Lunes, 01 de febrero de 2021

Dios odia a muchas personas, no solo sus maldades sino a los que las hacen. Por supuesto, Dios ama a su pueblo que también comete pecados. A los que ama castiga y azota al que tiene por hijo; pero Dios está airado todos los días contra el impío. El Salmo 5 nos habla de este odio: Tú odias a todos los que hacen iniquidad…Jehová depreciara al hombre sanguinario y engañador. Muchas personas dentro de las filas del cristianismo reaccionan negativamente a esta enseñanza de las Escrituras. Ellos prefieren el viejo adagio que los engaña cuando dice: Dios odia al pecado pero ama al pecador. Pero vemos en esta Escritura citada todo lo contrario: Dios odia al hacedor de maldad.

Es cierto que cuando estuvimos muertos en delitos y pecados, siguiendo al príncipe de este mundo, el espíritu que hoy opera en los hijos de desobediencia, estuvimos bajo la ira divina (lo mismo que los demás que continúan en semejante estado). Pero también es cierto que su amor eterno por todas sus ovejas ha hecho que cada una sea llamada por su nombre en su debido momento (Juan 10:1-5). Dios es amor y se ama a Sí mismo, por eso ama la justicia porque igualmente es justo. Así que nuestra justicia no procede de obras algunas sino del trabajo consumado en la cruz por Jesucristo, cuando puso su vida en expiación por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Dios no odia el hacha que corta los árboles que deben ser talados, pero odia al talador que con su instrumento destruye su obra. En este mundo siempre ha existido un gran número de obradores de iniquidad (consideremos el viejo diluvio universal, o las ciudades de Sodoma y Gomorra, o el Egipto que esclavizó a Israel).

El pecado principal de Lucifer fue la soberbia, al querer compararse al Creador y desear ser igual a Él. Quiso estar en su lugar y destronar al Dios Omnipotente, por lo cual su soberbia lo enloqueció hasta la estupidez. Ahora intenta destruir todo aquello por lo que Dios se interesa, pero el creyente debe comprender el poder de su Redentor y el estatus del diablo derrotado en la cruz. ¿Busca alguno su propia gloria? De seguro intentará por igual exhibir su propia justicia, así que se incluirá por fuerza dentro del grupo de los que Dios odia. Ellos dicen ser salvos porque hicieron algo que se pudo añadir a lo que Jesucristo hizo: aseguran que tomaron una decisión libre, lo cual redundaría en mayor alabanza hacia el Dios Omnipotente. Agregan: ¿Qué sentido tiene que Dios obligue a las personas a seguirlo? ¿No tiene más mérito que las gentes lo sigan sin sentirse forzados a hacerlo? Desde esa perspectiva tejen una teología emanada de la soberbia y suspicacia humana. Se han inventado fábulas teológicas, mitos eclesiásticos, para dar consistencia a la estructura que intentan configurar en relación a la redención.

Aseguran que en un acto de soberanía plena, Dios se despoja de su manto soberano en forma voluntaria, por un instante, para que cada ser humano en su momento pueda decidir sin presión alguna su suerte eterna. Eso vendría a ser un sistema más justo que el sistema propuesto por el Espíritu al odiar a Esaú aún desde antes de la fundación del mundo. De esa manera el desvarío teológico continúa su hoja de ruta, al asegurarnos que Jesucristo murió en la cruz por toda la raza humana, sin excepción alguna. Así, cada ser humano debe aceptar la salvación ofrecida, pero si la rechaza pagará su propia condenación. Eso pensaba por igual el objetor bíblico, levantado en Romanos 9. Él sostenía que la criatura no tiene poder alguno para resistir a su Creador, así que dada su impotencia Dios no puede condenarlo o culparlo porque sería una injusticia. El problema de esa manera de pensar se demuestra por su enfrentamiento con múltiples textos de la Biblia que hablan lo contrario a lo que ellos afirman. Jesucristo no rogó por el mundo entero la noche antes de morir; él dijo que no rogaba por el mundo sino solamente por los que Dios le había dado y le daría (Juan 17:9). Jesús enseñó que nadie podía venir a él si no le fuere dado del Padre. Si alguno va a Cristo lo hace porque ha sido enseñado por Dios y ha aprendido de Él, así que el Señor no lo echará fuera (Juan 6).

