Mi?rcoles, 27 de enero de 2021

El que cree la doctrina del Señor y se ocupa de ella puede tener inquietudes respecto a lo que acontece en el mundo que habita. Mucha maldad desbordada, pero también decretada. La pregunta se cuela en los intersticios del alma que piensa, con el acoso intelectual acerca de la razón por la cual Dios inculpa. ¿Quién puede resistirse a su voluntad? La Escritura resuelve esa incógnita en forma simple, sin filosofía alguna, con una declaración que el Espíritu le inspirara al apóstol: ¿Quién eres tú, oh hombre, para que alterques con Dios? No eres más que barro en manos del alfarero, el cual tiene potestad para hacer con la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra.

El alma humilde acepta aquella palabra como suficiente y no entra en disputa con su Hacedor. Reconoce que el hacha no mueve la mano que con ella corta, que Jehová inclina el corazón de los hombres a todo lo que quiere. Resuelta esta inquietud puede asaltarle otra muy común, en relación a la razón por la cual orar. A pesar del mandato siempre se cuela otra interrogante sobre la razón de decirle al Creador lo que ya sabe de antemano. Él conoce nuestras necesidades y tiene de sobra para suplirlas, ha dicho que aún nuestras palabras las sabe antes de que salgan de nuestros labios. Aún a Moisés le dijo que por qué clamaba a Él, sin que el líder de Israel hubiese proferido palabra alguna (Exodo 15:14). El gemido de Moisés estuvo en su alma, en su imaginación, tal vez regido por el pensamiento de qué hacer, aunque le acababa de decir al pueblo que Jehová pelearía por ellos (el pueblo).

También fue escrito que en un tiempo determinado clamaríamos a Él, que le encontraríamos porque le buscaríamos de corazón, y Él oiría porque tendría pensamientos de paz y no de mal a fin de darnos el fin que esperábamos. Fue escrito por igual que Él produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. Pero la oración o plegaria se hace necesaria para demostrar nuestra dependencia absoluta de Aquel que es bueno, del Padre amoroso que es soberano. Nuestra humillación ante el trono de la gracia no apoca nuestra confianza, pero nuestra confianza ante el trono no impide la humildad. 

La condición de criatura necesitada y dependiente conviene al creyente, para entrar al Santuario y conocer el fin de los impíos, para penetrar en el aposento y clamar en secreto. Aquello que hemos pedido a solas con Dios nos será dado en público, de manera que nuestra fe aumente. La fe es un don de Dios, pertenece al terreno de lo individual, ya que no se nos ha dado una fe colectiva. Sabemos que no es de todos la fe, ya que muchos hombres malvados habitan la tierra y pertenecen al mundo. El mundo nos odia porque no somos de él, si fuésemos de él nos amaría, ya que el mundo ama lo suyo. Pero estamos en el mundo porque Dios nos ha puesto en ese lugar, para dar testimonio de la luz del evangelio, para demostrar nuestra pertenencia al Supremo Dios. 

La recompensa pública incrementa nuestra confianza en el Señor que tiene los cabellos de nuestra cabeza contados. Levantarse de mañana para clamar en la presencia del Altísimo viene a ser un privilegio antes que una carga. El acto de cerrar la puerta, en la metáfora de Jesucristo, presupone el aislamiento del mundo y su ruido. Ahora, el 50% de la humanidad carga un teléfono que tiene vigilancia satelital, se presenta como una máquina de distracción que ocupa nuestra atención. Nos cuesta desprendernos de su atractivo, por lo que supone un esfuerzo enorme entrar a solas al aposento y cerrar la puerta. 

Sin embargo, la Escritura aporta la razón por la que debemos orar. Jesucristo era y es Dios mismo, pero estando en esta tierra en forma de hombre tuvo que orar innumerables veces a su Padre, pasando horas enteras en esa actividad. Las más de las veces lo hizo a solas, otras acompañado de sus discípulos un tanto distraídos para esa actividad. La pregunta forzada se da por la relación del Dios hecho hombre con la necesidad de orar a su Padre. La deducción derivada nos señala la necesidad suprema de nosotros que no somos Dios sino criaturas inferiores a los ángeles.

