Martes, 13 de octubre de 2020

Hermoso andar todos en armonía, allí envía Dios bendición y vida eterna. Nos une Jesucristo, pero no un Jesús vacío de doctrina. El Señor vino a predicar la doctrina del Padre, así que conviene conocer lo que enseñó. Isaías dijo que por su conocimiento el Siervo Justo salvaría a muchos, conviene, pues, conocer lo que enseñó en su palabra. Es cierto que, en cuanto a su persona, el Mesías fue el Cordero sin mancha (sin pecado) preparado por el Padre desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:19-20), cuya obra ministerial fue conocida entre su gente, validada por una cantidad espectacular de milagros y señales.

En relación a su trabajo, también se ha conocido que vino a poner su vida por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). En la cruz, Jesucristo entregó su vida a su Padre, dando una palabra al final de todo lo que hizo, la cual resume su obra: Tetélestai, que significa Consumado es. Resucitó al tercer día, dando testimonio a unas personas que se maravillaron de ese gran milagro del cielo, porque él había dicho que ponía su vida de su propia voluntad, y que tenía poder para volverla a tomar. Luego ascendió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre, esperando colocar a todos sus enemigos bajo sus pies. En su debido momento, volverá por su iglesia, sus amigos, sus hermanos, sus ovejas.

En relación a su persona, en el siglo III se desató una herejía muy sonada, la de Arrio. El arrianismo, como se conoce su doctrina, aseguraba que Jesucristo no era consubstancial con el Padre. En otros términos, aseguraba Arrio que Jesús no era eterno, sino que en un punto del tiempo había sido creado. Eso echaba por tierra todo lo que el mismo Señor había enseñado respecto a su persona, que él y el Padre eran uno, que antes que Abraham fuese él era. De igual manera, Arrio negaba con sus palabras lo que Juan había escrito inspirado bajo el Espíritu Santo: que en el principio era el Verbo, y que el Verbo era Dios, que todas las cosas fueron creadas por medio de él.

Esa herejía arriana fue superada por sus opositores de entonces, condenada por el Concilio de Nicea, en el año 325. En el siglo V aparece otro hereje, Pelagio, un monje inglés que sostenía que Jesucristo era apenas un ejemplo de moral. Para Pelagio, el pecado de Adán no pasó de generación en generación, así que el hombre era libre plenamente para decidir su vida y su destino eterno. Esa herejía fue condenada y Agustín de Hipona lo confrontó, a tal punto que Pelagio tuvo que ser enviado al exilio y su doctrina declarada herética. Sin embargo, pasados unos años, volvió arrepentido de haber dicho que Jesucristo era apenas un ejemplo, reconociendo que su sacrificio fue necesario, pero insistía en que el hombre seguía siendo libre a pesar de su pecado. Desde ese entonces la iglesia oficial admitió el libre albedrío como una doctrina válida.

Vemos que de los dos errores de Pelagio la Iglesia absorbió uno de ellos, hasta nuestros días. Claro está, esa herejía fue combatida en la Reforma Protestante, pero la Contrarreforma tuvo una arremetida con el Concilio de Trento y declaró anatema a toda aquella persona que niegue que la gracia necesita de nuestra cooperación para la redención final. El peón de Roma fue Arminio, enviado por los jesuitas con su tesis de la depravación parcial y no total, de una elección condicionada en lo que Dios vio a través del tiempo, en los corazones humanos, con creencia en una expiación ilimitada, extensiva por igual a toda la humanidad, sin excepción. Asimismo, Arminio enseñaba que la gracia o llamamiento eficaz del Espíritu era resistible por la voluntad humana, a tal nivel que podía incluso perder la salvación la persona que no continuara con sus méritos propios insistiendo en creer.

