Jueves, 18 de febrero de 2021

Rebeca tuvo gemelos de Isaac, su esposo, pero le fue dicho que el mayor serviría al menor. Es decir, antes de que nacieran ya tenían el destino prefijado en relación al derecho de primogenitura. Esa noticia fue dada en respuesta a su pregunta acerca de la razón por la cual existía una gran lucha en su vientre. Esa simple información fue algo que ella no se imaginaba, como hoy tampoco se imaginan muchos que profesan la fe cristiana. Casi nadie mira el texto mencionado porque surge una gran turbación con lo expuesto por el apóstol.

La revelación que presenta Pablo es mayor que la información que se le dio a Rebeca. El apóstol para los gentiles comprendió muy bien la doctrina de Jesucristo, la de los demás apóstoles que aprendieron en forma directa de sus enseñanzas, la misma doctrina del Padre. Como algo muy ofensivo para la mente carnal, dominada por la naturaleza del hombre caído, viene a ser el hecho de que Dios haya odiado a Esaú. No solamente se dice que lo odió (de acuerdo al verbo griego MISEO), sino que también se menciona desde cuándo fue odiado Esaú. Se dijo que aquello aconteció antes de que fuese concebido (de acuerdo al término griego usado) e incluso se añade que tal acto se realizó sin tomar en cuenta sus buenas o malas obras.

La buena teología se tuerce en estos momentos en el corazón de millones de auto-denominados creyentes, incluso de miles de teólogos o doctos en la materia. No conviene presentar a un Dios que odia, muchos menos a un Dios que condena sin tomar en cuenta las obras. Además, predicar tal doctrina espantaría a mucha gente de los templos y alejaría sus monedas del efod. Las iglesias se vaciarían, el cristianismo sería mucho más odiado, la soledad en el creyente se vería más notoria. Pero Pablo no ocultó nada al respecto sino que expresó todo el consejo de Dios. El apóstol también escribió a los Efesios y les dijo desde el primer capítulo que daba gracias a Dios por la predestinación, porque ese acto divino ocurrió desde antes de la fundación del mundo.

Entonces, ¿para qué murió Jesús? Murió para salvar al mundo de sus pecados. Pero ¿cuál mundo? El mismo mundo por el cual rogó la noche antes de su crucifixión, el mundo amado por el Padre según Juan 3:16, pero no murió por el mundo por el cual él no rogó esa misma noche previa a su martirio. Jesús dijo expresamente en su oración intercesora en el Getsemaní que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Podría todavía surgir otra pregunta inquietante, la que reclamaría el sentido del anuncio del evangelio. Bien, Pablo la responde en muchas maneras y en diversos textos; él habló de la voluntad divina al querer salvar al mundo por medio de la locura de la predicación.

Esa locura consiste en no declararle al mundo la sabiduría que espera, ni el enviarle las señales que desea. Más bien se le predica al mundo al Cristo crucificado, un sinsentido para los sabios y un tropezadero para los religiosos. Pero eso sí, dijo el apóstol, para los redimidos es la única vía de alegría y confort porque ese era el único camino que podía satisfacer al Padre en su justicia y sano juicio. Se entiende que aquellas personas predestinadas serán salvas una vez que oigan el llamamiento eficaz, una vez que hayan sido enseñadas por el Padre y enviadas hacia el Hijo. No es una salvación automática como para que pretendamos callar el anuncio de la buena noticia, sino una salvación segura a partir de la predicación del evangelio de Cristo. Lo que Pablo expuso viene con su crítica que el mismo Espíritu le inspiró al apóstol, para que lo escribiera y respondiera en forma inmediata.

Alguien dirá que no hay justicia en un Dios que condena a priori, que decreta endurecer el corazón del Faraón para mostrar a través de ese corazón endurecido su justicia y juicio por el pecado. ¿Qué probabilidades tendría Esaú de escapar del designio divino? Ninguna posibilidad porque nadie puede resistirse a lo que Dios decide que acontezca. Continuará la razón del que ha comprendido el texto y preguntará ¿por qué inculpa? La única respuesta que dio el Espíritu fue que el hombre no es nadie para altercar contra su Creador, que él es apenas una olla de barro en manos del alfarero. El alfarero hizo con la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra, pero que hasta el momento ninguna vasija tiene potestad de altercar con su hacedor o alfarero.

