Viernes, 07 de mayo de 2021

Pasamos demasiadas horas dedicadas a nuestra formación académica lo cual resulta las más de las veces en una actividad de crecimiento intelectual. Sin embargo, para los creyentes en el Dios de la Biblia, surge una interrogante de valor: ¿Cuántas horas a la semana se dedica a la formación teológica? Tal vez dos horas en la Escuela Dominical, donde en demasiadas ocasiones se invierte el tiempo desde niños en colorear el Arca de Noé y en recrear escenas de David contra el Gigante. Después, cuando nos hacemos grandes, vemos que la llamada iglesia se ha convertido en un centro de adoración de un personaje llamado Jesús.

Hasta ahora pareciera algo normal, pero cuando uno comienza a leer las Escrituras descubre que el Jesús de la Biblia no se asemeja lo suficiente al que uno conoció durante años en el sitio propio de la religión. Comienza una lucha por comprender lo sucedido, hasta que llegan los nuevos teólogos a facilitar el objeto de la religión. Recordemos que la etimología del vocablo religión implica religar, reunir, pegar, juntar. Del latín viene el término: religo-relegatum-religavi-religare. El oficio teológico se ha transformado en el servicio al étimo, sin otro objeto sino mantener la masa unida en un vocablo: Jesús. 

El problema se suscita cuando uno recuerda lo que Jesucristo dijo de él mismo, acerca de lo que la gente pensaría de él a través del tiempo. Se levantarían falsos Cristos, muchos harían señales y milagros en su nombre. También la Escritura nos habla de un poder engañoso enviado por el propio Dios, a fin de que se terminen de perder los que no tienen amor por la verdad. Resulta demasiado importante amar la verdad, pero por igual conocerla. ¿Cómo se puede amar aquello que no se conoce? Eso lo refirió Pablo cuando advertía que no se podía invocar a quien no se conoce, si nunca se ha oído de esa persona (Romanos 8). 

El que camina con gente sabia se hará sabio, dice la Biblia, pero la compañía de los necios trae destrucción (Proverbios 13:20). Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres, le dijo Pablo a los corintios. Ese gran consejo bíblico abarca lo que uno lee, lo que escucha o lo que uno ve en un video cualquiera. El argumento de cantidad funciona acá como uno de fuerza, demasiadas horas tras las aplicaciones sociales y pocos minutos detrás del texto que uno supone escrito por el autor de la vida eterna. Por otro lado, nuestra actividad de oración o plegaria se reduce a instantes, a breves momentos en que las circunstancias nos afligen. 

Se nos conmina a redimir bien el tiempo porque los días son cortos, a predicar a tiempo y a destiempo, a reconocer que andamos como peregrinos en tierra extranjera. Jacob le respondió al Faraón que sus días habían sido pocos y malos, apenas 130 años hasta entonces (Génesis 47:8-9). Pedro recomienda encomendar nuestras almas al fiel Creador y a hacer el bien (1 Pedro 4:19). Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad (Filipenses 4:8). 

Las admoniciones para aprovechar bien el tiempo son variadas y se encuentran a lo largo de las Escrituras. El mundo arropa con sus incitaciones a la distracción, insiste en que nos volvamos hacia la recreación de sus falacias, sean las más comunes y simples o las de mayor envergadura intelectual. El cristiano debe recordar su estatus, pertenece a una manada pequeña y posee una ciudadanía ajena a este mundo. Somos llamados joyas de Dios o especial tesoro (Malaquías 3:17). 

Las malas conversaciones se escuchan también en los asientos de las iglesias. Allí se puede oír la habladuría supersticiosa del predicador, el que cree en la prosperidad económica como una promesa bíblica. El otro se presenta como un sanador especial, alguno habla en lenguas extrañas, en tanto otra persona recibe revelaciones especiales. Además, como la bestia apocalíptica, muchos de ellos destilan palabras blasfemas contra las enseñanzas del evangelio. El Jesús predicado suele ser el que murió por todo el mundo, sin excepción, el que expió la culpa de toda la humanidad. El infierno apenas surge como resultado del rechazo al Dios de la Biblia, como una recompensa al deseo humano. 

El pecado, dicen los del evangelio extraño en sus malas conversaciones, surgió de la nada como Satanás, porque Dios no creó tal cosa sino que la permitió. Cuando la Escritura señala a Dios como alguien que odia al impío desde siempre, ellos colocan que Jehová odia el pecado pero ama al pecador. Poco les importa que Pablo haya insistido en la soberanía absoluta de Dios, la cual incluye la predestinación de todo cuanto acontece; el Dios permisivo se reinventa en esos antros de malas conversaciones para redimirlo de las acusaciones que los supuestos creyentes harían al Dios verdadero. Aseguran sus teólogos que Dios decretó permitir el pecado, permitir a Satanás, así como por igual se la jugó con Adán quien pudo no pecar (de acuerdo a su disparatada teología). 

