Domingo, 07 de febrero de 2021

Cuando se trata del contenido central del evangelio debemos comportarnos como celosos ciudadanos del reino de Dios. Juan afirmaba que aquellas personas que no viven en la doctrina de Cristo no tienen ni al Padre ni al Hijo. Es asunto serio el estar en la verdad, el habitar en la doctrina de Jesucristo. El Dios del Antiguo Testamento es el mismo del Nuevo; no se trata de pasar de una versión fuerte hacia una más benigna. De acuerdo al evangelio de Juan, Jesucristo es el principio de la creación, por medio de él fueron hechas todas las cosas. Esto nos deja la idea clara de que fue el autor y un actor principal del Antiguo Testamento por igual.

Como creyentes podemos tener disensiones sobre cosas no esenciales. Sin embargo, aquello que es vital para la honra del nombre del Señor no puede ser objeto de disensión en la iglesia. De allí que a lo largo de los siglos la institución eclesiástica haya sacado confesiones de fe, como pautas escritas para reunirse en torno a las creencias necesarias. Las creencias de fe nos permiten mostrar el fruto de nuestro corazón, nos muestra el ajuste doctrinal ortodoxo o el camino hacia la herejía.

Somos conocidos por nuestros propios frutos, porque no se cosechan higos de espinos, ni uvas de arbustos silvestres. El hombre bueno muestra sus frutos buenos del buen tesoro de su corazón. El hombre malo exhibe sus malos frutos del mal tesoro de su corazón. Así lo afirma Jesucristo, de acuerdo a Lucas 6:44-45. En este punto hemos de cuidarnos de los que alegan la mentira por verdad, cuando nos aseguran que hay muchas personas que hablan buenas cosas, como si eso fuese un indicativo de tener un buen corazón. Lo cierto es que los fariseos bíblicos tenían un cuerpo de creencias bastante ajustado a las Escrituras, pero fueron llamados sepulcros blanqueados, llenos de podredumbre por dentro. A ellos los declararon hipócritas, generación de víboras que intentaban huir del infierno venidero.

Por lo antes expuesto, conviene al alma sensata evaluar su sistema de creencias. Se puede ganar el mundo eclesiástico, se puede triunfar ante las masas religiosas, pero igualmente se puede perder el alma y eso no aprovecha para nada. Juan agrega que el solo hecho de decirle bienvenido a quien no trae la doctrina del Señor implica sufrir sus plagas y castigos. El Señor enfatizó que había venido a traer la doctrina de su Padre. Una doctrina es un cuerpo de enseñanzas sobre un tema particular, como lo demostró Jesús cuando hablaba y enseñaba a muchos discípulos que lo seguían por mar y tierra (Juan 6).

La doctrina presupone no tener contradicción en ella misma. Ella viene a ser como un silogismo en el que las premisas y la conclusión derivada mantienen un estricto sentido lógico o coherente. La Escritura se comprueba con la Escritura misma, así que no encontraremos en ella ni paradoja ni contradicción entre sus partes. Un todo harmónico se escucha de la sintaxis entre todos los instrumentos de la orquesta dirigida por un director igualmente harmónico. El contexto viene a ser una herramienta fundamental para la comprensión de lo que se lee, así como la gramática lo es al texto. Una proposición expositiva que se desliza de la ortodoxia bíblica puede mostrar lo que abunda en el corazón del que expone. Juzgamos el estado espiritual de una persona de acuerdo a sus palabras, sea que confiese una herejía o una doctrina bíblica.  

Estrecho es el camino que lleva a la vida eterna, la puerta ancha conduce fácilmente hacia la perdición eterna. El concepto de manada pequeña ha cubierto por siglos el estándar de la iglesia escogida. Somos pocos los escogidos a pesar de ser muchos los llamados. Esa escogencia no depende en ninguna medida de nosotros mismos sino de Dios. Pero una cosa es segura en este planeamiento, que el Espíritu que nos ha sido dado como garantía de la redención final nos conduce a toda verdad. Se nos ha dicho que ese Espíritu nos recuerda las cosas que Jesús habló. ¿Podrá alguno que sea guiado por el Espíritu convivir con las falsas doctrinas?

Resulta común escuchar confesiones muy cercanas a la verdad o contenedoras de parte de la verdad. Algún estudioso de la Biblia descubre en sus letras que la salvación se obtiene solamente por la expiación de la sangre de Jesucristo, por el trabajo de Jesucristo consumado en la cruz. Esa verdad no se puede negar como bíblica y ortodoxa. Incluso, la persona que tal cosa confiesa, puede agregar que esa expiación hecha por el Señor es lo que marca la diferencia entre cielo e infierno. Sin embargo, de repente, tal confesión se ve acuñada con una mentira que simula verdad por estar rodeada de planteamientos verdaderos. Esa persona puede afirmar que depende de cada quien el aceptar o rechazar esa expiación, ya que Jesucristo murió por todos los hombres, sin excepción, pero que su eficacia se valora por los que reciben y aceptan tal expiación. Afirmar unas verdades junto a una mentira viene a ser un patrón seguido por la herejía a través de los siglos.

Pensemos en la declaración anterior. Si Cristo murió por todos los seres humanos, sin excepción, pasarían varias cosas. Al menos, todos los hombres ya serían salvos (lo que faltaría sería el llamamiento por la palabra predicada). Tal vez, dirán algunos, los que no son salvos a pesar de la muerte de Cristo no han querido venir a él o no han oído el evangelio. Entonces vemos que la muerte de Cristo no fue del todo eficaz, que el infierno sería un monumento a su fracaso. Eso equivaldría a una subvaloración de su sangre expiatoria. Por otro lado, se podrá argumentar que su muerte fue general pero en forma potencial, no actual, que necesita el elemento de actualización de cada prospecto para hacerla totalmente eficaz.

