Lunes, 01 de marzo de 2021

Asaf nos dice que existe una condición para recibir la bondad del Creador, el ser limpios de corazón. La sangre y el agua son dos símbolos encontrados en la Escritura que refieren a la limpieza del alma. El agua designa la palabra revelada como instrumento de pulcritud, esa voz del Señor que fue registrada en el libro de los libros. A medida que meditamos en ella, que memorizamos sus líneas, nuestro cerebro se va transformando para mejoría de nuestro espíritu. La sangre apunta al sacrificio del Hijo de Dios que nos amistó con el Padre, en tanto Mediador entre Dios y los hombres.

Aunque el beneficio general de la limpieza por la palabra pareciera hacerle bien a toda criatura humana, sabemos que la sangre de Cristo resulta eficaz en forma absoluta para cada redimido. La palabra del Señor es más cortante que espada de dos filos y penetra hasta partir el alma, pero no redime por sí sola. Los que la oyen pueden recibir el beneficio de sus consejos, exhibir ciertas mejoras como los campos cubiertos con semilla. Así sucedió de acuerdo al relato de la parábola del sembrador. Unas semillas brotaron y dieron origen a unas pequeñas plantas, si bien más tarde fueron destruidas por cuestiones de intemperie, terreno y animales del camino.

La palabra del evangelio tiene mucho poder, en especial el de la salvación, pero no podemos negar la sabiduría general que en ella abunda, la cual puede hacer sabio al sencillo. Las culturas religiosas judías y cristianas dan fe de lo que acá decimos, por cuanto muchos de sus miembros han sacado provecho de las ideas de salud social e individual para la vida en sociedad. A los judíos de hoy día aquella palabra parece que los sacude, por cuanto menospreciaron al Mesías enviado para anunciar su reino que no era de este mundo. La cultura religiosa de Israel estuvo compuesta por muchas vertientes, entre las que destacan los fariseos y los saduceos. Los primeros se creían perfectos y con derecho genético para alcanzar la vida eterna, aferrados a la letra de la ley, negando con sus actos el sentido de la misma. Los segundos menospreciaban el concepto de la resurrección del cuerpo, así que ambos grupos se habían forjado una idea ajena a la Escritura sobre el Dios de la Biblia.

La sangre de Cristo vino a ser el anti-tipo de la sangre de los corderos y de los palominos, de todos los animales sacrificados durante el Antiguo Pacto, sangre que representaba al Mesías prometido como su anti-tipo. No podemos decir que Jesucristo fue un fracasado, como si hubiese intentado redimir al mundo por el cual no rogó la noche antes de su sacrificio. Sería blasfemo insinuar que su sangre se muestra eficaz fuera del ámbito de la intención de la muerte del Señor, pero sería justo afirmar que ella fue derramada por cada miembro de su pueblo que vino a redimir.

El evangelio se predica a todos los que lo oyen, si bien los elegidos son los que serán llamados en forma eficaz. Si Esaú vendió su primogenitura lo hizo por cuanto fue odiado por el Creador desde siempre, así que la objeción levantada en forma retórica dentro de la palabra de Dios afianza el concepto de Pablo en su Carta a los Romanos. Hubo una predestinación de las almas, unas van hacia la vida eterna para recibir el gran amor del Señor, mientras otras son destinadas a perpetua perdición como muestra del castigo divino contra el pecado no expiado.

Si Jesucristo hubiese expiado todos los pecados de todos los hombres, no habría ningún alma humana en el infierno eterno. Nadie hubiese sido condenado dentro de la humana raza, pero si existe tal condenación ha de comprenderse que ella surge en virtud del pecado no expiado. No hay sorpresa en lo que presentamos, más bien existe suficiente prueba escrita en las Escrituras para avalar la soberanía de Dios en materia de salvación. La palabra del objetor valida lo que se ha dicho: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Hay injusticia en Dios? Estas interrogantes subsisten como prueba fehaciente de que lo escrito por el apóstol resulta claro como el agua cristalina, ya que de no haber sido de esta manera la objeción no se habría presentado.

No tendría sentido que el objetor hubiese reclamado por la injusticia de Dios al salvar a Jacob a pesar de sus pecados. Pero la lógica da cierta razón a la mente que se extraña porque Dios condena sin mirar en los males que hace el hombre. Es sabido que la historia humana da cuenta de los actos de las personas, hechos que las condenan ante la ley divina. Una ley demasiado grande para ser complacida por la limitación humana, pero ley al fin. El rasero divino no puede ser solventado por la criatura destruida desde Adán por el pecado ante el Creador, sino que tuvo que venir el Hijo de Dios para cumplir la ley a cabalidad, para llevar en su cuerpo el delito humano que pagaría con miras a cumplir su ministerio: la salvación de su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

Bueno es Jehová para con los limpios de corazón, es decir, para con aquellos que han sido lavados en la sangre del Cordero y guardan su palabra. El agua y la sangre, dos elementos de la Biblia consagrados a la limpieza del corazón. La palabra y el sacrificio de Jesucristo por todo su pueblo, de manera que no somos nosotros los que nos lavamos, no somos tampoco los aceptados por nuestros esfuerzos. En realidad hay consecuencias en aquello de creer en Jesucristo como el Hijo de Dios, una de las cuales implica la salvación eterna. Sin embargo, no todo el que le dice Señor, Señor, entrará al reino de los cielos, sino los que hacen la voluntad del Padre. Esa voluntad se presenta como agradable y perfecta, como un bálsamo para el alma que ha sufrido los peligros de este mundo. El príncipe de las potestades del aire, de las huestes de demonios, pelea y batalla para atormentar a los seres humanos. Los somete a una distracción continua, de tal forma que no perciban la verdad del evangelio. Pese a ello, cada elegido del Padre será llamado oportunamente por medio de la predicación del evangelio, de tal forma que se le contará como llamamiento eficaz.

