Domingo, 31 de enero de 2021

La gran mentira dicha en el Génesis fue la de la serpiente antigua, la cual se llama diablo o Satanás. Le dijo a la mujer: No moriréis, sino sabe Dios que el día que comiereis del árbol se abrirán vuestros ojos, para ser como dioses sabiendo el bien y el mal (Génesis 3:4-5). La trampa del conocimiento escondía la maldición divina de la muerte del hombre. Eva continuó con vida, lo mismo que Adán, pero tuvieron vergüenza y se escondieron de su Creador porque habían conocido la diferencia entre el bien y el mal.

Hoy día sabemos que no conviene probar drogas para verificar su daño, que no resulta prudente entretenerse en la vanagloria de la vida si por ello perdemos nuestra alma. Sin embargo, el mandato divino o la ley del Señor se sigue desobedeciendo porque donde se dijo no codicies se aumenta la codicia. Estamos contra la norma, vigilamos la manera de burlarla, con lo cual también la humanidad ha construido un adagio: quien hace la ley hace la trampa, o quien conoce la ley sabe como trampearla. 

La consecuencia espiritual del pecado de Adán fue la muerte eterna. La paga del pecado sigue siendo la muerte, incluso lo fue de manera temporal para el salmista David. Aunque Jehová le perdonó la vida física, su corazón desfallecía. Había perdido el gozo de la salvación y no lo sustentaba un espíritu noble: era una parálisis espiritual, una muerte temporal de su estado anímico. Eso nos acontece a todos los creyentes por igual, como también lo atestiguó Pablo al exclamar que se sentía como un miserable haciendo el mal que odiaba (Romanos 7). 

El hombre tiende al mal sin que tenga entendimiento para buscar a Dios. Dijo Dios que todos se habían corrompido, que no había ni uno solo que hiciera el bien, ni siquiera uno (Salmo 14:2-3).  El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová: Mas la oración de los rectos es su gozo (Proverbios 15:8).

¿Cómo puede ser válido el que no haya quien busque a Dios, el que todos se hayan corrompido, pero que exista el justo que ore al Señor? Simplemente por la justificación que nos dio Jesucristo, habiendo tomado él nuestras rebeliones sobre él mismo y habiendo lavado todos nuestros pecados. Jesucristo vino a ser la justicia de Dios, nuestra pascua, así que hemos sido declarados justificados y justos. Esto nos suena misterioso o casi ininteligible, pero solamente si miramos que fue un decreto judicial divino podemos comprenderlo.

No hubo una debida defensa de nuestro caso, no tuvimos prueba de buenas obras, no pudimos presentar ningún atenuante. Antes, tuvimos en nuestra contra todos los agravantes de ley, así que fue tan solo un indulto generoso del Dios eterno el que nos declaró justificados por la fe del Hijo. Esa justificación es histórica, alcanzada en esta tierra (espacio-tiempo), pero el amor del Padre ha sido eterno. Nos quiso Dios meter en esta vanidad del mundo hasta ensuciarnos con la maldad humana, para después tener misericordia de su pueblo escogido desde siempre. 

¿Cómo es posible que haya gente que diga que tiene libre albedrío para decidir su destino, si por naturaleza abomina al verdadero Dios? El hombre malo no puede ni siquiera hacer el mal que desea, a no ser que Dios lo incline a ello. Esa es su soberanía absoluta, como lo demostró con Judas Iscariote, hijo de perdición. Ese falso creyente no pudo entregar a Jesucristo antes de tiempo, no pudo matarlo con sus manos, no pudo traicionarlo meses antes. Todo lo que se hubo escrito de él se cumplió en forma ordenada, así como Pedro fue entregado por un breve tiempo a Satanás para que fuera zarandeado como el trigo. 

Pablo tampoco podía hacer el bien que quería, porque una ley en sus miembros lo gobernaba (la ley del pecado). Pero una cosa es el pecado de los justos (tormentoso y aún castigado bajo disciplina del Padre) y otra cosa el pecado del impío que verá la muerte eterna. No saben aquellos que erigen el madero de su escultura, y los que ruegan al dios que no salva (Isaías 45:20). Estas palabras del profeta son de suma importancia, porque muchos pudieran estar sirviendo a otro dios, creyendo que es el Dios de las Escrituras. 

El escudriñar las Escrituras conviene al hombre sensato porque allí pudiera encontrar la vida eterna. Ellas testifican de Jesucristo y de su doctrina. El que no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Fijémonos en lo que Pablo les dice a los romanos respecto a la importancia de conservar la verdadera doctrina: Empero gracias a Dios, que aunque fuisteis siervos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados (Romanos 6: 17).  

A Timoteo le aconseja algo vital: Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello; pues haciendo esto, a ti mismo salvarás y a los que te oyeren (1 Timoteo 4:16). Y nos salvaremos del engaño, del error, del mal testimonio, de la trampa del enemigo. Si no perseveramos en la buena doctrina daremos fe de que nunca habíamos creído: 1 Juan 2:19. Hay un círculo en la Escritura, con aquello de la fe y nuestra profesión. Tenemos que creer la doctrina (cuerpo de enseñanzas) que Jesús indicó, a través de sus palabras y por medio de los apóstoles y demás escritores de la Biblia. Por otro lado, tenemos el deber de demostrar por medio de nuestras obras (nuestro diario vivir) que estamos al servicio de la fe. La fe en Cristo no puede ser abstracta, separada de nuestra praxis de vida. Pero la vida en Cristo no puede estar divorciada de toda su doctrina (de todo el consejo de Dios).

La ley, por lo tanto, no está puesta para el justo, sino para los injustos, para los desobedientes, para los impíos y pecadores. Para los malos y profanos, parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, homosexuales y secuestradores, para los mentirosos, para los perjuros y para cuanto contrario haya respecto a la sana doctrina. En esta cita de 1 Timoteo 1:9-10, el apóstol muestra la correlación existente entre la práctica de vida del creyente y el apego a la sana doctrina. La una va tomada de la otra.

Y esta es la condenación: porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean censuradas (Juan 3:19-20). Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados de Dios. Así que, todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí (Juan 6:44-45).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:51
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios