Lunes, 09 de noviembre de 2020

Pensamos de inmediato en Faraón, pero hemos de recordar lo que la Escritura también dice: que el corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que Él quiere lo inclina. Bueno, esto se dice respecto a un rey, ¿qué no podrá decirse en relación a los súbditos? Un rey llamado Sihón, que gobernaba Hesbón, no quiso dejar pasar a Israel por su territorio, por la sencilla razón de que Jehová había endurecido su espíritu, y obstinado su corazón (Deuteronomio 2:30). Continúa diciendo la Escritura que los israelitas tomaron sus tierras y ciudades, las cuales destruyeron junto a sus hombres, mujeres y niños, sin dejar ninguno; todo porque Jehová lo entregó delante de nosotros y lo derrotamos a él, a sus hijos y a todo su pueblo (Deuteronomio 2: 33-34). 

Este es un Dios demasiado soberano para los tibios arminianos y molinistas, los cuales cuentan historias benevolentes, de disimulo y que exalta el libre albedrío humano. Todo ello es hecho para exculpar al Dios de la soberanía absoluta, como si Él pidiera que lo disculparan o que lo defendieran, como si al admitir lo que Él ha hecho se hiciera a Sí mismo pecador. Dios no peca ni tienta a nadie, pero hizo pecar a Judas al cual encomendó la traición hecha a Jesucristo. Hizo endurecer el corazón del Faraón para matar luego a su primogénito, y a los demás primogénitos egipcios, liberando a su pueblo a través de la Pascua. Es el mismo Dios que odió a Esaú antes de que hiciera algo bueno o malo, el mismo Dios que ha creado vasos para deshonra y destrucción perpetua, el que ha ordenado al Anticristo y ha decretado que los reyes de la tierra le den el poder a la bestia (Apocalipsis 17:17).

Estamos en presencia de Jehová, el que ordenó a Su Hijo como Cordero sin mancha desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), Cordero que no quiso rogar por el mundo (Juan 17:9) pero sí quiso morir por todos los que el Padre le dio (Juan 3:16). Es el mismo Dios que ha dicho que nadie puede ir hacia el Hijo si Él no lo envía, pero es por igual el que ha creado cabritos para castigo eterno mientras redime solamente a sus ovejas. Por el hecho de ser soberano absoluto nadie está libre de escapar de su control, si bien todas sus criaturas le deben sujeción y no pueden jamás huir de su presencia. Esa es la razón por la cual no existe ningún libre albedrío humano, aunque el hombre sienta o perciba que es libre en sus decisiones. 

Este razonamiento es sostenido de continuo en la Escritura, al punto en que en Romanos 9 Pablo levanta la figura de un objetor que reclama el concepto de justicia en Dios. Dice el objetor que Dios no puede culpar a nadie si no es libre, pues nadie puede resistirse a su voluntad. Si este objetor no hubiese sido levantado muchos podrían todavía desviarse del sentido estricto de la soberanía divina, pero gracias a su objeción comprendemos el sentido de lo escrito por el apóstol. La objeción no se hubiese levantado para impugnar la salvación de Jacob, pero sí tiene sentido que se haya expuesto para querellar por la condenación de Esaú. Eso le pareció injusto, como a muchos teólogos les sigue pareciendo hoy día, pero la respuesta de la Escritura no se esperó.

La Biblia dice que el hombre no es nadie para altercar contra su Creador, que es apenas una olla de barro manipulada por la voluntad del Señor, hecha de tal manera que lleve honra o deshonra, ya que unos vasos los ha hecho Dios para redención y otros para condenación. En unos se verá la gloria de su misericordia, mientras en otros se contemplará por la eternidad la gloria de su ira y justicia por el pecado. Si esto le parece a usted injusto, entonces no se ha reconciliado con la palabra divinamente inspirada. Dura cosa es dar coces contra el aguijón. 

Dios no tiene que batallar con nadie, ya que nadie es capaz de poner resistencia a su voluntad específica. No forcejeó con Judas Iscariote para que traicionara a Su Hijo, no batalló contra la voluntad del Faraón de Egipto para que no dejara ir a su pueblo hasta tanto no cumpliera todo su propósito declarado a Moisés. De la misma manera, el rey de Sihón no puso ninguna resistencia al designio de Jehová, así que todos aquellos que se oponen a su soberanía absoluta deben preocuparse porque lo más seguro es que Dios les ha enviado un espíritu de estupor para que crean la mentira y se pierdan. Esta gente no tiene amor por la verdad, como tampoco lo tuvo Esaú.

Y Dios no tienta a nadie (Santiago 1:13-14), pero sí que endurece a quien quiere endurecer (como lo hizo con el rey Sihón), para que hiciera lo malo de manera que fuese castigado por medio del pueblo israelita de entonces. De la manera como el Señor no deja al libre arbitrio a una sola molécula del universo creado, tampoco deja al libre albedrío la maldad humana. Si así  lo hiciese, Jesucristo pudo haber muerto de una pedrada lanzada por algún fariseo o por la turba enardecida que deseó lincharlo en muchas oportunidades. El hombre muerto en delitos y pecados no posee libertad alguna, ni para hacer el bien ni para hacer un mal distinto al que le ha sido asignado. Aún Satanás tiene su limitación impuesta, como se ve en el libro de Job, o en la tentación de Pedro.

No pudo Satanás liquidar al Señor para impedirle que fuese el Cordero que quitaría el pecado del mundo redimido, no pudo evitar que le dieran la gloria del Salvador del mundo. El hacha no puede gloriarse contra el que con ella corta. La sierra no puede resistirse a quien la mueve, como tampoco puede el báculo levantarse contra el que lo levanta, como si levantase la vara al que no es leño. Estas son palabras del profeta Isaías, para hacer el resumen sobre la soberbia del rey de Asiria (Isaías 10: 5-15). 

El rey de Asiria vino a ser el báculo del furor de Jehová, a quien había mandado contra una nación pérfida, para quitar despojos. Poco importaba que el rey de Asiria no lo pensara de esa manera, pero estaba siendo enviado por Jehová, a quien no conocía. Pero ese rey se ensoberbeció al suponer que era él mismo quien había logrado sus conquistas, que había sido su mano poderosa y su sabiduría la fortaleza en que se apoyaba. Siempre es el Señor el que está detrás de todo cuanto acontece, sea bueno o malo, como lo han dicho sus profetas (Véase Amós 3:6). 

Frente a la lectura de la palabra inspirada y revelada por Dios, no nos queda sino recrearnos en la soberanía absoluta del Dios que está en los cielos y que ha hecho todo cuanto ha querido. Al examinar y colocar los textos en sus contextos podemos verificar que el libre albedrío es una ilusión de la mente vanidosa, ilusión que ni siquiera tuvo el objetor levantado en Romanos 9. Ese objetor fue más inteligente que miles de teólogos que añaden y quitan a la palabra divina, ya que al menos comprendió muy bien el sentido de lo dicho por Pablo. Comprendió, igualmente, que Esaú no tuvo ninguna libertad para poder alegar en contra del Creador. Comprendió que no hace falta la compatibilidad (entre libertad y responsabilidad), ya que basta con ser criatura para estar en deuda de sujeción ante su Creador.

César Paredes 

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Publicado por elegidos @ 9:03
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