Martes, 18 de mayo de 2021

El alma y el espíritu humanos poseen percepción, juicio y razonamiento. La memoria juega un rol importante en ellos, para la retención de las ideas, de manera que podamos escoger, desear, admirar o repeler acciones en la vida. La conjunción entre nervios y cerebro, cuerpo y mente, movimiento y sensibilidad, nos permite obtener impresiones de lo que nos rodea y de quiénes somos. Una relación estrecha entre el cuerpo y el alma sirve para suponer la dimensión de lo espiritual, si bien no tenemos una ciencia específica que dé cuenta de cada detalle de lo que vivimos y percibimos.

Los cinco sentidos bien ejercitados ayudan a reconocer errores y a asumir lo que determinamos correcto. Por ellos podemos contrastar lo concreto de lo abstracto, inducir hasta el punto en que parezca posible imaginar la existencia de Dios. A pesar de ocurrir una constante en los seres humanos, respecto a la forma de percibir la realidad, muchas personas pueden tener diferentes asunciones respecto a lo que debe ser Dios. Otros, por el contrario, dan por cierta su inexistencia. Pero tal vez la mayor parte de las personas tienen la idea de un estado futuro donde el alma encuentra recompensa o castigo; esto pareciera mostrarse a través de las diferentes culturas humanas. La Biblia nos educa acerca de la idea de un Dios que planifica el futuro, pero también se desprenden de sus páginas el posible escepticismo por causa de una lectura descuidada, como cuando alguien lee el Eclesiastés. 

La Escritura refiere a la obra de Dios, la creación de todas las cosas que ponen de manifiesto su existencia. Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos, relata el Salmo 19. El universo no está desde la eternidad y no ocurrió por sí mismo, a pesar de lo que la falsamente llamada ciencia declara. Por cierto, dentro del pensamiento existencialista hay quienes todavía sostienen que cada forma distinta de vida puede ser considerada como una inutilidad (por ejemplo, Sartre). 

El universo no produce vida por sí mismo, tampoco genera razón. Al examinar la maravilla arquitectónica del cuerpo humano, así como la manera en que razonamos y nos movemos con una articulación específica, nos sentimos atrapados en la idea de un ser superior que pudo diseñar y formar tal obra. La diversidad en el reino animal y vegetal dan cuenta de una maravilla artística y no solo de ingeniería, lo que tiende a obligar a hablar de la evidencia de un Creador de infinita sabiduría. Pero la sabiduría sin poder no puede funcionar plenamente, entonces pensamos que ese Creador debe tener la cualidad de poseer un poder absoluto: hablamos de un ser Omnipotente. 

La Biblia define a Dios como bueno, paciente, lento para la ira y grande en misericordia. Ese ser dejó su huella identitaria en todos los seres humanos creados, pero escogió de la humanidad caída solamente a un pueblo para Sí mismo. Si en el Antiguo Testamento Israel fue la nación escogida, a partir del Nuevo Pacto el mundo entero se vuelve su objeto, pero en ninguno de los dos casos se hace referencia a cada uno sin excepción. Los milagros demuestran lo espectacular de su obrar, pero demandan la credulidad de sus espectadores. El diluvio universal o la confusión de las lenguas, vienen como juicio por lo que en la didáctica bíblica se enseña como pecado. Asimismo el incendio de Sodoma y Gomorra, todo como consecuencia de su odio por el pecado humano. 

Sin embargo, cuando Dios envía a Moisés para liberar a su pueblo de la mano del Faraón, el anuncio dado nos habla de su voluntad eterna e inmutable. Dijo a su profeta que endurecería el corazón del Faraón, hasta castigar hasta lo máximo la maldad contra su pueblo. Eso hizo, porque el mandatario egipcio negociaba con Moisés la suspensión de una plaga a cambio de una promesa que no cumpliría por su soberbio corazón encendido contra Jehová. Ese pueblo salió por el desierto y deambuló en él por muchos años, lo que hubiera supuesto una jornada de once días. Su obstinado corazón fue enseñado y castigado por igual, hasta que una nueva generación de sucesores pudieran alcanzar la tierra prometida. En el ínterin también se manifestó el Señor con muchos milagros, con señales especiales, para autenticar a su profeta y para salvar a los que quiso mirar con su benevolencia. Pero nos recuerda la Escritura que todo lo hizo por amor a su gloria, para que su nombre fuese anunciado en toda la tierra. 

