Martes, 06 de octubre de 2020

El creyente nacido de lo alto presencia muchos pesares, ya que por medio de una gran cantidad de tribulaciones debe pasar. El pesar y la lucha son bíblicos, aunque la vida cristiana no sea un purgatorio ni un espacio para la penitencia. Simplemente, el Dios del cielo y de la tierra nos hace experimentar el quebranto, con el objeto de ensanchar su poder en nosotros. El primer gran conflicto del creyente podría bien ser su lucha contra las caídas en el mundo. Muchos son nuestros tropiezos, de diversa índole, pero Jehová nos sostiene. Él ha dicho que no dejará para siempre caído al justo.

De vez en cuando recibimos el ánimo que nos envía por medio de algún creyente para darnos palabra. Esos cometidos del pueblo de Dios nos devuelven la esperanza que creíamos distante, para seguir el estímulo que el Espíritu coloca en nosotros. Algunas de las actividades del Espíritu vienen a ser el recordarnos las palabras de Jesucristo, contristarse dentro de nosotros cuando caemos, llevarnos a toda verdad, gemir con gemidos indecibles para ayudarnos en nuestras oraciones. El Espíritu vivifica, como una Persona de la Divinidad. En el bautismo de Jesús podemos apreciar la clara distinción de las tres personas del Dios vivo y que es Uno: el Padre declaraba que la persona que bautizaba Juan era Su Hijo amado, mientras el Espíritu Santo descendía como paloma para posarse sobre él. Esto nos recuerda la expresión de Isaías: Santo, Santo, Santo.

La mano de Jehová no se ha acortado para bendecirnos, al contrario, nuestras rebeliones nos han distanciado del reconocimiento de su providencia. Pero nos ama con amor eterno, por lo tanto nos seguirá prolongando su misericordia. No sucederá así a los malos, que son como el tamo que arrebata el viento. No se levantarán los malos en la congregación de los justos, ya que todos ellos serán cortados por haber estado fuera de la gloria de Dios. ¿Y quién es el justo ante Jehová? No hay uno solo que haya tenido la capacidad de santidad absoluta, sino el Cordero de Dios, quien se sacrificó por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21).

Nuestra vieja justicia vino a ser como trapo de inmundicia, pero un acto judicial del Juez de toda la tierra nos declaró limpios y libres de pecado. Por el sacrificio de Jesucristo, Dios el Padre estimó a bien el declarar justo a cada uno de los que conforman el grupo inmenso de sus elegidos. El acta de nuestros decretos que nos era contraria vino a ser clavada en la cruz, una vez que el Señor dijo Consumado es (Tetélestai). De esa forma se finiquitó el trabajo judicial, al ser declarados justos por la justicia del Hijo, gracias al Dios que es Justo y Salvador.  Así que el Fiscal General que nos acusa siempre, denominado en el libro del Apocalipsis como Acusador de los hermanos, se quedó sin el recurso probatorio para su acto acusatorio.Tenemos a un Juez amigo que ya decretó su veredicto: somos justificados por medio de la fe en Jesucristo. ¿Quién nos condenará? ¿Quién nos acusará?

Lo que existe para el creyente es la disciplina que da el Señor a todos aquellos que ama: un azote duro para que huyamos del mal, para que lo odiemos, para que aprendamos a separarnos del mundo. Es mediante ese oficio doloroso que el cristiano llega a comprender el asco del pecado y las calamidades del mundo, la gran trampa de Satanás. Satanás viene a ser un gran predicador, el que susurra ante nuestra conciencia que ha sido manchada, como los pies de aquellos discípulos que no sabían que solamente necesitaban un poco de agua para estar limpios en forma completa. Ese predicador maligno tiene una memoria fantástica y nos hace un recuento de los nuevos y viejos pecados. De esa forma nos preocupamos y asumimos que Dios ya no nos ama, porque nos hemos convertido en indignos; pero no hay tal cosa como la indignidad del creyente, ya que nuestra justicia no está fundamentada en cosas buenas que hayamos hecho.

La Escritura dice que nuestra justicia es Jesucristo, nuestra Pascua. Gracias a su sacrificio por su pueblo el castigo que merecíamos fue pasado por alto. Como le sucedió también al antiguo pueblo de Israel, cuando estuvo a punto de salir de Egipto. Egipto vino a ser el modelo o paradigma del mundo, así que el Señor les dijo a los israelitas que colocaran la sangre de un animal muerto (sin mancha) en los dinteles de sus puertas, para que el ángel de la muerte pasara por alto dicho hogar. De esa forma no fueron tocados sus primogénitos. El mundo (Egipto) no tuvo esa benevolencia de Jehová, ni la ha tenido nunca como mundo; Jesucristo dijo la noche antes de su expiación que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Él vino a salvar a su pueblo de sus pecados, como ya dijo Mateo 1:21, el justo por los injustos, salvando a muchos para ver linaje (Isaías 53).

