Domingo, 25 de octubre de 2020

Los que hemos pasado de las tinieblas a la luz, en ocasiones nos sometemos al ritual de la religión. Esto hace que nos sintamos desanimados por la rutina, con el pensamiento divagando por los rincones de la incertidumbre en cuanto a lo que debería ser nuestra existencia. Justo es reconocer que necesitamos un evangelio práctico, que nos permita resolver el día a día de acuerdo a lo que la Escritura plantea. Ciertamente, buscamos un método, una fórmula que permita rescatar nuestra mente para ajustarla a lo exacto, a lo profundo de Dios.

Pero lejos quede tal propósito en estas páginas, porque no existe un método para encajar al Todopoderoso que no tiene consejero. Él siempre hace como quiere, si bien nunca aparece como arbitrario. Al contrario, sus planes eternos e inmutables han desarrollado todas las circunstancias que nos rodean para que todas las cosas nos ayuden a bien. Eso no lo comprendemos bajo la desesperación del alma atribulada por las batallas del día a día en esto que llamamos mundo. ¿Quiénes son nuestros mejores amigos? ¿Acaso no comemos también en la mesa de los publicanos, como lo hizo Jesucristo, y nos sentamos con los menos deseados de la piedad?

Y esa es una de las razones por las cuales se incrementa nuestra angustia, el hecho de no encontrar hermanos reales dispuestos a compartir nuestras tribulaciones. Las más de las veces acudimos a los lobos disfrazados de corderos, aquellos que tienen agua dulce en sus labios y ante quienes suplicamos se unan en oración por nuestras cuitas. Cuanto más se angustia nuestra alma más deseamos una palabra de aliento, pero el cordero imaginado gime con rugido de león y quedamos desolados. De nuevo a volver a empezar solos, siempre solos, porque pareciera ser que habitamos una tierra donde la fe en el Hijo del Hombre está dispersa, escondida y en muchos casos ausente.

Aquellos que se congregan en las sinagogas de Satanás no presentan tanta aflicción emocional. Ellos sienten que sus emociones se sacian, tienen el ahínco de las voces que gritan aleluya, aunque sea a un dios que no pueda salvar. Pero al andar en la compañía de multitudes, les parece que andan en un camino recto, si bien su fin es camino de perdición. Semejantes personas aseguran que lo que importa es amar a Jesús y no separarnos por la doctrina.

El Señor Jesucristo enfatizó en que él vino a enseñar la doctrina de su Padre, mientras Juan escribió en una de sus cartas que aquella persona que no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Agregó Juan que todo aquel que dice bienvenido a alguna persona que no traiga tal doctrina participa de sus malas obras. En este punto conviene preguntarnos en qué consistió la doctrina de Jesucristo, dado lo importante del caso. Para dilucidar esa importancia conviene mirar a la persona y la obra de Jesucristo.

En lo referente a la persona del Hijo de Dios sabemos lo que la Escritura ha enseñado, que había de ser el Justo, el Cordero sin mancha (sin pecado), humilde y dispuesto a ir al matadero. Jesucristo debía ser despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto. Sería azotado y herido por Dios, al punto en que llevó nuestras enfermedades y sufrió por nuestros dolores. El castigo que nos trajo paz fue sobre él, sería igualmente el Siervo Justo que salvaría a muchos por su conocimiento. Estas descripciones provienen del libro de Isaías, capítulo 53.

En lo que refiere a su obra, Jesucristo tenía la misión de morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Su nombre sería Jesús, precisamente porque el significado de tal palabra es Jehová salva. Como parte de su trabajo, el Señor tuvo un ministerio en esta tierra para testificar con señales y prodigios que era el Mesías enviado por Jehová para cumplir la promesa hecha en el Génesis, en tanto la Simiente de la mujer. Su ejemplo fue dejado como una huella imborrable para su descendencia, no solamente en cuanto a mansedumbre y dominio propio, también en cuanto a la voluntad y disposición para orar, para comunicarse con el Padre Eterno, para interceder en favor de su pueblo. 