Llovió maná del cielo, sacó agua de las rocas, detuvo el sol, cuidó a Daniel en medio de los leones, salvaguardó por su nombre del horno de fuego a los amigos de su profeta, detuvo la lluvia y la envió pasados tres años, hizo descender fuego del cielo para consumir a los capitanes con sus cincuenta y favoreció a Eliseo con una doble porción del espíritu de Elías. Envió a su Hijo y lo autenticó con señales especiales, éste levantó apóstoles a quienes también favoreció con prodigios únicos. La vieja promesa que había dado al hombre caído se hizo verdad, cuando el Dios hecho hombre habitó entre nosotros. Ese Cristo sanó enfermos, dio consejos maravillosos, pero hizo un milagro que no le fue dado a hacer a nadie más: salvó a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

Por la Escritura aprendemos que nuestro Dios no posee ninguna debilidad, que hizo todas las cosas por su palabra. De igual forma sabemos que por su voluntad existen todas las cosas, esto es, que no hay ningún efecto que Él no haya causado. Así lo reclama a través de sus profetas, para que recordemos siempre que no podemos decir que haya acontecido algo que Jehová no haya hecho u ordenado. De la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo. ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? (Lamentaciones 3:37).

Estamos frente a un Dios infinito, auto existente, independiente, tan grande que no podemos comprender del todo. Nosotros como sus criaturas somos dependientes, limitados, sin que podamos alejarnos de su presencia. ¿Adónde podrá huir el hombre de su presencia incontenible? Su sabiduría se reconoce como infinita, de manera que las más de las veces no comprendemos su excelencia ni propósitos. 

Nuestro conocimiento resulta en algo demasiado finito, ya que habitamos de manera estrecha nuestra incapacidad para imaginar su grandeza. El Hijo nos dijo que la vida eterna consistiría en conocer al Padre y a su enviado; si lo eterno no termina, el conocimiento de la Divinidad tampoco se detiene. Así que pasaremos la eternidad conociendo su grandeza, adorando su presencia, bajo el estado de redención que nos ha alcanzado por medio el Hijo. Esto forma parte de la profundidad del conocimiento y de la grandeza del Dios vivo. Lo insondable de sus caminos no puede abarcarse de una vez, pero tenemos un bocado para esta vida: la Palabra escrita que contiene un esbozo de su inmensidad y amor. 

Dios es Espíritu, una sustancia incorpórea, presente por doquier. David se preguntaba adónde se podría huir de su presencia, siendo que los cielos no lo pueden contener. De esta forma gobierna todas las cosas, sin que pueda ignorar ningún asunto. Él sabe todas las cosas, conoce los corazones humanos, lo más recóndito de ellos, sabe de la necesidad de los que son suyos y responde de acuerdo a su providencia infinita. No obstante, se nos ha recomendado orar por todas las cosas, en un acto de reconocimiento de humildad de nuestra parte y para nuestra alegría en la respuesta. Pese a que conoce todas nuestras palabras aún antes de que salgan de nuestra boca, la oración puede considerarse como el mecanismo de la suma humildad del corazón humano.

La criatura indefensa, limitada por naturaleza, bajo los embates del pecado -aquello que nos distancia del Hacedor- reconoce su impotencia con el acto de oración. Cuando la gente se pregunta ¿cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo?, pudiera ofender a Dios considerando ignorante al que todo lo abarca y al que nada escapa de su luz. Además, de no ser por su Omnisciencia y Omnipotencia no podría predecir y realizar lo predicho sin ningún margen de error. Aún lo malo que acontece en la ciudad Jehová lo hace, aunque utilice al malo para el día malo (Proverbios 16:4 y Amós 3:6). 

