Martes, 26 de enero de 2021

Dios en su mundo provee en forma oportuna. Si cada quien observa su propia existencia, conocerá la manera especial en la cual concurren todas las circunstancias para su propio beneficio. Al menos, esto que acá se dice se refiere a los escogidos de Dios. Dios produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. Nada de cuanto acontece viene por azar, más bien aún un pájaro no cae a tierra sin que nuestro Padre así lo ordene. ¿Crees esto? Es difícil imaginar a un ser tan poderoso e importante que se ocupe de un pajarito que cae a tierra, pero aún más extraño nos parece que se ocupe de contar los cabellos de nuestra cabeza. 

El bien de su pueblo es el objeto de su providencia, así que si hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual estemos contentos. Nos encontramos en nuestra cotidianidad con una providencial manera de gobernar el mundo, no solo en cuanto a las leyes de la física que el hombre va descubriendo con su inteligencia e investigación, sino también en relación a los detalles particulares que nos edifican para la santidad. La disposición de lo que nos sucede acontece por el dominio o señorío que el Todopoderoso ejerce en su creación. 

Existe una elegancia suprema con la cual se manifiesta la providencia divina, un arte poético, una manera decente en que se concatenan todos los eslabones de la cadena providencial. El pueblo de Dios tiene enemigos particulares, pero cada uno de ellos es controlado hasta en los detalles mínimos para que veamos el beneficio de la soberanía divina. La sintaxis de los fenómenos que ocurren en nuestro diario vivir demuestran el orden mental del Señor. Dios no ama la confusión sino que ordena el caos. 

Los ángeles del cielo están a nuestro servicio como ministradores de los beneficios de la ciudadanía del reino de los cielos. No podemos dudar por un instante del derecho divino a gobernar y a dirigir su universo, para no devenir en un iluso como Nabucodonosor. Creer que nuestro poder temporal proviene de nuestro esfuerzo, de nuestro libre albedrío, demuestra ignorancia y rebelión con respecto al derecho absoluto del Dios soberano. Nabucodonosor tuvo que ser sometido como una bestia salvaje por el tiempo ordenado para que sufriera el castigo por su altivez. 

El pecado de Lucifer fue creerse con la capacidad suficiente para ser independiente de su Creador, al manifestar que quería sentarse en el lugar de Dios. Aquellas personas que veneran el libre albedrío, como si fuese la opción para auto-gobernarse y demostrar que deciden su propio destino, no hacen sino patear el aguijón. Deberíamos leer una vez más el libro de Daniel, en especial el capítulo 4, para verificar la necedad de la soberbia humana. Somos propiedad de Dios y Él tiene todas las prerrogativas sobre sus criaturas. 

Su soberanía se muestra como un faro que guía la mente de los que se aperciben de ella, pero por igual recae entre justos e impíos. Moisés y Faraón son el claro modelo de lo que acá intentamos exponer. Uno escogido para mostrar su amor por su pueblo escogido, el otro para manifestar ante el mundo la majestad de su poder y justicia. Faraón fue el modelo de aquellos que Él ha escogido como vasos de deshonra, al igual que Caín habiendo sido creado para el maligno, o Esaú, el odiado aún antes de ser concebido. 

En este punto muchos que dicen amar la palabra del Señor tuercen su corazón junto a las Escrituras, al considerar estas palabras como duras de oír. La murmuración les sale de sus almas, al mostrar su ofensa por lo que la Biblia misma les dice. El Señor insiste en que su resistencia a los soberbios es desde siempre, así que da gracia a los humildes que temen a su palabra. Esa humildad no nace del corazón altivo o de piedra, sino del que ha sido transformado en carne, del alma que tiene ahora un espíritu nuevo capaz de amar los estatutos divinos.

Existe una virtud creativa como fundamento de la providencia. Hay un derecho sobre la creación, cuando el hombre tiene la tarea de sojuzgar la tierra, de dominarla y multiplicarse. Por igual, los mandatarios de las naciones poseen derecho de ley para gobernar y regir los destinos sociales humanos de acuerdo a sus constituciones. ¿Cuánto más derecho no tendrá el Creador de todo cuanto existe? Nadie ha podido crearse a sí mismo, por to tanto toda persona resulta incapaz de regir su propia alma: ¿quién puede dar el rescate por sus pecados? Feliz aquella persona que tiene sus pecados cubiertos y que se halla con el alma redimida.

De veras que Dios preserva y gobierna el mundo, incluso los ángeles son sus espíritus que ministran la actuación del Todopoderoso en su providencia. Recordemos la escalera de Jacob sostenida en lo alto en el cielo (una escalera que no se caía ni se movía por los vientos), pero los seres angelicales subían y bajaban (Génesis 28:12). Estos ángeles pueden representar el trabajo que tienen para llevar a cabo la providencia divina, de acuerdo a lo que se les encomiende en los cielos. Daniel oraba y un ángel fue enviado para su respuesta, el ángel del Señor acampa alrededor de nosotros y nos defiende. Jesucristo refirió a algo parecido cuando nos dejó dicho que veríamos el cielo abierto y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre (Juan 1:51).

Debemos descansar en el hecho de que Dios gobierna todo cuanto existe; nada acontece en el mundo sin su conocimiento. El ojo del Señor está sobre el círculo de sus criaturas, junto al brazo de su omnipotencia que las guía de acuerdo a sus propósitos eternos. Aún nuestras oraciones están preparadas para que las digamos, ya que la Escritura dice: En aquel tiempo oraréis a mí, de todo vuestro corazón, para daros el fin que esperáis. Esos son los pensamientos del Señor para con sus hijos, pensamientos de paz y no de mal.

La resolución del corazón del Señor para con su pueblo presupone bienestar y restauración para cada uno de sus escogidos. En tal sentido, Jesucristo vino a ser el Cordero de Dios preparado desde antes de la fundación del mundo para beneficio de su pueblo (Mateo 1:21; 1 Pedro 1:20). De esa manera, la gracia soberana se impone día a día sobre cada corazón llamado eficazmente, seleccionado para redención final por medio de Jesucristo. Estos son pensamientos de paz y no de mal, enfatiza la Escritura (Jeremías 29:11-13). No hablamos de la imposibilidad divina, sino afirmamos con certeza bíblica que Dios no puede pensar algo malo para sus hijos, ya que tiene un eterno e incambiable corazón y una palabra que es siempre un Sí y un Amén. 

Si pone en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad, es lógico suponer que nos dé el fin que esperemos. Aquello que esperamos es lo que Él ha colocado en nosotros para querer y hacer, de acuerdo a su beneplácito. Sin embargo, algo hacemos nosotros - conforme a su voluntad. Hemos de pedir, orando en todo tiempo, sabiendo que Él nos oye, para obtener el fin que esperamos. La providencia del Señor es un aliciente para el alma sedienta de fe, para el creyente que transita el día a día hacia su patria celestial. No nos dejará huérfanos, ha dicho, así que clamemos Abba Padre porque hemos sido adoptados como hijos y coherederos con Cristo Jesús. 

Clamemos para obtener un espíritu de oración para suplicarle, para pedirle, para buscar y llamar: eso es caminar en sus veredas. Entremos a nuestro aposento y doblemos nuestros rostros en un claro reconocimiento a su soberanía absoluta. Si nuestro corazón nos reprende, sabemos que mayor que nuestros corazón es Dios. De esta manera confesemos nuestros pecados, que Él es fiel y justo para perdonarnos. Con David decimos que el bien y la misericordia nos seguirán todos los días, para morar en la casa de Jehová.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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