Lunes, 08 de febrero de 2021

Tomar una decisión por Cristo no presupone ni salvación ni doctrina cristiana. El que cree que su decisión como base de la redención desconoce el evangelio. Creer un conjunto de doctrinas no nos garantiza tampoco la redención eterna, así que conviene saber lo que se enseña en la Escritura para entrar al reino de los cielos.

Si usted medita un instante lo que acabamos de afirmar, podrá darse cuenta de que en ambos casos se trata de una obra humana. Pablo nos dijo que la salvación es por gracia, fuera de las obras, de otra manera la gracia no sería gracia. En el núcleo del evangelio hallamos la expiación de Jesús en la cruz. El trabajo del Señor fue completado en forma absoluta, así que resulta imposible añadir un poco a su labor.

Jesús declaró que su comida consistía en hacer la voluntad del que lo envió, hasta acabar su obra. En la cruz, ya a punto de expirar, exclamó una frase fundamental: Consumado es. El corazón del hombre natural es perverso, más que todas las cosas, así que nadie lo puede conocer muy bien. La humanidad caída en Adán ha sido declarada muerta en delitos y pecados. La Biblia anuncia que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), que no hay quien haga lo bueno. Dice Jesús que los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

Con este precedente declarado resulta imposible para algún ser humano tomar una decisión por Cristo. Más aún, decir que por conocer la doctrina de Jesucristo puede reclamar su salvación viene a ser una declaratoria de ignorancia del evangelio. ¿No dijo Jesús que ninguna persona podía venir a él si el Padre no lo enviaba? ¿No añadió que todos los que vienen a él son bien recibidos, no los echa fuera sino que los resucitará en el día postrero? Se deduce que los que a él no vienen jamás han sido enviados por el Padre, nunca han sido enseñados por Él y no tendrán la opción de aferrarse a Jesucristo.

La salvación condicionada en el pecador resulta imposible. El pecador no perdonado no desea creer la verdad (Romanos 3:9-12; 8:5-8; Isaías 64:6-7). La Biblia nos describe al pecador irredento como alguien que no tiene conocimiento y ruega a un dios que no puede salvar (Isaías 45:20). Sí que hay un conocimiento que salva, el del Siervo Justo, pero ese es un saber conforme a ciencia (Romanos 10:2). No en vano dijo Jesucristo que seríamos todos enseñados por Dios y vendríamos a él una vez que hayamos aprendido (Juan 6:45).

Cuando Dios nos enseña que Él es un Dios justo y salvador el conocimiento del Siervo Justo nos domina. Ese es el conocimiento de la justicia de Dios, que no es otra que Jesucristo mismo. Pero Jesús se lo dijo a Nicodemo, que era necesario nacer de lo alto para poder entrar al reino de Dios. Añadió que esa labor no era humana sino más bien un trabajo del Espíritu Santo. Claro está, la fe viene por el oír la palabra de Cristo; pero Dios es quien despierta a su pueblo, a todos aquellos que llama eficazmente por cuanto Su Hijo los justificó en la cruz (Mateo 1:21).

¿Dónde encontramos esa justicia de Dios? Pablo nos lo dice en Romanos 1:17: Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá. ¿Quiénes son los que están perdidos? Aquellos que no creen el evangelio, de quienes al parecer permanece escondido (porque el dios de este mundo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del glorioso evangelio de Cristo, el cual es la imagen de Dios -2 Corintios 4:3-4).  

La descripción que Dios hace de la gente perdida nos demuestra que no han creído el evangelio (Marcos 16:16). Si no tienen habilidad para recibir tal evangelio, no podrán jamás tomar una decisión por Cristo. Así que no depende ni del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Podrá alguien argumentar que Dios no tiene derecho ni justicia alguna si inculpa de pecado a quien antes ha marcado para destrucción perpetua. Bueno, esa acusación no es nada nueva, ya fue dicho por un objetor que nadie puede resistirse a la voluntad del Dios Todopoderoso (Romanos 9).

Se concluye que ni la decisión personal, ni el conocimiento exhaustivo de la doctrina de Cristo, pueden hacer apto al hombre para el reino de los cielos. ¡Cuán inútil resulta pedirle a Dios que escriba nuestros nombres en el libro de la vida del Cordero, si ese acto se realizó desde la fundación del mundo! El milagro de la gracia soberana es lo que ha hecho que unos crean y que otros desprecien el evangelio. Una buena noticia para los creyentes y una muy mala para los que no creen nunca.

