Viernes, 25 de septiembre de 2020

Dice la Biblia que la voluntad de Dios es agradable y perfecta. Sin embargo, a muchos creyentes les parece a veces un poco amarga tal voluntad. En el paladar no sabe bien, tendemos a rechazarla, por cuanto anclados a la carne nos cuesta esfuerzo imaginar las cosas del Espíritu Divino. A medida que uno profundiza en la vida de los escritores bíblicos, de sus personajes narrados, nos percatamos de sus situaciones de vida muy adversas. A muchos de ellos los mordió el pecado en forma muy seria, a otros los atormentó la persecución que recibieron. Todos ellos tienen algo en común con nosotros, en tanto pasaron por muchas tribulaciones.

Tal vez por esa razón algunos de ellos escribieron fragmentos sublimes en relación a nuestras carencias y aflicciones. Pablo aseguraba que, si llevamos nuestras peticiones ante la presencia del Señor, su paz nos embargaría de tal manera que dejaría en nuestros pensamientos una gran quietud. Jesucristo también fue afligido en muchas maneras, pero en tanto Dios pudo enseñarnos lo que Él estaba dispuesto a hacer a nuestro favor. Dijo que debíamos pedir, llamar y tocar. Si pedimos, llamamos y tocamos la puerta del cielo, a través de la oración, nuestras plegarias serán respondidas.

Cuando el Señor describía por metáforas algunas cosas concernientes al reino de los cielos entre nosotros, sabía que esas enseñanzas nos motivarían hasta el asombro. En una oportunidad se refirió a una viuda anciana y a un juez injusto. La importunidad de aquella mujer motivó al hombre pecaminoso a responderle. En otro momento, Jesús habló sobre un amigo que toca la puerta de otro amigo en un tiempo casi que indebido. A medianoche lo despierta para pedirle pan, por causa de algunos visitantes que tenía. En los dos relatos acá mencionados, la enseñanza refiere, por comparación, que Dios siempre estuvo dispuesto para la respuesta.

El problema, de acuerdo a las historias de Jesucristo, radica en el que pide. Si no se hace con ansias, con deseos de que se responda, se demuestra una desgana que apunta a nuestra falta de seguridad en aquello que decimos necesitar. El juez injusto se propuso responderle a la viuda, para que no le importunara más. Pero la antítesis de ese relato se muestra en el Dios benévolo que también es nuestro Padre. El Señor no nos dará una serpiente, un alacrán o una piedra, si estamos requiriendo su ayuda especial para una necesidad determinada. Ese es el interés de su enseñanza, la disponibilidad desde el cielo para responder con premura.

A veces nos cansamos de pedir a Dios por cuanto no vemos los resultados en forma inmediata. Queremos que alguien sea convertido de las tinieblas a la luz, pero el Señor parece quedarse callado. En estos casos debemos comprender la doctrina bíblica de la salvación. Es cierto que debemos predicar el evangelio a toda criatura, es válido que deseemos la salvación de nuestros seres queridos, pero es Dios quien tiene todo preparado de antemano. A Jacob he amado, pero a Esaú he odiado, he allí la clave para descansar en cuanto a este tipo de peticiones.

No conocemos a ciencia cierta el destino final de los seres que nos rodean, pero predicamos y rogamos para que Dios manifieste su gracia. Sin embargo, siempre hemos de atenernos al propósito eterno del Señor. Lo mismo sucede en otros contextos de la petición, cuando obtenemos un silencio como respuesta. Tal vez deberíamos examinar más las Escrituras para ver casos en que la respuesta ha sido diferente a lo deseado. David quería mucho a su hijo Absalón, no quería que le mataran por su rebeldía, deseaba que fuese otro su destino. Pero el castigo divino llegó por las manos de un militar del ejército del rey.

