Domingo, 09 de mayo de 2021

Suponer que Dios pudo haber expiado el pecado de su pueblo por un método diferente al usado, implicaría falta de comprensión a su carácter inmutable. Dado que Él se define como un Sí y un Amén, no cabría la opción de variabilidad en cuanto a la expiación de la transgresión humana. No quiso perdonar a los ángeles caídos, no le dio cabida a Satanás en su reino, pero quiso redimir de la masa humana una proporción que fijó desde siempre. La naturaleza del pecado debe ser observada desde el plano de la persona ofendida, un Señor eterno y tres veces santo, alguien que tiene esencia de infinitud. 

Al ofender la ley del Creador no nos queda sino la consecuencia del delito. De acuerdo a la sentencia bíblica, el alma que pecare debe morir porque la paga del pecado es la muerte. La ofrenda por el pecado debe igualar el tamaño de la ofensa, así que ante la culpa infinita un saldo infinito. No podría haber otra forma de pagar la deuda sino la que exige por fuerza una equivalencia con el tamaño de la infracción. Dios hecho hombre, sin que hubiese cometido pecado alguno, vendría a cumplir un cometido eterno, habiéndose dado en expiación por los pecados de muchos. Jesús enviado por el Padre cumplió a cabalidad el propósito asumido, nos permitió gozar de la satisfacción plena y de la pacificación completa ante el Dios que todo lo puede.

No existe un pacto consensuado entre las dos partes, cuando se habla del nuevo pacto. Es unilateral pero involucra al otro como una adhesión, ya que el nuevo nacimiento nos coloca de buena voluntad, con un espíritu nuevo que ama el vivir en los estatutos de ese Testamento. Si fue unilateral y si se juró por el Dios mismo, ¿cómo podría anularse tal voluntad divina? Ha dicho el Señor que nunca más se acordaría de nuestras transgresiones, que serían echadas en lo más profundo de la mar. Pero hay textos bíblicos que preocupan a muchos, en especial a aquellos que todavía destilan la cultura de las obras, como si por una buena conducta demostrada se adquiere el derecho al reino de los cielos. Tampoco podemos ver como sabio el que se le añada a la gracia los frutos de buenos redimidos; se ha dicho que habrá buenas obras para andar en ellas, todo lo cual ya fue preparado.

En este punto muchos tuercen sus miradas por sentir que algo repugnante pudiera sugerirse. Mucho cuidado hemos de tener antes de aventurarnos en lucubraciones contradictorias. El que creó el fin hizo lo mismo con los medios, el que preserva el alma hasta el fin nos da la perseverancia hacia ese mismo fin. Pero todo viene de gracia, de manera que no tenemos el derecho de la jactancia. Jacob fue amado desde la eternidad, sin miramiento a sus obras buenas o malas, por igual Jacob recibió la gracia del deseo de la primogenitura. El ímpetu de Jacob por alcanzar tal bendición no hizo que la bendición llegara (ya que la Escritura afirma que Dios lo amó antes de ser concebido), más bien podemos decir con certeza que la predestinación hecha por el Padre Eterno hizo posible el ímpetu por la primogenitura.

Ah, lo mismo sucedió con Esaú. No fue su descuido en materia de las cosas espirituales lo que lo corrompió, ya que la Escritura afirma que fue odiado de la misma forma en que Jacob fue amado: Sin mirar a sus obras buenas o malas, aún antes de ser concebido. El ímpetu de Esaú para abaratar la gracia y satisfacer su vientre con las lentejas provino de su destino marcado por el Dios de las luces. ¿Qué puede decir alguien? ¿Hay injusticia en Dios por haber tratado a Esaú de esa manera? ¿Seguirá usted dislocando los textos para dar valor a una teología extraña? En ninguna manera, dice el Espíritu, debemos comprender que no somos más que polvo en las manos del Creador, barro absoluto, en tanto el que nos formó tiene la potestad de hacer un vaso de cerámica para honra y otro para deshonra. ¿No ve cómo formó al Faraón de Egipto? Lo colocó en una tierra de impíos, para que aprendiera los oficios de mandatario, para que rindiera tributo a dioses ajenos, para que se creyera a sí mismo como Dios. Le envió a Moisés pero no para evangelizarlo, sino para glorificarse por medio de diez plagas hasta matar a los primogénitos. Todo fue anunciado desde el inicio, dando cuenta del Dios soberano que se mueve en las páginas de la Biblia.

