S?bado, 31 de octubre de 2020

Esto es costumbre en el ambiente de la predicación arminiana, decir que Jesús afirmó que el que a mí viene no le echo fuera, junto a la frase que dice que Dios amó al mundo de tal manera que envió a Jesucristo para salvarlo. Si recibes a Jesucristo, continúan, tendrás la potestad de ser hecho hijo de Dios. Todas esas expresiones provienen de la Biblia, pero están fuera de contexto. Veamos los textos para demostrar la intención general del arminianismo como herejía, al proponer una redención universal sacada de la manga del predicador.

En Juan 6 se encuentra la primera frase aludida. Dice el verso 37 lo siguiente: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene no le echo fuera. El contexto obliga a entender la segunda parte de la cláusula como un elemento dependiente de la primera parte. En otros términos, el que va a Jesucristo lo hace porque ha sido enviado por el Padre, porque forma parte del Todo lo que el Padre le da al Hijo. No que alguien pueda ir al Hijo para forma parte del todo lo que el Padre le da a Jesucristo, porque entonces eso sería una obra que daría gloria al hombre pecador. Pero el trabajo arminiano se ha caracterizado por tener los matices del trabajo lingüístico de Lucifer en el Edén. 

Si usted mira el Génesis, podrá valorar la sutileza de la serpiente en el diálogo con Eva. Satanás saca el texto del contexto en que fue dicho, de tal manera que promete conocimiento y llegar a ser como Dios. Al ser como Dios, el hombre dejaría de rendir cuenta a su Creador y el acto de desobediencia se convertiría en una osadía por llegar a saber más, escapando del claustro de la ignorancia al que el Creador quería someter a sus primeros seres humanos creados. Así trabaja Lucifer, de manera que sus ministros (Arminio y seguidores) lo imitan a perfección. De una expiación particular y referida al pueblo elegido de Dios, se pasa a una universal, extensiva, democrática, donde el hombre tiene no solo una parte sino la conclusión decisiva. 

De suma importancia viene a ser el énfasis de Jesús en sus diálogos con muchos de sus discípulos, de acuerdo a lo que se recoge en el capítulo 6 del Evangelio de Juan. En el verso 44 del mismo capítulo 6 repite la expresión que tenía escandalizados a sus seguidores: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Acá se repite la primera cláusula conocida, pero la segunda refiere al hecho de la promesa de resurrección para los que vienen de acuerdo al envío del Padre. 

Juan continúa diciéndonos lo que sucedió con esos discípulos, al oír las palabras de Jesucristo. Nos dijo que muchos de ellos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). De inmediato Jesús comprendió que aquellas personas estaban ofendidas (61) por lo cual poco después (en el verso 65) les dice por tercera vez la primera cláusula omitida por los arminianos: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.  Se nota la intención de torcer la Escritura al intentar omitir esta cláusula tan importante en el discurso teológico de Jesucristo.

El segundo texto señalado es el archiconocido Juan 3:16, donde el vocablo mundo se descontextualiza para hacerlo indicar cada uno de los habitantes del planeta tierra. Jesús hablaba con Nicodemo, maestro de la ley, así que como judío religioso excluía a todo aquel que no fuera israelita para denominarlo mundo dejándolo de lado. Ahora Jesús le dice a Nicodemo que ese mundo despreciado por los judíos es tomado en cuenta por el Padre. Otros contextos nos hablan de la relatividad del vocablo en cuestión: mirad, todo el mundo se va tras él (tras Jesús), decían algunos fariseos, pero ellos no se iban tras Jesús, como tampoco lo hicieron los saduceos, los romanos, miles de judíos religiosos, los paganos del mundo, y tampoco la gente del mundo no conocido por el imperio romano. Así que una expresión que parece inclusiva (todo el mundo) viene a ser muy determinada de acuerdo al contexto hiperbólico con el que hablaban los fariseos asombrados por la multitud que seguía al Mesías.