Por completo ignoran que el Padre se había propuesto desde los siglos darle la gloria a su Hijo como Redentor (1 Pedro 1:20), de manera que en sus malas conversas sostienen que Adán pudo no pecar y de esa manera le hubiese arrebatado la gloria que tendría el Hijo de Dios en tanto Redentor de su pueblo (Mateo 1:21). En los predios de las malas conversaciones se escucha también que Jesucristo derrramó tanta sangre por Judas Iscariote como lo hizo por Pedro. Argumentan que Pedro creyó mientras Judas no lo hizo como debía, con lo cual demuestran que no tienen idea de lo que hace la diferencia entre salvación y condenación.

La diferencia, para los de la mesa de la mala conversación, radica en el individuo que tiene buena voluntad para con las palabras del Señor. El evangelio extraño que asumen como válido hace reposar en los hombros de los muertos en delitos y pecados la carga de la redención. Para ellos el hombre no murió, como lo declara la Escritura, sino que deambula por el mundo como un zombie. Como dijo el profeta Ezequiel (16:44): Cual la madre, tal la hija. Todos se asemejan en tanto todos participan en la sinagoga de Satanás. Se encuentran alejados de la justicia que exige el Dios Creador del universo, esa justicia capaz de amistar a Dios con su pueblo. Jesucristo vino a ser nuestra justicia, en tanto satisfizo los parámetros exigidos por el Padre Eterno.

Jesús  aseguró que no ponía su vida por los cabritos sino solamente por sus ovejas. Dejó explícito que no rogaba por el mundo (Juan 17:9), sino solamente por los que el Padre le había dado y le daría. Si no rogó por el mundo no pudo morir por ese mundo por el cual no quiso rogar, pero murió, en cambio, por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16). La sangre propiciatoria y la justicia imputada del Señor recae solamente en aquellos que tuvo a bien representar en su hora amarga. Ese grupo por el cual murió no es otro que el de los elegidos del Padre desde antes de la fundación del mundo, los cuales fueron dados como herencia y linaje del Señor, como el fruto que vería de su trabajo. A nosotros nos toca conocer al siervo justo que justificaría a muchos.

La ética cristiana comprende mucho más que la simple perversión humana en el plano moral. Ciertamente existe el pecado de inmoralidad (si bien todo pecado implica inmoralidad), pero también ha de incluirse en la antiética cristiana la licencia para creer en cualquier tipo de superstición religiosa. Quizás la más peligrosa pueda ser la concepción de la muerte universal del Señor (en el sentido de que haya muerto por todo el mundo, sin excepción). Esta creencia conlleva a muchas falacias, por nombrar algunas solamente: 1) el hombre establece su propia justicia (su voluntad, sus obras de religión, el recorrido por el mundo en busca de prosélitos); 2) Jesús salvó potencialmente a todos pero actualmente a ninguno, dado que hizo la salvación posible para que cada quien aprovechara su oferta. La Biblia nos asegura lo contrario (Mateo 1:21; Juan 6:44, etc.); 3) el infierno pasaría a ser un monumento al fracaso de la cruz, dado que demasiada gente muere sin escuchar la supuesta oferta de salvación, mientras otros fallecen rechazándola; 4) se celebra el celo por Dios aunque no sea conforme a ciencia, como bien lo atestiguó Pablo en Romanos 10:1-4; 5) se pasan por alto gran cantidad de textos que declaran la predestinación divina desde antes de la fundación del mundo; 6) Dios queda atado de manos a la espera de que el redimible sea redimido, muy a pesar de que Él lo haya declarado muerto en delitos y pecados, como alguien que no busca al verdadero Dios ni que desee hacer lo bueno; 7) la gracia de Dios se parte en pedazos y uno de ellos sirve como gracia que habilita, que se dispensa ante toda criatura humana, para que de esta manera la condenación sea más justa, a expensas de la decisión soberana de quien opera todo bajo el designio de su propia voluntad.

No perdamos el gozo de la salvación en la mesa de los transgresores, en la compañía de los que propagan sus malas conversaciones. Recordemos siempre las palabras de Jesús, el conjunto de su doctrina para que vivamos en ella, como lo recomienda el apóstol Juan. No pensemos que la ética cristiana refiere solamente a asuntos de buena o mala conducta social, pensemos en que ella incluye la materia doctrinal, de la cual conviene ocuparnos (1 Timoteo 4: 16).

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 12:23
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