Jueves, 12 de noviembre de 2020

Lo que se predica de una congregación se predica de todas, al menos en los universales que atañen a la redención. Sabemos que no es por obras (Efesios 2:8-9) para que ninguno se gloríe, de manera que esto último no solo vale para los Efesios sino que se extiende por su universalidad a cada creyente. Asimismo, la elección de la que Pablo hablara respecto a los tesalónicos es por igual universal para cada creyente. Sabemos que la elección presupone su contraparte, los que son dejados a un lado, los no escogidos para salvación, los que en otros textos son llamados los réprobos en cuanto a fe, cuya condenación no se tarda, los que fueron dispuestos para tropezar en la Roca que es Cristo.

David recoge un canto en torno a la elección: Bienaventurado el que tú escogieres y atrajeres a ti, para que habite en tus atrios (Salmo 95:4). Tenemos un tesoro de bendiciones espirituales en las regiones celestiales, de acuerdo a quien nos escogió en Cristo, así que de quien Dios habla bien nadie podrá sustraer tales palabras de augurio. Dios no nos niega las peticiones de nuestros labios, me refiero de aquellos a quienes Él ha bendecido. 

El trabajo de la providencia divina es tan eficaz que hace que los corazones de los hombres, junto a sus voluntades, se vuelvan hacia aquello que el Creador desee. Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3), frase que se da en contraste de lo que sigue: los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres…Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos (Salmo 115:4 y 8). Vemos que la Escritura coloca al Dios soberano yuxtapuesto a los ídolos de los hombres, el todo con la nada, en una clara oposición entre los redimidos que Él escogió y los perdidos que escogieron dioses que no pueden salvar.

Un ídolo es una elucubración mental humana, una divinidad que no puede salvar. Poco importa que su materia sea yeso, madera, oro o hierro, no puede ver ni oír, mucho menos hablar o pensar. Los demonios están detrás de esas confecciones humanas, recibiendo todo el tributo que se les rinde. Sea que se les queme incienso, o que tal vez se les digan rezos u oraciones, el demonio es quien recibe ese sacrificio (1 Corintios 1:10; Apocalipsis 9:20). Si usted no soporta al Cristo de las Escrituras, porque tal vez le parece muy soberano y poco conveniente con la idea que usted tiene de lo que debe ser Dios, entonces usted tiene un ídolo en su corazón. Sus sacrificios de alabanza no van dirigidos al Dios de las Escrituras sino a los demonios.

Cuando Dios llama a una de sus ovejas y la enseña, para enviarla al buen pastor, ésta lo sigue y huye del extraño, porque desconoce la voz de los extraños. En otros términos, Jesús ha declarado que los que son suyos, y a los que él ha llamado eficazmente, no se irán jamás tras el falso maestro (el extraño), sino que el Espíritu Santo lo guía a toda verdad. No puede haber una distorsión entre lo que enseñan las Escrituras y lo que el alma del creyente desea adorar. La contrariedad objetora contra la soberanía absoluta de Dios queda puesta de lado para siempre, ya que el creyente que sigue al buen pastor reconoce que de no ser de esa manera nadie podría ser salvo.

Un hombre que ha sido declarado muerto en delitos y pecados, cuya naturaleza humana caída odia a su Creador, que no tiene justicia propia alguna y que no desea seguir al verdadero Dios, no puede ser redimido por decisión propia. Simplemente agradece que haya sido llamado de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, abrazando las Escrituras como su único refugio de revelación que antes no podía ni comprender. Eso es consecuencia de la elección incondicional de Dios, por lo que buscará el creyente, en consecuencia, reunirse en iglesia con los que creen como él ha llegado a creer.

Salomón nos dijo que del hombre son las disposiciones del corazón, mas de Jehová es la respuesta de la lengua (Proverbios 16:1). Esas disposiciones del corazón nos saben a libre albedrío, como si de nuestro poder se tratara, pero la segunda cláusula del verso citado nos habla de la soberanía absoluta del Creador. Esa soberanía anula el sueño libertario humano, así que aunque Judas Iscariote o el Faraón de Egipto hubiesen deseado hacer lo contrario de lo que hicieron, Jehová encaminaba el corazón de ellos hacia aquello que Él dispuso desde los siglos. Los que se rebelan contra esta soberanía absoluta divina vienen a ser abominación a Jehová, porque Él está contra todo altivo de corazón (Proverbios 16:5).

La elección en la Biblia cobra tal fuerza que Jesucristo es declarado el Electo de Jehová (Isaías 42:1). Ese título de Elegido fue reconocido por los fariseos gobernantes que reconocieron ese título, aunque con escarnio: sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios (Lucas 23:35). Pablo le dijo a los de Tesalonicenses que él conocía de su elección de parte de Dios (1 Tesalonicenses 1:5). A los Corintios los llamó hermanos que miran a su elección (vocación), que no eran muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Pablo les dijo que aquella elección Dios la había hecho dentro de lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios, y de lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1 Corintios 1:26-29).

