Martes, 23 de febrero de 2021

La lógica paulina presenta una forma binaria: o todo o nada. Una absoluta presunción de exclusión entre los dos conceptos hace que la mente humana no se engañe al respecto. Por supuesto, millones de personas andan por el mundo bajo la creencia de que pueden combinar la gracia con las obras. Lo que viene como regalo no cuesta nada, lo que se manifiesta en forma gratuita no se paga. La gracia como estafa viene anunciada por los maestros de mentiras, aquellos que aman agradar a las multitudes y cuidar el efod donde se recoge como el maná las ofrendas en dinero que los fieles dan como tributo.

La psicología de las masas se aplica en cada sermón de la gente que está preocupada por salvar pecadores. Una luz tenue junto a unas notas suaves mientras los hermanos oran, para que la voz del predicador penetre en el subconsciente de los atribulados que oyen y desean una seguridad que no han alcanzado. Se da un paso al frente, para repetir una oración de fe, o se levanta una mano que motiva a los indecisos a levantar la de ellos y se confirman los que antes ya habían cumplido con el ritual. Salen redimidos en virtud de un evangelio extraño, convencidos de que en ese momento se inscribieron sus nombres en el libro de la vida del Cordero.

Se les ha dicho que la salvación viene de pura gracia, pero que de todos modos le toca a cada uno hacer su pequeña parte. Incluso hay quienes han pregonado que ni siquiera Dios se mete en ese instante para influenciar al pecador a tomar la decisión, ya que en la cruz hizo todo lo que podía hacer y ahora cada quien tiene que procurar por sus medios tomar la oferta prodigiosa. Esto equivale a un 99% de gracia y a un 1% de obra humana, por lo que la combinación rompe el binarismo presentado en las Escrituras. Ya no es todo o nada, más bien puede ser casi todo de una parte y un poquito de la otra.

Si por obras, ya no es por gracia; de otra manera la obra no sería obra. Pablo fue muy explícito en todas sus cartas, como lo fueron todos los escritores bíblicos. Si es por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no sería gracia.  No se deja espacio para un término medio, no existe el limbo donde se pueda negociar, como tampoco existe la oferta que pueda rechazarse. Dios hace un llamamiento eficaz, irrenunciable, para que tengamos el don de la fe. Esto forma parte del acto de la regeneración por el Espíritu Santo, obra exclusiva de arriba y no de voluntad humana. Por otro lado, de acuerdo al contexto señalado en los textos de la Biblia, el hombre muerto en delitos y pecados perdió toda capacidad para ver la medicina o responder al que le anuncia la noticia acerca del Dios soberano. Se oye y se desprecia la palabra de Dios porque no hay quien lo desee y lo busque; aquellos que acuden a Él deben reconocer que si lo hicieron de veras se debe a que fueron llamados con eficacia.

El llamamiento general de las Escrituras se conoce como la ley divina. Hay un mandato de hacer y no hacer, pero general, para que nadie tenga excusa de la falta de advertencia. Todos estamos sometidos a la debida responsabilidad en tanto criaturas dependientes, así que los que no hay leído la ley la conocen en sus corazones donde también fue dictada (Romanos 1). La ley no ha salvado ni siquiera a un alma (ni la escrita en papiros ni la que permanece en la conciencia humana), así que solamente condena. Nadie podrá argumentar que no tiene pecado, ya que todos nos hemos descarriado en la búsqueda de nuestros propios caminos. Lo que le aguarda al hombre lo hace temblar, porque no escapará nadie al juicio de rendición de cuentas. Está establecido para la humanidad que muera una sola vez, después de esto viene el juicio.

Pero aquella ley que condena (sea la escrita en papiros o en la conciencia humana) se ha convertido en un Ayo que nos conduce a Cristo. Por supuesto, hay millones que jamás han oído ese nombre, así que Dios es quien juzgará y lo hará justamente. Nos toca repetir lo que la Biblia aclara: que por medio de la ley conocemos el pecado y donde ella aparece aumenta la transgresión. Cuando se dice que no conviene codiciar la codicia crece. La ley aumenta el pecado y nos acusa continuamente. La buena noticia para los que son llamados eficazmente se anuncia para alegría del pueblo de Dios. La vida eterna en lugar del castigo por el pecado, en virtud de la sangre del Cordero inmolado en la cruz, dado en rescate por todo su pueblo (Mateo 1:21). Esta gracia soberana no toma en cuenta ni exige obra humana alguna. Nuestra justicia rechazada por insuficiencia se ve reemplazada por la justicia de Dios a través de Jesucristo. Por algo fue llamada aquella justicia nuestra Pascua.

