Lunes, 07 de septiembre de 2020

Se nos puede ir la vida en esta tierra tratando de explicar el concepto de la predestinación a aquellas personas que lo refutan. Para los que creemos en lo que la Escritura afirma, la predestinación viene a ser la garantía de la felicidad en cada día. Al saber que todo lo que nos acontece nos ayuda a bien, que aún los cabellos de nuestra cabeza están todos contados, sabemos por igual que no habrá sorpresa para Dios. Tal vez ante nosotros se manifiesta el Dios que sorprende, el Dios que nos ha liberado de las ataduras de Satanás, el mismo Dios que responde nuestras peticiones. Jesús fue el nombre que le colocaron al niño por nacer, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese mandato divino a José anuncia la promesa de salvación para todos aquellos que fuimos escogidos desde antes de la fundación del mundo. Escogidos como Jacob, para ser amados eternamente, para que tengamos vida eterna. Sabemos que nunca pereceremos, así como que ninguno puede arrebatarnos de las manos del Señor (Juan 10:28). Ah, pero también estamos en las manos del Padre (Juan 10:29), como un doble seguro, y aún un seguro triple existe al tener en nosotros al Espíritu Santo como las arras de nuestra redención final.  Dios sorprendió a la familia de Lázaro al resucitarlo y al mismo muerto cuando lo levantó de la tumba. Ese mismo Dios, que no cambia, es el que oye nuestras peticiones y está atento para respondernos. Oh, si pudiésemos abrazar la grandeza del amor divino, si pudiésemos tener una idea de lo inconmensurable de su poder y disposición para con sus elegidos. Hay cosas que suceden y nos parecen como una tragedia, así como supusieron María y Marta las hermanas de Lázaro. Pero aún en esos casos la gloria de Dios está jugándose su aparición. Juan 9: 1-5 nos habla del hombre ciego de nacimiento. ¿Quién pecó, éste o sus padres? Esa fue la interrogante de los discípulos, pero el Señor dijo que ese ciego estaba así para manifestar la gloria del Padre. Su ceguera no se debía ni a su propia culpa ni a la de sus padres, se debía a la voluntad de Dios. Era una circunstancia importante para que se manifestara la providencia del Señor. Nuestras carencias pueden deberse también a la razón necesaria para que la providencia de Dios haga su aparición. Esa providencia cumple de inmediato dos objetivos: 1) mostrar la gloria de Dios; 2) llevar alivio al sufrimiento humano. Por supuesto, esto acontece porque Dios es soberano, le guste o no le guste a la humanidad en general. Nada acontece por aventura, más bien todo existe por una razón particular. Nosotros fuimos predestinados de acuerdo al propósito de Dios, el que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad (Efesios 1:5, 11). No hay una fe prevista, como causa de nuestra redención; tampoco Dios conoce algo independientemente de su predestinación. No, Dios sabe el futuro que Él mismo ha hecho, de esta forma ha sido dicho que el Señor conoce y anuncia el fin desde el principio. ¿Cómo sabe Dios? Esa pregunta se la hacen los impíos, pensando que solamente puede llegar a conocer nuestros actos si mira en nuestros corazones. Pero la Biblia nos ha dicho que todo lo hizo el Señor para Sí mismo, que aún al malo hizo Dios para el día malo (Proverbios 16:4). La fe es un efecto de la elección, no su causa. No pueden los muertos en delitos y pecados manifestar su voluntad de vivir. Fuimos escogidos para que creyésemos, no porque creeríamos. Si nosotros fuésemos a creer por cuenta nuestra, no habría necesidad alguna de predestinar. ¿Para qué predestinar lo que acontecerá por fuerza del hombre? Si la elección dependiera en un ápice de nuestra voluntad, nada nos sería cierto. Pablo nos ha dicho que no tenemos nada que no hayamos recibido, por lo tanto, la gracia es un efecto de la predestinación. Por gracia somos salvos, y esto no de nosotros pues es un regalo de Dios (Efesios 2:8). Si Dios vio la fe que yo habría de tener, fue solamente porque Él quiso colocar esa fe en mí. Como Dios soberano exige de cada criatura suya la responsabilidad. Tal vez tenemos tiempo para prevaricar o para hacer lo bueno, pero al final del camino habrá un juicio de rendición de cuentas. En este espacio-tiempo nos parece que somos libres de Dios, por cuanto podemos hacer el mal y no recibimos de inmediato el castigo por la impiedad. Sin embargo, está escrito para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio. La confianza de la predestinación se extiende al juicio divino, ya que nadie podrá acusar a los escogidos de Dios. Por supuesto, en esta vida somos azotados como hijos, pero los impíos pueden ser azotados en esta vida y de seguro lo serán en la venidera. El sacrificio de Jesucristo se hizo en función de su pueblo, no en