S?bado, 24 de octubre de 2020

Es indudable que cuando Adán cayó en el Edén su cualidad moral se vino al suelo, por hacerle caso a Lucifer, a la serpiente antigua que se llama diablo o Satanás. Adán se fue tras la mentira, seducido por esa maravilla de la palabra anfibológica, ambigua, de manera que las palabras dichas por Dios se pudieron interpretar de una manera distinta. La palabra que va de un lado a otro fue la presentada por Satanás a Eva, la que involucró al mismo tiempo al hombre llamado Adán. Seréis como dioses, vino a ser la expresión seductora que reflejaba el deseo de Lucifer desde hacía ya tiempo, al querer ser semejante al Altísimo. Es como si dijera, si yo no lo logré, a lo mejor ustedes pueden, muy a sabiendas de que los hombres eran inferiores en poder a los ángeles. 

Al abrirse los ojos humanos ante el conocimiento del bien y del mal, sobrevino la conciencia de su propia desnudez. Jehová buscaba al hombre que ya se había escondido, temeroso de mostrar su desnudez física, aunque antes deambulaba sin problema alguno junto a Eva, su mujer, con los cuerpos descubiertos. El pecado genera la raíz de inconformidad al separarnos del Dios que es santo. A partir de entonces el hombre fue tratado de otra manera, vino una maldición sobre la tierra y sobre sí mismo. El llamado protoevangelio se manifiesta desde las primeras páginas del Génesis, cuando Jehová sacrifica algunos animales para tomar sus pieles y cubrir la desnudez humana. Jehová quiso cubrir para siempre la desnudez en un pueblo que ya tenía preparado desde la eternidad, si bien muchos hoy día proclaman que Jehová tiene que ocuparse de la desnudez humana en cada uno de los habitantes del planeta. Pero desde antes de la fundación del mundo estuvo el Cordero de Dios preparado para ser manifestado en la era apostólica, en beneficio de cada uno de los que componen su pueblo. 

Lo que dice 1 Pedro 1:20, al referirnos al Cordero, implica que Jehová tenía el plan de la caída del hombre para darle la gloria a su Hijo como Redentor de su pueblo. El pecado no fue un accidente, en un Dios que todo lo ordena conforme a los designios de su voluntad. Él afirma a través de sus profetas que crea el bien y crea el mal, que da vida y da muerte, que incluso ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). 

En el libro de Deuteronomio, en el capítulo 8, vemos cómo Moises despide a Israel para que entre en la tierra prometida. Les recuerda lo sucedido en el periplo por el desierto durante los cuarenta años de camino, su desobediencia y castigo, su propia intercesión ante Jehová para que no los destruyese. En el capítulo 7, Moisés nombra a las siete naciones que han de ser echadas fuera de la tierra prometida, que eran mayores y más poderosas que Israel. Ellos debían enfrentarlas y destruirlas, sin alianza alguna con ellas, sin siquiera tener misericordia de aquellos. 

Ese es Jehová, el mismo Dios del Nuevo Testamento, el mismo Jesucristo que vendrá con su Iglesia, de acuerdo al libro del Apocalipsis, a dar batalla contra los que en la tierra todavía sostienen su odio al Cordero de Dios. No hay dos Dioses, uno violento y otro más amable, es el mismo Dios en tres personas con el mismo carácter, porque no podemos dudar que Jesucristo fue también el autor de la creación, como nos lo dice el evangelio de Juan: En el principio era el Verbo y el Verbo era Dios, por medio de él fueron creadas todas las cosas. 

Al movernos hacia Deuteronomio 9, si leemos el verso 4, miraremos algo muy importante respecto a la justicia humana. No pienses en tu corazón, cuando Jehová tu Dios los haya echado de delante de ti diciendo: Por mi justicia me ha traído Jehová a poseer esta tierra, pues por la impiedad de estas naciones Jehová las arroja de delante de ti. En el verso 5 Moisés insiste: No por tu justicia, ni por la rectitud de tu corazón entras a poseer la tierra de ellos. Y en el verso 6 vuelve a decir: Por tanto, sabe que no es por tu justicia que Jehová tu Dios te da esta buena tierra para tomarla; porque pueblo duro de cerviz eres tú. 

En resumidas cuentas, el pueblo que Dios escogió fue lo más vil de la tierra, no muchos nobles hay entre nosotros, es la gente despreciada por el mismo mundo, gente que no es para deshacer lo que es. Así ha querido Dios mostrar su amor para con Jacob y para con todos aquellos que están representados en esa elección. Quiso Dios elegir lo que no sirve, no por nuestra justicia, no por nuestras obras, no para que nos vayamos a gloriar en algún momento diciendo que fuimos mejores que aquellos que se perdieron para siempre. No hay tal criterio avalado por las Escrituras. Por esta razón, los que leen en el Antiguo Testamento se dan cuenta de que Jehová escogió a un solo pueblo, al de Israel, llamándolo pueblo de dura cerviz, y que aún dentro de ellos no todos fueron llamados para la elección a vida eterna. Asimismo, en el Nuevo Testamento Pablo dice no todo Israel fue llamado sino que en Isaac sería llamada descendencia, la cual es Cristo. Hoy día, dentro del grupo de los gentiles, los que no somos israelitas por tradición o por sangre, Dios también ha llamado a su iglesia. No podemos intentar validar un argumento generalizado, ad populum, queriendo decir que Dios tiene que tener misericordia de cada una de las personas, que Dios mandó a su Hijo a morir por cada uno de los habitantes del planeta tierra. Eso no es lo que dice la Escritura, la que más bien anuncia que Jesucristo vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Y Jesucristo, la noche antes de morir, afirmó categóricamente que no rogaba por el mundo. Así como Moisés intercedió por Israel sin rogar por las siete naciones a quienes Dios arrasaría con su pueblo, el Señor Jesucristo rogó solamente por los elegidos del Padre, por los que le había dado y por los que le daría por la palabra de los primeros creyentes (Juan 17). 

El Señor agregó dentro de su doctrina que ninguna persona podía venir a él si el Padre no lo trajere. Por lo antes dicho, tengamos mucho cuidado con lo que se afirma: que hay dos Dioses en las Escrituras, que son opuestos, o que el método de hoy tiene que ser distinto al del Antiguo Pacto. Sigue siendo el mismo Dios, con un mismo criterio, de manera que todos los que hemos sido redimidos, lo hemos sido por gracia y no por obras, así sean los del Antiguo Testamento como los del Nuevo Testamento. De esa forma opera la justicia de Dios, que es Cristo, nuestra Pascua. Dios, por un decreto jurídico de Sí mismo, nos santificó, nos declaró justificados. Justificados, pues, por medio de la fe, tenemos paz para con Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:31
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