo demostró con su exclamación. Los de ahora sostienen que odiar significa amar menos, que allí se habla de naciones y no de personas, que Cristo murió por todos por igual para hacer la salvación posible para todo el mundo, sin excepción. De esa manera cada quien decide su propio destino y Dios no se presenta como injusto.

Esa teología extraña presenta varios gazapos, uno de ellos es la posibilidad de que la criatura no conozca nada de lo que Cristo supuestamente hizo por ella. Así, esa muerte y ese sufrimiento del Señor resultaría en vano del lado de los que nunca conocieron el extraño evangelio. Por otro lado, el hombre viene a ser coautor de su salvación, corredentor junto con Cristo, ya que su voluntad participa de la elección eterna. Con estos absurdos provoca detener la argumentación.

Vayamos de nuevo a la Escritura; esta vez a Efesios 1:4 que dice así: según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él. No nos escogió porque fuésemos santos y sin mancha sino para ser eso. Así que conviene no confundir la causa (la voluntad o el querer de Dios) con el propósito final (ser santos y sin mancha delante de él). De allí que también se haya añadido al texto lo siguiente: en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5). 

Nada hay fuera de Dios mismo, nada extra se, ya que en la criatura no pudo haberse visto nada que no fuese tomado de la voluntad del que creó todas las cosas. Incluso si Dios hubiese visto nuestro futuro como algo independiente de Su voluntad, todas las circunstancias en el planeta y en el universo que fueron de algún modo creadas por Él hubiesen conspirado para que nosotros hubiésemos actuado en consecuencia. Las circunstancias se unen a la declaratoria absoluta del Rey Soberano de que no somos nada, menos que nada, así como de que no hay justo ni aún uno, ni hay quien entienda, ni hay quien busque a Dios.  La conclusión lógica no fue otra que: Todos están muertos en delitos y pecados.

La salvación eterna presupone la predestinación para ser semejantes al Hijo. De igual forma queda entendido que los medios indispensables y necesarios para nuestra entrada al reino de los cielos, tales como el arrepentimiento, la fe, la santificación y la perseverancia están garantizados en la providencia divina. Hemos sido elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas (1 Pedro 1:2). La presciencia de Dios no puede ser entendida como objeto de su conocimiento, ya que conociendo todas las cosas desde el inicio no necesita llegar a conocer nada. Y si nada bueno había en nosotros tampoco pudo conocer algún mérito para la salvación. La presciencia o conocimiento previo del Señor se resume en su amor. 

Se ha escrito que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron un hijo; se ha escrito que el Señor declaró que había conocido solamente a Israel de entre todos los pueblos de la tierra. También se escribió lo que declaró el Señor respecto a los últimos días: él le dirá a muchos que vendrían en su nombre que nunca los conoció. Sí, el Dios que sabe todas las cosas va a decir que nunca conoció a tales personas. Entonces, el conocer bíblico no siempre debe entenderse en el plano cognitivo, también suele comprenderse como tener comunión o intimidad con alguien. La presciencia divina implica su afecto y delicia como su aprobación y disposición, el gran fundamento de su elección de gracia y gloria. 

Aunque se haya hablado de la presciencia del Padre no ha de excluirse en la economía de la redención al Hijo y al Espíritu. El Padre le dio al Hijo los que aprenden de Él y son atraídos por Él, para que el Hijo muriera por ellos y los representara en la cruz. El Espíritu les da vida por medio del evangelio predicado, para después habitar en ellos y garantizar la salvación final. Necesario es lo que no puede ser de otra manera (quod nequit aliter esse), de manera que lo que Dios se dispuso hacer eso hará en forma inevitable. Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen, y su justicia sobre los hijos de los hijos (Salmo 103:17). Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó también justificó; y a los que justificó también glorificó (Romanos 8:30).

Por vía en contrario (a contrario sensu), todos los réprobos en cuanto a fe tienen la conspiración completa de sus circunstancias de vida para que no oigan jamás el evangelio, para que oigan alguno falso o para que oyendo el verdadero lo rechacen. Ese rechazo puede tener ocasión en diversas formas, tal vez por incomprensión plena, por espanto de las doctrinas, por una soberbia encendida, porque al final sus propias fuerzas no lo levantaron. Su condenación debe ser necesaria en el estricto sentido de la palabra. Porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados (1 Pedro 2:8).

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:52
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