Martes, 20 de abril de 2021

Ni paradoja, ni complicación, una frase simple que anuncia lo que Jehová habría de hacer. Así se lo dijo a Moisés, con el propósito de anunciarle lo que haría con el mandatario egipcio. El lector no podrá encontrar un mensaje escondido en tan conocida frase, en una proposición lingüística que pone al descubierto el corazón del Creador. Este texto no excede los estrechos límites del entendimiento humano, ni encubre lo incomprensible de la voluntad divina. Con mucha sencillez declara lo que haría el Señor en el corazón del Faraón.

Pero así como los teólogos algunas veces se dan a responder preguntas que nadie se hace, en otras ocasiones sostienen que lo dicho encierra perspectivas incomprensibles para la mente humana. Endurecer el corazón del Faraón suele presentarse como una frase simple, comprensible, como si fuese un acto elemental de generar un infarto, en este caso espiritual. Las arterias se vuelven duras, su contenido queda atascado de elementos impropios para el sistema sanguíneo, lo cual produce la interrupción debida del flujo de vida.

El Dios de la Biblia, como lo dijera Pablo, endureció el corazón del Faraón y hace lo mismo con quien Él así lo quiera hacer. Este es el punto de partida de la disputa teológica, más que todo una querella religiosa. El texto es claro, la declaración muy prolija, pero el mensaje incomoda a muchos. El derecho de la soberanía absoluta del Creador pasa a ser vetado por el populismo religioso. No resulta bueno para el hombre común que Dios sea de tal manera soberano, conviene para el alma caída que la soberanía sea compartida. Para ayudar con este cometido aparece en escena la idea del libre albedrío humano.

A Jacob amé pero a Esaú odié -aborrecí-, antes de que hicieran bien o mal, antes de ser concebidos. Esa frase de Pablo encontrada en la Epístola a los Romanos, exacerba a millones de seguidores del cristianismo formal. El estado natural del corazón humano se coloca del lado de Esaú, lo defiende porque no pudo resistirse a la voluntad divina. En consecuencia, se ha dicho que el Creador no hace justicia si lo inculpa, ya que Esaú no puede hacer sino aquello para lo cual fue creado. Se suma a este debate la declaratoria de culpabilidad que tiene el Creador, declarándosele injusto.

Algunos predicadores más atrevidos denuncian a Dios como si fuera un diablo, algo peor que un tirano, como lo dijera John Wesley. Este predicador del Metodismo hace gala de su burla al concepto de la predestinación, dando a entender que la Biblia no quiso decir lo que dijo. Pero el endurecimiento del Faraón, así como el de los objetores de la Escritura, ha sido claramente revelado en ella. Los que detestan lo que la Biblia dice agregan que debemos comportarnos con humildad ante las incomprensibles palabras que de ella emanan.

Al ignorar lo que la Biblia declara, los que se escandalizan por la soberanía absoluta del Señor muestran profunda reverencia a lo incomprensible (que antes que nada pasa a ser inaceptable). De nuevo, Dios vuelve el corazón del impío contra su pueblo, para que lo odie, como lo hizo con el Faraón para que no dejase ir a su pueblo todavía por un buen tiempo. En el Salmo 105:25 vemos una acción parecida a lo que hizo con el Faraón, de manera que la soberanía divina sigue su marcha a pesar del estupor que manifiesta el corazón religioso del ser humano.

El designio de la carne se muestra enemistado contra Dios, sin poder sujetarse ante Su ley; de esta manera, el que vive según la carne no puede agradar a Dios (Romanos 8:7-8). La metáfora de Isaías acerca de un hacha que corta la madera sirve para ilustrar lo que Dios hace. No mueve el hacha la mano que con ella corta, pero la teología de la carne enseña lo contrario: la criatura tiene autonomía para hacer el bien o el mal, así que Dios se aprovecha de esa realidad para controlar el mundo. ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? (Isaias 10:15).

Tenemos que comprender que aunque la Escritura señala en varias oportunidades que el Faraón también endureció su corazón, no lo hizo sino porque ya había un decreto de parte de Dios. Así se lo dejó saber el Señor a Moisés, desde un principio, ya que el Señor se iba a glorificar en todo ese proceso de liberación hecho en favor de su pueblo. En realidad Pablo confirma lo dicho en el Antiguo Testamento, al escribir que Dios levantó a Faraón para desplegar en él su poder (Exodo 9:16). Vemos que Dios en su providencia procuró todo lo necesario para que se dieran las condiciones en las que el Faraón actuaría. ¿No hizo lo mismo con Judas Iscariote?