La fe que Dios le ha dado a su pueblo le hace creer al menos en dos cosas: 1) En la persona de Cristo, en su santidad y su bondad; 2) En la obra de Cristo, su muerte en la cruz en representación de todo su pueblo, por quien oró la noche antes de ir al madero cuando rogaba a su Padre. Así que una cosa es creer en la persona del Hijo de Dios y otra es creer en lo que hizo por su pueblo. Ambas creencias vienen hermanadas, imposibles de disociar; la fe que Dios otorga le permite al redimido asumir esa gran verdad bíblica.

No ha sido en vano que Satanás haya luchado desde los siglos por pervertir la confianza en el Hijo de Dios. En un primer tiempo se ocupó de atacar la persona de Jesucristo. Grandes herejes se levantaron en los primeros siglos del cristianismo, acusando a Jesús como un ser no coeterno. Pasado algún tiempo, una vez que se expuso a los herejes junto a su obra, se ha dedicado al ataque de su trabajo en la cruz.

Así parece que hoy día muchos que parecieran haber superado el primer ataque satánico han sucumbido al segundo. Ahora son miles y millones de autodenominados cristianos que niegan la obra redentora de Jesucristo en favor de su pueblo. Ellos hablan de extensión comunitaria, de expiación universal o general. Como un atropella consideran el que se exponga lo que la Biblia dice a voces, que el Señor pondría su vida en expiación por muchos, que pocos son los escogidos, que Jesús no rogó por el mundo sino tan solo por los que el Padre le dio y le daría por la palabra de sus discípulos.

El Señor salvaría a su pueblo de sus pecados, nosotros hemos sido llamados predestinados, elegidos, amados en el Señor desde antes de la fundación del mundo. A Jacob amé, dijo el Señor, pero a Esaú odié (aún antes de que hicieran bien o mal, antes de ser concebidos). Esto es un estorbo para los profetas de multitudes, para los maestros ávidos de ganancias, para los que tuercen las Escrituras. Ellos intentan exculpar a Dios de lo que Satanás lo ha acusado, de inculpar a quien no tiene cómo resistirse a su voluntad.

Para ello han inventado y desarrollado la tesis del libre albedrío, un mito religioso articulado en gran medida por Pelagio. Hoy día ha venido a ser la doctrina amparada por el Catolicismo Romano, afianzada con creces a partir del Concilio de Trento, en plena Reforma Protestante. Maldito será el que niegue que el ser humano no tiene que actuar junto con la gracia divina para cooperar en su redención, dice uno de los Cánones de tal Concilio.

Aunque el evangelio está constituido por doctrina, conocer la doctrina no es un prerrequisito de salvación. Sin embargo, dado que el Espíritu Santo nos es dado como garantía de la salvación final, y dado que ese Espíritu nos guía a toda verdad, así como nos recuerda las palabras de Jesús, resulta obvio que un creyente (una persona que ha pasado de las tinieblas a la luz, que ha sido objeto del milagro de la regeneración) conoce por regla que su salvación dependió en todo sentido de la gracia soberana del Señor.

Esta es la verdad que nos hace libres, esta es la vida eterna regida por el conocimiento de Dios y de Jesucristo el enviado. Dios nos ha iluminado el conocimiento de su gloria en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Pablo agradece al Señor porque los romanos que conformaban la iglesia en Roma habían obedecido de corazón la forma de doctrina que les había entregado a ellos (Romanos 6:16-17).

La salvación pertenece a Jehová, así que cuando el Señor salva a alguien no lo deja en la ignorancia de su evangelio. Más bien le da el conocimiento de la verdad, declarándolo justo y justificado por la sangre del Hijo que lo representó en la cruz. Recuerde esto: Jesús no rogó por el mundo (al cual no representó en la cruz), rogó solamente por los que el Padre le dio y le daría, ese mundo amado de tal manera porque era su pueblo, el conjunto de sus ovejas por las cuales el Hijo vino a sacrificarse hasta la muerte de cruz. Esa es una maravillosa gracia, no una obra humana de decisión o de conocimiento doctrinal. La doctrina no salva pero es el signo obligado del que ha sido redimido. Recibimos a Jesús cuando el Espíritu nos regenera, pero esa regeneración del Espíritu pasa por oír el evangelio que anunciamos. Esto que decimos forma parte de la locura de la predicación con la cual Dios se propuso salvar al hombre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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