Viernes, 19 de febrero de 2021

El pueblo de Dios es el conjunto de personas que Dios eligió para Sí mismo, desde antes de la fundación del mundo. Dado que el Creador es un Sí y un Amén, nada ha cambiado en su voluntad desde que se dispuso hacer lo que quiso. Un mensaje de mucho confort para todo el que forma parte de su pueblo, para aquellos en los cuales el Espíritu testifica el hecho de ser hijos de Dios. Los que no habitan en la doctrina de Cristo no tienen ni al Padre ni al Hijo, por lo tanto están fuera de la gloria de Dios, serán apartados en el día final y les será dicho que nunca fueron conocidos (amados) por Jesucristo. Pero la gracia que preserva conservará bajo la protección de las manos del Hijo y del Padre a todos aquellos que son enseñados por Dios y enviados a Jesucristo. Este Hijo de Dios tiene en su registro el no haber perdido ni uno solo de sus pequeños.

Al creer el evangelio de salvación condicionado en la sangre expiatoria de Jesucristo, así como en la impartición de su justicia, cargamos un gozo a cuestas, junto al deseo de partir y estar con Cristo para siempre. De no haber sido por la gracia divina no pudiésemos hablar de esta manera. Lo que concierne a nuestra redención inicial y final compete por igual al trabajo de Jesucristo en la cruz. La ley que nos acusaba castigó al Hijo de Dios para que el Padre viera en él nuestra justicia. El acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en aquel madero en forma de cruz que se levantó en el Gólgota. ¿Quién puede deshacer la obra consumada por Jesús en la cruz? Ni los ángeles, ni las potestades espirituales, ni Satanás como acusador, ni ninguna cosa creada (y nosotros somos barro creado) podrá separarnos por un instante del eterno amor del Padre.

La caída del primer Adán contaminó la creación de Dios, sujetándola a muerte como paga por el pecado. Pero el regalo de Dios para el pueblo que escogió desde la eternidad ha sido la vida eterna. El Segundo Adán, Jesucristo, resucitó a los muertos en delitos y pecados (y lo seguirá haciendo hasta completar el número) para impartirnos su justicia. El acusador de los hermanos se enfurece porque siendo él mayor que nosotros en potencia no puede removernos de nuestro lugar celestial. Pese a nuestros pecados hemos sido declarados sin culpa, mientras que para los ángeles caídos no ha habido jamás alguna esperanza. El tiempo de Satanás se estrecha, sabiendo que su hora llega cuando ya será lanzado en forma definitiva a sus prisiones eternas. Pero a las ovejas del Señor se les anuncia la doctrina del evangelio de Cristo para que el gozo en el cielo continúe gracias al ministerio de la redención.

Nos motivamos a la obediencia en virtud del que nos llamó de las tinieblas a la luz. Sin embargo, nuestras obras no garantizan la salvación tan grande que nos ha sido dada; más bien descansamos en la obediencia del Hijo de Dios hasta cumplir toda la ley y cargar su castigo por causa de todos los pecados de todo su pueblo. Todo creyente sabe que el precio por la redención fue pagado en forma total por el Hijo de Dios, habiéndonos comprado con su sangre derramada en la cruz. Como el Sumo Sacerdote utilizaba la sangre de los corderos y palominos para expiar los pecados de los que creían en la promesa dada a Abraham, así también este Sumo Sacerdote llamado Jesucristo esparció su propia sangre de una vez y para siempre en favor de su pueblo. Así lo anunció Isaías, que por el conocimiento del Siervo Justo justificaría a muchos, como también lo escribió Mateo en su evangelio: Le pondrás el nombre Jesús al niño por nacer, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

Cada creyente conoce las Escrituras en el tema de la redención, de manera igual cada uno de ellos tiene el Espíritu de Cristo. El Espíritu Santo lo guía a toda verdad y le recuerda las palabras del Señor; por medio de esas palabras comprende la doctrina del Hijo que es la misma doctrina del Padre. Ese cuerpo de enseñanzas pregona a voces que Jesús no murió por Judas Iscariote, ni por el Faraón de Egipto; no lo hizo por Caín ni por ningún otro réprobo en cuanto a fe. De hecho, Jesús en su oración intercesora en el huerto de Getsemaní, la noche antes de su expiación, oró al Padre para agradecerle por los que le había dado y le daría por la palabra incorruptible de sus discípulos. Dejó dicho en forma expresa que no oraba por el mundo (Juan 17:9), por lo cual se desprende que no moriría por el mundo.

