Martes, 16 de febrero de 2021

La expiación de Jesucristo en la cruz cumplió con la aprobación del Padre, habiendo quedado satisfecho y amistado con todo su pueblo. Más allá de la ira divina sobre todo aquel que no cree, el amor eterno por sus elegidos utiliza la oportunidad del acto expiatorio del Hijo sobre aquellos que representó en el Calvario. Ciertamente, no es de todos la fe sino que ella es un regalo de Dios. Jesucristo es llamado por igual el autor y consumador de la fe. En tal sentido, el Hijo de Dios no escatimó ningún trabajo operativo necesario para la salvación de todo su pueblo.

Así fue profetizado en el Antiguo Testamento, si bien el Nuevo lo declaró en el evangelio de Mateo (1:21). Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados, no al mundo por el cual no rogó. No que haya habido alguna contradicción entre lo dicho a Nicodemo en Juan 3:16 y lo que le decía al Padre en Juan 17:9. La palabra mundo, en las Escrituras, no significa por fuerza cada habitante del planeta tierra. Mirad, todo el mundo se va tras él, decían los fariseos en relación a la gente que seguía al Maestro de Galilea. Pero ellos mismos no lo seguían, ni los saduceos que no creían en la resurrección; tampoco lo siguieron los romanos del imperio, ni los miembros del Sanedrín judío, ni siquiera los tantos pobres de Jerusalén.

Juan en una de sus cartas le dijo a su iglesia que la expiación de Jesucristo no era exclusividad de ellos, sino que era extensiva a todo el mundo. Ah, pero el autor del evangelio que lleva su nombre, el conocedor que daba testimonio tocante al verbo de vida que sus ojos habían visto y palpado sus manos, no tenía ninguna confusión respecto a la teología de la cual era tan celoso. Cuando Juan escribió por igual que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene al Padre ni al Hijo, entendía el riesgo que significaba andar por los caminos anchos y peligrosos. De esa manera sabemos que Juan no hablaba de alguna expiación universal o general por todo el mundo, sin excepción, sino que incluía a los gentiles como objeto de tal expiación. Le decía a su iglesia, compuesta fundamentalmente por judíos conversos, que Jesucristo había muerto en la cruz no solamente por ellos (los judíos) sino por el resto del mundo (en el entendido de que la división cultural de los judíos respecto al planeta consistía en dos grupos: judíos y gentiles, llamados también el mundo).

Los romanos tenían una costumbre parecida. Ellos habían creado un Derecho Romano para sus ciudadanos, pero crearon por igual un Derecho de Gentes para el resto del mundo. Cada imperio contempla en primer lugar a sus ciudadanos y se ocupa del resto en otro sentido. Ahora, a través del trabajo de Cristo en la cruz, el mundo era uno solo en el tema expiatorio y conciliatorio. Pero cuando hablamos de mundo no necesariamente nos referimos a cada habitante del planeta tierra. Más bien nos referimos a un conglomerado de personas que comparten un criterio común en relación a una creencia o a una separación.

El mundo o universo de Juan 3:16 es distinto del mundo o universo de Juan 17:9. En el primero Dios ama a todos aquellos gentiles que incorporaba desde la eternidad al remanente para salvación; en el segundo Jesús se refiere a los gentiles y judíos por los cuales no moriría. Jesucristo vino para los judíos y gentiles comprendidos como el pueblo por el cual, en tanto Hijo de Dios, daría su vida para limpiar todos sus pecados (Mateo 1:21). Dijo Isaías que por su conocimiento el Siervo Justo salvaría a muchos, no a todos. Jesucristo afirmó que muchos serían los llamados (no todos) y pocos los escogidos. Nos llamó manada pequeña, caminantes de la senda angosta, los que habíamos entrado por la puerta estrecha. También nos dijo que batalláramos por entrar al reino de los cielos, porque muchos son los que buscan aquel tesoro y no lo encuentran. Esa batalla refiere a nuestra entrega para agradar a Dios, ya que no somos de los que miramos atrás como los israelitas que deseaban con nostalgia las sandías y el ajo de Egipto.

Pero existe una condenable visión de la expiación de nuestros pecados, una corriente muy ancha por la cual transitan millones de personas que desconocen al Siervo Justo. Estos llegan a aprender los textos de memoria y fuera de contexto, pero no escudriñan ninguno porque parten de una presunción asumida donde todo lo que leen, para encajarlo como un carpintero que cepilla el madero de manera que se acople a su contraparte. Arminianismo y Calvinismo coinciden en muchas ocasiones en ese camino amplio que conduce a la muerte eterna. El corazón del evangelio es la expiación hecha en la cruz por Jesucristo en favor de su pueblo. El apego por una teología antropológica abrió la demagogia ante las masas, al ofrecerles cabida a todo aquel que decida con su voluntad y libre albedrío en favor del Cristo que tanto odian.

Si usted quiere averiguar la razón del odio a Jesucristo puede investigar acerca del odio de Dios por Esaú, o por Faraón, o por Caín y Judas, como algunos ejemplos. Puede investigar Apocalipsis 13:8; 17:8, 17:17, para verificar la voluntad suprema de Dios decidiendo de antemano quiénes serían los reprobados desde la eternidad. Puede por igual leer Juan 6, donde se describe la forma en que huyeron de Jesús muchos de sus discípulos que se beneficiaban de sus milagros y palabras de esperanza. Ellos desecharon la doctrina de la predestinación porque la consideraron dura de oír. Pero Jesús enfatizó lo que decía, con repetir lo que antes les había ofendido: Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere. El Señor les decía que aquellos panes y peces que habían comido, que aquel esfuerzo de seguirlo por mar y tierra no servían de nada si el Padre no los enviaba hacia él. A otro grupo de personas les dijo, de acuerdo a Juan 10:26, que no podían ir a él porque no formaban parte de sus ovejas. La condición de oveja precede a la condición de hijo o de seguidor de Jesucristo, ya que una cabra jamás podrá ser oveja como una oveja jamás se convertirá en cabra. El árbol bueno dará fruto bueno y el árbol malo dará siempre fruto malo. Esto toca a la confesión de lo que se tiene en el corazón: el evangelio que usted cree eso confiesa.