De la misma manera hizo Jehová con Esaú, de tal forma que vendiera la primogenitura estimándola de igual valor a un plato de lentejas. Si los caminos de Dios son inescrutables, si sus caminos son insondables, si sus pensamientos son más altos que los nuestros, la Biblia también asegura que las cosas reveladas nos pertenecen. Lo que Dios dijo de Esaú o del Faraón nos pertenecen por reveladas, de manera que no son insondables ni ininteligibles. Sabemos que la teología de los maestros de mentiras intentan exculpar a Dios, como si Él buscara defensa. Dios no respeta personas, no pide opiniones, no se limita por lo limitado del hombre en tanto su criatura.

Parece ser que el ser humano tiende a confeccionarse ídolos, imágenes de lo que debe ser la divinidad. Poco importa que lo que imagina lo exteriorice en forma de una estatua, de un dibujo plano, o simplemente quede en un armado teológico. Un ídolo viene definido como algo que no puede salvar (Salmo 115:1-8). Pero el Dios de las Escrituras tiene palabras duras de oír, de manera que no son pocos los que murmuran dando voces contra el Hacedor de todo. Por supuesto que no todo el mundo puede creer, ya que la fe es un regalo de ese mismo Dios que dicen odiar. Y si no creen culpan a Dios por no haberles dado la fe, como lo ha hecho el objetor levantado en Romanos 9 cuando defiende a Esaú. 

La gran pregunta ha sido ¿por qué Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad? Lo cierto es que los que dicen creer y mantienen por años o por poco tiempo su raíz ajustada a la tierra no soportan del todo lo que han creído. De esta manera prefieren las fábulas, aquello que se muestra suave y blando para escudriñar. Un Dios que respeta el libre albedrío humano recibe la veneración de gran parte de la humanidad; pero el Dios que predestina basado en su libre elección, en su libre propósito, pasa por debajo de la mesa, rechazado y cabizbajo. Semejante Dios ofende a las criaturas que prefieren invertir su tiempo en adorar al ídolo que logran sacar a partir de las páginas de la Biblia, torcidas para su propia perdición.

El hombre debe a su Creador responsabilidad, no porque sea libre sino porque es dependiente. Si el ser humano fuese independiente de su Creador podría decirse que posee libre albedrío, pero precisamente porque no tiene ninguna libertad le debe un juicio de rendición de cuentas. El Dios Omnipotente de la Biblia no necesita forcejear con nadie y nadie puede siquiera resistirse un poco a lo que Dios lo inclina a hacer. De nuevo, la gran pregunta del objetor levantado en Romanos 9 sigue erigiéndose como la lógica del lector que comprende las palabras de Pablo: ¿Por qué Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad? Aunque tal lector no haya nacido de nuevo puede preguntarse razonablemente lo que ha dicho, si bien la respuesta ya fue dada: ¿Quién eres tú para que alterques con tu Creador?

La metáfora de Isaías sigue vigente, el hacha no tiene libre agencia para mover la mano de quien la sostiene. Así que todo aquel que actúa de una u otra manera lo hace como un hacha en las manos del Todopoderoso. La teoría de que somos robots al ser dirigidos por Dios puede refutarse con la forma de andar el Hijo en este mundo. Jesús sabía lo que le acontecería, pero oró de todos modos, no se sintió una máquina bajo protesta. Sabemos que todas las cosas trabajan para nuestro favor, pero no por ello nos abandonamos al descuido. En última instancia preferimos ser obligados a ir al cielo que dirigidos al infierno; en ninguno de los dos casos se nos podrá ocurrir que la fábula del libre albedrío sea una verdad que nos produzca mejoría alguna.

Nuestro Dios que está en los cielos hace todo lo que ha querido, tiene el hacha agarrada por el mango y corta los árboles con el ejercicio de sus manos. No espera a que el hacha lo haga por su propio motivo y con su propio movimiento, porque esa es la metáfora con la cual se nos ha enseñado a cada ser humano dirigido de acuerdo a la voluntad eterna, inmutable y soberana del Altísimo. ¿Es injusto Dios por hacer lo que quiere con lo que es suyo? 

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 12:46
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