Domingo, 23 de mayo de 2021

El amor a Dios, a nosotros mismos y a nuestro prójimo se muestra como un deber general de obediencia ordenado por la ley moral. Al amar a Dios llegamos a la fuente de toda nuestra obediencia a la ley, como si de un resumen se tratase, como si intentásemos realizar una síntesis del contenido de la ley divina. Por ese amor respetamos a nuestro semejante, no buscamos aprovecharnos de él, evitamos hacerle daño. De esa manera también lo amamos con la intensidad que tengamos por nosotros mismos.

Una cosa terrible se coloca al frente de nuestras vidas, el exceso del yo, el antropocentrismo egoísta que cada quien ejerce al fijarse en sí mismo como centro del universo. Esa actividad dañosa pasa camuflada como amor propio, pero refleja orgullo y egocentrismo antes que una caricia al alma. Hemos de amar a Dios por sobre todas las cosas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Este es el resumen de la ley expuesto por Jesucristo. Si me amáis, guardad mis mandamientos (Juan 14:15). 

El amor no hace mal al prójimo, así que el cumplimiento de la ley es el amor (Romanos 13:10). Para poder amar a Dios con todo nuestro corazón, con nuestra alma y mente, urge un conocimiento espiritual acerca de lo que ese Dios significa en esencia. Dios ama pero también odia, se define como amor pero también como fuego consumidor. Ha enviado su doctrina a través del Hijo y de sus profetas, de tal forma que uno de los apóstoles nos recomendó habitar en la doctrina de Jesucristo. Dijo que si no habitamos en esa doctrina no tendremos ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9). 

Pablo se plantea que el amor a Dios sin conocimiento conduce a perdición (Romanos 10:1-4). Señala la imposibilidad de invocar a alguien en el cual no se ha creído, dado que no se ha oído de esa persona que se pretende amar. La única manera de conocerlo vendría dada por la predicación del evangelio (a partir de las Escrituras). La predicación presupone un envío de predicadores, de gente que conoce el evangelio enseñado por Jesús y sus apóstoles, para que se enseñe a las nuevas generaciones de personas que habrán de creer. Son hermosos los pies de los que anuncian la paz, las buenas nuevas de salvación. 

La ley moral divina ha sido grabada en los corazones humanos, dándoles testimonio de ello la obra creada. El hombre natural (que ha caído por el pecado de Adán) no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque le parecen locura. Antes, ha preferido dar culto a la criatura antes que al Creador. El Faraón se creía Dios, el emperador romano era una especie de divinidad a la cual adorar. Por igual, la humanidad en general ha preferido rendir tributo a la madre tierra, como si de ella saliera todo cuanto es.

Dios habiendo creado todo cuanto existe supo lo que quiso desde siempre. De esta manera escogió para sí mismo un pueblo como objeto de su amor. El pueblo escogido de Dios mostrará su voluntad de andar en la ley moral divina una vez que haya sido llamado con llamamiento eficaz. Cada miembro de ese grupo será enseñado por Dios, de tal forma que todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a Jesucristo (Juan 6:45). Ese pueblo se entrega a conocer al Padre y a Jesucristo el enviado, pero pasará la eternidad en esa actividad que no conoce límites (Juan 17:3). Desde esta tierra se empieza a tener un conocimiento espiritual acerca de Dios, de sus atributos, de su soberanía absoluta. Los que dicen conocerlo en un ámbito pero lo rechazan en alguno de sus atributos, no serán bienvenidos en ningún momento (Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! -2 Juan 1:9-10). 

Se supone que nuestro prójimo es cualquier humano que habite el planeta, aunque resulta más fácil amar de lejos y en abstracto. El prójimo implica también el inmediato, el cercano, de tal forma que amarlo resulta en ocasiones un arduo trabajo. Pero no existe mayor amor de parte nuestra que el compartir la alegría que nos embarga por la posesión de la redención. Se comparte el evangelio como un testigo que anuncia nuestra visita y también hacemos el bien como parte de las buenas obras que nos acompañan. 