En ese antiguo Egipto nace el patrón de liberación del alma humana, del alma que ha sido escogida en Isaac. El precio de la sangre de los corderos, de los animales rociados en los dinteles de las puertas de las casas de los esclavos israelitas en Egipto, vino a mostrar el valor de la sangre del Hijo que derramaría su vida en rescate de muchos (Mateo 1:21). Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecado (Hebreos 9:22). Ese texto de la Biblia nos enseña que no existiría jamás otra posibilidad de redención para la criatura caída, no podría ni siquiera suponerse un acto de gracia equivalente que sustituyera el martirio de Jesús en la cruz. La razón es simple por varios lados, tanto de lo que de la dimensión de la culpa se implica -a tal transgresión, tal expiación-, como del carácter incambiable del Creador. Si así aconteció no pudo ser de otra manera, ya que nuestro Dios no es contingente sino un Sí y un Amén.

Nuestro Dios es justo y salvador (Isaías 45:21), pero no hay otro dios a su lado: Jesucristo es el único Dios junto al Padre y al Espíritu Santo. Otra divinidad inventada por los hombres, sugerida desde el pozo del abismo por los demonios y demás espíritus que operan en los hijos de desobediencia, jamás tendrá la potestad de la redención. No hay otro dios que pueda salvar, porque Jesucristo satisfizo la justicia exigida por el Padre. De esa forma el Dios justo también es redentor, la gran provisión para los escogidos desde la eternidad como herederos del reino de los cielos. El Dios Mediador declaró su propia justicia por someterse a la ley sin transgredirla, habiendo él pagado el pecado de muchos. Por su conocimiento justificará a muchos, en tanto viene a ser el enviado del Padre a ese mundo amado (Juan 3:16), también dio gracias por los que le fueron dados (Juan 17) y no rogó por el mundo al que no vino a redimir (Juan 17:9). 

Dos mundos mostrados en oposición en el evangelio de Juan, como también aparecen otros significados de ese signo. Nos interesa el mundo amado por el Padre, el mismo del cual le hablaba Jesucristo a Nicodemo, el mismo por el cual el Hijo le agradecía en el Getsemaní. También incumbe al propósito acá planteado el otro mundo, el que no fue objeto del ruego de Jesucristo, el que fue dejado en forma explícita: No ruego por el mundo. Predicamos a todo el mundo para que los que son ovejas vengan ante las palabras del Maestro y lo sigan, pero seguros estamos de que hay un mundo que no oye, que no lo acepta, porque para ese mundo Jesucristo viene a ser una locura. La predicación misma se convierte en la insania divina, medio por el cual el Señor quiso salvar a los que son suyos. Ya que a pesar de la predestinación urge la predicación del evangelio para perdón de pecados, por lo cual se llama al arrepentimiento y a la obediencia del mandato del Señor. 

Frente a la evidencia de las declaraciones bíblicas acerca de la condición espiritual de la humanidad caída, ¿cómo puede alguien que se diga hombre de fe asegurar que el hombre natural está vivo, con voluntad de salvación, sujeto al libre albedrío para decidir su destino? ¿Lo estuvo Esaú, lo estuvieron Faraón de Egipto y Judas Iscariote? El que no cree en la doctrina de Cristo demuestra que sus enseñanzas lo ofenden, se retira dando murmuraciones contra lo que Jesús pregonó. Si esto disgusta, ¿cómo pretenden pasar la eternidad con un estómago repleto de náuseas? No, no podemos decir paz cuando no la hay, no podemos llamar a lo malo bueno. La mala doctrina pertenece al extraño, la comparte todo aquel que será echado fuera cuando al final Jesús los declare como desconocidos. 

La buena doctrina no salva pero viene como un fruto de la redención recibida. La Biblia insiste en nuestro deber de habitar en la doctrina de Cristo, en ocuparnos de la doctrina aprendida (Timoteo), en que por su conocimiento el siervo justo justificaría a muchos. La relación perfecta entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se refleja en el creyente de verdad. En este creyente no existe la mínima contradicción entre lo declarado por el Padre, la doctrina del Hijo que es la misma del Padre y lo que inspira el Espíritu. El que dice creer en el Hijo, alabar al Padre, pero sigue las doctrinas del extraño, no tiene ni al Padre ni al Hijo. Dios sigue siendo soberano en toda área, lo cual incluye el destino eterno de cada uno de los seres humanos que aparecemos en escena en esta tierra.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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