Domingo, 17 de enero de 2021

En una ciudad había un juez, así comienza una parábola de Jesús el Cristo. Vemos en ese inicio del relato una espacialidad indicadora de separación. Por un lado, una viuda pobre que necesitaba le hicieran justicia de su adversario. En otro lugar, quizás más encumbrado en cuanto a importancia, se encontraba la persona con autoridad civil suficiente para reparar la injusticia. En la historia se pone de manifiesto la reluctancia de un hombre prepotente que no quería perder su tiempo con tal querella.

Se nos habla del tiempo, porque nuestra vida está sometida al espacio-tiempo, a esta dimensión donde hay que esperar y envejecer. Llegado el momento de la respuesta, el juez se decide a salir del hastío que suponía una mujer exigente, constante y repetitiva. Ella era una viuda molesta que podía agotarle la paciencia al mismísimo juez. El hombre soberbio y encumbrado en su cargo se decidió a resolver el problema, a ocuparse del asunto que le importunaba, para dar reposo a su mente.

La viuda, por otra parte, recibió el premio a su persistencia. Tanto acudir al tribunal le dio resultados buenos: por fin se le hizo justicia de su adversario. La parábola no cuenta cuál era la necesidad específica de la viuda, pero por el contexto histórico sabemos que era una mujer indefensa. La mujer entonces dependía demasiado del hombre o esposo, pero éste ya había muerto. Tal vez no poseía riquezas, tal vez su enemigo abusaba de su condición de minusválida. Lo cierto es que al final de sus ruegos alcanzó justicia.

En el relato de Jesús se muestran dos anti-sujetos, dos personajes que son anti-tipos de nuestra relación con Cristo. Vemos al juez injusto, el hombre que no temía a Dios ni respetaba a hombre alguno; asimismo, observamos a una mujer que no era amiga del juez. La posición de relación entre ambos personajes se ve distante, alejada, opuesta. En otros términos, por la vía del contraste se nos presenta el carácter de Dios y la personalidad del creyente.

Así lo explica Jesucristo, diciéndonos que prestáramos atención a lo que dijo el juez injusto. Sabemos que esa viuda no tenía ninguna relación de amistad con el juez, de otro modo hubiese sido atendida de inmediato. Tampoco venía recomendada por un personaje importante e influyente en la vida del juez, así que no tenía a su favor nada más que su persistencia. La gran pregunta hecha por el Señor nos deja el sabor placentero de dos verdaderos sujetos: El Dios de Israel, el Todopoderoso, el Padre que nos envió al Hijo, por un lado, y, por el otro, el creyente en Jesucristo.

Estos creyentes en Jesucristo son llamados elegidos del Padre. Nuestra relación con Dios es de amistad, como la de Abraham, Moisés, Elías, Santiago y todos los demás elegidos para habitar la eternidad con nuestro Señor. El sujeto Dios tiene una virtud que lo distancia eternamente del juez injusto, porque conoce nuestra pequeñez y necesidad mucho antes de que se la expongamos, al mismo tiempo que tiene celeridad en la respuesta. Él no tardará en respondernos, sino que nos hará justicia de nuestros adversarios.

¿Quién es nuestro adversario? Es el diablo, el león rugiente que anda buscando a quien devorar. El dios que busca oscurecer el entendimiento de los incrédulos, el que engaña con la duda a la humanidad entera. Aún a los escogidos intenta soliviantar, pero si lo resistimos huirá de nosotros. ¿Por qué huye Satanás? Porque aunque sea más poderoso que la humanidad entera tiene conocimiento de nuestro sello: el Espíritu Santo. Nuestro enemigo es quien nos acusa, aunque Dios es quien nos justifica a través de Jesucristo. El diablo sabe que fuimos elegidos para salvación eterna, de manera que nada tiene en nosotros. 

