Lunes, 07 de septiembre de 2020

Pablo le dice a Timoteo que en los últimos tiempos muchos apostatarán de la fe, asegurándonos que estos últimos días no serían precisamente caracterizados por un avivamiento. Esto concuerda con lo que Jesús también dijo: Cuando el Hijo del Hombre viniere, ¿hallará fe en la tierra? Ciertamente, el aumento de la maldad ha hecho que el amor se enfríe, así que se incrementa la desconfianza entre los seres humanos y se obvian los favores entre unos y otros por temor a las sorpresas desagradables. Llega el tiempo en que un gran conjunto de personas, que suponen practicar el cristianismo y sus doctrinas, apartan sus oídos de la verdad para escuchar de acuerdo a sus conveniencias.

Se apostata de aquello que la gente profesa creer, de tal forma que, aunque se haya militado en la verdad, el apóstata se apartará de lo que ha creído, con lo cual se constata esta conducta genérica de los días finales (2 Timoteo, capítulo 3). Los falsos maestros ya han aumentado mientras proclaman sus errores más y más. Esas mentiras predicadas llevan confusión a los que profesan el cristianismo, aunque el creyente, el que ha sido elegido por el Padre, será preservado, ya que Satanás no lo podrá engañar. En realidad, Dios envía un poder engañoso a los que no aman la verdad, para que crean la mentira y terminen de perderse. Esto no lo hará el Señor a sus escogidos, los que por fuerza del Espíritu se han habituado a amar la verdad impartida en la Escritura.

1 Tesalonicenses 5:21 nos recomienda examinar todo, para retener lo bueno. Con este texto en mano vayamos a su amplio significado: hemos de probar los espíritus (como lo dijo Juan), para ver si son de Dios, tenemos que examinar las doctrinas que los predicadores anuncian, revisar los libros en los estantes de las librerías cristianas. No es mucho pedir el acto del examen, ya que lo que se juega es la vida eterna (¿Qué aprovecha al hombre si gana el mundo y pierde su alma?). Son muy variadas las formas del engaño, muy amplias sus veredas, con un atractivo fascinante para que la persona se entretenga en lo superfluo de la existencia.

Una persona que ha creído en Cristo se aparta de su fe, esto es apostasía. Normalmente no hay una decisión unilateral en la persona que apostata, en tanto un mundo de influencias circundan al que profesa la religión. Hay testimonios de muchas personas que prefirieron el martirio antes que abandonar su fe en Jesucristo, pero cada cabeza es un mundo. Otros sostienen que es preferible abdicar por causa de las dudas que hunden sus cabezas en la maleza de la incertidumbre. ¿Cuál es la diferencia entre el que apostata y el que persevera en la fe?

Podríamos buscar una respuesta sobrenatural y diríamos que Dios es quien preserva a sus hijos. La historia demuestra que los apóstatas pasan por muchos estadios previos a su abandono, uno de ellos es la herejía y la acumulación de falsas doctrinas. Normalmente, la conciencia de seguir a un dios que no puede salvar hace perder las ganas de mantenerse firme en la religión profesada. En la parábola del sembrador encontramos ejemplos de semillas que germinaron pero que después no sirvieron para mucho. La falta de buena raíz, la presencia de la inclemencia del terreno y el clima, no permitieron el debido desarrollo de la planta.

Urge una nutrición adecuada del organismo vivo para que produzca el fruto necesario, así también conviene al creyente alimentarse sólidamente de la palabra de vida. Jesucristo dijo que deberíamos escudriñar las Escrituras, si en ellas nos parece tener la vida eterna. Las Escrituras testifican de Jesucristo, el único camino hacia el Padre. Los que hemos llegado a creer pasamos mucho tiempo tratando de comprender lo que ha sido escrito en el libro inspirado por Dios, sin que ello nos produzca abandono de nuestras actividades cotidianas. Las energías empleadas en el aprendizaje de la palabra divina se recuperan fácilmente, por causa del fruto que ese trabajo genera. La recompensa de la guía del Espíritu, la maravilla de la oración respondida, la sonrisa del que recibe misericordia, son algunos alicientes para dedicarse de lleno a la inquisición de la Escritura como tarea cotidiana. Tendremos aquello por lo cual clamamos, mientras la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento asegurará nuestros corazones. En el valle de sombra y de muerte el Señor estará con nosotros, por cuanto el ejercicio del amor alimenta nuestra alma.

