Viernes, 19 de febrero de 2021

Jesús salva pecadores como aquel ladrón en la cruz, tal vez semejantes a Saulo de Tarso, perseguidor de los cristianos. En el Antiguo Testamento se nos cuenta de un rey llamado Manasés, hombre inicuo en gran manera. Manasés había estimulado al pueblo a adorar a cuanto ídolo conocía su cultura, había profanado a la nación entera y pretendía continuar sin que fuera reprendido. Una vez lo llevaron cautivo a otra nación, donde clamó arrepentido y le pidió a Jehová que lo restaurara. El Señor oyó su oración y no solamente lo sacó de la aflicción sino que le devolvió el reinado. En las iglesias de hoy día lo más natural para un creyente que se desvía en su conducta y se arrepiente sería ponerlo a prueba. La disciplina religiosa, las más de las veces, olvida la misericordia y la confianza que presupone el amor.

Pero algo sucede cuando Dios salva a un pecador. Más allá de que haya gozo en el cielo por un pecador arrepentido, la vida del prospecto cambia para exhibir los frutos de su regeneración. No pensemos que el cambio operado en la criatura redimida se sucede como consecuencia de algún valor intrínseco en los seres humanos. Tal vez estamos influenciados por los hábitos y talentos naturales que una persona que antes andaba en ciertas conductas recriminadas, pero que arrepentido se dedica ahora al cultivo de sus costumbres educadas. En materia del espíritu humano se habla en forma binaria: o hay muerte o hay vida. Nada nuestro se incluye en el proceso regenerativo del alma.

La conversión viene a ser la cápsula que contiene múltiples semillas que germinarán para dar sus frutos. La fe agrada a Dios al convertir al hombre, por eso se la entrega en tanto su autor. Por medio de la fe el individuo regenerado comienza a creer en Cristo como el Hijo de Dios, se inicia en el aprendizaje de su palabra y puede tener el deseo de conocer al que ha sido su Creador. La vida eterna arranca en ese momento (conociendo al Padre y a Jesucristo el enviado). Recordemos que el Espíritu es quien nos hace nacer de lo alto y una vez nacidos comenzamos a respirar. Ese primer aliento de vida pudiera estar representado por la fe, un continente de muchos dones. ¿Cómo puede orar el recién nacido si no tiene fe? ¿Cómo puede invocar a aquel de quien no ha oído? Sin fe es imposible agradar a Dios, pero no es de todos la fe sino que ella es un regalo de Dios. Con la regeneración viene la conversión y la fe; a partir de allí la criatura comienza a caminar por el sendero que es Cristo.

La fe que le ha sido entregada como tesoro inigualable lo lleva a entender que antes servía a cualquier otro dios de los millones de divinidades que pudo haber conocido en el mundo. Ya no buscará la divinidad salida de un madero, de una talla artística, ni del barro forjado por un alfarero idólatra. Aquel ídolo que cobijaba en su corazón se vuelve añicos ante la presencia del único Dios que es el que es, como lo afirma la Escritura. Por medio de esa fe confía en cada promesa encontrada en las páginas de aquel libro que ahora se vuelve el reposo de su cabecera. Se dice que el escritor francés Honorato de Balzac llamaba a un médico que era uno de sus personajes creados en su mundo literario; esto lo hacía cuando enfermaba y sufría los rigores de la fiebre. El creyente ahora llama a Jesucristo, personaje principal de la maravillosa obra de arte literaria del único Dios, el Creador de todo cuanto existe.

