Jueves, 04 de febrero de 2021

La religión ha tapado la sencillez del evangelio. El hombre fue creado para llevar gloria a su Creador, pero como criatura presuntuosa ha pretendido llevar gloria para sí mismo. El libro de Romanos nos relata acerca de la ruinosa posición humana, al envanecerse su corazón, dándole los hombres gloria a la criatura antes que al Creador. Sin lugar a dudas que ese ha sido el propósito divino, desde la eternidad. La buena noticia también encierra una mala nueva de perdición para los réprobos en cuanto a fe.

Dice la Carta a los Efesios que Dios predestinó a algunos para vida eterna, escogiéndonos en Jesucristo. Estas personas que configuran tal grupo le darán la gloria de Redentor al Señor, al Logos eterno e inmutable, el principio de toda creación. Pero la Escritura nos habla por igual del otro lote de seres humanos, los cuales están representados en Esaú. Este grupo de personas le dará la gloria a Dios en el ejercicio de su castigo por el pecado, de la ira bajo su justicia. Por supuesto, la sintaxis de la historia nos obliga a llevar este evangelio a toda criatura (en la medida en que lo podamos hacer), con la finalidad de que por medio del anuncio los elegidos sean alcanzados. 

Un verdadero creyente del verdadero evangelio (el evangelio anunciado como doctrina de Jesucristo) sabrá que ha sido redimido de pura gracia. Si es algo gratis quiere decir que no le costó nada, ni siquiera un mínimo esfuerzo interno. Este creyente no se dará a la discusión acerca de que la salvación consiste en un trabajo conjunto entre Dios y los hombres. En definitiva, el que ha nacido de lo alto conoce que fue un milagro lo que aconteció en su vida. Más allá de que se le haya predicado el evangelio, o de que haya leído en las Escrituras el mensaje de vida, si el Padre no lo hubiese enseñado y él no hubiese aprendido no hubiese acudido a Jesucristo.

El esfuerzo humano es inútil para allanar la demanda del alma. Lo que el predicador puede hacer es un simple trabajo de obrero, anunciar la palabra, interceder en oración por los que lo oyen, pero no podrá dar el crecimiento y raíz a esa planta. Dice la Escritura que creyeron todos los que estaban destinados para tal fin, los que habían sido ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). También agrega que el Señor añadía cada día a su iglesia los que habían de ser salvos (Hechos 2:47). Ninguno puede acudir a Jesucristo si el Padre no lo lleva primero, de esa manera tendrá la garantía de ser resucitado para vida en el día postrero (Juan 6:44).

Es terrible cuando la criatura alterca con su Creador, con el argumento de que uno es libre y decide su propio futuro. Uno es responsable, cosa distinta a lo anterior, precisamente porque carece de independencia. No somos independientes del Creador que todo lo ha ordenado y preestablecido, por tal razón le debemos rendición de cuentas. No se debe presumir de libertad como condición para ser responsable y dar cuenta de lo que se hace, al contrario, respondemos tarde o temprano porque carecemos de libertad. Dios es libre en forma absoluta y no da cuentas de lo que hace, pero la criatura tiene que rendir cuentas y hacer aquello que le fue ordenado.

Esaú vendió su primogenitura porque fue odiado por Dios desde antes de que hiciera bien o mal, porque había sido separado de la herencia espiritual divina y en consecuencia tenía que actuar como un inicuo. Por esa razón se levanta un objetor en la Carta a los Romanos, en el capítulo 9, para defender a Esaú. Este impotente ser humano vino a ser castigado por sus iniquidades, sin poder contender con su Hacedor. ¿Cómo podía Esaú resistirse a la voluntad de Dios? 

Pero la parte del evangelio que también es elocuente y que se considera buena nueva de salvación, nos refiere al Hijo de Dios entregado para expiación de todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Dice la Escritura que Dios no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (su pueblo); En Romanos 8:17 leemos: Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.

Esa es la razón por la cual la buena noticia nos alcanza, porque hemos sido elegidos desde los siglos, desde antes de la fundación del mundo, para ser amados como Jacob. Así, continúa el apóstol, las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Nosotros gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo (Romanos 8:23).

