Jueves, 03 de junio de 2021

La muerte de Cristo ha sido objeto de muchas interpretaciones. Mientras unos exégetas aseguran que tiene un alcance y objeto universal, otros afirman que su extensión y objetivo abarca solamente a los escogidos. En realidad estas perspectivas refieren al tema central del evangelio, a la gloria del Padre y del Hijo y a la explicación de todo cuanto acontece. Sabemos que el Espíritu Santo no excede a lo propuesto en la Divinidad, así que da vida a unos pero no a toda la humanidad.

La Escritura no aporta evidencia para la suficiencia intrínseca de la universalidad en la redención o expiación. De ella se desprende que Dios escogió el método perfecto junto con sus medios idóneos para alcanzar lo que se proponía en Cristo. Sabemos que no hay injusticia en Dios, que Él es por igual un Dios Salvador y Justo. ¿Cómo puede Dios redimir al pecador y permanecer justo sin violar su propia justicia? La respuesta descansa en el Calvario del Hijo, el castigo sufrido por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). 

El creyente permanece atado a su encomienda de predicar el evangelio en todo el mundo. Poco importa el país y carácter pecador de la persona, el deber de cada cristiano sigue el derrotero marcado por la palabra revelada y exigente: anunciar las buenas nuevas del reino de los cielos, la noticia de que Dios envió al Hijo para reconciliar al mundo con Él mismo. Claro está, este anuncio no constituye una oferta abierta del evangelio, más bien representa una reflexión ante la humanidad acerca del tamaño de su pecado y de la pena eterna que presupone. La oferta, en cambio, se extiende a cada persona que el Padre eligió desde la eternidad para ser objeto de su amor (Efesios 1).

Como el creyente no distingue entre la masa de elegidos, llama por la palabra para que vengan a Cristo y lo reciban creyendo en su nombre. De esta manera cada uno de los que muestren obediencia al mandato podrá ser salvo (a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad a de ser hechos hijos de Dios). Esta proposición no nos conduce a la oferta ilimitada, ya que la Biblia anuncia en forma clara que pocos son los escogidos. Por igual, ella en forma prístina expone que Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, que muchos han sido ordenados para tropezar en la roca que es Cristo.

La expiación de Cristo no removió en forma universal los obstáculos naturales para la comunión con Dios. Si así fuera, todos los hombres serían salvos. Lo que vemos en la Escritura apunta a una sustitución realizada por el Señor en la cruz. Hubo por igual una representación, ya que el sentido de la expresión SU PUEBLO propuesta en Mateo 1:21 restringe el ámbito de la extensión de la redención. La sustitución presupone tomar el lugar de alguien, así que el buen pastor dio su vida por sus ovejas. Agregó Jesucristo que a cada una de ellas llama por su nombre.

Cuando el Señor se refirió a las ovejas redimidas se entiende que ellas todas constituyen un grupo definido de personas. Jamás se puede hablar de una masa de individuos considerados en forma indiscriminada. La discriminación se hizo necesaria para la representación o sustitución en la cruz, pero aquella no ocurrió por méritos de la persona sino en virtud de la gracia generosa del Creador. El Jesús como Mediador entre Dios y los hombres sugiere la idea de un grupo particular de personas, cuyo beneficio individual fue el objetivo divino a pesar de la condición oprobiosa generada por sus delitos. 

A Jacob amé, dijo el Espíritu a través de Pablo. Esto lo hizo antes de que fuera concebido y aún antes de que hiciera bien o mal. La discriminación se ilustra con la inmediata proposición: el odio de Dios por Esaú sin basamento en sus malas obras, aún antes de que fuese concebido. En tal planteamiento bíblico la mayoría de los estudiosos y lectores del texto sagrado acusan a Dios de injusticia. La respuesta del Espíritu siempre ha sido la misma, que en ninguna manera podemos considerar posible tal especulación. Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien desea endurecer.

Muchos ejemplos se reparten por la Escritura, pero baste algunos para señalar su propósito. El Faraón de Egipto fue levantado para anunciar el poder de Dios en toda la tierra, para glorificar su justicia. Le fue dicho a Moisés que dialogara con el mandatario esclavista, pero que él no liberaría a su pueblo esclavo en aquella región hasta que Dios se glorificara en los primogénitos. Se le especificó al líder israelita que Dios endurecería el corazón del Faraón. Por igual Judas Iscariote viene a ser otro ejemplo de la voluntad divina para castigar el pecado en forma justa. El Señor afirmó que éste era un hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese, habiéndole conminado a hacer rápido lo que debía realizar. Añadió que había escogido a doce discípulos y que uno era diablo, refiriéndose a quien lo había de entregar.