El creyente llega a creer toda la historia narrada en esa hermosa obra de la literatura sagrada que entiende como libro inspirado para el beneficio de su alma. Aquellas cosas escritas en los viejos tiempos quedaron plasmadas en las páginas que hoy leemos para nuestra causa. Se requiere fe para asumir como cierto el que con la palabra de Dios se hicieron los cielos y la tierra; que su voz clamó y separó lo seco de lo mojado, que ordenó las estrellas y a cada una llama por su nombre. Mucha fe se exige para comprender la fuga de Egipto dirigida por Moisés, pese al poderío imperial del Faraón. Un báculo extendido separó las aguas del embravecido mar para que Israel transitara presuroso cuando huía del ejército egipcio. Más fe se exige para comprender que el ejército del Faraón intentó atravesar el mismo camino y pereció cuando la mar se juntó de nuevo. Fe para imaginar el maná caer de los cielos como alimento para un pueblo testarudo que daba círculos por el desierto. Fe para comprender la falta de fe de aquellos seres que deseaban volver a la esclavitud, que confeccionaron un becerro de oro bajo el pensamiento de que habían sido liberados del esclavismo en virtud del ídolo.

Se requiere fe para entender y aceptar que los ángeles hablaron con Abraham, que Sodoma fue destruida con fuego y azufre y la mujer de Lot se convirtió en una estatua de sal por mirar atrás. Fe para mirar hacia el diluvio y ver perecer a casi toda la humanidad por no haber entrado en el arca. Fe para mirar la tierra seca por falta de lluvia, gracias a la oración de un hombre apasionado como nosotros; fe para escuchar la oración de Elías en favor de la lluvia que se desprendería de las nubes celestes. Fe para ver flotar el hacha de Eliseo, para ver muertos resucitados gracias a la fe de aquel siervo de Elías. Vemos que no es nada fácil creer todas esas cosas, y tantas otras que narra el inspirado libro; el mismo que habla de unos osos que destrozaron a unos jóvenes que se burlaban del profeta por ser calvo. Fe para creer en la bondad de un Dios que ordenaba la muerte de miles de personas que lo odiaban y deshonraban con sus actos paganos, el Dios de Amós o el Dios de Jeremías.

La fe del Samuel que asesinó con una espada a Amalec, por la desobediencia de Saúl. Fe para leer con pasión literaria los salmos de David, el que habla de las profecías sobre el Mesías, pero el David que pecaba como lo hacía Pablo o como lo hizo Santiago. Fueron hombres pecadores y creyentes aquellos que han sido citados en las páginas escritas por diversos autores, en diversos siglos, en al menos tres lenguas distintas, pero regidos por un tema único, el de la soberanía de Dios. Mucha fe para creer que Jesucristo es el Dios hecho carne, el Cordero sin mancha que dio su vida por pecadores como el ladrón en la cruz, por Manasés o por Saulo de Tarso. Se requiere fe para creer que caminó sobre las aguas sin hundirse, que reprendió la tormenta y vino la calma, que levantaba paralíticos y perdonaba pecados al mismo tiempo. Fe para ver convertir el agua en vino, o para escuchar sus palabras cuando oraba al Padre pidiendo por los que le había dado y le daría. Fe para contemplarlo en la crucifixión cruel a la que fue sometido, sin una queja que proferir, angustiado porque el Padre lo había abandonado un instante. El instante en que cargó con todos los pecados de todo su pueblo.

Y mucha más fe se requiere para verlo resucitado al tercer día, caminando por el sendero de Emaús en clara conversación con sus discípulos, sin que ellos se percataran de quién era aquel personaje. ¡Qué decir de su ascensión al cielo, de su revelación respecto a las Escrituras que todavía se habían que escribir, hasta que cerrara el libro con el Apocalipsis! Seguimos por la fe y con la fe para esperar su segunda venida, cuando venga por su iglesia y cuando vuelva para juzgar al mundo. Abundante es la fe que nos ha sido dada como un primer fruto (o segundo, o tercero, no conozco el orden) de la regeneración. Por medio de ella sabemos que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo, para ser santos y sin mancha delante de Dios. Sabemos que habremos de resucitar o que seremos transformados en un abrir y cerrar de ojos, que aunque estemos muertos viviremos, que el morir es ganancia. Por medio de la fe Pablo increpó a la muerte diciéndole que dónde estaba su aguijón, ya que el pecado había sido perdonado por Jesucristo. Y si fuimos justificados ¿quién nos podrá acusar o condenar? La paz que sobrepasa todo entendimiento viene como consecuencia de nuestra oración con fe. Por eso buscamos al Maestro cuando estamos angustiados y caminamos bajo la tempestad del mundo.

