Mi?rcoles, 12 de agosto de 2020

Dios es uno, pero tiene tres personas: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Un gran lío se ha armado por aquellos que, retirados de la Escritura, intentan cambiarla. Si uno se acerca a la multiplicidad de datos escritos en sus páginas, podrá constatar que la Biblia habla claramente del Espíritu Santo como persona. Uno podría recordar en forma rápida algunos textos, para refrendar lo que acá tratamos de resaltar. Por ejemplo, ¿cómo es posible blasfemar contra una fuerza? Blasfemar implica maldecir, de manera que Cristo advirtió que sería perdonada cualquier cosa que se dijera en contra del Padre o del Hijo, pero nunca contra el Espíritu Santo. Asimismo, ¿cómo es posible engañar a una fuerza que sale de un músculo, cuando se da un golpe con la mano ayudada por un brazo, o de una fuerza mental de alguien? Se engaña a las personas, pero no a su fuerza. Ananías y Safira pretendieron engañar al Espíritu Santo, de acuerdo a Hechos 5, no a una fuerza de Dios.

El Credo Apostólico ya reconocía al Espíritu Santo como una de las tres perdonas de la Divinidad. Tanto el Padre como el Hijo y el Espíritu son santos respecto a sus naturalezas. Todas tres subsisten en uno, sin que uno sea más santo que el otro. Las tres personas de lo que conocemos como Trinidad cumplen con la santificación de la Iglesia, aunque el Espíritu tiene una función particular en esa tarea.  Es cierto que el vocablo Trinidad no aparece mencionado en la Escritura, como tampoco aparece el término Biblia, si bien su concepto se desprende de las abundantes páginas del libro sagrado. En el bautismo de Jesús, una vez que subió del agua, los cielos fueron abiertos y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz en los cielos, que decía: Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia (Mateo 3:16-17).

El Espíritu Santo es llamado el Consolador y Santificador, es quien nos lleva a toda verdad, el que se entristece en nosotros cuando hacemos mal, el que nos anhela celosamente. Él nos recuerda las palabras de Jesús, lo que sumado a lo antes dicho significa que esas acciones y cualidades no se pueden decir de una fuerza sino de una persona.  El mentir al Espíritu Santo por parte de Ananías fue condenado por Pedro, quien de inmediato añadió: No has mentido a los hombres, sino a Dios (Hechos 5:3-4). Es decir, el Espíritu Santo también es Dios.

Cuando Isaías oyó la voz de Jehová, respecto a que él sería enviado al pueblo de Israel tocante a una profecía de endurecimiento (oirían, pero no entenderían, verían, pero no comprenderían) - (Isaías 6:8-9), entendemos que fue Jehová quien lo comisionó a esa tarea. Pero cuando Pablo toma ese texto para señalar su cumplimiento, de acuerdo al libro de los Hechos, capítulo 28, versos 25-26, dijo que así había hablado el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo nos hace hacer peticiones como conviene, aunque no sepamos hacerlas, gimiendo en nosotros, comprendiendo la mente del Señor. Gracias a él podemos gritar: Abba, Padre. Es el mismo Espíritu que vino sobre María para cubrirla con el poder del Altísimo, de tal forma que el Santo Ser que nacería sería llamado Hijo de Dios (Lucas 1:35). El nuevo nacimiento es su tarea y no hay que ayudarlo en nada, es Todopoderoso y solo resucitará de la muerte espiritual a aquellos por los que Jesucristo murió, que son los mismos predestinados para salvación por el Padre.

Estamos en el espíritu, no en la carne (más allá de que seamos carnales, vendidos al pecado), porque el Espíritu de Dios mora en nosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él (Romanos 8:9). Vemos que es llamado igualmente el Espíritu de Dios, o el Espíritu de Cristo, pero vimos que durante el bautizo de Jesucristo descendió sobre él. El Señor dijo que nos enviaría al Consolador y procedente del Padre (Juan 15:26). Resulta una maravilla que nosotros los creyentes seamos el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16). El que destruyere ese templo el Señor lo destruirá a él.