Ese Dios se ha manifestado a todas las personas, a unos por medio de su obra bajo el argumento de la impresión en sus mentes, a otros por medio de su revelación escrita. Porque cuando los gentiles que no tienen ley (la ley escrita dada por medio de Moisés), hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos (Romanos 2:14-15). 

Tengamos cuidado con la aceleración de nuestras deducciones, al partir de alguna falsa premisa. La premisa bíblica considera que todos los seres humanos quedamos apercibidos de la existencia del Creador, ya que todos tenemos su ley en el corazón. Sin embargo, Pablo nos advierte sobre la premisa de la función de la ley y nos advierte sobre el lugar común del cual partir. Dice el apóstol que el hombre no es justificado por las obras de la ley, de manera que acá hemos de considerar su informe presentado en el capítulo 1 de su Carta a los Romanos. El habla de la ira de Dios contra la impiedad humana en aquellos que conocieron a Dios y no lo reverenciaron como tal (lo conocieron desde la creación del mundo, Romanos 1:20). El hombre natural tuvo a bien disfrutar de su razonamiento envanecido y vivir con su corazón entenebrecido. 

¿Qué pasó con ese conocimiento? No glorificaron a Dios ni le agradecieron, antes se hicieron necios: cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles (Romanos 1:21-24). Sabemos que la ley no redime a nadie, antes lo acusa en su conciencia; ni siquiera la ley escrita de Moisés salvó una persona, así que no es por obras para que ninguno se gloríe. Cuando Pablo advierte que los gentiles que no tienen ley son ley para ellos mismos, de acuerdo a su conciencia, no asegura que alguien sea salvo aparte de Jesucristo.

Abraham, quien no estuvo bajo la ley de Moisés sino la que estaba en su corazón -como la de los demás gentiles-, creyó a Dios y le fue contado por justicia. Pero fue Dios quien le habló y lo llamó del oscurantismo del hostil mundo pagano en el cual vivía. A pesar de su idolatría fue llamado, pero una vez que escuchó el llamado eficaz ya no anduvo más tras el extraño. Jesús lo dijo, que nadie podía ir a él si no le fuere dado del Padre (Juan 6:44); también señaló que si alguno permanece en su palabra, sería verdaderamente su discípulo. En consecuencia, conocería la verdad y ella lo haría libre (Juan 8:31-32). 

Permanecer en su palabra implica permanecer en todo su cuerpo de enseñanzas (doctrina), así que no puede alguien decir que está en la verdad pero negar al mismo tiempo las enseñanzas de Jesucristo. La doctrina del Padre supone el reconocimiento de su soberanía absoluta, en todas las instancias de la vida, incluso en cuanto al destino eterno. Si alguien se resiste a tal verdad podría ser que haya sido destinado a tropezar en la Roca que es Cristo. Por esta razón predicamos una vez más el evangelio de Jesucristo, para que se entienda que creer en su nombre presupone conocer su doctrina (cuerpo de enseñanzas) y aceptarla como pan de vida. 

Pablo tuvo siempre la premisa principal correcta, por lo cual su razonamiento llegó a una conclusión válida: Dios nos salvó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1: 9). Ni ley natural escrita en el corazón de la humanidad, ni la ley dada a Moisés pueden vivificar, porque si ellas pudieran hacer eso la justicia sería por medio de ella y no por medio de Jesucristo (Gálatas 3:21). De nuevo volvemos a las palabras de siempre, porque ellas permanecen por siempre en la Escritura: Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia (Romanos 9:16). Si alguno aspira a su propia justicia observe este punto final de la Escritura: Ninguno podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás) -Salmo 49:7-8.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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