Mi?rcoles, 17 de febrero de 2021

Pablo juzga a los que ignoran una doctrina determinada como perdidos. Dice que hay quienes colocan su propia justicia ante Dios, en lugar de comprender que Él no aceptará jamás ni nunca la nuestra. Solamente acepta el Padre la justicia del Hijo, el cual fue enviado para morir por todos los pecados de su pueblo. En su Carta a los Romanos el apóstol para los gentiles refiere a los israelitas que ignoran por completo la justicia divina, la cual es Cristo; esto lo hace en una misiva a la iglesia. Por lo tanto, de acuerdo al contexto de ser una carta para la iglesia nos compete a todos los creyentes.

¿Cuál es el descuido que puede tener un auto-denominado creyente hoy día respecto a esa doctrina? El creer que Dios acepta su propio esfuerzo, el ignorar el completo valor de la doctrina de la justificación gratuita por medio de la fe en el Hijo de Dios. La ley se introdujo para que el pecado abundara, para exhibirlo, para que el hombre comprobara su incapacidad de agradar y satisfacer a su Creador. La declaratoria bíblica de que el hombre natural está muerto en sus delitos y pecados le confiere el estatus de hombre caído y fuera de toda gracia divina. Sin embargo, la proposición simple del evangelio constituye la buena noticia de salvación para el pueblo que Dios eligió desde los siglos.

El mensaje explicativo del ángel en una visión que tuvo José nos enseña que Dios tuvo un propósito específico al enviar a su Hijo. La misión no era otra que salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese pueblo le pertenecía desde la eternidad, de acuerdo a la predestinación que hizo el Todopoderoso. Ese pueblo creería en su debido momento por medio de la predicación del evangelio, aceptaría igualmente que Jesucristo es la única justicia de Dios. Por lo tanto, resultará imposible que su pueblo salvado se oponga al método utilizado por el Dios que es Justo y Salvador. Jamás podrá alguien que tenga el Espíritu Santo como garantía de la redención final resistirse al Dios que todo lo puede, mucho menos objetar su plan perfecto e inmutable que ha revelado en su palabra. El que se opone a esa planificación divina puede hacerlo por al menos dos razones: 1) No ha sido predestinado para vida eterna; 2) Ha sido predestinado para vida eterna pero no le ha llegado el llamamiento eficaz.

La Escritura deja en claro que no puede ser viable en ningún momento el que una oveja se extravíe hacia las enseñanzas del extraño, porque no conoce esa voz y porque sigue al buen pastor. Así que aquellos auto-denominados creyentes que resisten la doctrina de Cristo demuestran que no tienen ni al Padre ni al Hijo. ¿Cómo podrán tener al Espíritu Santo? Hay quienes se pasan la vida aprendiendo acerca de la Biblia pero nunca entienden el mensaje central de la gracia soberana de Dios. Ellos dan coces contra el aguijón y siempre encuentran algún texto que no logran conectarlo a su contexto para desdibujar el plan divino y construir su propia teología. De esta manera siguen el derrotero del espíritu de estupor, demostrando que no aman la verdad y que su pasión es la mentira. Al final del camino les será demostrado que andaban perdidos y que la verdad tan cercana ni la vieron ni la pudieron estimar.

La predicación del evangelio se ha ordenado para testificar a los perdidos, pero también para que dentro del universo de los redimidos en la cruz lleguen a alcanzar la información que les es pertinente como llamamiento eficaz. Sabemos que no hay uno solo que haya sido representado por Jesucristo en la cruz que no llegue a oír jamás el evangelio de la gracia del Dios soberano. Pero la predicación para los réprobos en cuanto a fe se hace como testimonio de que oyeron la verdad y la despreciaron, para que de esta manera aumente su condenación. Dios es glorificado por las dos vías, la de la redención de su pueblo y la de la condenación de sus réprobos. La clave para identificar a los que creen el evangelio es muy sencilla y siempre la misma: la confesión de lo que se tiene en el corazón. A la ley y al testimonio, si no dijeren conforme a esto es porque no les ha amanecido (Isaías 8:20). El profeta agrega: No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (Isaías 45:20).