Dios pasó por alto nuestros pecados (los viejos, los nuevos y lo futuros), como el ángel de la muerte pasó por alto su matanza en las casas cuyos dinteles y portales contenían la sangre de los animales sacrificados en el Egipto de Moisés. Aquella pascua fue celebrada continuamente por el pueblo de Israel, bajo el símbolo de lo que habría de venir.

Al llegar Jesucristo a habitar entre nosotros, una vez consolidado su trabajo en forma absoluta, ya no hizo falta celebrarla más como un símbolo futuro. Ahora se conmemora la pascua absoluta, el trabajo de Jesús en la cruz, su muerte y su resurrección, anunciadas hasta que él vuelva. ¿Para qué más panes amargos? Ahora aquella amargura por el pecado se ha convertido en gozo por el perdón total, irreversible, brindado gratuitamente por el Padre por causa de los méritos del Hijo. La verdadera gracia de Dios en la Biblia es la que cubre el 100% de nuestros pecados, la que no nos exige ninguna obra buena para disfrutar la justificación. Los que aseguran que debemos agregar algo hablan de una gracia futura, engañosa, laberíntica. Todavía existen predicadores emblemáticos que usan sus tribunas para anunciar el engaño de Satanás. Ellos admiten la predestinación divina, pero agregan trabajo humano a la redención final. Nos dicen que fuimos predestinados y lavados por la sangre de Cristo, pero que esa gracia apunta hacia el futuro y depende de nosotros el perseverar para que se haga eficaz.

No fue eso lo que anunció Jesucristo cuando enseñaba su doctrina. Dijo que si el Hijo nos libertaba seríamos verdaderamente libres. Agregó que estaríamos guardados en sus manos y en las manos de su Padre, así que nadie nos podría arrebatar de ese lugar. Siguió diciendo que el diablo trataría de engañar, si fuere posible, aún a los escogidos. Sumó a sus palabras otras más esperanzadoras, las que nos aseguran que, una vez que el Padre nos ha enviado hacia él, él no nos echará fuera. Pablo canta exaltado, que nadie nos podrá separar del amor de Cristo, que nadie nos podrá condenar ni acusar. ¿Cómo puede hablarse de gracia futura cuando todo ha sido consumado? ¿Acaso la gracia puede combinarse con un poquito de buenas obras (nuestro empeño, nuestra fidelidad, etc.) para que ella se mantenga en forma cabal? En ninguna manera, ya que eso implicaría que la gracia ya no sería gracia.

Ahora bien, el apóstol que nos habló exaltadamente sobre la gracia también nos aseguró que los creyentes no podemos vivir en el pecado. En Romanos 6 él se pregunta ¿cómo vivir todavía en el pecado? La respuesta la da cada quien, dado que el sentido de la interrogante implica una imposibilidad. El creyente ya no anda en la carne sino en el Espíritu. Ese Espíritu nos guía a toda verdad, no a la falsa doctrina de la gracia futura. Ese Espíritu nos fue dado como garantía de la salvación final, no de una gracia futura. Ese Espíritu nos fue dado de pura gracia, sigue siendo de gracia, no representa jamás una gracia a futuro que depende de nuestras obras. Fijémonos en lo que ha dicho uno de los baluartes de las masas que hablan de la salvación por gracia, examinemos sus palabras para que comprendamos su engaño. Nadie es salvo de la ira de Dios por el hecho de que Cristo haya muerto por los pecadores. Hay una condición que cumplir para alcanzar esa salvación…la condición del arrepentimiento y fe, de la conversión que sería a su vez la creación de un creyente hedonista (feliz) (John Piper, Desiring God). Este predicador también habla de una gracia futura, que depende exclusivamente de nuestra voluntad y de nuestra obra cooperante con Dios, un compromiso que completa la gracia divina.