Jesucristo tampoco rogó por el mundo (Juan 17:9), a pesar de que el Padre amara tanto al mundo, de acuerdo al mismo escritor Juan en su mismo evangelio. Esto nos lleva a otra idea, a la de un mundo compuesto por el conjunto de los réprobos en cuanto a fe, de los no amados por el Padre. Pero incluso Juan, en una de sus cartas, le dice a su iglesia (mayoritariamente compuesta por judíos conversos) que Jesucristo es la propiciación por los pecados de todo el mundo. El contexto implica que no lo es solamente por los pecados de su iglesia sino la de todo el mundo (judío y gentil). Eso no puede ser tomado como un acto inclusivo absoluto, que invalidaría la elección incondicional del Padre, la oración de Jesucristo en el Getsemaní, cuando agradecía por los que el Padre le había dado y al mismo tiempo no rogaba por el mundo por el que no iba a propiciar. Así que toda la Biblia ha de leerse tanto en sus contextos particulares como en su contexto general, ya que ella no se contradice.

El tercer texto mencionado al principio hace alusión al acto de recibir a Jesucristo en nuestras vidas. Ciertamente, la Biblia nos dice que a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Eso es verdad, pero no podemos leer Juan 1:12 desprendido del verso 13 que conforma un todo armónico contextual. En este caso, el verso 13 es condición sine qua non para que se dé lo dicho en el 12. Si el verso de Juan 1:12 dice que a todos los que le recibieron les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre, el verso 13 nos habla de la condición a cumplir para que sea válido lo dicho en el 12. Dice el verso 13 así: los cuales nacieron no de sangre, ni de voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón, sino de Dios. 

Jesucristo no echa fuera de sí mismo a ninguno que haya sido enseñado por el Padre para que vaya tras él, lo ha prometido y lo cumplirá siempre. El Espíritu Santo no dejará en la ignorancia teológica o evangélica a ninguno cuyos corazones habita, ya que él nos guía a toda verdad y nos recuerda las palabras de Jesús. En Juan 10:26 Jesucristo le dice a un grupo de personas que ellos no podían ir a él o creer en él porque no eran parte de sus ovejas. Al parecer, la condición de oveja precede al hecho de poder acudir a Jesús, las cabras no podrán nunca transformarse en ovejas. El árbol bueno dará siempre el fruto bueno de la confesión del evangelio verdadero, porque de la abundancia del corazón habla la boca. La oveja cuando ha sido llamada por el buen pastor lo sigue siempre, no se va más tras el extraño, porque desconoce su voz. No es posible que exista un solo creyente redimido, con llamamiento eficaz, donde mora el Espíritu de Dios, que confiese un falso evangelio. 

Los que confiesan el falso evangelio y siguen a los falsos maestros, lo hacen porque no siguen al buen pastor, sea porque son cabras nacidas para tropezar en la roca que es Cristo, sea porque son ovejas que no han sido todavía llamadas con el llamamiento eficaz. Pero no hay tal cosa como un árbol malo que dé un fruto bueno, que confiese el verdadero evangelio. Es muy sencillo, la mente natural no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios, porque le parecen una locura. Para poder discernir lo que el Espíritu dice, hace falta nacer de nuevo, el cambio del corazón de piedra por uno de carne, asunto que ocurre solamente por la gracia de la intervención divina en el hombre a convertir. 

Si las congregaciones religiosas se llenan de cabras lo hacen porque sus pastores son cabras que las llaman, o porque todos perecen por falta de conocimiento. Recordemos que por su conocimiento, el Siervo Justo salvará a muchos (no es por ignorar al Señor que la gente puede llegar a salvarse). No, todos aquellos que fueron apuntados para vida eterna necesitan oír el mensaje del verdadero evangelio, de otra manera ¿cómo invocarán a aquel a quien no conocen y de quien no han oído nada? El Señor conoce a los que son suyos, a cada uno de ellos llama por su nombre, nadie puede resistirse al llamado del Espíritu, solamente hay una resistencia a la exhortación general de la palabra de Dios, como lo hace cada réprobo en cuanto a fe, para que la Escritura se cumpla (Apocalipsis 13:8; 17:8; 17:17). 

Pero toda la humanidad, sin excepción, tiene el deber de arrepentirse y creer el evangelio. No es una oferta del Señor, es un mandato general de las Escrituras. Los que hemos sido enseñados por el Padre iremos a Jesucristo, los otros, los que han sido ordenados para condenación eterna jamás irán tras el buen pastor. Ellos prefieren acudir a sus falsos maestros, para que les hablen de acuerdo a su comezón de oír y les prediquen fábulas religiosas que les den garantías de sanidad eterna, aunque su fin sea camino de muerte.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

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