El dios que no puede salvar es aquel que reclama una justicia extraordinaria que se suma a la justicia de Jesucristo. Es el dios que no predestina del todo, o el que predestina porque vio en su túnel del tiempo quién le recibiría y quién no. Ese dios extraño envió a su hijo a morir por todo el mundo, sin excepción, a pesar de que se haya escrito que Jesucristo no rogó por el mundo. Ese falso dios que no puede salvar hizo potencial la salvación para toda la humanidad, está a la espera de que los muertos levanten la mano como si fueran zombis, que den un paso al frente pese a su mortandad. Ese falso dios forjado como un ídolo a semejanza de los que son de madera o metal, o de un dibujo cualquiera, ve frustrados sus planes de salvar a cada ser humano y se conforma con tener el infierno como un monumento a su derrota. Jesucristo lo advirtió: Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces (Mateo 7:15).

Uno puede mirar el fruto de esos maestros de mentiras, ya que en cualquier momento confesarán con sus bocas el odio que sienten en su corazón por la doctrina de Cristo. En cualquier momento irrumpirán con el concepto de una expiación universal o general, que alcance para la gran masa humana, con el intento de exculpar al Creador por haber dicho que odió a Esaú antes de ser concebido, antes de que hiciera el mal o el bien.

Esos profetas como árboles malos no podrán sostener como buen fruto lo que brota de la abundancia de sus corazones, ya que su naturaleza les exige un fruto pervertido y dañado. Los que se alimentan de malos frutos tendrán su cáncer espiritual que les produce tumores tortuosos en esta vida y la muerte eterna en el tiempo venidero. Si de la abundancia del corazón habla la boca, sepa que el evangelio maldito que se tiene en el corazón será declarado en cualquier momento. Como un sobre que se rompe y deja ver el trasluz de su contenido, como una tinaja rajada que deja colar el agua, como un odre viejo que contiene vino nuevo, así también será la boca del falso pastor que conduce cabras, mientras intenta engañar a las ovejas. No podrá sostenerse en la doctrina de Cristo, la cambiará en alguna medida para ajustar su traje de cordero a su estómago o barriga de lobo rapaz.

El que no cree en Jesús (es decir, en su doctrina que refiere a su persona y a su obra) ya ha sido condenado (Juan 3:18). La condenación se interpreta como el acto que viene por el desprecio a la doctrina de la luz de Cristo, porque las doctrinas malas de los hombres pertenecen a las tinieblas. A esto también lo llama la Escritura doctrina de demonios, por lo cual se nos pide que no creamos a todo espíritu. Más bien se nos anima a examinar los espíritus para ver si son de Dios. Esos espíritus somos nosotros mismos, en ningún momento se nos está enviando a consultar en el ocultismo. Recordemos que cuando nuestro cuerpo muere el espíritu va a Dios que lo dio (y después vendrá el juicio de rendición de cuentas). Así que ¿cómo se puede probar el espíritu de las personas? De la abundancia de su corazón hablará su boca. Dime qué evangelio confiesas y te diré que tipo de espíritu eres. Esto se hace si juzgamos con justo juicio y no según las apariencias (Juan 7:24).

Hay una recomendación de higiene espiritual para la iglesia. Dice Pablo en una de sus cartas lo siguiente: Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis (1 Corintios 5:11). También se exhorta a la iglesia de Cristo a que no se oiga o escuche a ninguna persona que traiga otro evangelio diferente al que se ha anunciado en las Escrituras. Quien así anuncie y quien así acepte y comparta el anuncio deberá ser tenido como maldito. Se es maldito porque se busca el favor y el agrado de los hombres, ya que la doctrina de Cristo les parece a muchos algo que ofende y algo que viene a ser duro de oír (Gálatas 1:8-10; Juan 6:60-61).

