Viernes, 29 de enero de 2021

La Biblia afirma que los elegidos del Padre lo fuimos en Cristo, desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4-6). Pedro refiere al Cordero de Dios, preparado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado por causa de nosotros (1 Pedro 1:20). La razón de esta elección no es otra que la alabanza de la gloria de la gracia divina y la manifestación del buen placer de la voluntad del Señor. Cuando leemos en 1 Tesalonicenses 5:9 que Dios no nos ha puesto para ira, debemos comprender que la predestinación divina comprende dos partes: la elección para salvación y la reprobación para condenación.

No aparece ningún terreno neutro, ninguna persona habitando un limbo, más bien se nos habla de ovejas y cabritos, de dos naturalezas distintas aunque hayan sido hechas con la misma masa. Una cabra jamás se convertirá en oveja, como una oveja jamás será una cabra. Esto no implica que cada oveja ya está redimida sin el evangelio de Cristo, más bien significa que toda oveja oirá el verdadero evangelio y será llamada con llamamiento eficaz. De allí que Jesús nos hablara del árbol bueno que no puede dar jamás un mal fruto, así como el árbol malo no podrá nunca dar un buen fruto. Él concluyó tal enseñanza diciéndonos que de la abundancia del corazón hablaría la boca.

En otros términos, un corazón preñado del buen evangelio confesará como buen fruto la doctrina de Cristo; por el contrario, un corazón cargado del falso evangelio confesará lo que en su corazón tiene: el mal fruto de la herejía. Esaú menospreció la primogenitura porque su corazón era malo. Caín tuvo envidia de Abel hasta el asesinato porque era del maligno. Hay estados del ser y del hacer; los del ser son eternos si bien el hacer compete al tiempo y al espacio. Por supuesto que no negamos que todos nosotros (incluyendo los elegidos) éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás (los réprobos). Pero eso sucede cuando todavía no se ha sido llamado con el llamamiento eficaz, sin que implique que Dios no nos haya amado con amor eterno. El Hijo en la cruz da cuenta de esa realidad: siempre fue amado por el Padre pero éste se apartó de él por haberse convertido en pecado por causa de su trabajo en el madero. 

Existe un libro de la vida que pertenece al Cordero, el cual contiene los nombres de todos aquellos que fueron inscritos en él desde la fundación del mundo. ¿Cómo pudo eso ser cierto? Lo creemos como igual asumimos verdadero que el universo fue creado por la palabra de Dios, porque Dios ama el orden y todo cuanto acontece ha sido por sus decretos eternos e inmutables. No nos creamos meritorios de tal regalo, de otra manera el regalo no lo sería tal sino más bien un salario. No pensemos como los pelagianos heréticos que Dios vio en el corredor del tiempo quién le aceptaría y quién le negaría, por lo cual decidió inscribir los nombres de todos aquellos hombres de buena voluntad. Esta herejía es una abominación para el Dios que declaró que no hay justo ni aún uno, que no hay quien entienda ni quien busque al verdadero Dios. Ese Dios también dijo que la humanidad murió en sus delitos y pecados, que la paga del pecado es la muerte (eterna).

Así que no eligió Dios en base a las buenas obras de sus criaturas, sino por el puro propósito de su voluntad. El propósito de tal elección es que nadie se jacte en su presencia. Por otro lado, si Dios hubiese visto a alguno dispuesto para seguirle no hubiese tenido que elegirlo porque el tal ya se hubiese elegido a sí mismo. Nuestra fundación en Cristo presupone asumir por completo la doctrina de Cristo (que es la misma del Padre), hasta habitar en ella, porque si alguno no tiene tal doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo (Juan en una de sus cartas).

El Señor conoce a los que son suyos, de manera que el fundamento de Dios está firme y tiene el sello del conocimiento del Señor, así que apartémonos de iniquidad todos aquellos que invocamos su nombre (2 Timoteo 2:19). Si Dios conoce a los suyos no perderá a ninguno de ellos, sino que todos sus hijos heredaremos la vida eterna. La razón de esta seguridad es que fuimos elegidos por su amor, por lo tanto hemos sido guardados en las manos del Hijo y en las del Padre, así como nos fue entregada la garantía hasta la redención final: el Espíritu Santo. 

El decreto de la elección presupone una cadena histórica que nos atrapa. Son las mismas cuerdas de amor de que hablara Jeremías: Nos predestinó, nos llamó, nos justificó y nos glorificó. La fundación de esta elección es Jesucristo, llamado por su Padre desde toda eternidad, para asumir el oficio de Mediador. De esta manera, todos los que fuimos escogidos lo fuimos en él para que viniera a este mundo a salvarnos. Jesucristo fue elegido por el Padre para ser el Sumo Sacerdote (Hebreos 5:5), pero nosotros fuimos elegidos en Cristo (Efesios 1:4). Isaías nos habla del Siervo del Señor, de quien dice: He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones (Isaías 42:1).