Ese Jesús es odioso, repugnante para millones de auto-denominados cristianos. Dios ama a sus escogidos, como lo hizo con Jacob, sin tomar en cuenta sus obras buenas o malas, ya que en Jesucristo hemos sido justificados. Pero odia a sus réprobos en cuanto a fe, vasos de ira preparados para destrucción, sin mirar tampoco en sus obras buenas o malas. Este amor y este odio divino parte desde la eternidad, aún antes de que el hombre haya sido concebido (Romanos 9). A Jeremías le dijo que lo había amado con amor eterno y que por eso le prolongaría su misericordia, pero a Moisés le declaró que endurecería el corazón del Faraón, para que su justicia fuese conocida en toda la tierra. Judas Iscariote fue llamado por Jesucristo como el hijo de perdición, pero la Escritura debía cumplirse (con sus jotas y sus tildes).

Así que el discurso moral sacado de las páginas de la Biblia puede tomarse en cuenta como algo digno, de igual manera que las palabras de esperanza respecto a la vida eterna. Pero las ovejas del Señor son las que oyen su voz y lo siguen, mientras que las cabras simulan y dan cabezazos porque se irritan por la doctrina de Jesucristo. La expiación es el centro de la doctrina de Jesús el Cristo, su tarea que vino a cumplir. Cabe agregar con énfasis que Jesucristo no vino con la misión de enseñarnos algún código moral de supervivencia social, como repiten miles de congregaciones. Él vino a una tarea que consumó y a la cual no se le puede agregar ni una jota ni una tilde. Los que colocan su propia justicia de hacer o de dejar de hacer para optar a la salvación final, desconocen la justicia de Dios que es Jesucristo (Romanos 10:1-4).

El que cree en Jesucristo cree en sus enseñanzas, habita en su doctrina y no le dice bienvenido a aquel que no trae tal doctrina. La única justicia que garantiza y demanda de salvación es la del Dios Justo y Salvador, no la del dios que no puede salvar. Una expiación universal o general no hace a nadie salvo, más bien aparece como un engaño que ofrece una salvación potencial. Por medio de este poder engañoso se predica que la salvación fue hecha posible para toda criatura humana, pero que cada quien debe añadirle su propia voluntad y esfuerzo. Se le añade la decisión voluntaria de un muerto en delitos y pecados, como si de esa manera el Espíritu Santo pudiera hacer un trabajo más fácil para Él, como si el Cristo que murió por todos, sin excepción, estuviera ansioso por que usted diera un paso al frente, levantara su mano en una asamblea o repitiera una oración de fe. De esta manera, ese prospecto queda con la sensación de que su salvación alcanzada estuvo condicionada a su propia justicia.

Resulta claro que una teología de esta magnitud se constituye en una blasfemia contra Jesucristo. Su sangre vino a ser una inutilidad ante todos aquellos que no quisieron acudir a su llamado, ante aquellos que despreciaron su esfuerzo en la cruz. Por igual, el infierno eterno pasa a ser un monumento al fracaso de la cruz, porque los hombres muertos en delitos y pecados no oyen su voz. Además, multitudes han muerto desde que Cristo expiró en la cruz sin siquiera haber escuchado la buena noticia de que él murió por todo el mundo sin excepción. Este último lote de personas tuvo un beneficio eterno que nunca conoció y por lo tanto no pudo aprovecharlo mediante su libre albedrío. Lo que ha sucedido en realidad es que no se han sometido a la justicia de Dios, al ignorar que Jesucristo cumplió con la condición de justicia penal que Dios demandaba mediante su ley. Jesucristo representó a su pueblo con su vida, muerte y resurrección. De esta manera, la justicia exigida por la Ley pudo ser cumplida en nosotros (Romanos 8:4).

Pero ese conocimiento viene por el oír con fe la palabra de Dios y esa fe viene también por oír la palabra de Cristo. De nuevo, ninguno puede ir a Jesucristo si el Padre no lo enseña, si no se aprende lo que Él enseña, si el Padre no lo envía en forma directa. Una cosa es segura en cuanto al aprendizaje de la palabra enseñada por el Padre: Ninguna persona que es instruida por Dios entrará en disputa con su doctrina aprendida, sino que más bien habitará en ella.

La falsa humildad presentada al pretender no enjuiciar a nadie en materia de fe, pretende cubrir la piel de lobo que trae el maestro de mentiras. Lo que importa, aseguran los falsarios, es que se confiese el nombre de Cristo, que se intente vivir una vida decente, alejada de los vicios y de los atractivos del mundo. La austeridad en materia de moral viene a ser un sobretodo que cubre la rotura de la camisa. Poco importa para este tipo de persona religiosa el que confiese un anti evangelio como el que pregona que Jesucristo murió por todos, sin excepción, que depende de cada quien el recibir ese regalo del Dios bondadoso.

¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! (Isaías 5:20).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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