Jueves, 15 de octubre de 2020

Conocidas son a Dios todas sus obras desde el principio del mundo (Hechos 15:18). No existe cosa creada que no sea manifiesta en su presencia. Más bien, todas están desnudas y expuestas ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta (Hebreos 4:13). ¿Y si el corazón del rey está en las manos de Jehová, para inclinarlo a todo lo que Él quiere, cuánto más no estará el corazón de todos sus súbditos? Nada escapa a su arbitrio, ni una sola de sus criaturas es independiente del Creador, todos los seres humanos debemos dar un juicio de rendición de cuentas. En ello descansa su soberanía absoluta, en que su trabajo como alfarero hace que los vasos de barro creados para honra o destrucción seamos responsables de nuestras acciones.

El Faraón de Egipto fue un vaso de ira preparado para ser exhibido en toda la tierra, de manera que la gloria de Jehová fuese notoria por su ira contra el pecado. Pero la Escritura muestra cómo Jehová le dijo a Moisés todo lo que haría, haciendo que el mandatario egipcio se endureciera para no dejar salir a su pueblo todavía. De esa manera enviaría sus diez plagas, incluyendo la última donde también predeciría el símbolo de la Pascua. Esa última plaga contendría como previsión para su pueblo el anuncio del Mesías que vendría a redimir a su pueblo de sus pecados.

Ese Dios se presenta como una maravilla, ya que en el castigo a nuestros enemigos anuncia por igual su ministerio de salvación para su pueblo amado. El Dios que formó el ojo también ve (Salmo 94:9), así que no temamos los que llevamos el nombre de hijos, porque no nos dejará Jehová olvidados en manos de los enemigos. Al contrario, ha dicho que nos preservaría en las manos del Hijo y en las suyas propias, dándonos la garantía de la redención final con su Espíritu en nosotros.

Todos aquellos que hemos sido predestinados desde antes de la fundación del mundo, para salvación y para la gloria de la herencia de Jesucristo, hemos sido descritos como más que vencedores. Nadie nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, recibiremos todo aquello que hayamos pedido conforme a su voluntad, porque siempre nos oye en nuestras oraciones. Nada falta a los que le temen, no hay nada que sea difícil para Él. Por otro lado, a los que amamos a Dios todas las cosas nos ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito hemos sido llamados.

El creyente se define como alguien que fue justificado gratuitamente por su gracia, por medio de la sangre del Hijo, sin que tenga ya actas contrarias que lo acusen. El Acusador de los hermanos siempre se encontrará con el abogado defensor, y el Juez que es Justo y Salvador no se acuerda ya de nuestras transgresiones. Los que se guían por la teología de la redención por obras tendrán que responder de acuerdo a la ley, llegando a ser malditos por romperla en algún punto. Ninguna persona ha podido cumplir toda la ley, solamente el Hijo de Dios hecho hombre. Jesucristo llegó a ser considerado y declarado justo, pero, además, fue considerado la justicia de Dios. Llegó a ser el rasero por el cual se nos mira a los hijos como seres justificados ante Dios, habiéndosenos dado salvación por su gracia.

Las puertas del infierno no prevalecen contra los que formamos parte de la iglesia de Jesucristo (Mateo 16:18). Por otro lado, se ha escrito que Dios suple todas nuestras necesidades (Mateo 6:33). No toquéis, dijo, a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas (Salmo 105:15). Tenemos la garantía de que somos vistos como la niña de sus ojos, de alguien muy preciado ante la mirada de Dios. Si Jesucristo fue entregado como Cordero para el matadero por causa de su pueblo, ¿cómo no nos dará el Señor, junto con Él, también todas las cosas?

Los inicuos o los hombres malos están exceptuados de este gran amor y cuidado del Padre, pero no quedan sin el gobierno del dominio del Altísimo. Ellos han sido creados para el día malo (Proverbios 16:4) e irán a su lugar final (Hechos 1:25). Pedro dijo que esta gente ha sido ordenada para tropezar en la Roca que es Cristo, destinados para tal fin, de manera que no nos sorprende su terquedad en la desobediencia del Evangelio. El impío se sostiene en su vanagloria, sin sentir congojas como los demás mortales; ellos se entregan al pecado sin ningún remordimiento por su desobediencia. Cuando muestran un poco de atrición por sus pecados lo hacen por normas religiosas aprendidas, por temor a ser ajusticiados por la justicia humana, pero nunca porque el Espíritu de Dios se contriste en ellos. No pueden porque no tienen tal Espíritu de Cristo, por lo tanto, no son de Cristo.