Jesús, hablando de lo que acontecerá en el fin de los tiempos, nos agrega énfasis en este tema de la elección: Y si el Señor no hubiese acortado aquellos días, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos que él escogió, acortó aquellos días (Marcos 13:20). Vemos que la elección es un acto de misericordia que continúa en todas nuestras circunstancias, para llevar gloria al Hijo que nos redimió, al Padre que nos escogió y al Espíritu que nos anhela celosamente. Esa es la misericordia de que hablaba el profeta David, la cual nos perseguiría todos los días de nuestra vida, la misma descrita en favor de Jeremías: Con amor eterno te he amado, por lo tanto te prolongué mi misericordia (Jeremías 31:3).

La fe de los elegidos de Dios ha sido dada en Cristo, la cual nunca perecerá. Así que hemos sido llamados con llamamiento eficaz por medio de la gracia divina, justificados por la justicia de Cristo (nuestra Pascua), de manera que seremos finalmente glorificados. El hecho de que hayamos sido escogidos en la eternidad se manifiesta a través del tiempo, cuando como un fruto de tal elección somos llamados por medio del evangelio de Cristo. Por ello, felices hemos de ser todos los que hemos sido llamados con ese llamamiento eficaz, por medio de la irresistible gracia hacia una vocación ineludible. Irresistibles son los dones y el llamamiento de Dios, así como irrenunciables. 

Dios escogió a lo que no sirve, para que nadie se gloríe en su presencia; la única gloria que se nos permite es la cruz de Cristo. Estando a distancias indescifrables de Él, fuimos escogidos por su acto de gracia y bondad, por el puro afecto de su voluntad, sin mirar en nuestra naturaleza de obras buenas o malas, pues hemos sido salvos por gracia y no por obras, para que ninguno tienda a gloriarse de sí mismo. Nuestro único Mediador entre Dios y nosotros es Jesucristo, su Hijo, Dios hecho hombre, por cuya redención tenemos parte en el reino de los cielos. 

Nuestra entera satisfacción descansa en los atrios de la casa de Dios, en el Santuario, en nuestra habitación secreta. Debido a la condición de santificación por el Espíritu, rechazamos el atractivo del mundo y nos acercamos más a las cosas celestiales. Amamos la Iglesia y nos gozamos entre los hermanos, los que comparten la misma doctrina enseñada por Jesucristo. Si alguno no habita en esa doctrina, no tiene ni al Padre ni al Hijo, por lo tanto tampoco tiene al Espíritu. Así que de extrema importancia es conocer las enseñanzas de Cristo, que no son simples moralejas o cursos de ética, más bien son doctrinas teológicas donde la soberanía de Dios queda demostrada con énfasis. 

Ninguno puede ir a Cristo si el Padre no lo lleva, nadie puede ir al Padre si no es a través del Hijo. No escogimos a Cristo sino que él nos escogió a nosotros, hemos sido amados como Jacob y no odiados como Esaú. El Espíritu del Señor no nos deja huérfanos ni indoctos en la doctrina del Hijo, que es la misma del Padre, ya que una de sus funciones es recordarnos las palabras del Señor. Por lo tanto, si alguno dice seguir al Señor y oye la voz de los extraños y se va tras ellos, jamás ha sido una oveja que siga al buen pastor (Juan 10:1-5). 

Los que se rebelan contra las Escrituras y la tuercen para forzar el sentido de su teología extraña, lo hacen para su propia perdición. De esa manera también reciben el espíritu de error o estupor, enviado por el mismo Dios del cielo, para que oigan la mentira y la sigan, de manera que terminen de perderse por no amar la verdad. Israel creyó que Saúl les sería de bendición, pero en realidad fue un engaño enviado del cielo por su terquedad y deseo de seguir la mentira. Poco importaba que tuviera señales de cantor entre los profetas, ni que hubiera sido ungido por Samuel, más bien su vida y muerte hablan de la soberanía de Dios para castigar a su pueblo que no permanece en la verdad. Incluso le fue enviado a Saúl un espíritu del mal para que lo atormentara, y aún en su final visitó a su adivina y terminó enterrándose su propia espada. 

La verdad del evangelio es muy simple y sencilla, pero solamente los llamados por el Padre, y que son enseñados por Él para ser enviados luego hacia el Hijo, lo entenderán. Los demás, los que no fueron escogidos desde la eternidad para habitar en los atrios de Dios, seguirán las variadas imitaciones del evangelio de los falsos maestros y falsos hermanos. Examinaos a vosotros mismos, para ver si andáis conforme a la ley y al testimonio.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:36
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