Dios contempló un número cierto y preciso de personas que recibirían la gracia de la redención. La sustitución y mediación de Jesucristo implica el objeto y alcance de su tarea en el Calvario. No se trata de que Dios viera el futuro en los corazones humanos, como si tuviera que averiguar lo que acontecería con el hombre. Más bien se trata de un futuro determinado por el que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad. Él ha declarado que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que envía un espíritu de estupor para confusión de todos los que no aman la verdad sino que se complacen en la mentira (aún la mentira teológica), que coloca en los corazones de los gobernantes el dar el poder y el control a la bestia (Apocalipsis 17:17). 

La garantía de la protección divina puede verse en la perseverancia de los santos, en la preservación que de ellos hace Dios. Están guardados en las manos del Hijo y del Padre, como doble cerradura, a fin de que nadie los arrebate de ese lugar. Ni siquiera Satanás, quien intentará engañarlos, podrá alcanzar con sus trampas a los escogidos del Padre. La elección no ocurrió en base a cualidades humanas, ya que toda la humanidad fue declarada muerta en delitos y pecados, quedando ajena del camino del Señor, sin justicia alguna y sin deseo de buscar a Dios. Solamente por la operación del nuevo nacimiento realizado por el Espíritu Santo en aquellos que quiere (que no son otros sino el número específico de los elegidos, el número preciso por los cuales el Hijo murió), el hombre llega a ser salvo.

La predicación del evangelio se hace en dos sentidos: 1) Para alcanzar a los elegidos -  pero como no sabemos quiénes son debemos predicar a todo el mundo; 2) para acarrear mayor condenación en los réprobos en cuanto a fe, ya que se demuestra que ni aún oyendo lo que Jesucristo padeció en la cruz son movidos a arrepentimiento para perdón de pecados. Por eso hemos dicho que la buena nueva de salvación puede también aparecer como una mala noticia. Aquellos que aman la mentira y no desean la verdad, reciben el espíritu de engaño enviado por el mismo Dios del cielo para que terminen de perderse. Estos acomodan el evangelio a sus intereses personales de creencia y tuercen la Escritura para su propia perdición. Igualmente señalan a Cristo como mentiroso, cuando niegan lo específico de su doctrina, al decir que el infierno no existe porque un Dios de amor no puede generar semejante castigo eterno, o cuando universalizan lo que fue hecho en forma específica por su pueblo.

El ocuparse de la doctrina viene a ser un asunto de vida o muerte espiritual, de acuerdo a las palabras de Pablo a Timoteo. De igual forma, el conocer al siervo justo que justificaría a muchos se encomia, así como el celo por Dios conforme a ciencia. De esta manera quedan advertidos los que presumen la dicotomía entre corazón y mente, al decir que aman a Jesucristo con el corazón pero que no entienden sus palabras con su mente. Hubo un grupo numeroso de discípulos que seguía a Jesús por tierra y mar, aquellos que fueron alimentados con el milagro de los panes y los peces; estas personas resultaron ofendidas con la doctrina del Señor. Esta gente se retiró con murmuraciones contra el Cristo y sus palabras duras de oír, solamente porque el Señor les exponía que ninguno podía venir a él si no le fuere dado del Padre. En otros términos, el Señor les decía que no creyeran que ellos tenían libre albedrío para venir a él, que la única forma de poder hacerlo sería si el Padre los hubiese enseñado y ellos hubiesen aprendido, de manera que la soberanía absoluta del Creador era lo que estaba en juego.

Desde siempre y hasta hoy día, la humanidad ha permanecido en guerra contra el concepto de soberanía absoluta en su Creador. Ella le ha creído a la serpiente antigua sus palabras seductoras: que serían como dioses. En su aparente divinidad, el hombre caído se aferra a su libertad mitológica, que no es otra cosa que su pretendida independencia de su Creador. En tal sentido sostiene que la última palabra en materia de salvación y condenación la tiene el ser humano y no Dios. En ese extraño camino se transforma el evangelio de la gracia en un acto de obras, en una decisión personal que sugiere la universalidad del trabajo del Hijo. Un mensaje de mentira se levanta por doquier: él hizo su parte pero la humanidad hace la suya. Olvida el hombre caído que Dios se satisfizo con el trabajo sustitutivo del Hijo.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 18:08
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