Otra forma de probar los espíritus se desprende de la lectura de una carta de Juan. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él (1 Juan 4:16). Y algo demasiado importante como para dejarlo por fuera vino a estar escrito por el mismo Juan: Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! (2 Juan 9-10). Estos son algunos estándares por los cuales podemos juzgar quién ha sido salvado y quién anda todavía extraviado. Pero la suma de esos estándares no es otra cosa que el Evangelio; si no se cree en el Evangelio se está condenado, pero si se cree en el Evangelio la persona ha sido salvada. Recordemos que no es posible para un creyente seguir al extraño, así que si alguien dice creer el evangelio por pura confesión externa pero demuestra luego que anda extraviado en materia de doctrina o de fundamento, el tal salió de nosotros pero no era de nosotros, como también lo dijo Juan (1 Juan 2:19).

Tenemos que examinar quiénes son nuestros hermanos para poder compartir con ellos y poder disfrutar del amor mutuo. Para ello debemos apelar al justo juicio, de manera que sepamos bien quién anda perdido y quién realmente ha sido redimido. Una persona que se muestre incrédula (no salvada) no podemos condenarla como réproba en cuanto a fe, ya que Dios puede llamar a sus ovejas en el tiempo que Él les haya asignado. Pero sí que podemos verificar quién está perdido o quién es un incrédulo, de tal forma que le anunciemos el evangelio y no le digamos bienvenido a la comunidad espiritual. Resulta que el mundo ha conocido a Dios –aunque no haya oído ni una palabra del evangelio. Eso lo afirma Pablo en su Carta a los Romanos, diciéndonos que lo que de Dios se conoce les es manifiesto por la obra de la creación. Ese mundo incrédulo tiene un problema grave, el no glorificar a Dios y el no mostrarse agradecido a Él. Más bien ese mundo se ha envanecido en sus propios razonamientos, entenebreciéndose su necio corazón. Ese mundo sin Dios procuró sabiduría pero alcanzó necedad, al cambiar la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles (Romanos 1:20-24).

Esa es la razón por la cual anunciamos el evangelio a toda criatura, pero cobra por igual el sentido de no reunirnos en un convite espiritual con el incrédulo, o con el que se dice que cree pero que no habita en la doctrina de Cristo. Para conocer cuál es la doctrina de Jesucristo –en relación a su persona y a su obra- conviene leer las Escrituras y examinarlas. La pereza intelectual para examinar las Escrituras forma parte  de la personalidad del incrédulo, por lo cual busca que le hablen de fábulas. Ellos anhelan que les expliquen la palabra de vida adaptada a un Jesús que se confeccionaron a su propia imagen y semejanza.  Los falsos maestros mutilan la palabra de la verdad brindándoles paz a sus discípulos, cuando no la hay, llamando bueno a lo malo y llevándoles el espíritu de estupor. Son como los ciegos que guían a otros ciegos y que al final caen en el mismo hueco. No hemos de juzgar a nadie por su reputación, por su apariencia o celo religioso, por su dedicación en los terrenos de la religión, porque los fariseos calificarían como hermanos si son evaluados de acuerdo a estos criterios. Nuestro juicio a los demás debe ser enfocado en el evangelio que confiesan con su boca, porque de seguro hablarán conforme a lo que tienen sembrado en su corazón. Por esos frutos los conoceremos, los frutos que emanan de sus almas impregnadas del verdadero evangelio o del evangelio del extraño.

Sepamos bien que el que se rehúsa a juzgar por el estándar del evangelio está demostrando lo perdido que está. El estándar de la buena conducta o de la moral generalizada no prueba en absoluto que el corazón de piedra haya sido transformado en uno de carne. Dice la Escritura que el necio cuando calla es contado por sabio, de manera que esa aparente sabiduría no le ha quitado su necedad. Las buenas obras (obras de ayuda social, de la decencia, de la buena conducta, de la palabra oportuna, de la probidad en materia pública; las ofrendas a iglesias, los estudios de la Biblia, el echar fuera demonios, etc.) no demuestran que la persona haya creído para salvación. Así que no renunciemos al juzgar con justo juicio, a la ley y al testimonio, a probar los espíritus de acuerdo a lo que confiesan con su boca.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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