El apóstata, en cambio, estuvo merodeando en el camino de la verdad, sin poder entrar de lleno en él. Como una nube sin agua fue llevado por todo viento de doctrina, mirando hacia atrás, con el lamento de haber perdido el tiempo en el camino de la fe. Pero el apóstata público tiene una virtud, se ha hecho conocido su descontento y ha decidido transitar otra vereda. En cambio, el falso maestro, el que introduce levadura extraña en la masa, aquel que interpreta torcidamente la Escritura, todavía continúa sentado junto a los que intentan mantenerse en la verdad. Algo en común tienen los detractores del evangelio, la gran maldición o anatema que presupone ir en contra de las palabras del Señor. Como también fue escrito, mejor les hubiera sido no haber oído nada de la verdad.

El deber de cada creyente en relación a la Escritura viene a ser de gran trascendencia en relación a la vida o a la muerte. Pero hoy día hay mucha distracción en la mente de cada ser humano, desde los entretenimientos de los video juegos, ya en la tierna infancia, hasta la pérdida del tiempo en lo que la televisión presenta. La gente se entrega por completo a la diatriba política, con mucho ahínco, se dedica a pensar en sus desgracias económicas, pero mira con religiosidad la Biblia. De esa manera supone que su fe colocada en ese ícono de papel lo salvará de la angustia que lo sofoca. No, la palabra de Dios abierta en un pedestal no cubrirá contra las malas influencias que la mente humana recibe a diario.

Todo el día es ella mi meditación, escribió el salmista. Ese parece ser el antídoto contra la diatriba satánicamente preparada por el mundo, ya que debemos meditar en la palabra del Señor, afianzarnos en la oración cotidiana y continua, así como pensar en todo lo bueno, en todo lo amable, en lo que tenga alguna virtud. La Biblia nos aconseja por igual que ninguna palabra corrompida salga de nuestra boca, pero la cotidianidad nos ha habituado a escuchar tales improperios, de manera que en nuestro inconsciente pareciera burbujear un cúmulo de obscenidades para saltar a nuestra boca. Incluso esa profanación de la decencia al hablar nos parece normal.

Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, Oh Jehová, roca mía, y redentor mío (Salmo 19:14). El habla de nuestra común conversación debe ser limpia, sin locura ni suciedad alguna, sin maledicencia. Hablar mal de la gente es maldecir, lo cual va en contra de lo que nos exige la Escritura. Podemos emitir juicios valederos, ya que se nos manda a juzgar y probar los espíritus, para ver si son de Dios, pero el decir cosas contra las personas porque nos provoca, o porque las repetimos después de escucharlas de boca de otros, no parece una sana conducta. Como un bumerán se nos devuelve en contra de nosotros toda palabra de odio y de oprobio lanzada contra nuestro prójimo.

Debemos ministrar gracia a los que nos escuchan, no porque deseamos parecer distintos a los demás sino más bien porque aspiramos a dejarles el mensaje del evangelio en sus corazones. El Salmo citado menciona la meditación de nuestro corazón, el lugar donde se empollan nuestros pensamientos. Lo que pensamos se convierte en aquello que nos estimula a actuar de una u otra manera, así que convendría pensar también en lo que deseamos orar. Si la Biblia nos dice que hemos de orar siempre, en todo tiempo, pensar la oración que deseamos decir a Dios puede ser una buena actividad. Allí donde hubo agua ahora hay aire, allí donde hay aire puede haber agua. De esta manera podríamos cambiar los malos pensamientos colocando los buenos en el mismo sitio, para que por fuerza de gravedad y empuje salgan de nuestros corazones aquellas cosas que no convienen.

Si usted ha sido entrenado desde niño para responder a la defensiva cuando oye una ofensa, pudiera tal aprendizaje llevarlo a una conducta inapropiada ante la sociedad. Para evitarnos malestares innecesarios deberíamos reeducar el corazón, con la palabra de verdad. Tal hábito, en el verdadero creyente, le dará dividendos de salud mental asombrosos. Reconozco que al apóstata esta práctica pudo darle resultado por algún tiempo, pero su corazón de piedra no había sido cambiado y la meditación de la palabra divina lo fastidió hasta el cansancio. Pero en la vida de los que hemos sido llamados eficazmente, el que nuestros pensamientos y palabras estén acordes con la palabra de Dios, junto a los sacrificios de oración, tal actividad nos ayuda a vivir continuamente en la seguridad que ofrece la Roca, que es Cristo, el Redentor de su pueblo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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