No hay pérdida alguna en el sacrificio del Señor, el cual agradeció al Padre por todos los que le daría por la palabra de aquellos primeros discípulos. Fijémonos en que fue enfático el Señor al decir que era por la palabra de ellos, no por cualquier otra palabra. La que está viciada, la que proviene de los corazones de los falsos maestros, de los herejes, de los dueños de la religión, no sirve para salvar siquiera a una sola alma. La Biblia ha declarado que por el conocimiento del siervo justo seríamos salvos, de tal forma que la salvación se presenta a través del acto de conocer al Señor. Pablo aseguró que nadie podría invocar el nombre del Señor si no le conocía, que para conocerlo era necesario que alguien le predicase a la gente. Este predicador no puede suponer que sea cualquier persona, más bien presupone alguien que ha sido enviado para esa función.

Somos nosotros los creyentes del verdadero evangelio y del verdadero Jesús de la Biblia los que llevamos esta agua limpia para los sedientos. Recordemos que Pablo recomendó apartarse de aquellas personas que ocasionan tropiezos y divisiones por el hecho de proclamar una doctrina diferente a la que se ha enseñado en las Escrituras. Romanos 16:17 dice así: Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Esa es la razón por la cual Jesús oró la noche antes de su entrega al sacrificio, al decirle al Padre que le agradecía por los que le daría por la palabra de sus discípulos. No se trata de cualquier palabra religiosa, adornada de Biblia, sino que la predicación del evangelio debe ser aferrada a la Escritura.

Los asuntos doctrinales son la columna vertebral de la fe cristiana. A Timoteo le fue recomendado el ocuparse de la doctrina, para que se salvara a sí mismo y ayudara a salvarse a otros. Esa ocupación presupone, al decir de Juan, el habitar en la doctrina de Cristo, de tal manera que estemos sumergidos en el conocimiento del Señor. No podríamos presumir de la salvación si no entendemos de qué hemos sido salvados, ni del autor de ese regalo. Se nos ha dicho que desde antes de la fundación del mundo fuimos elegidos para ese beneficio, así que también desde antes se nos han asegurados los medios para tal fin. No hay salvación fuera de Jesucristo ni aparte de su evangelio. Tampoco hay salvación por medio de un evangelio diferente, considerado anatema (maldito).

Asaf nos ha dejado el Salmo 73 como un legado para los creyentes que hayamos sido impactados por el éxito del mundo. En ocasiones pudiera haber en nosotros cierta envidia por los arrogantes, al ver su prosperidad. El salmista nos dijo que los hombres de mal no pasan trabajos como los demás mortales, que no tienen congojas por su muerte. La soberbia los corona y se cubren de violencia, hasta lograr con creces los antojos del corazón. Su estilo altanero los hace poner su boca contra el cielo, hasta llegarse a preguntar ¿Cómo sabe Dios las cosas? Tal vez, aseguran ellos, Dios conoce porque ve en el túnel del tiempo, como si ignorase algo que quiere descubrir. De acuerdo a este Salmo, el impío no concibe el hecho de que Dios haya preordinado todo cuanto nos acaece, de acuerdo a su propio designio. El impío concibe a Dios como alguien que tiene que averiguar lo que va a hacer porque no lo sabe.

El impío se coloca como una prueba del desconocimiento del Altísimo, ya que por medio de la impiedad el malvado cosecha con creces sus antojos. Esta situación puede colocar a muchos creyentes en un ensimismamiento como el que tuvo el salmista. La solución encontrada por aquel gran hombre se hizo patente una vez que entró en el Santuario del Señor, ante su presencia. En ese lugar comprendió el fin de los impíos: Dios los hará caer en sus desfiladeros, para asolarlos de repente. El impío será consumido de terrores, por cuanto el Señor despreciará su apariencia. La comprensión del final de los impíos consoló al salmista, hasta que se limpió de su amargura. Se reconoció como un ser torpe por llegar a envidiar a tales hombres.

En ocasiones nos comportamos como bestias delante de Dios, cuando actuamos con torpeza, pero el Espíritu del Señor que mora en nosotros nos conduce a la verdad y certeza de haber sido guardados en las manos del Padre y del Hijo. El Señor nos toma de la mano derecha, nos guía de acuerdo a su consejo,  hasta que nos reciba en gloria. Una promesa de esperanza para los limpios de corazón, asegura Asaf.  El creyente reconoce que no tiene en los cielos sino a Dios, que fuera de Él nada desea en la tierra, porque la roca de nuestro corazón y nuestra porción es Dios para siempre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 18:28
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