El Hijo de Dios no desperdiciaría ni una gota de su sangre expiando pecados de los que van de seguro al infierno de fuego. De la misma manera, en esa oración mencionada, se desprende que la predicación del verdadero evangelio (la palabra de sus discípulos) será la única capaz de hacer creer a las ovejas que habrán de ser redimidas. La palabra corrupta de los falsos maestros, de los lobos disfrazados de corderos, de los profetas de mentiras, la que conforma el evangelio maldito, no podrá jamás redimir una sola alma. Esa es la razón por la cual Jesús advirtió que muchos le dirían al final de los tiempos que ellos hicieron milagros en su nombre, que cumplieron con muchas obras buenas, pero él les respondería que nunca los conoció. Sabemos que el conocer bíblico refiere también las más de las veces al amor íntimo, así que no puede ser que el Dios Omnisciente no conociera a los impíos réprobos vestidos como corderos, más bien se trata de que nunca tuvo comunión con ellos.

La advertencia dada por Jesús acerca de los falsos Cristos y maestros que aparecerán en estos tiempos, exhibe un gran peligro para la iglesia. Sin embargo, ese peligro presupone el miedo que da escuchar al león rugiente buscando a quien devorar. Se trata de la amenaza de la herejía que pretende dominar todas las áreas de la religión cristiana, de aquellas enseñanzas deformes como instrumentos de engaño para los incautos. Pero en medio de aquella advertencia aparece una palabra de solaz, una llamada a la tranquilidad por causa de aquel que nos cuida. El Señor dijo junto a aquellas palabras que esos enviados de Satanás tratarán de engañar, SI FUERE POSIBLE, aún a los escogidos. Vemos que en esta expresión sintáctica aparece un futuro de subjuntivo (aún en lengua griega) lo cual carga con una semántica de imposibilidad. La condición subjuntiva es hipotética, pero aunada al futuro se traduce como imposibilidad total.  No solamente su sintaxis y morfología hablan, también lo reafirma el sentido de los vocablos a los cuales está referida la expresión: los escogidos. Sería un absurdo total que uno de los elegidos se perdiera, ya que eso hablaría del descuido del Hijo y del Padre, así como de la impotencia del Espíritu Santo. Se nos dijo que ninguna cosa creada podrá separarnos del amor de Dios, así que ni aún nosotros mismos como cosas creadas podemos desprendernos de la elección.

Por otro lado, otra enseñanza de Jesús corrobora esta doctrina. Cuando él dijo que él era el buen pastor habló de sus ovejas. A ellas llama por su nombre y le siguen, pero agregó Jesús que esas ovejas no seguirían jamás al extraño porque no conocen su voz. Antes, ellas huirían del extraño. Esas palabras son de consuelo absoluto, pero también son un indicativo para juzgar con justo juicio. Toda persona que diga creer el evangelio de Jesucristo pero que al tiempo se va tras el extraño, debe ser considerada como alguien que se hizo pasar por oveja pero no lo era. Como también aseguró el apóstol Juan: Salieron de nosotros pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros (1 Juan 2:19).