Pensemos en que los que no vienen a Cristo no lo harán nunca porque no han sido enviados por el Padre al Hijo, ni han sido enseñados por Dios para que aprendan (Juan 6). De esta manera uno puede descubrir una característica común en todos los que son odiados por Dios. Ellos comparten el criterio de sus buenas obras, de su libre aceptación, de su sentido de superioridad frente a los otros que no han tomado una decisión similar a la de ellos. Ellos no descansan plenamente en la justicia del Padre que es Jesucristo, porque Dios no les ha enseñado aquello. Puede tener sus ventajas religiosas el ser odiado por Dios, porque se es amado por los hermanos en Satanás, que abundan en todas las religiones del mundo. En esas sinagogas se sienten bien recibidos y repiten al cansancio confesiones de fe que refuerzan su teología humana aprendida en las escuelas de los falsos maestros. Todos ellos se glorían en sus propias obras, como si lo que hace la diferencia entre los salvados y los condenados fuese su voluntad. Para ellos lo que distingue el pertenecer al cielo o al infierno es su decisión particular, su oración pronunciada, su paso al frente en una iglesia, su propia justicia (Romanos 10:1-4).

Pregúntese a usted mismo si Cristo murió por cada miembro de la raza humana, si la expiación del Señor fue eficaz en algunos e ineficaz en otros. Si usted responde que así fue, entonces usted tiene un concepto erróneo del Señor y de su obra. Usted no estaría sirviendo al Cristo de las Escrituras. Si usted sabe lo que significa la expiación de todos los pecados de su pueblo, puede estar seguro de que todo su pueblo fue expiado en sus pecados y pasó de muerte a vida. Pero si usted cree que la expiación no fue real sino potencial, entonces no ha comprendido el sentido de las palabras de Jesús en la cruz, cuando dijo Consumado es. Su obra había sido concluida, sin nada que añadirle. Y si sigue pensando que Cristo murió por todos, sin excepción, entonces debería entender que esos todos son salvos, sin excepción. Pero usted conoce lo que la Biblia dice que hay una condenación para los que no creen en Cristo.

Ahora bien, si la expiación fue hecha por todos los pecados de su pueblo, cabe destacar que eso incluiría el pecado de incredulidad. Así que expiado todo el mundo de sus pecados, también fueron expiados los incrédulos. Pero eso parece que no es cierto, según las Escrituras: el que no cree ya ha sido condenado. ¿Cree usted que Jesús murió por los ya condenados incrédulos? ¿Cómo hacen aquellos por quienes Cristo supuestamente murió expiando sus pecados pero no han escuchado ni una palabra del evangelio y han muerto en esa ignorancia? La Biblia dice que por su conocimiento justificaría el siervo justo a muchos; pero ¿cómo invocarán a aquel de quien no han oído? ¿Cómo oirán si no hay quien les predique? Por gracia somos salvos, por medio de la fe de Cristo, esto no es de nosotros sino un regalo de Dios. Asimismo, si es por gracia ya no es por obras, de otra manera la gracia no sería gracia. Jesucristo dijo que nadie iría al Padre sino por él, de manera que Dios escogió la locura de la predicación para salvar al mundo (al mundo por el cual envió a Su Hijo a morir en la cruz, el mundo por el que el Señor murió en forma eficaz –el cual deja por fuera al mundo por el cual no rogó).

Si esta enseñanza no le advierte del peligro de creer erróneamente, sepa que todavía no lo ha enseñado el Padre y no ha podido ir hacia el Hijo porque no ha sido enviado. Eso no lo excusará de su responsabilidad ante el Todopoderoso, como bien lo reconoció el objetor levantado en Romanos 9. Precisamente, somos responsables porque no somos libres de Dios, no somos independientes de Él como para decirle que no se meta en nuestro destino. Pero la gente prefiere creer en la mitología del libre albedrío porque eso le devuelve la vieja gloria luciferina adquirida en el Edén, el hecho de que podía desobedecer a Dios (ser independiente y libre de Él) sin asumir la consecuencia de la muerte espiritual. Sepa, pues, que si Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, entonces la diferencia en que unos se salven y otros se condenen queda en la actitud del pecador. Eso le daría al hombre la posibilidad de gloriarse en sí mismo, en que fue más listo que su compañero, en que fue más bondadoso que otros, en que fue más humilde que su vecino.

Pero Dios ha dicho que no dará su gloria a otro, que la gloria del Hijo es sempiterna, que el Cordero sin mancha estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestada en nuestros tiempos. Ese Cordero tendrá por siempre la gloria absoluta de Redentor. ¿Pretende usted arrebatarle aunque sea un poquito de la gloria al Hijo de Dios? Eso será imposible, pero será sin duda una característica de que usted está perdido creyendo el evangelio anatema, siguiendo la voz del extraño (Juan 10:1-5). Pero he aquí el tiempo aceptable, he aquí el día de salvación, para que usted pueda recibir el arrepentimiento para perdón de pecados. El Espíritu de Cristo nos guía a toda verdad y nos recuerda las palabras de Jesús, así que no piense que dejará en la ignorancia del verdadero evangelio a alguno de sus hijos que ha llamado a través del nuevo nacimiento. El que no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo, así lo dijo Juan en una de sus cartas. Y el que le dice bienvenido al que no trae tal doctrina, participa de sus plagas.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:17
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