Lo cierto es que el creyente ya no cree más el ningún falso dios, especialmente porque ellos no pueden salvar a nadie. El creyente se aleja de los falsos evangelios, cualquiera sea su forma y atractivo para las masas; posee un conocimiento específico que lo consigue en la palabra revelada, en virtud de la eficacia del Espíritu que vive dentro de su alma. Se le ha otorgado también la santidad con su camino para seguirla, al igual que la justicia de Cristo, todo como producto de la misericordia divina y de la bondad del Todopoderoso. Imaginemos por un momento que lo acá descrito no se nos hubiese regalado, para de esta manera imaginar también el terrible desespero que supone haber sido olvidados por Dios. En ese contraste se apreciará en mejor grado el colorido de la esperanza que albergamos, los trazos del pintor eterno y su arte manual al moldear el barro que somos. Somos cerámica de colores forjada por el fuego, bien cocidas, para adorno celestial.

Por la fe también creemos la doctrina del evangelio, aquella que nos predica sobre la persona y la obra de Cristo. Esa doctrina viene como el mensaje y buena noticia de salvación. Pablo no se avergonzaba del evangelio, entendido como la noticia de la redención del pueblo escogido por Dios desde antes de la fundación del mundo. Nosotros tendríamos que avergonzarnos de un evangelio que muestre a un Dios que suplica por las almas, que se muestre impotente a la hora de salvar a un perdido, que dependa de la voluntad humana para redimir un alma. Estaríamos muy avergonzados ante el mundo por cuanto no tendríamos una buena noticia para compartir, sino una mentira común, un anuncio de redención cimentado en la voluntad humana. Sabemos por la declaración bíblica que el hombre murió por completo en sus delitos y pecados y que solamente Dios da vida a quien quiere darla. Porque la vida es también la misericordia divina otorgada a quien Él desea y propone, sin la cual nadie podría llegar a creer toda la narrativa bíblica.

El Jesucristo Mediador entre Dios y los hombres lo es en tanto rogó e intercedió por los que el Padre le había dado y le daría, pero ese Mediador no lo es del mundo por el cual no rogó la noche previa a su expiación. Él había venido a salvar a su pueblo de sus pecados y así lo hizo, habiendo representado en su sacrifico a cada uno de los que componen ese mundo amado por el Padre. Esto también lo creemos por fe, la misma que nos permite creer desde el Génesis hasta el Apocalipsis todos los eventos relatados como suma de milagros y señales prodigiosas de Dios. Si por la palabra creemos haber sido constituido el universo, por la palabra asumimos como cierta la promesa de la redención final. El derramamiento de la sangre del Hijo de Dios hecho Verbo encarnado nos permite que se nos llame justos y justificados. Solamente lo somos porque Jesucristo se convirtió en la Justicia de Dios, la única satisfacción ante la ira del Padre por el pecado del hombre, la única aceptación propicia para amistarnos con Dios.

Con el arrepentimiento para perdón de pecados juntamos la fe que nos ha sido concedida como regalo divino, de tal forma que confesamos nuestros errores y desaciertos en la vida que hemos tenido y pasamos al estadio de los bienaventurados, de los dichosos por tener la frescura del perdón de Dios. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubiertos sus pecados. Con la fe y el arrepentimiento para perdón de pecados, vamos creciendo en el camino de la santidad hasta la meta final, la llegada definitiva ante la presencia del Dios eterno. Allí escucharemos la frase ya anunciada: Entrad al reino, benditos de mi Padre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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