Estos predicadores de mentiras nos aseguran que debemos escoger el unirnos con Cristo para poder vestirnos de su justicia, así como hay una escogencia voluntaria para endurecernos y merecer condenación. Esto contraviene la declaración presentada en Romanos 9, donde se nos asegura que Dios es el autor absoluto de la salvación y de la condenación, que ellas no dependen de lo que hagamos sino de un decreto eterno basado en el libre arbitrio de su voluntad. Pero la insania espiritual de estos predicadores del falso evangelio llega muy lejos, cuando aseguran que el amor y la fe constituyen los prerrequisitos para la salvación final. De esta forma tuercen las Escrituras que han dicho que Dios es el autor de la fe, que ella es su regalo para los que redime; que si amamos a Dios lo hacemos porque Él nos amó primero. Vemos que la Escritura no habla de prerrequisitos finales para la redención otorgada, más bien nos asegura la preservación divina al predestinarnos y darnos los medios adecuados para que caminemos con un corazón de carne y un espíritu nuevo que ama el andar en sus estatutos.

Si el trabajo de Cristo fue consumado en la cruz (como él lo dijo), no hace falta cumplir con obras de justicia que se sumen a la suya para garantizar nuestra redención. Si odiamos el pecado lo hacemos porque tenemos el Espíritu de Dios que se contrista en nosotros por nuestras faltas, que intercede por nosotros con gemidos indecibles. Todo creyente verdadero confiesa sus pecados y reconoce al Señor que es fiel y justo para perdonarnos. Ningún creyente verdadero hablará de prerrequisitos finales para que la predestinación hecha en la eternidad tenga validez en base a nuestra voluntad que en muchas ocasiones se ve sometida al pecado. Así lo declaró Pablo en Romanos 7, cuando nos especificó sobre su descubrimiento: que existe una ley en nuestros miembros llamada la ley del pecado.

El galimatías de Piper pone de manifiesto su angustiosa mente, su desorientada brújula y su falta de gracia absoluta. Nos dice que la gracia es libre pero condicionada. Parece que su ignorancia se asemeja a la de Nicodemo, cuando no reconocía lo que significaba la circuncisión del corazón. Esa circuncisión absoluta ocurre cuando se nos quita el corazón de piedra y se nos da uno de carne, junto con un espíritu nuevo que desea a Dios. La Biblia no nos manda a sacarnos el corazón de piedra y a meternos el de carne, porque esa obra resultaría imposible para los muertos en delitos y pecados. Tampoco nos dice que esa operación la hará Dios en todos los habitantes del planeta tierra, así que mal pudiera Dios darnos el corazón de carne y su Espíritu para que completemos su obra de gracia inmerecida con un trabajo que haga eficaz la gracia a futuro. Esto es sutileza satánica o arminianismo refinado, obra residual de los jesuitas del molinismo, del antiguo pelagianismo y de la serpiente en el Edén. Ahora se pretendería ser como dioses, acabando la obra inconclusa de Cristo en la cruz, como si la conversión final de Saulo dependiese de lo que hiciera Pablo.

Recordemos que Cristo ofreció una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, pero ahora está a la espera de que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies, porque por una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Este testimonio lo da el Espíritu Santo, de acuerdo al pacto que fue ofrecido, de poner sus leyes en nuestros corazones, y en nuestras mentes, para nunca más acordarse de nuestros pecados y transgresiones (Hebreos 10:12-17). Y añade: Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado (verso 18). Vemos claramente que Jesucristo no necesita que cumplamos con requisitos para obtener una futura gracia; no, la gracia es pasada, en la eternidad, cumplida en la cruz con el trabajo consumado del Señor. Aplicada es ahora por medio de la palabra predicada a los elegidos, continuada por la santificación del Espíritu que habita en nosotros como garantía de la redención final.

Justo es también mencionar que dado que Jesucristo aguarda a que todos sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies (no como batallando hasta derrotarlos, sino en la espera de que nazcan todos cuantos han sido destinados para destrucción perpetua), debe entenderse que la gracia soberana de Dios no se extiende a ellos bajo ningún respecto. Bastaría con imaginar un poco acerca de cuál gracia o privilegio tuvo Judas Iscariote, quien fue educado en la doctrina de Cristo (como lo han sido estos predicadores de mentiras), pero cuyo destino era el de ser hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese. En realidad somos una manda pequeña, a quien nuestro Padre le ha placido dar el reino. Los otros, los falsos maestros del evangelio maldito, han salido por el mundo para atormentar a los creyentes con sus falacias. Pero el que habita al abrigo del Altísimo morará bajo su sombra, de tal forma que no prestemos oídos a las elocuentes locuras de los extraños.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 21:13
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