S?bado, 05 de junio de 2021

El sembrador salió a su faena y logró esparcir su semilla, pero no todo tipo de suelo dio buen fruto. La predicación del evangelio se hace ante un mundo con diferente tipo de oídos, donde algunos oyen y se alegran por la palabra mientras otros apenas si le ponen atención. Sin embargo, no basta escuchar con alegría sino que de acuerdo a la parábola de Jesús el suelo debe poseer la cualidad necesaria para el debido desarrollo de la semilla. Con parábolas Jesús enseñaba, modelos metafóricos que restringen la comprensión del mensaje. Interrogado por sus discípulos, Jesucristo afirmó que las parábolas se exponían para que no todos los destinatarios comprendieran.

Al explicar la parábola del sembrador, Jesús expuso las diferencias entre los suelos. Ya estaba implícito en el final de su discurso que era necesario tener oídos para oír (interpretar), pero añadió que a algunos les era dado entender los misterios del reino de los cielos, mientras que a otros no les era dado (Marcos 4:11). De los cuatro tipos de suelos mencionados tres carecen de la idoneidad para generar buen fruto. Solamente uno de los suelos se considera apropiado, el que por analogía con la predicación del evangelio implica a la persona capacitada para comprender el mensaje del evangelio. De los tres suelos inapropiados puede observarse diferentes respuestas ante la predicación, pero aunque haya habido brotes que parecían anunciar una siembra exitosa su fruto bueno no alcanzó a mostrarse.  Se deduce que los malos suelos tienen la característica común de no dar buen fruto.

En otra oportunidad Jesús dijo que por los frutos conoceríamos a la gente. No puede un árbol bueno dar un fruto malo, ni el árbol malo dar un fruto bueno. De la abundancia del corazón la boca habla, lo cual presupone que lo que se posee en el corazón como creencia doctrinal se manifestará como fruto de la lengua o confesión. El evangelio bueno o de verdad da el fruto sustancioso, pero el evangelio del extraño (el otro evangelio) tiene como compensación la muerte. ¿Qué sucedió con aquellos que no comprendieron el mensaje? Vino el malo y arrebató lo sembrado en su corazón; hay otros que oyen y reciben la palabra con gozo, como si hubiesen entendido el mensaje, pero cuando viene la aflicción por causa de la palabra tropiezan. Existe el que oye la palabra pero sucumbe ante el afán del mundo y el engaño de las riquezas. 

¿A qué se debe la aceptación temporal del evangelio, por parte de aquellos que cedieron ante las adversidades? Hemos de reconocer lo que Juan dijera a su iglesia respecto a los que habían abandonado el camino: salieron de nosotros pero no eran de nosotros (1 Juan 2:19), de manera que comprendamos ese tipo de fe que les fue común a los que oyeron y por un tiempo asumieron el evangelio que escucharon. Puede haber una fe auto-producida, una enseñanza inventada por uno mismo, un evangelio diferente. El esfuerzo humano por la religión no garantiza la fe como instrumento de redención. Jesús dijo que seríamos enseñados por Dios para poder ir a él después (Juan 6:45); también aseguró que para entrar a su reino se hacía necesario el nacimiento de lo alto (Juan 3:3); eso concuerda con lo escrito en Juan 1:13 (que no se puede engendrar de sangre ni de carne). 

Existe la fe de los escogidos de Dios (Tito 1:1), sin la cual no se comprende el conocimiento de la verdad de acuerdo a la piedad. Muchas personas andan en las sinagogas de la fe extraña, aparente, con la falacia de la fuerza. Si ellos creen y otros se le añaden, aquella fe debe ser verdadera (una falacia por cantidad), como si la mayoría debería por fuerza del número tener la razón. Somos llamados manada pequeña, hemos sido exhortados a caminar por la senda angosta, a entrar por la puerta  estrecha, a huir del mundo. Babilonia como concepto se erige como la guarida de todo tipo de espíritus inmundos, pero el Señor como dueño de su pueblo le ordena salir de en medio de ella. Los que no salen son aquellos que han producido fe por cuenta propia, por hábito de religión, pero que jamás han sido enseñados por Dios para ir al Hijo.  Se puede oír el verdadero evangelio y no poseer un buen suelo para que la fe dé su fruto a tiempo, así como también resulta posible que se oiga solamente el falso evangelio que no dará buen fruto. En ambas posibilidades la fe resulta vana, ya que no se trata de la fe que Dios da (Efesios 2:8). 