Pablo nos refirió sobre nuestras luchas que no estaban enfocadas contra carne o sangre, sino contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Angeles y principados, potencias espirituales regidas por el príncipe de este mundo. El diablo, la serpiente antigua, llamado también Satanás y el Acusador de los hermanos, rige un ejército de ángeles caídos que son llamados demonios. Por si fuera poco, una gran multitud de personas también le adora, incluso le rinde tributo a los demonios con sus ofrendas a sus ídolos. Así que la influencia demoníaca sería suficiente razón para pasar muchas horas ante el trono de la gracia. 

Un examen rápido a lo que nos acontece con las relaciones diarias nos permitirá valorar la urgencia de la comunión a solas con el Padre. Incluso si anduviésemos con creyentes todo el día no estaríamos exentos de la influencia satánica, como le aconteció al Señor con Pedro. Así le fue dicho al apóstol: Apártate de mí, Satanás, porque me eres tropiezo, estás mirando las cosas desde el punto de vista humano y no del divino (Mateo 16:23). ¿Cuántas veces no nos ha sucedido eso a nosotros? Miramos las cosas desde el plano humano solamente, para sumergirnos en angustias y quedar sumergidos en la derrota. Peor aún, un hermano que estimamos como espiritual también nos opina desde el punto de vista humano frente a un problema que tengamos, y no nos ayuda a resolver el problema que nos agobia.

El mundo ofrece su atractivo para los ojos, para la carne, invitándonos a su vanagloria. He allí la razón de la necesaria humildad ante el trono de la gracia, reconociéndonos impotentes para la tarea de matar las obras de la carne. En la oración existe un flujo divino para nuestras almas, el socorro seguro para cada problema que nos aflige. Mediante el ejercicio de tal actividad nos hacemos fuertes, mediante la persistencia encontramos respuesta. No es cosa fácil entrenarse en la oración, ya que hay un principio que se nos presenta como premisa general que nos refiere a la espacialidad en que nos encontramos. Es necesario creer que hay un Dios que nos oye.

Sí, es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, que existe, que está allí con nosotros. Es vital saber que nos oye, que no nos habla con ondas sonoras o con un sonido doble-articulado. Sin embargo, seguro que nos habla con su Espíritu, mediante el recuerdo de su palabra escrita. Nuestro espacio está en una dimensión física que nos limita, pero Dios habita en los cielos -si bien está en todas partes. Como no lo vemos con nuestros ojos nos cuesta comprender que está allí cuando le buscamos, lo cual constituye otra gran dificultad para concentrarnos en la oración.

También hay otros inconvenientes, los cuales dependen de cada quien. Por ejemplo, un desfile de errores se presenta en nuestra mente y nos da vergüenza traerlos ante ese trono. Suponemos que la reprensión de nuestro corazón impedirá que seamos oídos. En ese caso la Escritura también aporta la solución al decirnos que mayor que nuestro corazón es Dios, que si confesamos nuestros pecados Él es fiel y justo para perdonarnos. Juan se refiere al Verbo de vida que habían palpado sus manos, el que también había oído físicamente. Ese Jesús capaz de perdonar pecados cuando estuvo en esta tierra será igualmente capaz de perdonarnos estando en el cielo. Toda potestad le fue dada tanto en la tierra como en el cielo, así que si vive para interceder por nosotros, sus hijos, hermanos y amigos, tendremos el perdón del Padre; además, él mismo nos perdonará por su fidelidad y justicia (1 Juan 1).

Unas palabras maravillosas deben estimularnos a orar: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Si algo pedimos en el nombre de Jesús lo tendremos, porque el Padre será glorificado; si algo pedimos conforme a la voluntad del Señor tendremos la certeza de ser oídos y de que tendremos las cosas por las cuales hemos suplicado. Esa voluntad de Dios siempre se presenta como agradable y perfecta, solo basta con llevar ante Dios todo nuestro pesar para que su paz nos embargue y sean guardados nuestros pensamientos en Jesucristo. 

Estas son algunas de las promesas que tiene el creyente que ha sido llamado con llamamiento eficaz, el que ha sido elegido desde la eternidad para que participe de la gloria venidera y de la comunión con el Señor en este transitar por el mundo. Dios rechaza la oración del impío, la considera una abominación, así como su ofrenda. Pero la oración del justo le agrada (y somos llamados justos o justificados gracias a la justicia impartida de Jesucristo). Nos conviene rendirle fidelidad, ya que el Señor honra al que le es fiel y nos escucha cuando llamamos (Salmo 4:3). Los ojos de Jehová están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones (Salmo 34:15).

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 7:41
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