Esa respuesta es muy drástica pero igualmente manifiesta el sentido de la voluntad divina. Cierra por completo las rendijas de la interpretación y sella para siempre la posibilidad de continuar argumentando. Dios es un Sí y un Amén, el que dice y se hace, el que decreta todo cuanto ha de acontecer para que suceda en el tiempo en que debe suceder. Con semejante Dios por delante la criatura no tiene otra opción sino bajar la cabeza y humillarse hasta el polvo. Así lo entendió el sacerdote Elí cuando le fue dicho que Jehová haría juicio a causa de sus hijos, al responder: Jehová es, haga como quiera (1 Samuel 3).

La mente impía (que siguen teniendo los falsos religiosos) habla de la incapacidad de odiar que tendría un Dios de amor. Al parecer, Judas Iscariote fue amado por Dios de tal manera que le envió a su Hijo (muy a pesar de lo que el Hijo dijo de él). Yo pregunto, ¿alguien quiere ese amor de Dios, el mismo que dicen que tuvo por Judas Iscariote? Bien, yo no quisiera tal amor (porque no existe), como tampoco quisiera estar en el lugar del Faraón de Egipto, o de Caín, o de ningún otro réprobo en cuanto a fe. Si usted mira Apocalipsis 13:8 y 17:8 detenidamente, puede darse cuenta de los nombres anotados desde la fundación del mundo en el libro de la vida del Cordero. Los que no tienen sus nombres allí anotados (desde esa fecha) adorarán a la bestia y se entregarán por completo a ella. ¿Piensa usted que Dios amó alguna vez a tales personas que no incluyó en el libro de la vida?

Pero los teólogos se ven inclinados a una teología humanista o a una antropología teológica, para que no se les acuse y no se les persiga. Además, desde su bochorno por entender la palabra escrita de Pablo y demás autores bíblicos, intentan defender a Dios de las posibles acusaciones que ellos mismos hacen en forma silenciosa. Ellos dicen que Dios ama a todos por igual por lo que el Hijo tuvo que morir por todos, sin excepción. Esa sería su forma justa por cuanto tiende a la equidad. La inclusión es mejor vista en épocas de democracias en el mundo, antes que el exclusivismo.

Se dice entonces que Dios amó menos a Esaú, pero que lo amó; que el pobre de Esaú se condenó solito, sin que Dios interviniera para nada. Se sacan textos fuera de sus contextos para apoyar tal idea, como aquel que dice que Dios no quiere la muerte del impío. De igual forma se cita a Juan cuando en una carta dijo que Cristo era la propiciación por los pecados de todo el mundo (como si con ello validara la muerte del Hijo de Dios por cada uno de los habitantes del planeta tierra). Se olvidan los que así argumentan que el vocablo mundo casi nunca refiere a todos los habitantes del planeta, sin excepción. Por ejemplo, hay un texto que dice que los fariseos se asombraron al ver a la gente que seguía a Jesús y dijeron: Mirad, todo el mundo se va tras él.

Ese solo texto serviría para demostrar que el vocablo mundo no significa cada una de las personas del planeta, ni que venga con el adjetivo todo como determinante de plenitud. Los fariseos no se iban tras Jesús, ni los saduceos que no creían en la resurrección, tampoco lo hicieron los romanos del Imperio ni los miembros del Sanedrín judío. Mucha gente pobre tampoco seguía a Jesús y algunos de los que lo siguieron se retiraron ofendidos por sus palabras duras de oír. Así que esa expresión se nos presenta sencillamente como una hipérbole (una exageración en tanto aparece como figura literaria). A los fariseos les parecía un absurdo el que aquel Rabí tuviera tantos seguidores, de allí la exageración ofrecida en sus discursos: todo el mundo se va tras él.

También Juan dijo en una oportunidad que el mundo entero estaba bajo el maligno, sin pretender decir que la iglesia estuviera sujeta a tal entidad del mal (1 Juan 5:19). Cabe señalar que en el evangelio de Juan se presenta el término mundo como el estímulo y receptáculo del amor del Padre (Juan 3:16), pero no necesariamente implica cada uno de los habitantes del planeta. Su contexto así lo dice; pero en Juan 17:9 vemos su contraparte, ya que ahora Jesucristo –el Hijo enviado a ese mundo amado por el Padre- le dice al Padre en oración que él no ruega por el mundo. Alguien que generalice y diga que mundo implica cada habitante del planeta tierra debería asumir que el Hijo y el Padre están en pugna. Por un lado, el Padre envía al Hijo a morir por el mundo (suponiendo a todas las personas, sin excepción), por otra parte el Hijo le dice al Padre que él no piensa pedir por el mundo (justo la noche previa al día en que iría a la cruz). Eso no puede ser posible, ya que no hay contradicción en las Escrituras, así que debemos mirar bien los contextos para entender los textos.