A través de Satanás el cristiano puede sufrir mucho, no hay duda. Él es quien incita a los seres humanos del mundo a hacernos la guerra, si bien en muchas ocasiones usa aún a nuestros hermanos. Recordemos la experiencia del Señor con Pedro, cuando este apóstol no quería que le aconteciera lo de su sacrificio. En ese momento el Señor exclamó: Apártate de mí, Satanás, porque me eres tropiezo. Nuestra actitud como creyentes supone una disposición constante a la oración, a las rogativas, a las súplicas, con la persistencia de la viuda. Ese es el único modelo virtuoso de ese anti-sujeto: insistir ante el hombre de poder.

Pero nosotros no somos anti-sujetos, somos sujetos de valor porque tenemos una relación de amistad con el Juez de toda la tierra, el que hará siempre lo que es justo. Nadie podrá acusar a los escogidos de Dios, así que tenemos confianza plena para acercarnos al trono de la gracia. La espacialidad continúa exhibida en nuestra historia: está Dios en su trono de gracia y nosotros intentando conversar con ese Ser Todopoderoso. El acceso gratis ante su silla de poder es un beneficio que tenemos, un privilegio sin igual. Dios está airado todos los días contra el impío, y aún su ofrenda considera una abominación. Pero la oración del justo le es agradable, como un incienso de olor fragante que sube a su rostro. 

El Señor no miente y nos ha dicho que el Padre no se tardará en respondernos. Lo que sucede es que en este tiempo cercano a la venida del Señor pareciera no haber más fe en la tierra. Uno puede recordar que años atrás nuestra confianza ante Dios demostraba una gran fe, al creer que tendríamos aquello que habíamos pedido. Ahora el mundo nos arropa con sus cuitas para alejarnos de la fe sencilla de los niños. La pregunta al final de la parábola es retórica, así que cada quien debe respondérsela: ¿Tendrás fe ahora que el Señor está por venir a buscar a su Iglesia? 

Si mostramos persistencia como la viuda tenemos más que garantizada la respuesta que solucione nuestra necesidad. La motivación de la parábola se incrementa al saber que no somos extraños al Juez de toda la tierra, más bien somos sus amigos y vamos recomendados por Su Hijo. Se concluye que la parábola no habla en lo más mínimo de la desgana de Dios para responder a nuestras peticiones. Habla ante todo de nuestra poca disposición a implorar el favor celestial. Pero nos anima a pedir con la tranquilidad de saber que conseguiremos el favor de nuestro Amigo. Ciertamente, Dios no se tardará en respondernos.

Dios sigue siendo digno de reverencia y temor, como Juez de toda la tierra; nosotros seguimos estando necesitados por carecer de poder para solventar nuestros obstáculos. El adversario continúa presionando para intentar probar que somos tan débiles que no conseguiremos aquello que tanto necesitamos. Sin embargo, nosotros tenemos el aval del Señor Jesucristo para que pidamos algo en su nombre, aunado a la promesa de que nos será concedido aquello por lo cual rogamos. Se nos pide la fe para demostrar que confiamos no solo en el poder divino, sino también en la disposición de dar que tiene el Padre que es bueno.

Oremos hasta que algo pase, no solamente como una experiencia subjetiva que opera un cambio en nuestra personalidad y carácter, sino para obtener el placer objetivo de la recompensa en público. El Señor ama que entremos en nuestro aposento y cerremos la puerta al mundo, para que en su Santuario comprendamos el fin de los impíos, la molestia del pecado, el rugido del león maligno y la bondad del Padre que perdona, acoge y festeja con nosotros nuestro retorno. 

Dios nos da más de lo que pedimos, como lo hizo con el hijo pródigo. Las pruebas por las que pasamos son fuego que purifica el oro. Dado que sin fe es imposible agradar a Dios, al saber que Él nos oye demostramos confianza y tenemos las cosas que le hayamos pedido, de acuerdo a su voluntad. Dios produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad, así que si queremos algo de seguro lo ha colocado en nuestro corazón para glorificarse en el regalo de la respuesta. El Espíritu Santo nos ayuda a pedir como conviene, de acuerdo a la mente del Padre. Descansemos con la seguridad de que siempre nos oye y desde la eternidad nos ha amado. ¿No nos dará juntamente con Cristo todas las cosas?

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 19:46
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