Lunes, 12 de octubre de 2020

La ley vino a ser un mayordomo, un Ayo, en el sentido griego, alguien que nos condujo para instruirnos acerca de la necesidad de un Redentor. La ley en sí misma tiene un rasero imposible para cualquier humano pecador. Ella nos predica que Dios es severo, fuego consumidor, que no dará por inocente al culpable, que todos nos hemos apartado del camino del Creador, que ninguno quiere buscar su camino. Claro está, muchos salen al paso para decir que ellos sí que desean a Dios, pero en realidad no aman al Dios de las Escrituras. La humanidad caída solo tiene capacidad para desear un dios hecho a su medida.

Jesucristo, Dios hecho hombre, cumplió con todos los requisitos exigidos por la Ley de Dios. Era necesario un Cordero sin mancha (sin falta alguna) para poder ofrecerse como justicia ante la demanda judicial del Eterno. La ley nos había enseñado acerca del pecado, empero ahora la justicia de Dios nos da la indulgencia. Por esa razón Jesucristo no podía eliminar la ley sino cumplirla. Esa ley sigue estando vigente, no en su formalidad en cuanto a las celebraciones de los días, los meses y los años, sino en cuanto a que la voluntad de la justicia divina sigue exigiendo a la criatura su sometimiento. Solamente que aquellos que fuimos exculpados por la obra de Jesucristo en el Calvario ahora gozamos del perdón absoluto de nuestras faltas.

No que Dios se haya olvidado de reprender a su pueblo, ya que Dios castiga al que ama y azota a todo aquel a quien tiene por hijo. Pero ya no está sobre nosotros aquella espada que pendía sobre nuestra cabeza, ya que el Cordero de Dios quitó el pecado de cada uno de los que conformamos su mundo, su universo, su iglesia, el conglomerado de sus amigos. Los que no son colocados bajo la justicia que es Cristo, sino que intentan colocar la suya propia, siguen bajo la maldición de la ley.

¿A quién le fue hecha la promesa de Dios? A Abraham y a su simiente, la cual es Cristo. Esa promesa fue hecha 430 años antes de venir la ley de Moisés por parte de Jehová, así que la ley no anuló la promesa, más bien la hizo desear en forma especial por aquellos que le creyeron a Dios. La ley vino para mostrar nuestro pecado y para castigarlo, para enseñar al pueblo de Dios que el Creador es justo, pero, como ya dijimos, la promesa de la Simiente nos protegió del castigo y maldición de esa ley. Aquellos que hemos llegado a creer lo hemos hecho por la gracia que Dios ha dado a sus escogidos, ya que Jesucristo es el autor de la fe.

Dado que la fe es un regalo de Dios, y la fe no es de todos, ella viene a ser el mecanismo por el cual Dios se alegra y nos prodiga el favor de poder acercarnos ante su Trono de Gracia. Sin fe es imposible agradar a Dios, dice la Escritura, por esa fe entendemos que aquel Ayo ya no nos domina bajo su régimen severo, ya que hemos llegado a ser hijos de Dios en Jesucristo (Gálatas 3:16-26).

El Señor dijo que excepto que una persona nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios. Así que después del nuevo nacimiento hemos comprendido que la vieja criatura que éramos fue crucificada con Cristo, como un mecanismo para que el cuerpo del pecado fuese destruido (Romanos 6:6). Por esa razón también ha sido escrito que somos una nueva criatura, habiendo pasado todas aquellas cosas viejas para que todas sean hechas nuevas (2 Corintios 5:17). Nadie nos puede condenar porque Jesucristo resucitó y está a la diestra del Padre e intercede por nosotros. Cada día sigue intercediendo, dándonos ejemplo de lo que debe ser nuestra tarea en esta tierra.

Bien, el que hayamos sido predestinados para la gloria del amor divino no elimina nuestra responsabilidad, ni nuestro sentido común. Al rey Ezequías le fueron añadidos unos años de vida, pero jamás pensaría dejar de respirar por el solo hecho de que la voluntad de su Creador era vivir quince años más. El que predestinó el fin hizo lo mismo con los medios. La predestinación no elimina nuestra responsabilidad ante el evangelio de Cristo, nuestra salvación llegó a nosotros a través del anuncio del verdadero evangelio del Señor. Cada quien es responsable ante Dios, sencillamente porque somos criaturas dependientes. Poco importa que el impío jamás deje su camino, de igual forma tendrá pendiente un juicio de rendición de cuentas.

No deja de maravillarnos el gran amor del Padre, al llamarnos la niña de sus ojos, sus hijos, coherederos con Cristo. Habiéndonos adoptado como hijos, nos dio herencia juntamente con Cristo, sin que la ley nos ejecutara por nuestro expediente execrable. Más bien la Escritura nos ha dado la grata noticia acerca del acta que nos era contraria, diciéndonos que fue clavada en la cruz donde murió Jesucristo. La razón de ello radica en que el Señor vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), no por los pecados del mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). Entonces, ¿quién nos podrá acusar y condenar? Somos más que vencedores, teniendo por igual la certeza de que nadie nos podrá separar del amor de Dios, de que todas las cosas operan para bien de los que hemos sido llamados de acuerdo al propósito benévolo de Dios.

El Redentor ante la Ley nos ha redimido, así que nos ha preparado cosas que ojos no vio, ni oídos oyó, asuntos que ni siquiera han entrado en el corazón humano. Esa es una esperanza dictada por el Espíritu Santo a Pablo, cuando escribía la Carta a los Corintios (1 Corintios 2:9). Los que un día estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, hemos llegado a creer por medio de la fe del Hijo de Dios, una fe que también fue su regalo (Efesios 2:8). Sabemos que no es de todos la fe, pero predicamos la palabra de Cristo para que ella alcance su propósito para la que ha sido enviada. En algunos producirá el renuevo, mientras en otros operará mayor condenación.

Dios sigue siendo fuego consumidor, Él no es solamente amor, también odia. A Esaú odió aún antes de hacer bien o mal, antes de ser concebido, lo mismo hizo con Judas Iscariote, con Faraón de Egipto, lo mismo ha hecho y hará con cada uno de los réprobos en cuanto a fe, preparados para destrucción y juicio eterno. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido contra su voluntad? La respuesta no se tardó en la Escritura, la que dice de inmediato: ¿Y tú quién eres para que alterques con tu Creador? ¿Podrá la olla de barro decirle a su alfarero por qué me has hecho de esta manera? ¿No tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa vasos de misericordia y vasos de destrucción?

Ah, terrible sigue siendo el Dios de las Escrituras, un Dios que los enemigos del evangelio han desdibujado, para hacerlo aparecer más aceptable ante las masas humanas. Pero es gracias a ese Dios que puede haber redención ante su propia ley, de lo contrario nadie sería salvo. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, horrible tortura es contender contra el Hacedor.  ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? Caigamos ahora postrados ante este Dios majestuoso, por si todavía tiene misericordia del polvo y se acuerda de nosotros.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 16:51
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