Jesucristo fue el primer escogido del Padre y nosotros lo somos en el Hijo, por lo tanto él es nuestro fundamento. Pero no todo el que le diga Señor, Señor, entrará al reino de los cielos, ya que es menester que el Señor le conozca. Él murió en forma particular por su pueblo (Mateo 1:21), no por el mundo (Juan 17:9), de manera que él pasa a ser nuestra cabeza. Pero Jesucristo era y es Dios, como lo afirma Juan en su evangelio y en su primer capítulo: En el principio era el Verbo, y el Verbo era Dios… Era necesaria una justicia perfecta que solo emanaría del Dios hecho hombre, para que cumpliera toda la ley. Por esta razón él se convierte en nuestra fundación y en nuestra pascua. 

En su encarnación, Jesucristo fue tanto Dios como hombre (cosa resistible para los gnósticos); asimismo, mantuvo su unión con el Padre y con el Espíritu (podemos encontrar referencias a lo dicho con lo que se escribió respecto a su bautizo ante Juan el Bautista: El Padre dijo desde el cielo que ese era su Hijo amado, mientras el Espíritu descendía sobre él). Por supuesto, siempre hubo una distinción en esta conformación trinitaria, ya que el Hijo fue quien padeció en la cruz (no el Padre ni el Espíritu). Como Mediador fue la propiciación de paz entre Dios y los hombres (la humanidad elegida), habiendo demostrado que soportaba en su cuerpo haber sido hecho un poco menor que los ángeles. De esa manera sostuvo su calidad de siervo, un rol para el que fue llamado, pero dispuesto a enseñar en forma pública la doctrina de su Padre. 

No puede haber fundamento en Jesucristo si se ignora su doctrina, porque también fue escrito que por su conocimiento justificaría el siervo justo a muchos. Jesús fue declarado la justicia de Dios, para poder perdonar nuestro agravio del pecado. Recordemos que pecar supone ofender infinitamente a Dios en su majestad y santidad. Dios está airado contra el impío todos los días, habiendo decretado la muerte como la paga por el pecado. En los rebeldes el diablo exhibe su tiranía, bajo el principado del mundo y de las tinieblas. Por medio de los deseos de los ojos, del atractivo de la carne y de la vanagloria de la vida, Satanás seduce a las almas inconstantes y a los que le son suyos por posesión perpetua (destinados para la presente condenación, para tropezar en la roca que es Cristo) y esclavizarlos en toda clase de mal.

Hoy día encontramos una réplica de los días de Noé, de la época de Lot y Sodoma. Esto también forma parte de las profecías bíblicas, como también ha sido decretado que el mundo odie a los que somos de Cristo. Nuestra alegría se sostiene en el fundamento de su verdad y de su palabra, ya que Jesucristo es la verdad. El nos ha dado la vida eterna, con la esperanza de partir y estar con Cristo en forma inmediata, como se lo dijera al ladrón en la cruz. Pablo mismo atestiguó este tema, al decirnos que partir con Cristo es muchísimo mejor porque de esa manera estaría de una vez en su presencia. 

El Cristo hecho hombre apaciguó a ira de Dios, habiendo él sufrido por nuestros pecados con muerte cruel. En Cristo hemos muerto los que le pertenecemos, en su resurrección hemos también resucitado a vida. Pablo nos exhorta como creyentes a llevar todas las cargas ante el Dios que oye a sus hijos, para ser guardados en Cristo. El Señor también nos exhorta a pedirle al Padre en su nombre, porque de esa manera se glorifica. Somos azotados por nuestros pecados reiterados y horrendos, pero no para ser expulsados de su presencia sino para que aprendamos a aborrecer el mal. 

Y si Dios no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros su pueblo, ¿cómo no nos dará con él también todas las cosas? Basta con pedir conforme a su voluntad, pero si desconocemos su voluntad tenemos al Espíritu dentro de nosotros para que nos oriente. El mismo clama con gemidos indecibles, interpretando la mente del Señor, traduciendo nuestro sentir ante el Padre de las luces para que seamos suplidos en aquello que agrada al Dios eterno. Si nuestro corazón nos reprende cuando oramos, mayor que nuestro corazón es Dios y Él sabe todas las cosas. Si confesamos nuestros pegados, Él también es fiel y justo para perdonarnos. 

La razón de nuestra certeza radica en Jesucristo como nuestro fundamento. Lo que edifiquemos sobre esa base podrá contener materiales nobles o innobles, pero seremos salvos  unos con más honra por su buena edificación, pero todos los demás que conformamos su pueblo como si saliésemos de un incendio). Hay mucha maldad en nuestra cercanía, como la que vivió José en presencia de sus hermanos, como la que sufrió Abel por parte de Caín. La envidia de la virtud hizo a Caín criminal, pero al tener el fundamento que es Cristo estamos ciertos en que gozaremos de la vida eterna que ya comenzó (al conocer al Padre y al Hijo).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:03
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