El pueblo de Dios son todos los creyentes que han sido elegidos desde antes de la fundación del mundo, con el propósito de ser semejantes a Jesucristo. Este pueblo de Dios cree la verdad de la doctrina de Jesucristo, sin excepción. Para este pueblo no hay cosa difícil de entender en materia del evangelio, ya que le fue dado el Espíritu de Cristo, la mente de Cristo, para que de esa manera pueda discernir las cosas espirituales de Dios. No hay excusa para la ignorancia, el evangelio es uno solo y la doctrina de Cristo se acepta en forma integral. Los que disienten de ella no pueden ser considerados parte de ese pueblo porque no tendrían el mismo Espíritu que nos enseña todas las cosas (del evangelio). ¿Podrá alguien que haya creído de verdad seguir al extraño? En ninguna manera (Juan 10:1-5); ¿podrá objetar su palabra? Tampoco, porque eso lo haría hacer partícipe de la objeción del réprobo en cuanto a fe mencionado en Romanos 9. ¿Dirá que Cristo murió por el mundo? Jamás lo hará, ya que el Espíritu de Cristo no niega jamás su palabra (Juan 17:9). Esta realidad acá señalada nos permite contemplar como falsos aquellos que dicen creer en Jesucristo pero acomodan su doctrina para hacerla más suave de oír. De esa manera la doctrina del Señor no llega a ofenderlos y pueden ser aceptados por igual por sus hermanos del mundo.

La iglesia de Cristo ha sido prevenida de la final apostasía, de los lobos rapaces que dispersan el rebaño. A esas personas que militan en una doctrina diferente (aunque se parezca mucho a la verdadera) Dios les envía un espíritu de estupor o de error para terminen de perderse (2 Tesalonicenses 2:11-12). Ese poder engañoso no nos alcanza a los escogidos, como bien lo señalara el apóstol en los versos 13 y 14: Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

Hay quienes nos acusan de predicar la gracia como pretexto para pecar. De esa manera también acusaron a Pablo y así será hecha la acusación por los que rechazan la doctrina de la predestinación soberana del Señor (¿Y por qué no decir (como se nos calumnia, y como algunos afirman que nosotros decimos: Hagamos el mal para que venga el bien?  La condenación de los tales es justa –Romanos 3:8). Nosotros decimos junto con Pablo que no podemos vivir en el pecado (Romanos 6:2), que lamentamos caer en aquello que odiamos hacer (Romanos 7:24), y nos aferramos a las palabras de Salomón cuando dijo que siete veces caerá el justo y siete veces volverá a levantarse, pero los impíos caerán por siempre en el mal.

El pueblo de Dios no se goza en la injusticia, sino que como el buen árbol da siempre el buen fruto. El fruto corrompido no puede salir del pueblo de Dios (del árbol bueno), así que los que confiesan un evangelio extraño no forman parte del rebaño del buen pastor. De la abundancia del corazón habla la boca, ese fue el colofón de la enseñanza de Jesucristo cuando hablaba de los árboles buenos y de los árboles malos. A cada árbol un respectivo fruto, así que por los frutos conoceremos a los que son de Dios y a los que se disfrazan de santidad. Ese fruto no es por fuerza una buena conducta en tanto buena obra, es antes que nada la declaración de lo que se tiene en el corazón. ¿Tienes un evangelio extraño en tu vida? Eso es lo que confesará tu lengua, ya que en algún momento te delatará. El buen tesoro del corazón del pueblo de Dios se mostrará ante todos, porque las palabras provienen de lo que abunda en el interior del hombre (Véase Lucas 6:43-45). El pueblo de Dios no da fruto de muerte, sino que como anda en el Espíritu da fruto para Dios (Romanos 7:4-5).

El pueblo de Dios habita en la doctrina de Cristo y no le dice bienvenido a quien no viva en esa doctrina (no comparte como si fuesen hermanos con los que no aman lo que Jesucristo enseñó). De igual manera, ese pueblo jamás sigue al extraño, ni tiene convite con los que predican evangelios falsos o malditos. El Señor nos preserva de cometer tales errores, como lo hemos visto en los mismos apóstoles. Ellos pecaron (con pecados propios del hombre que proviene de Adán) pero no confesaron jamás otro evangelio. Pablo celebraba que los romanos se hubiesen mantenido en la doctrina que una vez ellos asumieron por la enseñanza apostólica. A Timoteo le dice que se ocupe de la doctrina, para que se salve él mismo y ayude a salvar a otros. Eso no contraviene el resto de las Escrituras, ya que Isaías dijo que por su conocimiento justificaría el Siervo Justo a muchos. Ese conocimiento no es otra cosa que el aprendizaje y asunción del cuerpo de enseñanzas de Jesucristo, todo lo relacionado con su vida y su obra.

César Paredes

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