Lunes, 12 de octubre de 2020

Cada creyente que en realidad haya nacido de lo alto, encontrará el flagelo del pecado en sus miembros. Así lo aseguró Pablo en su Carta a los Romanos, capítulo de 7, sin que ello obste a nuestra lucha de matar la carne que nos domina. Hay una lucha interna en cada llamado por Dios con llamamiento eficaz, no nos abandonará esa batalla hasta el último día de nuestra vida. El que hayamos sido predestinados para salvación no evita nuestra responsabilidad y esfuerzo constante para luchar contra el pecado en nosotros. Hemos sido santificados por el Espíritu, pero por igual tenemos la tarea de separarnos del mundo día a día, de tal forma que no nos domine el deseo de los ojos, la vanagloria de la vida ni la seducción de Satanás.

La fornicación representa un pecado muy fuerte, una daga que nos penetra el cuerpo. Cualquier otro pecado, dice la Escritura, se hace contra Dios y contra los hombres, pero el pecado sexual se hace, además, contra nuestro propio cuerpo. Eso es algo que no debe pasarse como asunto fácil, más bien la palabra divina nos hace ver que somos heridos cada vez que actuamos de tal manera. La razón, al menos una de las principales razones, por la cual se nos advierte de tal daño, descansa en el hecho de que el cuerpo es el templo del Dios viviente. El Espíritu habita en nosotros y nos anhela celosamente, su tristeza se torna la nuestra, la conciencia de pecado se engrandece, pero haciendo caso omiso de tales síntomas seguimos adelante seducidos por la carne. La consecuencia segura viene a ser la depresión, la angustia, el disimulo del pecado, con todos los males sintomáticos que aquello supone. Tal vez llamemos a esa actividad relaciones eventuales, relaciones afectivas o de amor. Pero el daño en nuestro cuerpo, alma y espíritu, continuará como flagelo, hasta que el creyente ore y pida por liberación. A veces no basta con suplicar al Señor para que nos saque de tal práctica inmoral, se hace necesario pedir con propiedad. Esto implica estar dispuestos a sacrificar la otra parte que se ha hecho una sola carne con la nuestra. Lo que se supone decir acá es que hemos de estar dispuestos a cortar la relación enfermiza. Cuando clamamos de esta manera viene la liberación del Espíritu, el cual comprende que es una petición conforme a la voluntad del Padre Celestial.

Ocurrida la liberación no hemos de dedicarnos a denigrar de la otra persona como si fuese la causa de nuestra caída, ya que nuestra propia concupiscencia también conspiró para ser atraídos y seducidos hacia el pecado. Pero sí que llega el momento en que tenemos que estar distantes de la tentación, hasta que Dios nos muestre que desea tal unión con la pareja que también ha mancillado su cuerpo. De no ser de esa manera, entenderemos que la voluntad del Señor es la separación completa, sin que necesariamente haya rencor.

El tiempo de sanidad se presenta en forma variada, dependiendo del daño de cada quien y de la rapidez de recuperación emocional. Recordemos que, si hemos llegado a ser una sola carne, la separación duele, como si tuviésemos que rasgar dos almas fundidas. La oración se convierte en el bálsamo reparador de las heridas del alma, la palabra divina da el consuelo con sus promesas. Pero nuestro deseo de aborrecer tal perturbación al templo de Dios viene a ser bien visto por el Señor que habita en el templo. De esta manera existe la garantía de la reparación para el alma, o para las almas que han deseado y optado por el arrepentimiento.

En ocasiones, el Señor hace las reparaciones concernientes a cada uno, para después unir en santidad a quienes él sabe que se aman en Cristo. De no ser así, porque a veces ambos seres no son creyentes en el mismo Dios, la separación definitiva ocurre. No podemos unir a Cristo con Belial, la luz con las tinieblas, la amistad con Dios con la amistad para con el mundo. Bienaventurada aquella persona cuya iniquidad ha sido perdonada y cubiertos sus pescados. El odio no tiene cabida en el corazón del creyente, ni la prepotencia, ni mucho menos la mala intención junto al deseo de ver sufrir al otro. Esa malignidad viene a ser repudiada por el Dios de amor, el que también tiene odio que dar, fuego para consumir. Fácil es para el creyente reconocer su pecado delante de Jesucristo, el cual tiene la voluntad y la capacidad de perdonar. Él sanará las heridas del flagelo de la carne, pero reprenderá el odio del que nos quiere hacer daño. La mala intención de la parte que toma a la ligera la separación de la unión afectiva, bajo la pretensión de que oye la voz de gente extraña y con un evangelio extraño, será vengada sin lugar a dudas.