Si esto fuese de la manera antes expuesta, la expresión en la cruz acerca de que su trabajo fue consumado en forma total sería una falsedad. Además, ya que todos aquellos que mueren sin oír una palabra del evangelio no han aprovechado en lo más mínimo esa potencialidad de la muerte de Jesucristo, no tuvieron la opción de completar el trabajo en la cruz. Hablar de esta manera implica caminar por los senderos del error, torcer las Escrituras para terminar en la total herejía. No en vano el arminianismo fue declarado un error doctrinal que rayaba la herejía, de acuerdo al Concilio de Dort. Pero nuestra posición va más allá del Concilio, ella toca las puertas de las Escrituras a través de todas sus páginas, donde no se validan ni una sola de las cinco proposiciones del arminianismo presentadas en tal Concilio. Tampoco se valida en las Escrituras las mentiras de Pelagio sobre el libre albedrío, ya que confunde responsabilidad cristiana con libertad humana.

El ser humano no es libre ni independiente de su Creador, por lo tanto es responsable. Está obligado a presentar un juicio de rendición de cuentas, porque no puede huir o escapar de su responsabilidad ante su Creador. Después de la muerte viene el juicio, dice la Escritura. ¿Cómo puede declararse tal criatura con libertad de acción, si Dios dice que el corazón del rey está en sus manos, que a lo que quiere lo inclina? La historia del Faraón de Egipto ilustra con creces cómo desarrolla Jehová su voluntad en sus criaturas, de acuerdo al objeto para el cual las ha creado. Al que quiere endurecer así lo hace, pero de quien quiere tener misericordia la tiene.

Jacob y Esaú son el paradigma de lo acá expuesto: uno fue amado desde siempre, sin mirar sus errores o aciertos, el otro fue odiado de la misma manera: sin importar sus errores o aciertos. Ambos gemelos fueron predestinados para fines diversos aún desde antes de su concepción. Tal vez resulte un poco ofensivo para el alma soberbia, incluso la de los que se dicen creyentes y predicadores del evangelio. Tal vez les resulte una palabra dura de oír, pero levantarse contra su Hacedor ha sido declarado una necedad. Lo único inteligente de la protesta puede subrayarse como aquello que reconoce el planteamiento argumentativo de las Escrituras. El objetor levantado en Romanos 9 fue lógico, al reconocer todo el planteamiento del apóstol Pablo. El comprendió que Esaú no tuvo ningún chance de discutir con Dios, de resistirse a lo que Dios ordenó para su vida. Esa es la razón por la cual explota su ira al declarar que Dios es injusto, que inculpa a quien no tiene otro camino sino seguir los pasos trazados por su mismo Hacedor. El exclama: ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿No hay injusticia en Dios?

Así que volviendo a nuestro punto principal, hay quienes dicen muchas cosas buenas y bíblicas, pero no por ello son ovejas del rebaño. Pueden ser lobos con ropaje ovejuno, cuyos argumentos finales demuestran que no entendieron ni creyeron del todo los argumentos del inicio. Sus declaraciones anulan sus otras declaraciones, como si confesasen que la salvación por gracia es también una salvación por obras. Teólogos noticiosos, como John Piper, han asegurado que existe la predestinación pero que la gracia hay que administrarla para hacerla eficaz. Eso no es más que obra oculta en el paquete de la gracia. Pablo lo advirtió para que no caigamos en las artimañas de Satanás: Si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia no sería gracia.

Cuando Jesús enseñó su doctrina respecto a lo que confiesa el corazón a través de la boca, nos dejó en claro que el árbol bueno no dará jamás un fruto malo. Esto lo enseñó como refuerzo cuando dijo que sus ovejas no se irían nunca tras el extraño. Si uno está atento a lo que dicen los predicadores, puede examinar sus espíritus por las palabras que salen de su corazón, para que finalmente entendamos si son o no son ovejas del rebaño de Jesucristo. La mezcla de verdad doctrinal con mentira doctrinal resulta en la evidencia de la presencia del lobo rapaz, del falso maestro, del evangelista extraño, del anunciador del evangelio anatema.

El que tiene el Espíritu de Cristo acepta con gratitud la palabra de la predestinación enseñada por Jesucristo y por todos los escritores de la Biblia. Jamás se irá a contender con las Escrituras, ya que el Espíritu no contradice la palabra revelada ni se opone al Padre. Es muy simple pero de un claro riesgo: la soledad del evangelio viene a ser la consecuencia lógica e inmediata del sometimiento a la doctrina de Cristo. Muy solo se sintió Elías: ¿Sólo yo he quedado?, en soledad parecía andar Isaías: ¿Quién ha creído a nuestro anuncio?; en solitud parecía hablar Juan el Bautista: Voz del que clama en el desierto.

Manada pequeña llamó Jesucristo a su grupo, afirmando que son muchos los llamados y pocos los escogidos, que no temamos por ser poco numerosos porque a nuestro Padre le ha placido darnos el reino. La puerta es estrecha y el camino muy angosto, pero tanto el camino como la puerta son Cristo mismo. Nadie puede ir al Padre sino a través de él; de igual manera ninguno puede ir a Cristo si el Padre no lo trae. Todos los que vamos hacia el Hijo lo hacemos por haber sido enseñados por Dios y por haber aprendido primero de Él. Por su conocimiento salvará o justificará el Siervo Justo a muchos. Jesús vino a quitar todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), así que cumplió su objetivo en forma satisfactoria y pudo decir en la cruz que todo había sido ya consumado. A su trabajo no le falta nada, como tampoco se le podrá añadir algo. Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto su pecado.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:22
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