El que posee la fe de Cristo queda sin opciones en el mundo. Su vida no puede confundirse con la actividad mundana, así que soporta incluso las persecuciones por causa del evangelio sin que aquello le resulte una pena insufrible. Pero el que comprende el evangelio y lo maneja como una opción más, en caso de que aquel mensaje resultare cierto, está dando testimonio de su inseguridad. Esa fe no proviene de arriba, no se manifiesta como un regalo de Dios, más bien resulta como evidencia de un fruto de su propia religiosidad. La ruina de la humanidad por causa de la transgresión de Adán ante el Creador, junto a su maldición sufrida, viene a reflejar el castigo para satisfacer la justicia infinita. Resulta imposible para el hombre recobrarse por sí mismo de su caída, de allí que urgió el acto de gracia como lo más necesario para la redención del ser humano. Jehová prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia su alma los aborrece (Salmo 11:5).

De acuerdo a lo que se desprende de la Biblia, Dios en su soberano acto de gracia se propuso recobrar una parte de la humanidad arruinada. Por esa razón no le propuso al hombre que se mantuviera en un pacto de obras, condicionado a su bien hacer, sino que por intermedio de su Hijo como Mediador de un nuevo pacto rescató a un pueblo para Sí mismo. La perfecta obediencia a su ley nos resulta un imposible por causa de la naturaleza caída, pero mediante el siervo justo fuimos justificados. Esa gracia nos ha sido otorgada como prueba de su amor eterno e incondicional, a quienes Él escogió desde siempre para ser objetos de su inmerecido favor. El propósito de Dios arranca desde la eternidad, como lo declara el profeta Miqueas (Miqueas 5:2). 

Pedro nos confirma todo lo que la Biblia había antes anunciado, cuando declaró que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). La gracia y la vida eterna se presentan como una promesa otorgada desde antes de la fundación del mundo, referidas a un acto divino: quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:9). Dios no miente, por eso creemos en lo que prometió desde antes del principio de los siglos: la esperanza de vida eterna (Tito 1:2). Hay un reino preparado para nosotros desde la fundación del mundo (Mateo 25:34). Nosotros somos los vasos de misericordia que Dios preparó de antemano para gloria, habiéndonos llamado Él su pueblo cuando no lo éramos (Romanos 9:23-25). 

Nuestra consolación reposa en la infalible conservación y preservación otorgada por el Padre a quienes Él escogió para creer el evangelio de Jesucristo. El Espíritu Santo mora en nosotros, como garantía de la redención final. Con él en nosotros perseveramos hasta el fin, recibimos consolación, seguridad y amistad, por lo cual también andamos con paz en la conciencia, alegría en el espíritu bajo su compañía eterna. Tenemos la garantía de que no se nos abandonará a nuestra fuerza, ya que caeríamos por causa del pecado. La gracia se dio como un acto total, no parcial ni a futuro. No podemos hablar de una gracia futura, ya que no sería gracia si descansara en su parte final en la obra humana. Si somos preservados en las manos del Hijo y del Padre, tenemos la certeza del reino. ¿No dijo eso Jesucristo, como se declara en Juan 10: 28-29? No pereceremos jamás, nadie nos arrebatará de las manos del Señor porque el Padre nos entregó a Jesucristo y estamos también en sus manos.

La poética bíblica nos cuenta sobre árboles cuyas hojas no se secan, joyas que no serán perdidas, fundaciones que nadie puede remover, como el monte de Sión; nos dice que somos manantiales que no se secan. La garantía del sembrador radica en el suelo fértil donde la semilla se deposita, un espacio labrado por el Padre eterno, que no depende de obra humana alguna. El buen terreno ha sido preparado por el que nos envía hacia el Hijo (todo lo que el Padre me da vendrá a mí...ninguno puede venir a mí si el Padre no lo trajere...y serán enseñados por Dios y vendrán a mí). Nuestra buena voluntad se manifiesta en el día del poder de Dios, cuando hemos sido vivificados por el Espíritu, cuando se nos ha cambiado el corazón de piedra por el de carne. 

El falso evangelio, el otro evangelio, el evangelio anatema, no podrá jamás rescatar un alma humana, así que urge la predicación de la verdad para que todo aquel que haya sido señalado para vida eterna llegue a creer. Porque no hay un método diferente al de la predicación del evangelio, aunque Dios haya ordenado desde antaño el fin. Recordemos que quien ordenó la final último hizo lo mismo con los medios, así que nadie podrá invocar a Dios si no lo conoce, nadie podrá conocerlo sino a través de la predicación de aquellos que son enviados (Romanos 8). La buena palabra se esparce, bajo la metáfora de la parábola del sembrador, con la garantía de que habrá suelo fértil que la recogerá y dará fruto.

César Paredes 

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:45
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