La proposición cristiana que dice: No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti abarca no solo la hermandad en Cristo sino se extiende a todo individuo del planeta. La suma de la ley y los profetas implica el respeto a nuestros vecinos o a nuestros prójimos. Lo que te parezca odioso a ti mismo no lo desees para tu prójimo, mucho menos lo procures. No hablemos del otro porque anda ausente, no critiquemos al débil o al que actúa con errores; quitemos de nuestros ojos las vigas que contienen para poder mirar mejor la paja ajena. Amar al prójimo como nosotros nos amamos a nosotros mismos es un punto de partida relevante. Debemos amarnos siempre porque de lo contrario perderemos la referencia para amar al otro. 

Enfocarse en todo lo verdadero, lo que agrada ante los ojos de la Escritura, lo que resulta del evangelio auténtico (no del extraño), lo que se muestre honesto, lo que es digno de veneración, aquello encomiable, en eso hemos de pensar. Por igual, se nos invita a hablar y a escuchar las cosas que por naturaleza se muestran justas, durante las conversaciones que tengamos entre nosotros como humanos. Debemos enfocarnos en la actitud digna de alabanza entre los hombres, de lo contrario violaríamos el proceso de santificación y encontraríamos tropiezo por medio de la amargura del corazón. 

Se prohíbe un pecado y se ordena una buena acción, en esa forma parece mostrarse el sentido de la Escritura. Nos movemos en un hacer y un dejar de hacer, para que nos acostumbremos a hacer el bien. Por sobre todo se nos conmina a preferir nuestros deberes naturales para con Dios, para que por consecuencia ocurra en nosotros la disposición del deber natural para con nuestros semejantes. Pablo dio una pauta general: hacer el bien siempre, preferentemente a la familia de la fe. 

La ley moral de Dios nos inclina a su teología, pero lo hace por medio de la palabra revelada. El Logos eterno, que es Jesucristo, presupone razón eterna. Lo irracional no cabe en su mente, ni se desprende de su ciencia. Isaías nos habló del conocimiento que hemos de adquirir sobre el siervo justo que justificaría a muchos, Pablo nos refiere a los judíos celosos de Dios pero no conforme a ciencia. A Timoteo le fue dicho que se ocupara de la doctrina porque al parecer implica materia de salvación. Juan declaró que debemos habitar en la doctrina de Jesucristo, el Señor también dijo que enseñaba la doctrina del Padre.

No podemos tomar decisiones basados en las emociones, sino de acuerdo a lo que la razón enseña. Hemos de dar paso al logos que se hizo carne, para participar de él tanto en esencia como en práctica. La ética cristiana impulsa al creyente a la vida de oración a solas, para entrar en la cámara secreta y orar al Padre. También nos motiva a andar en toda buena obra, pero no parece estar divorciada de la verdadera doctrina demostrada en las Escrituras. Si en la Biblia leemos que de la abundancia del corazón habla la boca, que del corazón humano salen cosas terribles, se comprende que el corazón posee rasgos intelectuales. Difícil será presuponer que el corazón se mueve a fuerza de emociones mientras la mente viaja con otro destino. 

En síntesis, con el corazón también valoramos la doctrina de Cristo. Ese cuerpo de enseñanzas de Jesús fue expuesto en forma sencilla por el Maestro, pero por igual ha sido recogido en palabras comprensibles. Los que se emocionan con la historia de Jesús y sus milagros, pero no habitan en la doctrina del Hijo, serán señalados en el día final como aquellos a quien el Señor nunca conoció. La ley moral de Dios en nuestros corazones nos advierte de los peligros de confesar a un Jesús con la emoción y la pasión del trabajo religioso pero ausente del discurso doctrinal. Ocúpate de la lectura...Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina ; persiste en ello, pues haciendo esto te salvarás así mismo y a los que te oyeren (1 Timoteo 4:13 y 16).

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:55
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