El creyente pudiera preguntarse cómo estar seguro de esa redención tan grande. La respuesta la tiene la Escritura: El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8:17). No hay otra prueba tan contundente y objetiva, el Consolador enviado por Jesucristo, el Parakletos, testifica ante nosotros mismos y dentro de nosotros mismos. Pero cuidado con dejarse atrapar por las falsas doctrinas que anuncian que ese Espíritu se manifiesta con brincos y saltos, con movimientos laterales de la cabeza, dando balbuceos continuos e ininteligibles que los astutos interpretan. 

La Biblia nos dice que el Espíritu nos conduce a toda verdad, que nos consuela, que se contrista dentro de nosotros cuando pecamos. Por el Espíritu tenemos el gozo de la salvación, la agudeza de la interpretación de la palabra divina. Nos ayuda por igual en nuestras oraciones, porque a veces no sabemos qué hemos de pedir como conviene, pero el Espíritu conoce la mente del Señor y acude a interceder con gemidos indecibles (no nos dice que audibles a nuestros oídos). La oración en el Espíritu da fruto cierto porque jamás el Padre le va a contestar con un no.

Así que el evangelio simple supone doctrina y vida cristiana idónea, en un todo coordinado. Dice Juan que aquel que no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Agrega la Escritura que el que no tiene el Espíritu de Cristo no es de él. Vemos cuán importante es conocer su doctrina, ya que aún Isaías dijo que por su conocimiento justificaría el siervo justo a muchos. No puede alguien decir que creyó en Jesucristo porque entendió que era el Hijo De Dios; no basta con saber que murió en una cruz y resucitó al tercer día. Parece ser que los demonios saben esas cosas pero tiemblan, mientras que un hijo del Señor conoce que Jesucristo murió específicamente por él, ya que el Espíritu lo ha hecho nacer de nuevo y le enseña todas las cosas. Además, tal Espíritu le recuerda todo aquello que habló Jesús cuando enseñaba a sus discípulos. El Espíritu no lo va a conducir al error doctrinal, más bien lo va a guardar de irse tras el extraño (Juan 10:1-5).

El árbol bueno no puede dar un fruto malo ni el árbol malo podrá jamás dar un fruto bueno. Cuando Jesús decía esas palabras las colocó en un contexto, el de la abundancia del corazón que hace que la boca hable. ¿Qué doctrina tienes internamente o has aprendido? Eso es sin duda alguna lo que confesarás, lo que hablará tu boca. El árbol bueno es una metáfora del creyente verdadero que siempre confesará de la abundancia de su corazón la doctrina de Jesucristo. Muchos piensan que la expresión por sus frutos los conoceréis hace alusión a las obras buenas o malas que hagamos los creyentes verdaderos o falsos. Pero fijémonos en la ilustración de Pablo cuando dijo que los creyentes que edifican sobre el fundamento (que es Cristo) con oro, plata o piedras preciosas (que son buenos frutos) tendrán su recompensa (no su salvación), así como todo creyente que sobre el fundamento verdadero (la doctrina de Jesucristo) edifica con materiales innobles: madera, heno, hojarasca, no tendrá recompensa valiosa alguna. Las obras edificadas serán pasadas por el fuego y, por supuesto, la madera, el heno y la hojarasca desaparecerán. Pero agrega el apóstol que el mismo creyente que así edificó será salvado como de un incendio. Esto desliga por completo la salvación del Padre a las obras buenas de la productividad cristiana, pero lo liga absolutamente al buen fruto que sale del corazón de aquel creyente que mal edificó. ¿Qué fue lo que habló aquel creyente que edificó con materiales innobles? Él confesó lo que tenía en su corazón en tanto buen árbol: la doctrina de Jesucristo.

Jesús enfatizó lo que acá decimos, cuando Juan lo recoge en su evangelio, capítulo 10. Allí leemos que las ovejas del Señor lo siguen, él las llama por su nombre (una vez que las ha llamado con llamamiento eficaz), mas al extraño no seguirán nunca porque desconocen la voz del extraño. Es decir, una oveja que ha sido llamada por el Señor no confesará jamás el falso evangelio de la salvación por obras, o la herejía de la expiación general o universal y potencial, que depende finalmente de la buena voluntad del muerto en delitos y pecados. Esa confesión no honra al Padre ni al Hijo, por lo tanto no es jamás ni nunca enseñanza del Espíritu de Cristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:45
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