Uno de los cometidos del Espíritu de Dios en nosotros consiste en fortalecernos espiritualmente. Esto no lo hace por medio de un proceso instantáneo, al menos no necesariamente, más bien por el forjamiento de nuestro carácter. Y esto no es popular ni común. El método preferido ha sido el ejercicio de la oración, actividad que no proviene por talento natural. Ella nace de la fe, del deseo de acercarnos a Dios para que Él se acerque a nosotros. El Espíritu nos guía en esa actividad, haciéndose copartícipe de lo que hacemos en ese evento de comunión con el Todopoderoso. Como alguien sugirió en una oportunidad, la simplicidad, la humildad y la fe son los elementos esenciales para alcanzar la meta del acercamiento al Trono de la Gracia.

El orar continuamente en el Espíritu y actuar siempre controlados por el Espíritu hace que nuestra vida de oración se vaya reforzando más y más. Lo que somos y hacemos en nuestra vida cotidiana, será lo que traerá fortaleza y victoria, o tal vez debilitamiento y derrota, en los momentos en que nos encerramos a solas para orar en nuestra habitación (Bounds E.M. El Propósito de la Oración. CLIE, 1980, pp.93). Los pensadores metafísicos aseguran que lo importante en el camino de la fe no está ante quién se coloca, más bien radica en la intensidad de lo que hacemos. Eso pareciera lo más alejado del principio bíblico, aunque escriban frases de la Biblia para sustentar su exabrupto. Creer que las cosas acontecen porque uno posee un mundo interior implica arrebatar la gloria debida al Dador de todo cuanto pedimos.

La vida mística y religiosa pueden conducir al camino de muerte, pero los que habitan en el Santuario de Dios encontrarán la respuesta a sus inquietudes. La ayuda viene de ese lugar, no de nuestro subconsciente, ni de fuerzas subjetivas que desarrollemos. Aunque parezca como cierto el que hemos de alejarnos de los pensamientos negativos (al estilo de la Nueva Era), la Biblia insiste en que el hombre natural no puede percibir las cosas de Dios. Hemos de cuidarnos en a quién oramos, o en cómo nos comunicamos con el Altísimo. Dios sigue airado contra el impío todos los días, pero aún los creyentes no seremos oídos si lo que demandamos gira en torno a nuestros deseos carnales (Epístola de Santiago).

El viejo Credo Apostólico dice en uno de sus enunciados: Creo en el Espíritu Santo, como un dogma de fe que resalta la figura de una de las personas del Dios Trino. Si bien las tres personas son santas, al Espíritu se la llama Santo, como si tuviese ese título. La razón fundamental descansa en que su oficio principal en nosotros consiste en la santificación. Aunque la santificación le compete a la Trinidad en su conjunto, el Espíritu nos anhela celosamente para separarnos (santificarnos) del mundo. Santificar significa separar, pero el mundo no puede ver ni percibir la acción del Espíritu porque si Él no le ha dado vida a alguien significa que continúa muerto en delitos y pecados.

La palabra se predica para que los que oigan con oídos prestos ejerciten sus sentidos espirituales, porque a lo mejor será llamado de las tinieblas a la luz. Los que siguen dormidos suponen que el evangelio es locura, que los que lo anunciamos estamos locos o faltos de inteligencia. La ironía divina se manifiesta en haber escogido lo que no es, lo necio del mundo, para deshacer a lo que es. Ciertamente, no hay muchos nobles entre nosotros, mas quiso Dios llamar a los pobres del mundo para hacerlos ricos en fe. Esa tarea del llamamiento eficaz también la hace el Espíritu, el que ha sido enviado por el Hijo y por el Padre, el mismo que se movía o incubaba sobre las aguas desde el principio de la creación del universo.

Resulta imposible avalar la fe de uno que profesa su creencia en Jesucristo si renuncia a creer en el Espíritu Santo como una de las personas del Dios que, siendo uno, es igualmente Trino. Ya se ha escrito en la Biblia: el que no tiene al Espíritu de Cristo, no es de él. Si no es de él, no tiene al Padre ni al Hijo. Desde el Antiguo Testamento, esta doctrina se ha venido enseñando; en Isaías 6:3, los serafines decían: Santo, Santo, Santo, el Señor de los Ejércitos. En el Apocalipsis de Juan, capítulo 4, verso 8, leemos que los cuatro seres vivientes repiten sin descanso noche y día: Santo, Santo, Santo, Señor, Dios Todopoderoso.

Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Isaías 48:16). El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel (Isaías 61:1). Esas refieren al Mesías que habló a través del profeta. La brevedad del espacio nos hace dejar hasta acá la presentación de los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, los que hacen referencia a ese Dios en tres personas. Concluimos que quien niega a una de ellas niega por igual el conjunto.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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