Si descansamos en la presencia del Señor, bajo el entendido de que tiene todo bajo su control, podemos hallar la tranquilidad de la mente que tanto nos hace falta. 1 Juan 5: 14-15 dice así: Tenemos confianza en él, en que, si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye; y si sabemos que él nos oye, sabemos que tenemos las cosas que hemos pedido. Oh, este capítulo cinco de la Primera Carta de Juan es un capítulo de la seguridad, para todos aquellos que hemos creído en el nombre del Hijo de Dios, para los que sabemos que tenemos vida eterna (verso 13).

Al tener la seguridad de que somos hijos de Dios, la confianza se extiende a todas las circunstancias que rodean nuestras vidas. El que puede lo más, puede lo menos. Ese es un principio lógico, un argumento verdadero. ¿Qué es lo máximo que nos ha sucedido? Sin duda que el haber sido alcanzados por la gracia del Señor. El hecho de que nuestros nombres estén escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la fundación del mundo, el hecho de que Dios nos haya amado de la manera en que amó a Jacob, es el mayor obsequio que podamos obtener. Hemos podido con lo mayor, con lo imposible, solamente porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.

Si Dios nos dio lo mayor, lo máximo, es decir, nos dio a Su propio Hijo, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? La oración que hacemos cada día no es otra cosa que el establecimiento de la comunión con el Señor del cielo y de la tierra. La confianza que tenemos en Él se debe a que Jesucristo quitó la muralla entre Dios y nosotros. Al haberse ofrecido a sí mismo por causa de su pueblo, nos compró con su sangre y nos abrió el camino para la eterna salvación. Todo lo demás que nos regale es notable, pero de precio inferior.

Así que sepamos pedir, no hemos de rogar por la serpiente que nos hará daño, no hemos de pedir un alacrán o una piedra que no podemos masticar. Hemos de ser entendidos a partir de todo el relato bíblico, para estar seguros de aquello por lo que hemos de rogar. No es bueno que el hombre esté solo, dijo Jehová. Esa gran verdad nos lleva a pedir la compañía adecuada, pero sabiendo que la voluntad de Dios sigue siendo agradable y perfecta. Entra en el terreno subjetivo de cada creyente el entender sus propias necesidades, pero con el deber de estar sujetos a la palabra revelada.

Hemos sido llamados para propósitos diversos, pero todos hemos de glorificar el nombre del Señor. Algunos son hechos como vasos de honra, mientras otros son hechos como vasos de deshonra. No que haya un defecto en la masa de barro, sino que hay un propósito particular en la mente del Alfarero. Estemos contentos los que sabemos que el Espíritu testifica ante nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. ¿Oirá Dios mi plegaria? ¿La responderá? Hay mucho tipo de necesidad, espiritual, material, emocional, pero tenemos por cierto que existe la confianza en Jesucristo, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad él nos escuchará.

Si fuimos salvos, no por lo que seamos sino por lo que Cristo es, de igual manera seremos oídos, no por lo que seamos sino por lo que él es. Él ha sido llamado justo, fiel, consejero, amigo nuestro. Él es el Príncipe de paz, el Salvador admirable, el que dio su vida por su pueblo. ¿No nos dará Jehová, juntamente con su Hijo, todas las cosas? Es verdad que la voluntad de Dios es agradable y perfecta, por lo cual nos gozamos en la palabra del Señor. Dios derramará una vez más sobre sus hijos su sabiduría y su seguridad, para que descansemos en lo que hizo Jesucristo por nosotros.

Son tiempos difíciles, días de horror, pero seguimos teniendo esta confianza en el que no miente (ni una sola vez). Confiemos ciegamente en que todo lo que nos sucede contribuye a nuestro bienestar, a la gloria del Altísimo, de tal manera que tengamos paz en nuestras mentes. Si algo nos inquieta, si algo intenta atormentarnos, tenemos la opción de acudir al Señor que sabe todas las cosas, el cual nos dará la respuesta que anhela nuestro corazón. Cuando el Señor responde, sabemos que Dios es bueno.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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