El mundo amado por el Padre es el mismo mundo amado por el Hijo, el cual representaría al día siguiente de agradecerle al Padre por los que le había dado y le daría por la palabra incorruptible de sus discípulos. Pero cuando Jesús dijo que no rogaba por el mundo ha de entenderse que no rogaba por ningún Esaú que Dios había destinado como objeto de la ira de su justicia por el pecado. Desde esa perspectiva, el análisis del texto cobra mejor sentido y toma su fuerza dentro de la teología de la predestinación, de la elección en amor con el propósito de dar la gloria de Redentor al Hijo Amado. No olvidemos que la Biblia asegura que Dios odia a todos los que obran iniquidad, que está airado todos los días contra el impío. Asimismo, dice la Biblia que Dios odia a los mentirosos, a los de corazón perverso, a los altivos de corazón. Seis cosas odia Jehová, y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6:16-19).

Dios odia el pecado y también al pecador, lo que sucede es que ha escogido para Sí un pueblo y lo ha amado con amor eterno. A ellos es anunciado el evangelio como esperanza que no avergüenza, pero al réprobo en cuanto a fe le es anunciado como testimonio de que odia la verdad y ama la mentira. El amor de Dios por Jacob fue incondicional, sin que hubiese algo bueno por lo cual elegirlo; pero el odio de Dios por Esaú fue igualmente incondicional, sin que hubiese algo malo por lo cual odiarlo. Así que me dirás que Dios es injusto, pero en realidad ese argumento es viejo. Ya fue dicho en la Escritura y fue refutado en forma categórica y simple: no eres nadie para altercar con el Creador, eres apenas una olla de barro en manos del alfarero.

Si la Biblia es tan clara, ¿por qué no acogerse al sentido de sus palabras, textos y contextos? ¿Por qué es tan importante generalizar para atraer a las multitudes, para que no se repudie al Dios que hace como quiere y que no respeta a las personas? Hay un sinfín de religiosos que pregonan el cuento de que Dios miró desde los cielos para ver si había algún entendido, alguien que buscara a Dios, y lo halló. Esa es la razón por la cual predestinó para salvación a esos que vio que querían aceptarle. A los otros los dejó de lado, no los tomó en cuenta porque fueron muy testarudos. Esa es la teología del 99% de las iglesias del mundo, de lo que se llama iglesia, pero que en realidad actúan como sinagogas de Satanás. Ellos cambian la teología a la conveniencia de las multitudes y tuercen la Escritura para su propia perdición.

Los que estiman que la diferencia entre cielo e infierno sería la actitud sutil del pecador para elegir, han pisoteado la gracia de Dios junto a la sangre del Cordero, haciéndola nula en todos aquellos que se pierden a pesar de que Jesucristo haya expiado sus pecados. Pobre Dios, quiso salvar a todo el mundo pero el mundo no se dejó. Dado que Él es un gran Caballero no quiso forzar la voluntad humana sino que apenas recibió con agrado a los que tuvieron buena voluntad para con su oferta. Claro está, la oferta fue para todos, sin excepción, para que no se hable mal de Dios. Poco importa que no hubo quien les anunciara a los que murieron sin saber nada de tal oferta, pero Dios cumplió con su parte. Así piensan y dicen en su locura religiosa los que odian al Dios de las Escrituras.

En estas alturas uno tiene que llegar a pensar que los que persisten en tal actitud están bajo la sospecha de que son odiados por Dios. En realidad, la Escritura afirma que a los que antes conoció (amó) a éstos también predestinó, para que fueran conformes a la imagen de Su Hijo, el Primogénito entre muchos hermanos. Y al que predestinó, a éste también llamó; y al que llamó, a éste también justificó; y al que justificó, a éste también glorificó (Romanos 8:29-30). Ese es el gran amor de Dios hacia sus hijos, para que le llamemos Padre. Pablo continúa exponiendo la teología de la predestinación con su seguridad implícita: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? …Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que no amó (Romanos 8:33-37).

Dios en su soberana misericordia escogió a su pueblo para hacerlo partícipe de la gloria venidera, la cual no puede ser comparada con lo que hayamos mirado en esta vida. Cosas que ojos no vio, ni oído oyó, son las que están preparadas para nosotros. El morir es ganancia porque partimos y estamos con Cristo, lo cual es mucho mejor que continuar en este mundo. Cristo murió en favor de todos aquellos que fueron escogidos desde antes de la fundación del mundo, de manera que la salvación es una certeza sin miramientos a las obras humanas. Nuestras buenas obras han sido preparadas de antemano para que andemos en ellas, pero no como causa de la redención sino como un fruto de que fuimos y somos redimidos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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