Pero el creyente tiende a volver la vista atrás, como si fuese un pariente con muchos lazos genéticos con la mujer de Lot. Así le aconteció también al salmista Asaf, por estar mirando la prosperidad de los impíos. Su vista se entretuvo en los atrios del mundo, su alma estuvo sorprendida al ver la riqueza de los inicuos, los cuales no tenían siquiera congoja por su muerte. Esa observación fue un duro trabajo para el cantor del Señor, dominado por una inquietante alma que se impregnaba de aquella información cotidiana. Imaginamos que el justo Lot sentía algo parecido a las puertas de Sodoma, tal vez recordando a su pariente Abraham y su vieja querella con él.

Asaf pudo resolver su problema angustiante de una sola manera. Esa forma es la nuestra también, como lo aseguró Jesucristo. El Señor nos recomendó entrar a nuestro aposento, para orar a nuestro Padre en lo secreto. El Salmista entró, por igual, en el Santuario del Señor. Allí comprendió el fin de los impíos (del mundo en su extensión), el Señor los ha puesto en desfiladeros para que sean sorprendidos y asolados de repente. En nuestras oraciones siempre encontraremos esa respuesta: pasaremos por muchas tribulaciones, mientras que los que no padecen el acoso del mundo solamente tendrán por cielo el breve momento de esta existencia en la tierra.

También tiene el aposento, o el Santuario del Señor, otra respuesta para los hijos, para las ovejas de su prado. El Señor conoce nuestras necesidades, las cuales serán suplidas en su debido momento. Algunas de esas peticiones son respondidas, de inmediato, mientras otras esperan el tiempo oportuno. Pero la promesa es la misma para cada creyente: el Señor nos concederá las peticiones de nuestro corazón, y aún nuestro suspiro no le es oculto. Todas las cosas nos ayudan a bien, a los que amamos a Dios, a los que conforme a su propósito hemos sido llamados. El Señor nos responderá para enseñarnos cosas grandes y ocultas que todavía no conocemos.

Siempre hay una sorpresa preparada para el día de necesidad. El Señor se lleva toda la gloria en su provisión, pero por igual nos enseña a pedir una y otra vez, a batallar en la suplicación, para que nos ejercitemos en la fe. Lo que el impío pudiera calificar como una coincidencia, para nosotros viene a ser una prueba más del amor del Señor. José fue vendido por sus hermanos a una caravana que pasaba por el desierto, así que llegó a Egipto como esclavo. Años más tarde, sus hermanos tuvieron necesidad de él, no sabiendo aún que él vivía o adónde había ido. José les declaró a sus hermanos que ellos habían pensado mal contra él, pero que Jehová había pensado de otra manera.

La soberanía de Dios estuvo presente de principio a fin en todas estas actividades de los hermanos de José. La estuvo también en la vida y muerte de Sansón, en la existencia de Gedeón, en todos los días de David. Abraham, Isaac y Jacob fueron testigos directos del poder del Dios de las Escrituras, mientras Moisés todavía no había ni aún nacido. Pero conocemos de Moisés y de su ministerio, a quien Dios preparó durante 80 años para usarlo después de esa edad, sin importar cuántos años tenía. No hay nada imposible para el Señor, quien tiene preparado de antemano la provisión para nuestras cotidianas necesidades.

Así que tenemos un gran cuaderno llamado Biblia, con muchas notas y documentos, para repasar y ordenar en nuestra cabeza. Allí descansa el espejo en el cual mirarnos cada día, para reconocer nuestro rostro y compararlo con el de Jesucristo. Allí también reposan las maravillosas historias de todos aquellos seres débiles, frágiles, envejecidos, a los que el Dios Omnipotente utilizó a su placer. En la debilidad de aquellas personas, en la fragilidad de Elías frente a Jezabel, el Señor de toda la tierra se glorificó. Él es Jehová, el que hace que todo sea posible. Todo es posible para Él.

Las caídas del creyente también han sido previstas, aunque a algunos les sorprenda porque suponen que son seres con libre albedrío. Pero basta con un ejemplo para el buen entendedor, el caso de Pedro cuando fue pedido por Satanás para zarandearlo como a trigo. El Señor fue consultado, decidió entregarlo a esa prueba-tentación, pero oró para que su fe no fallara. Cualquiera pudiera suponer que la fe de Pedro cayó, al negar al Señor varias veces y al proferir maldiciones afirmando que no lo conocía. En realidad, ese fue su pecado, aquella fue su caída, pero al cruzar su mirada con la de Jesucristo Pedro lloró amargamente porque su fe estaba intacta.

Nuestras caídas, luchas y pesares también fueron preparados desde antes para que seamos fortalecidos después, al ser rescatados por la mano del Señor Omnipotente, el que jamás dejará de amar a los que ha decidido amar desde la eternidad. La multitud de redimidos damos testimonio de que esto es cierto.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 21:39
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios