Mi?rcoles, 30 de septiembre de 2020

Dentro de las prioridades del creyente en Cristo debe estar la de orar. A diario tenemos que hacerlo, hemos de comunicarnos con el Padre que nos adoptó como hijos por el favor de Jesucristo. Hablar con Dios es un privilegio, pero para el creyente es también un deber. Sería una falta de respeto el quedarnos sin mirar al cielo, sin acercarnos ante el Trono de la Gracia. Si el Dios de toda la creación nos escogió desde la eternidad, para ser objetos de su amor, ¿cómo pasaremos un día sin acordarnos de su bondad? Si un niño tiene una necesidad, grita, llora, pide a su padre, a quien tenga a su lado. Nosotros somos a diario cargados con asuntos que nos molestan para que nos acordemos del Dios bueno que nos vigila.

Se dice que Daniel oraba tres veces al día, lo mismo que hacía Elías, pero de David se ha dicho que lo hacía aún más de tres veces por día. Pero ese no es el asunto para nosotros, el contar las ocasiones en que nos acercamos a nuestro Dios. Lo que hemos de tener en cuenta es que a lo largo de la jornada necesitamos de la ayuda del Todopoderoso. El cristiano que no ora es semejante al soberbio que supone que no necesita de nadie. El creerse autosuficiente es dañino para el alma; en cambio, Pablo descubrió que su debilidad era satisfecha con el poder divino. Así que el apóstol no dejó de orar nunca.

Podemos orar de rodillas, de pie, con los ojos cerrados o abiertos, en lugares públicos, en nuestro aposento, en el baño, en la cocina, en cualquier lugar. Nuestra presencia en el mundo debe estar marcada por las oraciones que hacemos. Nada cuesta con decirle alguna frase al Señor, siempre resulta oportuno acercarnos confiadamente, al saber que nos escucha y que él intercede por nosotros. Acostumbrémonos a orar, aunque no veamos de inmediato la respuesta, ya que a veces la promesa tardará en llegar. No tarda porque Dios se detiene, sino porque aún no es el tiempo oportuno. A veces, de acuerdo a lo sucedido a Daniel, el enemigo de nuestras almas crea obstáculos y la respuesta es obstaculizada. Pero nuestra actitud debe ser siempre la de orar, demostrando nuestra insistencia ante el Dios que todo lo ve y que todo lo sabe.

No podemos cambiar la mente de Dios, ya que eso supondría que lo que Él ha pensado antes hubiese sido algo indebido. Dios es un Sí y un Amén, no cambia; pero nuestras circunstancias son mudables. Precisamente, la Biblia habla de oraciones que el pueblo de Dios haría en un determinado momento para que Dios le diera el fin que esperaba. Es decir, la oración viene a ser el mecanismo por el cual Dios entrega su providencia. Si no oramos nosotros otros lo harán, de manera que como dijo el Señor: si callamos, aún las piedras hablarán.

Cuando somos azotados por el pecado debemos alegrarnos, a pesar del dolor que el castigo supone. Nos alegramos porque somos considerados hijos amados, ya que el Señor al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Eso viene a ser un testimonio valioso, aunque es propio del hijo desobediente. Tenemos igualmente el testimonio del Espíritu, el que testifica ante nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. De igual forma, cuando hacemos algo que no es debido, el Espíritu se contrista dentro de nosotros. Esas son, al menos, tres maneras de saber que somos hijos de Dios. Pero creo que puede haber muchas otras formas, quizás una muy específica tiene que ver con las oraciones respondidas. Dios no oye a los pecadores, decía un personaje mencionado en el Nuevo Testamento. La expresión pecadores se refiere, de acuerdo a ese contexto, a alguien que no está en buena comunión con el Todopoderoso. Sabemos que nosotros pecamos a diario, pero somos oídos porque Dios nos ve a través del sacrificio de Jesucristo, sin que se acuerde más de nuestros pecados. Pero hay vigilancia, disciplina, para que vivamos conformes a la voluntad del Padre.

En una parábola enseñada por Jesús, había un juez injusto que no quería oír a una viuda pobre. La mujer insistía a diario, de manera que el juez se levantó para hacerle justicia por causa del fastidio de esa mujer. La parábola nos muestra por contraste al Juez de toda la tierra, el que siempre hará lo que es justo. Jesucristo dijo que el Padre nuestro nos hará justicia expedita, ya que somos sus escogidos. Entonces, la respuesta frente a nuestros enemigos, la venganza ante quienes nos hacen escarmiento, viene a ser una prueba de que somos hijos (escogidos) de Dios. Si somos cristianos sinceros, creyentes de verdad, siempre hemos de tener tiempo para nuestro Dios. No podemos desear estar más con cualquier persona en el mundo que con el Señor. Cuando aprendamos a reconocer esa gran verdad descubriremos el principio de nuestra felicidad como creyentes. Es un don, un regalo, un privilegio el que podamos hablar con el Creador de todo cuanto existe. Pero es mayor privilegio el que hablemos con Él y no muramos.

La salvación que se nos ha otorgado no hubiésemos podido obtenerla por nuestros méritos religiosos. Ella proviene de la eternidad, del deseo del Padre en separarnos o escogernos para ser objetos de su amor eterno e inmutable. Jehová escogió a Jacob para amarlo, pero escogió a Esaú para odiarlo. He allí el claro contraste que debe alegrarnos. No debemos mostrar amargura por causa de Esaú, o por los demás réprobos en cuanto a fe; no, eso sería una rebeldía semejante a la de Lucifer. Podemos interceder por quienes queramos interceder, pero debemos dejar la respuesta a la voluntad divina. En la intercesión podríamos estar equivocados, a veces, como lo estuvo Samuel cuando pedía por Saúl. Sin embargo, en cuanto a nuestras necesidades cotidianas, fuimos estimulados por el mismo Jesucristo para que pidamos sin dudar nada.

Dice la Escritura que nuestro Padre sabe de qué tenemos necesidad, que conoce nuestras palabras aún antes de que salgan de nuestra boca. Eso debería motivarnos a orar siempre, ya que estamos ante un Dios amoroso, dispuesto a dar, Todopoderoso, sin límites de ningún tipo. Él contuvo el corazón del Faraón para que no tocara a Sara, la mujer de Abraham. Él mueve los corazones de los reyes de la tierra a todo lo que Él desea, de acuerdo a sus planes eternos. Es el Dios que dijo: Yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí? El Señor no nos dará un alacrán, una serpiente venenosa o una piedra, cuando pidamos algo que necesitemos. Si nosotros que somos malos damos buenas dádivas a nuestros hijos, ¿cuánto más no hará y dará el Padre de toda bondad?

Los llamados a la oración son estímulos continuos para que tengamos siempre tiempo sin distracción, enfocados en la conversación que tendremos. Leer la Biblia a menudo, cada día, nos ayuda a conocer la voluntad del Señor. Acudir a su presencia a través de la oración, nos da la garantía de tener aquello por lo que hemos pedido (siempre que sea de acuerdo a esa voluntad que ya conocemos). Si tenemos mucho que hacer durante el día, debemos buscar tiempo más abundante para la oración. Levantémonos de mañana, de acuerdo a la ocasión y disponibilidad de cada quien, busquémosle en la noche, en la tarde, pero hagámoslo una costumbre. Se hace más estando de rodillas ante Dios que ante los hombres. Es más digno inclinarse a suplicarle al Señor que rogar ante los hombres. ¡Oh, la cámara secreta! Ese es el sitio más agradable en nuestra vida, el lugar donde nos encontramos en la intimidad con el Dios que nos espera. Ese Dios que nos oye en lo secreto nos recompensará en público. Con esa promesa de Jesucristo, acerquémonos confiadamente ante quien nos dará gracia para el oportuno socorro.

 César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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