Parte de su trabajo en esta tierra consistió en demostrarnos que nuestra lucha era contra las huestes espirituales de maldad, contra el príncipe de este mundo. Nos dijo que el mundo nos odiaría porque no somos del mundo, porque si fuésemos del mundo seríamos amados ya que el mundo ama lo suyo. Luego vino la cruz, como la conclusión de la labor encomendada. Allí fue afligido por nuestros pecados, no habiendo cometido pecado fue hecho pecado por causa de cada uno de los elegidos del Padre. Claro, él lo dejó en transparencia en muchas de sus enseñanzas: que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere, que los que no vienen a él no lo hacen porque no forman parte de sus ovejas, que él había rogado por cada uno de nosotros y había agradecido al Padre porque nos había entregado a él (Juan 6, 10 y 17). Dijo, en una misma plegaria, la noche antes de su crucifixión, que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). 

Esa frase recogida por Juan en su evangelio sintetiza la obra encomendada, agradecer y rogar por los que el Padre le dio, rechazar por igual cualquier plegaria en favor del mundo. En este caso, el vocablo mundo tiene la acepción de todos los réprobos en cuanto a fe, de aquellos que fueron destinados a tropezar en la piedra que es Cristo, como lo afirma Pedro. El Señor también agradeció porque así le había placido al Padre, esconder las cosas del reino de los cielos de los sabios y entendidos para darlas a conocer a los niños. A los que no son nada en este mundo escogió Dios para deshacer a lo que es, por esa razón no hay muchos nobles entre nosotros. Vino Jesús a enseñar en parábolas para que no todos pudieran comprender sus enseñanzas, así algunas de ellas permanecen ocultas ante la mente del hombre natural. 

Quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación, como ésta que se hace acá, ya que al hombre natural no le es dado el entender las cosas de Dios, su mente sigue sin discernir los asuntos de lo alto. Sin embargo, Jehová cargó en Jesucristo el pecado de todo su pueblo, habiendo sido llevado como oveja al matadero, sin que abriera su boca para quejarse. Herido fue por la transgresión del pueblo de Dios, por lo cual verá linaje, muchos descendientes, todos los cuales son sus amigos, su pueblo, su real sacerdocio.

De allí que una de las frases más célebres que refieren a su obra es la que pronunció en la cruz, pocos momentos antes de expirar: Consumado es. Sí, su trabajo fue realizado en forma completa sin que se le pueda añadir ni un ápice de parte nuestra. El enemigo de las almas quiere sembrar confusión y ha inspirado mucha teología desde el pozo del abismo, sugiriendo que pese al trabajo de Jesucristo en la cruz muchos se pierden en el infierno. Para que eso no suceda hace falta que cada quien manifieste su libre voluntad de aceptar tal trabajo que le es dado en forma gratuita. Pero eso no es más que palabras desviadas de la Escritura, para perdición de los que así creen y proclaman.

Si el trabajo de Jesucristo fue completo, no hace falta ni siquiera nuestra disposición para recibir tal regalo. Ya el regalo implica nuestra disposición de corazón, ya que lo que opera antes es el nuevo nacimiento por voluntad de Dios, por medio del Espíritu Santo. Él quita nuestro viejo corazón de piedra y nos coloca uno de carne, dándonos por igual un espíritu nuevo para que amemos el andar en sus estatutos. A partir del nuevo nacimiento y gracias a esa regeneración recibimos la fe en sus promesas y reconocemos que por gracia fuimos salvados, por medio de la fe, y esto no es por obra nuestra sino que es un don de Dios (Efesios 2:8). 

Los que se pierden son todos aquellos que componen en conglomerado del mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a su sacrificio. Esos son los réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda, son los mismos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, los mismos que Jehová odió desde antes de ser concebidos, como lo hizo con Esaú, los mismos que Él ha querido endurecer desde siempre, los impíos con quienes está airado todos los días. Estos son los malos, hechos para el día malo, los vasos de deshonra creados para ser objetos de su ira por el pecado. Hay innumerables ejemplos de estos vasos en las Escrituras: Faraón de Egipto, Judas Iscariote, Caín, los que perecieron en el diluvio, las siete naciones que destruyó Jehová para que su pueblo de Israel entrara a tomar posesión de la tierra prometida, y un gran etcétera. Así que no conviene universalizar la expiación de Jesucristo como si él fuera un Dios distinto a Jehová, ya que son el mismo Dios en tres personas, en un mismo sentir tanto en el antiguo como en el nuevo pacto.

Isaías 53:8 dice así: Porque él fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la transgresión de mi pueblo fue herido. Y el verso 11 señala: A causa de la angustia de su alma, verá la luz y quedará satisfecho. Por su conocimiento mi siervo justo justificará a muchos, y cargará con los pecados de ellos.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:08
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