Lamentablemente, esta doctrina arminiana es la imperante en la gran cantidad de iglesias protestantes de hoy en día. La doctrina católica romana sostiene semejante tesis y la ha propagado sutil y abiertamente, hasta alcanzar arropar a la llamada cristiandad en el planeta desde hace siglos. No por ello deja de ser herejía este ataque a la obra de Jesucristo. Si en la época de Arrio y de Pelagio se atacaba a la persona de Jesucristo, diciendo que no era eterno o que no era necesaria su expiación, ahora el ataque se ha volcado hacia su trabajo. Al parecer, las palabras en la cruz sobre su trabajo (Consumado es) son una mentira, un fracaso, ya que multitudes se pierden en el infierno de fuego.

¿Cómo puede una persona cuyos pecados han sido perdonados en la cruz del Calvario, sufrir pena eterna por esos pecados ya perdonados? ¿Qué pasa con los que han muerto y con los que seguirán muriendo sin haber conocido de esa gran noticia, que Jesucristo perdonó sus pecados? La doctrina del libre albedrío no es más que una leyenda religiosa, una noticia falsa de Roma, asumida por sus hijas, las pequeñas rameras. Por esa razón, el Señor, en el libro del Apocalipsis, exclamó diciendo: Salid de ella, pueblo mío, (de Babilonia, la madre de todas las abominaciones de la tierra). La doctrina de Arminio, heredada de Luis de Molina, el jesuita que escribió sobre la gracia preventiva, es la misma doctrina de Roma. No olvidemos que los jesuitas son una creación al servicio del papado, son la llamada Compañía de Jesús, ordenada para combatir a todos aquellos que se opongan al reinado de la Iglesia romana.

La mente natural es proclive a un humanismo teológico, a un dios que se hace a su medida. El Dios soberano de las Escrituras es demasiado impactante para la mente natural, así que sus palabras son duras de oír. Escuchar que la Biblia diga que Dios amó a Jacob, pero odió a Esaú, aún antes de haber sido concebido, sin mirar siquiera en sus buenas o malas obras, es una palabra que deja perplejo al corazón del hombre caído. Escuchar las palabras de Jesucristo, cuando dijo que nadie podía venir a él, si el Padre que lo envió no lo trajere, también resulta duro de oír. Jesús también afirmó que el que viene a él no lo echa fuera, sino que lo resucitará en el día postrero. Es decir, el que viene lo hace porque el Padre lo ha enviado, pero el que no viene no lo ha enviado el Padre.

Por supuesto, esas palabras son torcidas por el falso evangelio de Arminio y sus seguidores, al sostener que los que el Padre envía son los mismos que Él vio que lo iban a aceptar. Como si un muerto en delitos y pecados no necesitase de la regeneración del Espíritu, la que no es por voluntad humana, ni de carne ni de varón. Jesucristo enfatizó el objeto de su ministerio, su pueblo entregado por el Padre. De hecho, la noche antes de su expiación no rogó por el mundo que no vino a salvar, sino solamente por los que el Padre le había dado y le daría más tarde.

En el Antiguo Testamento Dios no escogió sino al pueblo de Israel para darle su palabra escrita. Con todo, no todo Israel fue salvo, sino los escogidos en Isaac o en su semilla que es Cristo. Entonces, en el Nuevo Pacto todo continúa igual porque se trata del mismo Dios, solamente que en esta oportunidad se incluyeron los gentiles mientras los judíos fueron endurecidos por Dios. Pero la Biblia sigue diciendo enfáticamente que Dios escogió a unos para vida eterna y a otros para muerte eterna. Podrían mirar Apocalipsis 13:8; 17:8 y 17, para que se dieran cuenta de los impíos que Dios escogió para adorar a la bestia. Esas personas no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida, desde la fundación del mundo.

Jesucristo dijo también que nos alegráramos no por los milagros que podrían suceder sino por el hecho de que nuestros nombres estén escritos en los cielos (en el libro de la vida). Seguimos predicando el evangelio verdadero porque ese ha sido el mecanismo dejado por Dios para alcanzar a todas sus ovejas. El Dios que predestina el fin hace lo mismo con los medios, así que no nos avergonzamos de este evangelio, ya que es el poder de Dios para salvar tanto a judíos como a gentiles. Estar reunidos todos en Cristo, nuestro Redentor, es una bendición eterna.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:22
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