Dios ha soportado a los inicuos con mucha paciencia, rigiéndolos con su providencia. A unos da más bienes que a otros, pero a todos demandará su mala obra en el día final. Cuando el impío se enaltece le viene la caída, aunque nosotros desearíamos que fuese de inmediato. A veces ocurre de esa manera, para incremento de nuestra fe, para que veamos por contraste el gran amor que nos ha dado el Padre. Pero siempre tienen un fin común: El Señor los ha puesto en desfiladeros y despreciará su apariencia, serán asolados de repente (Salmo 73). La Escritura encomienda a los hijos de Dios a que no nos impacientemos por causa de los malignos, nos dice que no tengamos envidia de los que hacen iniquidad. Ellos serán cortados como la hierba, como la hierba verde se secarán.

Aunque el impío sostenga que sus caminos son rectos, en su propia opinión, Jehová pesa sus corazones. Hay millares de personas que dicen adorar a Jesús en sus asambleas, poco les importa que sean espurias, que vayan contra la doctrina de la Escritura. Su dios aparenta hacerles uno que otro favor, mientras sus mentes interpretan como bueno lo que por naturaleza es malo. Al final de los días serán despreciados y apartados para el lago de fuego (el mismo lago que ahora niegan porque dicen que Dios es amor). El Señor se reirá de ellos porque ve que viene su día, cuando les dirá: Apartaos de mí, malditos, NUNCA OS CONOCÍ. Ese conocimiento negado por el Señor se refiere a su grado de intimidad, como cuando Adán conoció de nuevo a Eva su mujer y tuvieron otro hijo.

Adorar a un Jesús carente de doctrina no conduce sino a la adoración de un ídolo, viene a ser como prestar servicio a los demonios. Un ídolo es también una imagen mental de un dios que no puede salvar, aunque lo asemejen al Dios de las Escrituras, dándole su nombre, leyendo de memoria sus Escrituras, rindiéndole una adoración que equivale al fuego extraño. El Jesús carente de la doctrina del Padre, la cual Jesucristo vino a enseñar, no puede redimir a una sola persona. Isaías fue tajante cuando aseguró que el Siervo Justo salvaría a muchos por su conocimiento. No por nombrar a Jesús éste va a redimir a una persona, sino que hay que conocer a quién se invoca (en palabras de Pablo).

Él nos escoge desde la eternidad, nos hace el llamamiento eficaz cuando el Espíritu nos hace nacer de nuevo, y siempre ocurre a través del mensaje del verdadero evangelio. No hay algo así como ir al cielo sin necesidad de Jesucristo, por el hecho de haber sido escogido por el Padre. O creer en Jesucristo por haber sido escogido por el Padre sin que se haya producido el nacimiento de lo alto por parte del Espíritu. En términos simples, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en tanto Dios en tres personas, hace cada uno el trabajo respectivo. El creyente oye el evangelio que se le anuncia, nace de nuevo por la obra del Espíritu, le es dada la fe como recurso en el nuevo nacimiento y puede arrepentirse para perdón de pecados.

Tampoco apoya la Escritura el hecho de pretender ser salvos por Jesucristo y permanecer en un estado de desobediencia a la ley de Dios, resumida por Jesucristo. Si me amáis, dice el Señor, guardad también mis mandamientos. La Omnisciencia Eterna supone que el Padre sabe de antemano todo lo que ha ordenado que acontezca, así que tenemos una gran ilusión para seguir adelante. El Dios Todopoderoso no nos envía sin su providencia a ninguna parte, Él va delante rompiendo cerraduras y puertas de hierro y de bronce, como sus ovejas seguimos su voz y huimos de la voz de los extraños. La obediencia al evangelio no es otra que creerlo, conociendo la doctrina de Jesucristo. Esa doctrina debemos de creerla para poder habitar en ella, de tal forma que tengamos al Padre y al Hijo. Esa también es la prueba de que tenemos el Espíritu de Cristo.

La Omnisciencia Eterna nos garantiza su asistencia en nuestras necesidades, al saber que no solamente nos provee, sino que también nos añade bendición. La riqueza que envía el Señor no añade tristeza, dice la Escritura. El Señor ha prometido respuesta a nuestras peticiones, para satisfacer nuestras almas y nuestros corazones, para que aumentemos nuestra confianza en el que da siempre en abundancia. Sí, el Señor está presto a responder, a escucharnos lo que ya sabe de antemano que le vamos a decir; esto debería motivarnos a estar prestos a pedir, a clamar desde lo profundo del alma, sin temor a cómo lo digamos porque el Señor ya conoce nuestras necesidades. La Omnisciencia Eterna del Señor nos garantiza todas las cosas.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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