El Señor ama a sus hijos, los azota para corregirlos, pero al malo ha dicho ¿qué tienes tú que tomar mi palabra en tu boca? Esa gente que dice adorar a Dios a través de canciones a un Jesús genérico, tapa amarilla, carente de doctrina, no adora al Jesús de las Escrituras. Este Jesús de la Biblia vino a enseñar la doctrina de su Padre, dejándonos un cuerpo de enseñanzas en el cual es necesario y obligatorio habitar. El que no habita en la doctrina de Cristo, no tiene al Padre ni al Hijo, afirma Juan en una de sus cartas. El que le dice bienvenido seas, al que no traiga la doctrina de Cristo, participa de sus plagas, de sus malas obras. Por eso Pablo también escribió: Examinaos a vosotros mismos, para ver si estáis en la verdad. Maravilloso resulta poder afirmar junto con la Biblia: Yo sé en quién he creído.

Ese Jesús de las Escritura nos enseñó que nadie puede nacer de lo alto si no le fuere dado del Padre, ya que ese nacimiento no ocurre por voluntad humana, de carne o de varón, sino de Dios. También nos dijo que nadie podía venir a él, a no ser que el Padre que lo envió lo trajere, ya que serán todos enseñados por Dios, para que luego vengan a él. Esos todos no son cada uno de los habitantes del planeta tierra, sino todo su pueblo por el cual vino a morir. No rogó Jesús por el mundo, lo hizo solamente por su pueblo, por los que el Padre le dio. Ese Jesús salvará a muchos por su conocimiento, es decir, hay que conocer sus enseñanzas para poder comprender el tamaño de su redención.

Jesucristo es también su palabra, el Logos eterno, quien también afirmó, en la inspiración que el Espíritu hizo a los santos hombres de Dios, que había amado a Jacob, pero odiado a Esaú, aún antes de que hubieran sido concebidos, aún antes de hacer alguna obra buena o mala. Esa aseveración hizo que se levantaran objetores diciendo que Dios es injusto, ya que condena a alguien a quien previamente ha destinado para castigo eterno. En otras palabras, ¿cómo puede Dios hacer culpable a Esaú si fue creado para desobediencia? Esta es la razón por la que muchos no soportan la palabra de la soberanía absoluta de Dios, mientras se retiran con la murmuración de que esa palabra es dura de oír.

Resulta indudable que el evangelio que abarca todo el consejo de Dios ha venido a ser la doctrina de Cristo. Si alguno no habita en esa doctrina, pero aún se llama creyente adorador de Jesús, no tiene ni al Padre ni al Hijo. ¿Cómo podría tampoco tener al Espíritu? Estos siguen el falso evangelio, a los falsos maestros, a aquellos que afirman tener dones de santidad, de hablar en lenguas, de predecir el futuro. Estos son los que persuaden a las mujeres cargadas de pecados para que les sirvan, prometiéndoles bendición donde hay maldición. De esta manera tienen como ganancia ciertos frutos de la carne que se simulan frutos espirituales, pero son en realidad de la espiritualidad de las tinieblas. Recuerden que aún los ministros de Satanás se disfrazan como ministros de luz.

Si usted es de las personas que dice haber creído desde su niñez o juventud, pero proviene de un culto que no expone la verdadera doctrina de Jesucristo, usted está siguiendo al extraño. Si de una llamada iglesia ha pasado a otra donde se pregona la enseñanza ajena a la palabra de Dios, sepa que en la anterior tampoco había nacido de nuevo. El categórico Jesucristo nos dijo, en una de sus enseñanzas, que sus ovejas lo siguen y no siguen al extraño, porque no reconocen su voz (Juan 10:1-5). A pesar de su militancia en muchas iglesias (pseudo iglesias), o en la verdadera iglesia, si usted no ha nacido de nuevo, seguirá extraviado hasta el día de perdición final.

La importancia de habitar en la doctrina de Cristo nos permite valorar sus enseñanzas, amarlas, querer compartirlas. A veces, uno se vuelve un poco áspero al predicar la verdad, pero la razón fundamental yace en el hecho de que si no tuviésemos amor por el perdido no hablaríamos la verdad. En ese caso, el tratar de maquillar la verdad para que aparezca más suave y seamos más aceptados, implicaría decir paz cuando no la hay, equivaldría llamar dulce a lo amargo y amargo a lo dulce. Esa es la función del falso maestro, del falso profeta, del engañador, de los falsos hermanos que ministran su alma para el príncipe de las tinieblas. Esa es la tarea de los que se dicen ser cristianos y no lo son, de los que no estiman su alma porque las suyas propias están perdidas, como cascarones vacíos de la doctrina de Cristo, aunque por fuera tengan el nombre de Jesucristo como un sepulcro blanqueado.

¿Hasta cuándo claudicaréis entre dos pensamientos? Salid de Babilonia, pueblo mío. Hemos de huir de los sitios de perdición, acercándonos al verdadero Dios que llama eficazmente a sus hijos. Muchos engañadores han salido por el mundo, los cuales son anticristos, haciéndose pasar por hijos de Dios cuando su dios es el príncipe de las potestades del aire. A la ley y al Testimonio, si no dijeren conforme a eso es porque no les ha amanecido Cristo en sus corazones. De la abundancia del corazón habla la boca, no puede un árbol bueno confesar un evangelio malo, pero no puede un árbol malo (una cabra) confesar el verdadero evangelio de Jesucristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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