función del mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). No entiendo la razón por la cual la iglesia de hoy, o los que se dicen iglesia hoy día, dejan a un lado la doctrina de la predestinación. Tal vez la han despreciado debido a la predicación de su antagonista -la doctrina arminiana. Pero no se puede aceptar que una persona que haya sido regenerada por el Espíritu de Dios permanezca en la ignorancia del evangelio de Cristo. ¿Acaso creer en Jesucristo es simplemente pronunciar su nombre y decirle Señor? ¿No es también asumir su doctrina que estuvo reflejada en su persona y en su obra? De capital importancia resulta el que creamos el verdadero evangelio, el que fue anunciado por Jesucristo y sus apóstoles. Si alguno profesa otro evangelio (el de los extraños) viene a ser anatema (maldito). Esa carga es muy pesada como para que alguien pueda caminar con ella, por lo tanto, resulta imposible por contradictorio el decir que se cree en Jesucristo, si al mismo tiempo se niega sus enseñanzas. Jesucristo no vino a este mundo a darnos lecciones de moral y buenas costumbres, vino a rescatar a sus ovejas perdidas. Vino a dar su vida por las ovejas, las que le eran propias, como buen pastor (Juan 10). Su vida fue un ejemplo de un Cordero sin mancha, su obra fue el sacrificio de su cuerpo (carne y sangre) en tanto propiciación por los pecados de todo su pueblo (Juan 17). En Exodo 4: 18-23 se habla del ministerio de Moisés. El Faraón de Egipto es visto como el antagonista de Moisés, pero también sirve como reflejo de la soberanía absoluta de Dios. El control absoluto del Todopoderoso se pone de manifiesto en cuanto a que quiso endurecer el corazón del Faraón, para manifestar su gloria en toda la tierra. Los decretos de Dios están ignorados en las iglesias-quioscos, en las sinagogas de los extraños, ya que no toleran ver rodar por los suelos los pedazos de su ídolo que ellos llaman libre albedrío. Se presenta por anticipado la venganza divina contra el primogénito del Faraón, por cuanto había castigado con creces al primogénito de Jehová (Israel, verso 22). Incluso los hombres de religión desean un Dios soberano que actúe de acuerdo a la medida de las expectativas humanas. Un Dios demasiado soberano, que le habla a Moisés para decirle que su intención es castigar con la matanza del primogénito de Faraón el mal que le ha hecho a su pueblo, puede poner en apuros a muchos teólogos de la era contemporánea. Tal vez razonarían con Dios, en el intento de convencerlo de que lo mejor sería liberar a Israel sin asesinar al hijo del Faraón. Tal vez le dirían al Señor que convendría más, dentro de sus planes de liberación de Israel, el tener por las buenas al Faraón, como para evitarse represalias futuras. Tal vez argumentarían que un Dios justo no haría tal cosa.

De eso se trata la soberbia humana, el que ella no pueda resistir tanto poder enfrente. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? En otros términos, la teología mayoritaria ha girado en torno a la defensa de Esaú y del Faraón, a las posibilidades que tuvo Judas Iscariote de no entregar al Hijo de Dios, como si con sus argumentos pudieran aminorar lo mal visto de ese Dios en la narrativa bíblica, tal y como fue escrita. Pero Dios se levanta una y otra vez diciendo que Él es quien hace el bien y crea el mal, que da vida y envía la muerte. Él, y sólo El, es quien se manifiesta como Dios soberano. No hay otro semejante a Él, ni hay quien pueda detener su mano. Semejante soberanía conviene para los predestinados a salvación. De esa forma, con ese Dios tan poderoso y autónomo, no habrá una persona que pueda arrebatarnos de sus manos. Si por la asamblea de los extraños fuese, ni un elegido sería salvo. Esto nos demuestra su conspiración contra nosotros y su confabulación con el dios al que sirven. El diablo intentará siempre arrebatar a alguno de los elegidos, pero no le será posible, asimismo sus ministros actúan disfrazados como mensajeros de luz, para perturbar a los que hablamos de la predestinación del Señor desde la eternidad y para la eternidad. ¿Cómo pretenden habitar con el Dios que predestina, si odian el concepto de la predestinación y lo consideran injusto? ¿Será que piensan que, si están predestinados para salvación, poco importa cómo crean ni lo que crean? Cuidado con ir tan de prisa, Dios no salvará a nadie a expensas de la verdad. Ha dicho que enviará un espíritu de engaño a los que no aman la verdad, para que crean a la mentira y se terminen de perder. Eso acontece aún en los medios religiosos, entre los que pretenden imponer su propia verdad por sobre la verdad verdadera de las Escrituras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:35
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